domingo, 26 de julio de 2020

Y la muerte no impondrá su reino




Dylan Thomas


Y la muerte no impondrá su reino.
Desnudos hombres ya muertos se confundirán
Con el hombre en el viento y la luna del oeste;
Cuando los huesos sean descarnados y los ya mondados se hayan ido,
Habrá estrellas en torno al pie y entre sus codos
Y aunque pierdan la razón no perderán su lucidez
Aunque se hundan bajo el mar de nuevo en vilo se alzarán
Pues se acaban los amantes mas no el amor
Y la muerte no impondrá su reino.

Y la muerte no impondrá su reino.
Quienes yacen tendidos
Bajo interminables pálpitos del mar
No morirán palpitando de terror:
Retorciéndose en el potro en tanto el músculo se afloja
Y abiertos en canal, su esqueleto ha de resistir;
La fe gemirá en sus manos al partirse en dos
Y demonios unicornes los penetrarán,
Pero aun así, hendidos de principio a fin, no van a crujir
Y la muerte no impondrá su reino.

Y la muerte no impondrá su reino.
El grito de la gaviota puede no estallar en sus oídos
Ni una ola ruidosa romper en la costa;
Donde una flor brotó quizá ya no exista ninguna
Que al golpe de la lluvia alce la frente;
Pero aunque estén ebrios y muertos como clavos
Y las calaveras hundan con su martilleo a las margaritas
Ellos golpearán al sol hasta que sus puertas cedan
Y la muerte no impondrá su reino.



Versión de Marco Antonio Montes de Oca



miércoles, 22 de julio de 2020

Nadie podría calcularte





Pedro Marqués de Armas 


en este espacio de captura
donde lo sólido se desvanece
y lo líquido se torna amianto
te prefiero aliada…

nadie podría calcularte
así (al menos esta vez)
no iría contra tales 
barrotes

si algo imagino es una playa
(preferiblemente tirrénica)
en la que aún no se doblega
tu encanto…

calma -me digo-
donde asoma burlón
el rabo de la zorra



De Óbitos (2015)


martes, 21 de julio de 2020

De Edna St. Vincent Millay me enamoré yo sin remedio


Eliseo Diego 

No creo imposible que uno llegue a enamorarse de una muchacha a quien jamás podrá encontrar en las playas de este mundo. La historia de las relaciones humanas está llena de trágicos desencuentros. Ella es quizás una joven en un ahora de hace doscientos años, y él se pasará la vida buscándola afanosamente y acabará como ella, sintiendo una falta tan terrible como el hambre. ¡Cuántos hombres y mujeres insatisfechos, solitarios, no hemos conocido, y el secreto no es otro que éste! ¡Piensa tú en el “seguro azar” que la trajo corriendo a tropezar contigo justo cuando arrancaba el tren, o remontaba el avión, o como fuere en tu caso! Sólo un momento más tarde y ya no se habrían encontrado en toda la eternidad del tiempo. Minutos o siglos, todo es uno y lo mismo para el destino que anda a ciegas.

De Edna St. Vincent Millay me enamoré yo sin remedio –perdóneme mi esposa– no más con sólo mirar su foto de muchacha. Está sola en un jardín, quién sabe dónde. Viste sencillamente de blusa y saya. Inclina leve la cabeza sobre un hombro y extiende los brazos delicados para acariciar las ramas de un arbusto de flores blancas. ¿A quién o qué mira? Alguien alguna vez lo supo y se ha callado.

Comenzó a escribir cuando pasaba apenas de una niña, ya entonces ganó un importante premio literario. No enturbiaré con otros detalles, salvo para decir que tuvo amores con el nicaragüense Salomón de la Selva, inmenso como su nombre. Es él quien vive aún en el poema sobre el ferry que ella tituló, en español, “Recuerdo”. José Coronel Urtecho tuvo la suerte de ser su amigo.  

Salomón de la Selva, Coronel Urtecho y Agustí Bartra tradujeron varios poemas suyos en un cuaderno titulado Renacencia, tan difícil de obtenerlo hoy como de conocerla a ella. Se publicó en Managua, en 1978, en las Ediciones Americanas. ¡Ojalá algún editor tuviese el buen gusto de reeditarlo!

Escojo dejarla así, muchacha desolada en el jardín vacío, con todo el futuro por delante, y en él sus poemas como una sorpresa.

Vasija India

Allí, mientras me inclinaba sobre la rota vasija del pueblo de la meseta,
desconsoladamente juntando el dibujo de los fragmentos 
    y apartándolos luego,
aparecieron sobre el borde de la casa dos embrujados Navajos,
el picamaderos de roja flecha y su novia,
y se acercaron con adorable agilidad
a la pérgola, relumbrando la maravilla de sus alas;
allí se estuvieron, misteriosos y duros y bruñidos,
arrancando las bayas añiles de la esparcida madreselva 
    con el fuerte pico de ébano.

Su cabeza sin cresta 
llevaba la roja luna llena por corona;
el negro de la luna nueva era un creciente en cada pecho;
de los cuerpos de ambos un visible calor golpeaba descendiendo,
y del movimiento de sus cuellos una sombra volaba y caía
rasando el patio y en la amarilla pared de adobe
abriendo una brecha azul.

Poderosa era la belleza de los pájaros.
Resonaba como una campana golpeada en el silencio profundo y cálido.
Me incliné sobre el raído barro; apasionadamente
clamé a la belleza de los pájaros:
“¡Consolad a la vasija rota!”

La belleza de los pájaros abrió sus labios para hablar:
sus palabras eran colores,
el dardo escarlata en la mejilla gris,
la baya de púrpura en el pico de ébano.
Dijo: “No puedo consolar
la cosa rota: sólo puedo rehacerla”.

Sabiduría, flor herética, tuve miedo de tus grandes,
¡fríos pétalos sin aroma!
Conmovida, traicionada,
me volví al alivio de la pena, me incliné
sobre los encantadores fragmentos.
Pero su color se había desvanecido en la fiera luz de los pájaros.
Y en cuanto a los pájaros, se habían ido.
Tan rápidos como vinieron,
se habían ido.    


Conversación con los difuntos, Turner, Ediciones del Equilibrista, Madrid, 1991, pp. 96-97 y 101-03. Uno de los tres poemas de Edna St. Vincent Millay (1892-1952) que Eliseo Diego incluyó en su tesauro de traducciones de poetas muertos. 

lunes, 20 de julio de 2020

Las palabras burladas [1]


                         

Antonio Armenteros Álvarez

     
     “Puede afirmarse tanto la certidumbre del futuro como caos y destrucción, como la posibilidad del porvenir como un dialogo armonioso entre Poesía e Historia…”
                                                                                                       Enrique Saínz



Fuerzo la cabeza y cada vez arriban con más impulso anécdotas absurdas, cercanas, donde él es el protagonista principal y me río tanto que esperé casi cuatro años, a que pasaran esos momentos eufóricos, divertidos, increíbles, choteadores, irónicos para leer con la seriedad que merece Sinalectas (Editorial Casa Vacía, 2016), volumen de Javier Marimón (Matanzas, 1975). Prosas reflexivas, ilustradas por el artista plástico Filio Gálvez envuelto en una sobriedad que se agradece. Javier Marimón, bueno, Javier es Javier, por esta circunstancia se regala el lujo de expresar cual tiro directo a la frente del lector, antes de la Pandemia, pero presagiándola: “… Si muchos cayeran se moverían a otras soluciones: realistas”. [2] O sea, la cosa va por ahí, lo real/verdadero de los sueños de un poeta, a la manera filosófica del próximo universo. El que poseíamos colapsó de forma trepidante, con más de un virus emporedado/expectante/reinante [3] y nuestras risitas de jugadores empedernidos a las casitas rotas, rectificadas o echadas a la mierda, al mismo mojón que Marimón (d)escribe/(re)escribe en la página 63, ahora sin el apoyo de la hierba.

Cierto que no nos hallamos en 1929, sino en 2019-2020, envueltos en otra crisis política, económica, geopolítica y sanitaria. Fleming, sí, Alexander Fleming (1881-1955), el descubridor de la penicilina, no lo duden en su tiempo las enfermedades que atacó las bacterias u hongos del doctor Fleming como la tuberculosis eran letales. Marimón juega jocosamente con la segunda esposa de Fleming la doctora griega Voureka [4] Tal vez Javier nos está regalando otra oportunidad, y Fleming recusaría con levedad a su doctora griega que no aparece, a pesar de los inventos, las vacunas y los llamados urgentes a las salas, las salas de cuidados intensivos. ¿Lo ven, ven lo qué digo? Javier se adelanta cuatro años a mi interpretación de los hechos/actos líricos, se apresura en mi máquina personal del tiempo, en mi maldita estrangulación de datos. Lo dijo primero un cantautor por estos lares: “Somos números”. Las estadísticas nos saturan los ojos y los aplausos. [5] Vuelvo a los volúmenes poéticos de Javier, libros a los cuales me acerqué en su momento y expresé juicios neutros, certeros sobre todo relacionados con: Formas de llamar desde Los Pinos (2000), El gatito Vasia –cómo engañé al súbito (2002) [6], y mi preferido: Himnos Urbanos (2002). Marimón con su estilo propio realizó una reconstrucción/limpieza profunda de la literatura cubana de su momento.

Apoyándose en una crueldad sin límites, casi que patológica. Ahora vuelve a parecer socarrón, juguetón, maldito pero también más maduro y lo demuestra el hecho de que aquella noche me obsequió –con la promesa de pasárselo a todos– su libro de dramaturgia, de la misma Editorial Casa Vacía, 2017, que contiene dos obras teatrales de su autoría, experimentales e interesantes: Nunca la deja y La Carpa (El engaño de R). Con palabras de contracubierta del dramaturgo matancero, su coterráneo, Rubén Darío Salazar. Ya lo sabemos, no constituye un secreto para nadie que, la Atenas de Cuba resulta una urbe intensamente teatral.

Parece redactado para definir los versos de Javier el siguiente juicio del italiano Claudio Magris (1939) extraído de su revelador ensayo: Utopía y desencanto (historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad), donde nos explica: “La Literatura que dice la verdad más radical sobre la condición existencial e histórica es aquella del rechazado y la negación, que pone el acento sobre el malestar de la civilización; sobre la misma laceración del yo individual, ya no más Su Majestad, el yo que emite actos gubernamentales, sino un yo cada vez más escindido y fragmentado, reducido a un efímero y oscilante punto de encuentro de sucesos y sensaciones, poco más que ese sedimento dejado por una tradición y una historia evaporada…” Javier Marimón lo complace cuando con ferocidad postmoderna razona un tanto lacónico [7]: “Toca timbre y ladra perro aunque no siempre: hay que volver a tocar. Cada vez se avanza un poco más en la noticia. Mejor esperar el ladrido final para finalmente decir que hay que matarlo, por no ladrar siempre”. [8] Lo prefieren más efectivo, más arriesgado líricamente.

Lo referí, contengo un rosario de anécdotas personales, sobre el sujeto literario y humano, debo incluir las mismas características primigenias: guasón, satírico, crítico, cínico, real que es en definitiva Javier Marimón. La poesía –como a todos– lo habita y sobrepasa; pero aquella tarde en el lobby del Centro Hispanoamericano de Cultura, todavía regentado por la Unión Europea. No sé si el poeta o el diablo tomó la mochila simple de Marimón donde empezaron a entrechocar, tintineando las copas de vino sustraídas, viajando en aquella mochila hacia otras ficciones/funciones de la noche, hacia otros eventos que me explicaban lo que vendría después: otras Sinalectas (2016) del autor y solo me dije para mí mismo: “Promete no confesar la extensión de su dolor”. [9]

Tomamos el malecón rumbo al Vedado, la noche/nada inspiradora, agobiante de aquellos días de perro, de laceraciones profundas, de hambre absurda. Perdóname el muchacho que fui, aquel que podía recorrer el destino del poeta y asombrarse. A estas historias fulgurantes, sumergidas invito a los lectores del nuevo, futuro mundo. [10]


                                                                                       Embill y julio de 2020



[1] Título tomado literalmente del poema: Siloqueva a decirconmueve..., en la página 43.
[2] Texto de la página 45: “El techo…”.
[3] Para refrescar las mentes, los enumero: el cólera, el ébola, el VIH/sida y la coronavirus-19 en sus mutaciones y variantes A, B y C; otras cepas de transformaciones más rápidas y más resistentes, por ahora.
[4] Ver poema de la página 41, de título: “Allí colabora joven griega…”
[5] En Cuba, en días de la pandemia se utiliza las 9 de la mañana para informar a la población, a través de partes estadísticos leídos por el mediático epidemiólogo doctor Francisco Durán García (194), y los aplausos que a partir de las 9 de la noche reconocen el heroísmo de todos aquellos que de una manera u otra lucharon contra el virus, al punto de que no sé, sí en la normalidad futura de nuestras existencias sustituya al tradicional cañonazo de las 9 de la noche, habanero.
[6] Existen zonas del Gatico… que las suelo recitar de memoria frente al espejo, claro.
[7] Un laconismo cortante, originario que condensa el idioma hasta retorcerlo con ironía.
[8] Texto parco que aparece en la página 75, con el nombre de: “Toca timbre y ladra perro…”
[9] Poema nombrado: “Casi biólogo…”, folio 9.
[10] Con Javier en Cuba, entre nosotros, cada vez que un burócrata, o tecnócrata, un ministrante encopetado trataba de encauzarnos por los terrenos del kitsch más genuino le dábamos espacio a Javier que comenzaba a desgranar –con seriedad ensayada, dramática- las joyas de su texto desacralizador: La pinga inquietante. Aquello era como decía mi difunta abuela: ¡El acábose!


Fotografía: Oleg Oprisco


miércoles, 15 de julio de 2020

Un aviador irlandés prevé su muerte




William Butler Yeats


Sé que por fin encontraré al destino
en algún sitio entre las altas nubes;
odio no siento por los que destruyo,
amor tampoco por los que protejo;
Kiltartan Cross, ésa es mi patria sola,
mis solos compatriotas son sus pobres,
no hay fin imaginable que los dañe
o más felices deje que antes eran.
Ley ni deber me mueven al combate,
discursos ni clamor de muchedumbres;
un solitario impulso de delicia
me empujó a este tumulto entre las nubes;
todo lo sopesé, traje a la mente,
los años por venir un vano aliento,
un vano aliento aquellos que ya fueron,
en la balanza de esta vida, o muerte.


Traducción de Eliseo Diego (Conversación con los difuntos)



domingo, 12 de julio de 2020

Ligeramente grave





Fernando Savater


En uno de sus poemas –Contribución a la estadística- Wislawa Szymborska enumera cuántas de cada cien personas son las dispuestas a admirar sin envidia –dieciocho-, las capaces de ser felices –como mucho, ventitantas-, las que de la vida no quieren más que cosas –cuarenta, aunque quisiera equivocarse-, las inofensivas de una en una pero salvajes en grupo –más de la mitad seguro-, las dignas de compasión –noventa y nueve- y acaba: “Las mortales: cien de cien. Cifra que por ahora no sufre ningún cambio”. Y sigue sin cambiar porque ayer la propia autora del poema acaba de confirmar la estadística con su fallecimiento.
En otros muchos aspectos, por el contrario, fue la excepción que desafía lo probable y rutinario. Su poesía es reflexiva sin engolamiento ni altisonancia, de forma ligera y fondo grave, directa al sentimiento pero sin chantaje emocional. Breve y precisa, escapa a ese adjetivo alarmante que tanto satisface a los partidarios de que importe el tamaño: torrencial. Sobre todo nos hace a menudo sonreír, sin incurrir en caricaturas ni ceder a la simpleza satírica. Lo más trágico de la poesía contemporánea no es lo atroz de la vida que deplora o celebra, sino la falta de sentido del humor de los poetas. Se les nota especialmente a los que quieren ser festivos y son sólo grotescos o lúgubres (aunque los entierros también son fiestas, claro y más precisamente fiestas de guardar).
De esta frecuente maldición escapa, risueña y agónica, Szymborska: ¿cómo podría uno renunciar a ella? Hija –y luego, con los años, algo así como hada madrina poética- de un país europeo que apuró el siglo XX hasta las heces y padeció dos totalitarismos sucesivos, en su caso la duradera atrocidad jugó a favor de su carácter: le dio modestia, le dio recato, le dio perspicacia y le permitió distinguir entre lo que cuenta y lo que nos cuentan. Carece de retórica enfática pero eso no disminuye su expresividad, sino que la hace más intensa por inesperada. Cuando comenzamos a leer uno de sus diáfanos poemas nos ponemos a favor del viento, para recibir la emoción de cara, pero nos llega por la tangente y no para derribarnos sino para mantenernos en pié. Confirma nuestros temores sin pretender desalentarnos: sabe por experiencia que todo puede ser política pero también nos hace experimentar que la política no lo es todo. Se mantiene fiel, aunque con ironía y hasta con sarcasmo, a la pretendida salvación por la palabra y sin embargo nunca pretende decir la última palabra: porque en ese definitivo miramiento estriba lo que nos salva.
Nadie ha sabido conmemorar con menos romanticismo y con mayor eficacia el primer amor, cuya lección inolvidable se debe a no ser ya recordado…y por tanto acostumbrarnos a la muerte. Se dedicó a las palabras con delicadeza lúdica, jugando con ellas y contra ellas pero sin complacerse en hacerlas rechinar. Como todo buen poeta, fue especialmente consciente de su extrañeza y hasta detalló las tres más raras de todas, las que se niegan a sí mismas al afirmar: “Cuando pronuncio la palabra Futuro, la primera sílaba pertenece ya al pasado. / Cuando pronuncio la palabra Silencio, lo destruyo. / Cuando pronuncio la palabra Nada, creo algo que no cabe en ninguna no-existencia”.




Publicado en El País, 2 de febrero de 2012. 


sábado, 4 de julio de 2020

La huida a Egipto. Escuela flamenca, 1521





Hans Magnus Enzensberger


Veo al niño que juega entre el maíz
y no ve al oso.
El oso abraza o asalta a un campesino.
Ve al campesino,
pero no el cuchillo
que tiene clavado en la espalda,
es decir, en la espalda del oso.
Allá en la montaña están los restos
de un hombre sometido a la rueda;
pero el trovador que pasa
no los ve.
En cuanto a las dos legiones
que avanzan una sobre otra
por la alumbrada pradera
—me ciega el brillo de sus lanzas—,
ninguna ve al gavilán dando vueltas sobre sus cabezas,
observándolos con ojo frío.
Distingo en primer plano los hilos de moho
que cuelgan de la viga del techo,
y en la distancia
percibo al mensajero galopando.
Debe de haber surgido de una cañada.
Nunca llegaré a saber
cómo es esta cañada por dentro;
pero la imagino húmeda,
muy húmeda, y llena de sombras.
En el centro del cuadro, me ignoran
los cisnes en el lago.
Veo el templo al borde del abismo,
el negro elefante
(¡qué extraño es ver un elefante negro en campo abierto!)
y las estatuas, que observan desde sus ojos blancos
al cazador en el bosque,
al barquero y la conflagración.
¡Cuánto silencio hay en todo esto!
A lo lejos, en las encumbradas torres
de raros alféizares,
veo parpadear a las lechuzas. Oh, sí,
puedo ver bien todas estas cosas,
pero ¿cómo distingo lo importante
de lo que no lo es? ¿Cómo puedo adivinarlo?
Aquí todo parece evidente,
igualmente claro, necesario
e impenetrable.
Desde mi profundidad, perdido en mis propias inquietudes,
al igual que esas lejanas ciudades allá,
y como esas otras ciudades, más azules aún
y más distantes, que se disuelven
entre otras visiones,
otras nubes, legiones y monstruos,
continúo viviendo. Me marcho.
Todo esto lo he visto, pero no puedo ver
el puñal clavado en mi espalda.


Traducción de Heberto Padilla