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sábado, 1 de noviembre de 2014

Mercader




Guido Ceronetti


Aparentemente muerto de cáncer en La Habana, el asesino de Trotski es en realidad un demonio de grado medio a quien sin lugar a dudas se le encargarán, un día, nuevas misiones sobre la tierra. Sin darse cuenta, Marie Craipeau, que lo conoció en París junto a Sylvia Ageloff, hace de Jacques Mornard el retrato de un perfecto demonio. El buen Jacques, naturalmente no se llamaba ni Jacques ni Monard, y tal vez ni siquiera Mercader, último puerto de su identificación anagráfica. Es verdaderamente el diablo de los cuentos: hermoso, simpático, vacío, que nunca anda escaso de dinero aunque no haga nada; seduce a los espíritus débiles (como Sylvia), pero entumece a los fuertes en un indefinible gesto de sospecha. Hay algo en él que no cuadra, y sin embargo… Se traslada con facilidad de un continente a otro: en Nueva York nada en abundancia de dólares, igual que de francos en París; la víctima designada lo conoce por el nombre de Jackson. En el momento oportuno, el fatuo enigmático consigue insinuarse entre muros erizados de fusiles, y vigilados por desconfiadísimos ojos, como solamente un demonio puede hacerlo, y ejecuta su misión: vibra el golpe mortal de la piqueta. Inmediatamente lo acoge una cárcel materna, donde pasa años tranquilos y serenos. En 1960 un avión viene a propósito de Praga para llevárselo: sus amos soviéticos, no sabiendo que el hermoso Jacques era intocable desde que nació, creían que debían proteger de posibles venganzas trotskistas a su sicario ejemplar. Vivirá aún dieciocho años, sin ocupación ni problemas, en espera del encargo que los arcontes invisibles le confíen cuando se apaguen, por fin, las luces del Mausoleo de Lenin.



Traducción: J.A. González Sainz



Tomado de El silencio del cuerpo, Acantilado, 2006.


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