domingo, 26 de enero de 2020

Las flores del crepúsculo


      
                 Rogelio Saunders                                         
                                                                                a Horst

—¡Miren! —gritó Ottla, señalando el ajetreo silencioso en torno a los aparejos dispersos en el campo de hierba.
—¿Qué? —Aloysius alzó la cara redonda y clara, de vivos ojos aguileños.
—El circo —sonrió Ottla.
Ottla lo veía todo siempre primero. Había visto primero la gran araña roja colgando como un paraguas roto del techo de tejas el pasado invierno, y había visto primero el inverosímil concilio de cormoranes en la isla noruega. Y ahora había visto primero también el circo.
Ese verano, finalmente, la familia Krieger se había trasladado a las afueras de Múnich (más concretamente, a Pullach). Vater Krieger, un gigante de casi 2 metros de estatura con una enmarañada cabellera roja (que no se había peinado más desde cuando, a los 17 años, se encontró de pronto no sabía cómo lejos del campo de prisioneros en que lo había precipitado el derrumbe de Alemania), había conseguido finalmente su propósito: convencer a Geneviève Krieger de que la casona de techo de tejas rojas, situada en algún suburbio del lento Königreich bávaro, era mejor que el alegre bullicio y la suciedad de los adoquines y las enmarañadas escaleras de caracol y los valientes soldaditos de plomo de la ex guardia imperial de Berlín intacto entre su arquitectura de ruinas.
Todos en la casa, por otra parte, estaban entregados al exacto e inclemente oficio de contar moléculas. Todos menos yo, la pequeña, aguda y vivaracha Ottla. A mí siempre me interesó otra cosa. (Yo era, y sigo siendo, la Extraña.) Pero no es de mí de quien quiero hablar, sino de Alois. O de Alois y del circo. Porque, aunque no sé nada de nada, creo que la culpa de todo la tuvo el circo. O la vieja (la loca) sentada en su mecedora infinita. Pero creo que lo decisivo fue el circo. Y no me pregunten por qué. (A veces, sin razón aparente, oigo que alguien susurra de pronto: «Eh, Ottla».)
La casa estaba situada enfrente de otra al parecer mucho más antigua y con aspecto de derrumbe (aunque no tan acentuado como lo sería 34 años después, cuando Ottla regresó para vivir por poco tiempo en lo que ya entonces se conocía única y nostálgicamente como la casona de Pullach). Pero lo más notorio no era eso, sino su única ocupante, a quien los pequeños Krieger (Ottla tenía 4 y Aloysius 7) descubrieron enseguida. El agudo ojo de Aloysius (ojo que anunciaba ya al gran bioquímico que sería) no dejó de constatar el positivo aire de hechicería y de folletón medieval (de páramo y niebla, a menos que fuera el bosque animado de Macbeth, mi shakesperiana Ottla) de la vieja dama, y las cabezas de ambos hicieron una breve danza en muda salutación a la covacha encantada (que tal vez no estaba situada allí sino en el extremo superior de la T formada por un simpático trío de caminos en una ciudad pequeña, adinerada y conservadora con estrellas de oro auténtico en los picos de las iglesias) que prometía sabrosas aventuras en las comisuras de los ojos de los grandes Krieger (entregados en cuerpo y alma al sacerdocio insomne del microscopio y la placa).
Hicimos de la enorme casucha nuestro patio de juegos, y de la anciana anacoreta un ogro misterioso. Sólo Geneviève Krieger se comunicaba con ella (oscuras transacciones en las que entraba con un cesto cubierto y salía con las manos vacías), al cabo de lo cual abandonaba la casa con una decepcionante apariencia de normalidad. Pero no conseguía engañarnos. Sabíamos que en la desvencijada casucha vivía una bruja peligrosísima, y que el gran gato negro que arqueaba el lomo sobre el muro descascarado era uno de sus lugartenientes demoníacos. (¿No lo habíamos aprendido en el mismísimo Faustus?) Sólo dios sabía cómo la elegante Geneviève Krieger había conseguido su salvoconducto. Era una pregunta más en la larga serie que se acumulaba (como un montículo de arena al lado del camino) entre las tapas del grueso libro que estábamos escribiendo entre Alois y yo y que titulábamos, con más intención que arte, Los misterios de la vieja casona.
Nos sentamos a descansar un momento, pues estábamos agotados por nuestra propia imaginación y apenas éramos capaces ya de dar un solo paso.
Entonces Alois me preguntó si había visto al niño.
—¿Qué niño?
Nunca he visto ojos tan perplejos como los de Alois en ese momento. Si le hubieran dicho que no habría sol al día siguiente, ni el día siguiente a ése, ni ningún otro, su rostro no habría mostrado tanta sorpresa. Pero yo también estaba sorprendida, y en grado sumo, porque conocía la mente incrédula de Alois y sabía que en ella sólo había espacio para un juego cuyas reglas exactas se conociesen de antemano (ya entonces Alois era un notable jugador de ajedrez). Yo me entregaba a fuerzas a las que Alois nunca se entregó. Él me seguía en esos juegos, pero la única que creía era yo. Yo jugaba alrededor de la casa encantada y me escondía en el descuidado jardín, donde crecían frutos fantásticos y donde dos enormes mastines provenientes de un jardín vecino estuvieron a punto de despedazarme un día a dentelladas. No lo consiguieron. Me subí a un árbol, pero no pude escapar a la dulce mirada de octópodo de Geneviève Krieger. Me dijo, con su voz de niña: «Baja». Me subí al árbol, sí, y probé de los frutos prohibidos. Pero juro que nunca vi a ningún niño. ¿De qué niño estaba hablando Alois? Todavía hoy, más de 70 años después, me lo pregunto. ¿De qué niño hablabas, mi querido Alois?

Tres años pasaron, como la caída de tres pequeños copos de nieve, al cabo de los cuales ya todos nos habíamos, por así decirlo, integrado casi en aquel sistema pastoral, mortalmente silencioso y soporífero (por no decir bovino), formado por repetidas casas de adobe y tejas con jardincitos más o menos cuidados (en pulcras variaciones, autónomas y fortificadas como versiones en miniatura de antiguas ciudades-estados). Pero nunca lo hicimos. Porque Alois y yo inventamos allí otro atopos hecho de viajes, de miradas rápidas y de gestos desconocidos. Un atopos lleno de bosques súbitos y de amurallamientos flexibles, como en la geometría actualizada de un cuento de los Gebrüder Grimm (o mejor dicho: como en un cuento nunca escrito y ni siquiera soñado por los ingenuos Gebrüder Grimm). Los caminos (los pavimentados senderos con curvas) eran mi sum sum corda. Ellos y mi bicicleta amada. (Con ellos huía —huíamos— en loca carrera vertical hacia un mágico presente dentro del centelleo negro del presente. Lo cual no explicaré, porque sé que explicarlo lo haría todo aún más confuso.) Entre todas las cosas que he perdido, ésa es una de las que más lamento.
La anciana invisible se hizo, si cabe, más anciana, y tal vez la verruga clásica de su nariz colgante creció en proporción geométrica. Lo que tus sueños sean, eso serás tú. Y cuáles sean nuestros sueños, nadie lo sabe. No podemos desentrañar lo que somos. Menos aún lo que soñamos. ¡A callar!, diría Vater Krieger, y sonreiría con su gran cabeza de león insomne (insomnio que heredó el gran Aloysius). ¿Quizá los Krieger se amaban a través del microscopio? Lo cierto, sin duda alguna, es que se conocieron a través de él, y que la unión (qué duda cabe, molecular) había durado y duraría aún mucho tiempo. Por otra parte, la sabiduría educacional de los Krieger para con sus hijos se reducía a una sola frase: Laissez faire. Lo cual (yo lo sé bien) imponía una enorme peso silencioso sobre los hombros de los pequeños Krieger, pues parecía que ellos solos eran los amos absolutos de su destino. (¿Lo éramos, pequeño Alois? ¿Alguna vez lo fuimos?) Lo que hagas, eso serás, parecían decirles sus padres sin mover los labios cuando se sentaban cada mañana a la mesa del desayuno. Y si alguna juguetona partícula de müsli saltaba por ventura de uno de los hermosos tazones bávaros de porcelana con líquidas inscripciones chinas, se escuchaba inmediatamente la voz sonriente de Krieger padre, sobresaliendo de entre su enfática y bicónica sub pelambrera roja (infaltable complemento de la hiperbórea hirsuta que le coronaba el cráneo):
—¡Ajá! —exclamaba, haciendo un guiño—. Ahí va uno que quiere escaparse. Agarrémoslo.
Los niños Krieger nunca pudieron olvidar esas palabras y esos gestos (en consecuencia, nunca dejaron escapar nada que se asomase al borde de un tazón de porcelana), lo cual habría de crearles después muchos problemas con sus respectivos cónyuges (y quién sabe si no fue ésa la causa nunca consignada de muchas rupturas acerbas). Pero para ellos fue siempre como si, a través de esos gestos y esas palabras (que duplicaban con exactitud, con kriegeriano esmero), sus insustituibles padres hubieran seguido vivos. Era algo así como la tradición de los Krieger. Lo que daba un secreto derrotero firme a los insurrectos (aunque ellos lo negaran con energía al pie de la horca).
Comuniqué alegremente mi descubrimiento y mi cara radiante viajó de uno a otro comensal, esperando la glamorosa imposición de una medalla invisible.
—Desde luego —dijo sonriendo el gran Theodobaldus Krieger (a quien todos, dentro y fuera de la familia, llamábamos Theo)—: el circo.
Y eso fue todo.
Cómo íbamos a perdernos el circo. Era el acontecimiento más esperado del año. (En esa misma época, no recuerdo a propósito de qué, se habló de un gran accidente ocurrido en el campo, y unos jóvenes desapacibles detuvieron el auto de una mujer en plena noche y la insultaron sin motivo alguno. Signos del cielo o coincidencias, elija cada cual lo que le parezca más adecuado. Yo no sé nada. (Es más: tengo la persistente impresión de que cada vez sé menos, lo cual me produce una sensación de alivio y de paz imposible de describir.) Mi madre preparó una de sus fantásticas tartas de frutas para celebrar el acontecimiento, y a todos se nos hizo la boca agua de antemano. (Quien no ha probado una de las tartas de cerezas de Geneviève Krieger, famosas en todo Múnich, no puede siquiera empezar a hacerse una idea de lo que digo).
Nos fuimos al circo temprano, porque nos gustaba mirar y charlar a lo largo del camino (el crepúsculo era hermoso, el camino era hermoso, la vida era hermosa: todos éramos hermosos). Una hora después, la fiesta se había transformado en ácida incertidumbre.
Nunca más he vuelto a sentarme en el banco de un circo. Pero su nostálgica imagen ha quedado grabada para siempre en mí como con letras de fuego (palabras literales). No: ningún circo. Nunca más el circo. Pero todo el circo, de una vez por todas. La hierba luminosa y el ajetreo silencioso. La épica cien veces cantada y nunca comprendida. La carpa que se derrumba como una torre vana. (Cómo odio el circo. Cómo lo odio. Lo odio y lo amo con locura.) Yo fui la primera que lo vio. Yo, yo sola. Dije, con mi voz aguda, inimitable: «Miren». Alois alzó la cabeza y preguntó: «¿Qué?». «El circo», respondí yo, avanzando ya con paso irresistible (imaginad a una niña de 7 años que avanza arrastrando un montón de cuerdas con enanos colgando de ellas, como Gulliver) hacia los fascinantes movimientos de aquellos hombres encantados, expertos en nudos, criaturas llevadas por el viento del circo, adúlteros arrancados del abrazo de su amante, adolescentes despechados, ex presidiarios silbadores, hotentotes de las Indias Occidentales... Yo, yo misma he sido todo eso y más. Yo... La mano de Krieger padre, como siempre, la detuvo. «Qué pasa que no puedes estarte quieta, Ottla, kleine. Du hast Hummeln im Hintern». (La frase, en boca del gran Theodobaldus Krieger, no tenía nada de obsceno. Era una simple constatación científica.) Ottla se retorcía y gritaba a más no poder. No le gustaba que la tocaran los extraños. Quizá porque no había nadie tan extraño, escribió Aloysius (un hombre ya de casi sesenta años, profesor eminente y miembro honorario de no se sabe cuántas academias: ojalá los hombres fueran tan honestos como las partículas elementales. Pero el futuro —lo digo y lo repetiré siempre— no está en el átomo). Y mucho menos que la fotografiaran. Mi querida Ottla. Sé que no podíamos perdernos el circo. Pero también sé (no sé si al final lo habrás comprendido) que hay cosas que están mucho más allá de eso. Más allá de lo amado y lo perdido. (Y sobre todo, más allá de tu extrañeza, de tu entrañable extrañeza, mi inolvidable Ottla.)
¿Qué amaba, pues, la hermosa Geneviève Krieger en su Berlín imperecedero (inaccesible ya dentro del mudo agujero de horror de la historia)? La libertad, mi querido amigo. La libertad y nada más que la libertad. Palabra en desuso.
A mí, en cambio, cuánto me ha hecho sufrir esa libertad sin rostro y sin límite. Ese desafuero. No lo contaré.
De pronto, Aloysius Krieger ya no estaba a mi lado en el banco del circo. Si digo que me desesperé, miento. Simplemente, no podía creerlo. El acontecimiento más esperado del año, ¿dónde estás Alois?
En circunstancias semejantes, los gestos suelen parecerse. (Somos más predecibles de lo que creemos.) Eso, más la ecuanimidad de los Krieger (¿por qué hemos sido siempre tan ecuánimes?). Todos buscaron a Alois y ninguno lo encontró. Era necesario regresar a casa. Dentro y fuera del circo todos gritábamos en silencio: «Alois ¿dónde estás? ¿D ó n d e  s t á s a l o i s?».
El circo se había llevado a Alois. Pero si el circo estaba aquí, ¿a dónde diablos se había ido Alois?
 Volví desolada y con la cabeza baja y pensando un solo pensamiento (no veía a mis padres, ya no veía nada). ¿Dónde está mi hermano? Nunca había hecho algo así y sé que nunca volvería a hacerlo. Pero los Krieger somos animales de sangre fría, y mientras mis padres subían con toda tranquilidad los cuatro escalones de la entrada (ya se había hecho todo lo que había que hacer, polizei incluida), yo me fui al portón de madera que daba al camino y apoyé los codos en él y la cara en las palmas de las manos, como hago siempre que algo pone a mi intuición a funcionar al máximo. De pronto, sin ninguna razón especial, alcé la vista hacia la casucha imponente, que parecía estar derrumbándose poco a poco (a eso de un milímetro por mes: lenta pero inexorablemente), y casi sonreí.
El demonio verde (¿quién, si no yo misma, Svetlana Krieger?) apareció por un momento en el hueco de la ventana como una figura recortada en papel. Fue una visión inolvidable, y no había nadie para compartirla. Éramos sólo ella y yo: el espejo y su imagen. Por eso digo que la culpa de todo la tuvieron la vieja loca y el circo. Me miró y entonces ella también sonrió. Ambas sonreímos, como viejas compañeras de ruta. Como viejas compinches encerradas para siempre en la misma mazmorra. La puerta se cerró, y desapareció el fantasma. No vi a ningún niño, pero sí a la anciana loca con su gran nariz y su prodigiosa sonrisa, reflejo exacto de la mía.
Alois volvió pasadas las once de la noche. No hubo dramatismos de ninguna clase. (Las explicaciones vendrían después, y las oficiales le correspondía darlas al gran Theo.) Tocaron a la puerta. Era Alois.
—Tengo frío —dijo.
En realidad, tenía casi 42 grados de fiebre. Cuando lo pusieron en la cama, temblaba como un epiléptico. Theo Krieger se veía frío, pero cuando se apoyó en la cama para mirar a Alois, vi que sus sanguíneos nudillos habían adquirido una súbita tonalidad blanca (creí comprender de pronto la frase: rojo blanco). Geneviève Krieger se hizo cargo de él. Pronto, sin embargo, se vio que era necesario llamar a un médico. (Los Krieger nunca hemos llamado al médico, salvo en casos extremos. Éste al parecer era uno de ellos.) El médico declaró que Alois sufría de una severa alergia (fue la primera vez que oí pronunciar la frase “fiebre del heno”), y que era necesario hacer tal y tal cosa. Lo cual fue hecho en todos sus puntos con exactitud y celo kriegeriano. Durante la semana siguiente, se produjeron algunas transformaciones curiosas en Alois (transformaciones, debo aclararlo, irreversibles). La más impresionante fue la del pelo. Éste, que había sido siempre lacio hasta parecer muerto, se encaracoló de forma irresistible, ofreciendo a partir de ese momento la apariencia desasosegante de una tormenta de paja en pleno apogeo. Y su piel también cambió. Antes había sido de un hermoso blanco de leche, aunque un poco mate. De pronto, adquirió un brillo oscuro y casi cetrino, como de trigo quemado. Y aparecieron en ella lunares dispersos, y dos manchas (una de ellas, en su costado derecho, tenía una forma asombrosamente parecida a la del mapa de Inglaterra.) De algún modo que se niega a ser descrito adecuadamente (¿era más tosco? ¿más esforzado? ¿más ágil?), Alois parecía haberse adelantado súbitamente a su tiempo. Al mismo tiempo, se convirtió en el prisionero de la medicina. (Por todo ello, hay gente que dice que Alois y yo no parecemos hermanos. Pero lo somos. Vaya si lo somos.) Sé que nuestra vida nunca volvió a ser la misma, aunque no podría decir dónde exactamente estuvo el cambio. Pero todo cambió, eso es seguro. Sutil pero irrevocablemente. En cuanto a la vieja de la  casona desvencijada, no volvió a asomar su jeta aguardentosa en el hueco destartalado de la ventana. Sé cómo murió, pero no voy a contarlo. Lo sé casi todo (guerras, terremotos, derrumbes), porque Ottla Krieger, mis queridos amigos, llegó a la casi inimaginable edad de 89 años, en una soledad-espacio (dos casas, dos mudos pares de ojos, dos espejos) cada vez más grande (cada vez más cabrilleante y sonora), como el océano que hizo estallar la cabeza de la rana. Era como la versión inversa de un cuento para niños (escrito al revés, en un espejo). Aunque no es seguro que sea de eso de lo que va a hablarles ahora.
Oigamos a la intensa Ottla:
Sé que mi madre nunca logró desasirse de su Berlín amado. Supongo que murió con esa imagen en los ojos. Y sospecho algo más extraño aún: que el Berlín supremo era para ella precisamente ese Berlín en ruinas que aparece en la comedia clásica de Billy Wilder. Sólo para alguien aquejado de ese tipo de nostalgia (de ese regressus ad infinitum) puede la radio significar tanto. Que significó tanto. Al fin y al cabo ese océano de vida no es sino una sopa literario-matemática (una concentración alfanumérica de vulgar líquido). ¿Dónde está la verdad en todo eso?
Acaso la indómita Geneviève Krieger se lo preguntó con el ojo hundido en el abrillantado visor del microscopio. Ni siquiera la radio puede ocultar ese impresionante agujero, mi querida Geni. Quiénes somos a dónde vamos, bla bla bla. La baba que cuelga de la boca de un niño es más instructiva que todo eso. La errabundia de Theodobaldus Krieger frente a la errabundia del mesmerizado Hesse. Lo que vemos a nuestro alrededor son puros espejos. Sombras y luces. En cada uno de nosotros hay un pintor fantástico y mediocre que nos arrastra hacia las luces del circo. Los hombres Krieger (uno muerto y el otro vivo) perduran en la gloria sin recompensa de los titanes, mientras que yo me consumo en el infierno de los sirgadores, mirando el horizonte de fuego donde arden todos mis amores contradictorios.
¿Murió finalmente Ottla en su vieja mecedora de mimbre, aferrada a un desastrado manuscrito y temblando de frío bajo el peso de una última duda, como el malogrado Grunwald en su sucia celda de caballero el día antes de la denegación suprema? ¿Quién podría decirlo?

                              ***                                

Alois Krieger se detuvo jadeando en el borde que separaba la gravilla del campo y contempló el asombroso espectáculo que se ofrecía a su vista. A unos cien pasos de él, había un círculo de unos veinte metros de diámetro sembrado de grandes flores amarillas y húmedas que se balanceaban bajo algo muy semejante a un pálido cono de sombra. Y en medio de ese círculo jugaba un niño que parecía tener su misma edad, pero que al acercarse para observar mejor (el círculo lo atraía poderosamente, y sin saber cómo se encontraba ya cerca del borde mismo), vio que aunque de pequeño tamaño el niño aquel poseía unos músculos completamente formados, como los de un adulto, y una cabeza inusualmente grande coronada por una enmarañada cabellera de color amarillo rojizo. El niño daba vueltas incesantemente siguiendo el borde interior del círculo, y en cada nueva vuelta parecía decirle: «Ven a jugar conmigo, Alois. No sabes lo que te pierdes». Y Alois supo entonces que era el mismo que había visto pasar fugazmente corriendo por el jardín de la vieja casona y que Ottla, inexplicablemente, no vio. ¿Cómo podía resistirse? Finalmente, él también penetró en el círculo y comenzó a correr con ritmo acompasado a todo lo largo de su borde interno, sintiendo una indescriptible sensación de felicidad y alivio, como si todo fuera ya hermoso y justo para siempre bajo el cielo, en medio de las enormes flores amarillas, de indescriptible belleza. Corrió y corrió sin cansarse, disfrutando de aquella sensación de bienestar y gozo que parecía infinita y que de algún modo inexplicable estaba ligada a la presencia del niño que corría con él a lo largo del borde interior del círculo. De pronto (no tenía idea de cuánto tiempo había transcurrido) constató con leve asombro que el niño ya no estaba a su lado, y el súbito estremecimiento de haber olvidado algo muy importante lo hizo detenerse en seco.
Lo vio alejarse rápidamente (llevaba un paso enérgico, como de corredor de fondo), y de pronto quiso llamarlo, volver, pero algo se lo impedía, lo empujaba irresistiblemente hacia el círculo, le quitaba el vigor. Así que el niño aquel de rara complexión fue alejándose cada vez más, hasta que sólo fue un punto diminuto en el camino lleno de curvas que llevaba a la ciudad. (A lo lejos, se veía el fondo rojo del crepúsculo.)
Alois hizo una mueca de resignación (como diciendo: «tú te lo pierdes») y siguió dando vueltas a lo largo del borde interior del círculo.
  
 (Inédito)

       Fotografías de Martin Parr 


domingo, 19 de enero de 2020

Dos poemas de Silvano Russo



Apariencia

No logro entender
porqué vas con paraguas
por el medio de la calle
niña mía
rumbo a la playa
y con un libro de Proust.


Parvenza

Non riesco a capire 
perché cammini con l’ombrello 
nel mezzo della strada 
fanciulla mia 
tragitto dalla spiaggia 
con un libro di Proust.





Pájaro

Ayer, en el Caffe Dolce Gusto
frecuentado por nosotros todo este verano  
dejé un mensaje para Lilith.
Lo escribí en un pedazo de papel
que pedí al camarero.
Decía más o menos que la vida es un regalo,
y volar con ella una gran alegría.
Quién sabe si lo leyó.
Su tren para Schaffhausen
partía a las dos.
Antes de subir me vio con un ramo de margaritas
entre las maletas y el jefe de estación.
Con su sonrisa esplendente arrojó elegante
el sombrerito al aire.
Parecía un pájaro de Cerdeña.
¿Qué quiso decirme Lilith?
Quizás algo sabe de ornitología.


Uccello

Ieri, nel Caffe Dolce Gusto
frequentato da noi tutta questa estate
lasciai un messaggio a Lilith.
L’ho scritto su un pezzo di carta 
che ho chiesto al cameriere.
Diceva più o meno che la vita è un regalo,
e volare con lei una grande gioia.
Chissà se lo ha letto.
Il suo treno per Schaffhausen
partiva alle due.
Prima di salire mi ha visto con un mazzo di margherite 
tra i bagagli e il capostazione.
Con il suo sorriso splendente buttò elegante 
il cappellino per aria.
Sembrava un uccello della Sardegna.
Cosa voleva dirmi Lilith?
Forse sa qualcosa di ornitologia.



Traducción: Celso Escudero



miércoles, 15 de enero de 2020

Dostoievski




Czeslaw Milosz

He impartido algunos cursos sobre Dostoievski. En ocasiones me han preguntado por qué no escribo un libro sobre él. Suelo responder que se ha escrito una biblioteca entera en diferentes idiomas sobre este autor y que no soy un investigador de la literatura, sino como mucho un seudoinvestigador. Sin embargo, a decir verdad, el motivo es bien distinto.
Sería un libro basado en la desconfianza, y por lo tanto completamente prescindible. Si exceptuamos a Nietzsche, ningún otro escritor tuvo tanta influencia entre sus coetáneos como él la tuvo, y además tanto en el pensamiento europeo como en el norteamericano. Ni Balzac, ni Dickens, ni Flaubert, ni Stendhal, son apellidos universalmente conocidos ahora, a finales del siglo XX. Dostoievski utilizó las posibilidades formales de la novela como nadie antes (ni después) ha logrado hacerlo –aunque George Sand lo intentó- para ofrecernos el diagnóstico de un fenómeno enorme que él mismo había vivido desde dentro y que lo tenía subyugado: la decadencia de la fe religiosa. Su diagnóstico resultó ser correcto. Preveía que esta decadencia iba a cambiar drásticamente la mentalidad de la intelligentsia rusa. La Revolución Rusa fue la confirmación de Los poseídos (como lo reconoció de forma abierta Lunczarski) y de La leyenda sobre el gran inquisidor. 
Sin duda fue un profeta. Pero también un profesor peligroso. En su libro sobre la poética de Dostoievski, Bajtin impuso a todo el mundo la hipótesis de que la novela coral la había inventado el autor de Crimen y Castigo. La polifonía convierte a Dostoievski en un escritor moderno, un escritor que escucha voces, una gran cantidad de voces chocando unas con otras y formando ideas contradictorias. ¿Acaso no estamos expuestos todos a este ruido, a este chocar de voces, en la fase actual de nuestra civilización?
Sin embargo, su polifonía tiene límites. Detrás de ella se esconde un creyente fervoroso, un devoto del milenarismo y del mesianismo rusos. Es difícil encontrar algo menos polifónico que la escena de los polacos que aparece en Los hermanos Karamazov, una burda sátira que no encaja con la seriedad de la obra. La forma en la que trata a Iván Karamazov produce un efecto emotivo mucho más fuerte que el permitido por la polifonía.
A menudo se diferencia entre el Dostoievski ideólogo y el escritor para salvaguardar la grandeza de su obra, contaminada por los juicios desafortunados que emitía el autor; una diferencia que encuentra bastante apoyo en las tesis de Bajtin. Sin embargo, en realidad se puede afirmar que sin su mesianismo ruso y su ardiente preocupación por Rusia nunca se hubiese convertido en un escritor universal. No fue solo la preocupación por Rusia la que le dio fuerzas, sino también el temor que sentía ante el futuro de su país, lo que lo obligaba a escribir para advertir del peligro.
¿Era cristiano? La respuesta no está clara. ¿Quizás quiso serlo porque aparte del cristianismo no veía otra salvación para Rusia? Aunque el final de Los hermanos Karamazov deja la puerta entreabierta a la existencia de contrapesos eficaces a las fuerzas destructivas que él observaba. ¿Acaso el joven y puro Aliosha y sus doce discípulos, lo más parecido a un grupo de boy souts, iban a formar las huestes que salvarían a la Rusia cristiana de la revolución? Demasiado dulce y cursi.
Pero él huía de la cursilería, buscaba personajes con carácter. Por eso, llenó sus primeras novelas de pecadores, rebeldes, pervertidos, locos de la literatura mundial. Da la impresión de que antes de salvarse sus personajes deben descender al abismo del pecado y la vergüenza, aunque también creó a otros, como Swidrygailov y Stawrogin, que se condenaban irremediablemente. Pese a que puso algo suyo en todos sus personajes, uno de ellos representa, en mayor medida, su forma de pensar: Iván Karamnazov. Lev Shestov sospecha, y al parecer con razón, que Iván expresa la incapacidad última de Dostoievski para tener fe, que es la antítesis de personajes positivos como el viejo Zosima yAloisha. ¿Pero qué es lo que opina Iván? La lágrima de un niño le basta para devolver al Creador el “billete” y luego cuenta una leyenda, inventada por él mismo, sobre el Gran Inquisidor, cuyo significado se resumen en que si no se puede hacer a la gente feliz con la ayuda de Cristo hay que hacerlo con la ayuda del Diablo. Berdiayev escribió que Iván se caracteriza por una “falsa hipersensibilidad” y que sin duda el mismo juicio es aplicable a Dostoievski.
En una carta a la señora Fonvizin, Dostoiesvski escribió que si lo obligaban a elegir entre la verdad y Cristo, elegiría a Cristo. Quizá son más honrados aquellos que eligen la verdad incluso si ésta contradice en apariencia a Cristo (eso es lo que sostenía Simone Weil). Al menos no dependen de su imaginación y no crean un ídolo a su semejanza.
Hay un argumento que haría que me inclinara por un juicio más suave, a saber, el hecho de que Lev Shestov encontró en Dostoievski, ante todo, una inspiración para su filosofía trágica. Shestov es para mí muy importante. Gracias a su lectura pude entenderme intelectualmente con Joseph Brodsky.

Trad. Katarzyna Olszewska Sonnenberg y Sergio Trigán.

De Abecedario. Diccionario de una vida, F.C. E., México D-. F., 2003, pp. 172-70.
   

domingo, 5 de enero de 2020

La bella que olía mal



          Rogelio Saunders 

Le dije a Demetrio que lo peor que podía sucedernos en aquella Oscuridad Insondable era que nos perdiéramos. Y eso fue exactamente lo que sucedió. (Después —en ese después que está más allá de todo después, vivo o sobrevivo— el horrendo Demetrio repetiría que no.) En parte porque la señalización era escasa o nula, y en parte porque ése era nuestro destino y en el fondo el destino de todo lo traído de un modo imprudente a la luz y luego abandonado (no recogido hasta el fin, sin solución de continuidad). Yo me entiendo.
De todos modos, nos encaminábamos a una fiesta. Era así desde un principio. Desde siempre, se podría decir. La fiesta campestre. Una fiesta raigal. El guateque mitológico cuyas figuras centelleaban en el fondo de nuestras retinas mucho antes de que nos hubiéramos conocido en aquel fin de todo que nos reunió como a un montón de bolos dispersos a la orilla de una playa meridional, llenos de cualquier cosa menos de ánimo. Era al comienzo de un año y para nosotros el fin. Ése fue el verdadero origen de todo (como ersatz del comienzo nunca nombrado, imposible de nombrar), aunque nadie lo recordaría después, como quien no recuerda que tuvo un hermano que nació muerto.
¿Por qué estaba hablando de estas cosas? Ninguna fiesta raigal. Ningún arraigo. Una oscuridad y dispersión profundas. Un miedo seminal. El gran terror y el terror de Demetrio, que fue quien (con su pseudoingenuidad fantástico-campesina) nos arrastró a ese Eldorado violeta, allá en el fondo, donde se dibujan las siluetas de árboles. Y sin embargo, risas. La risa era el signo de una alegría nueva. La risa de los perdidos, tal como suena originariamente. Risa doble. Risa en lo oscuro. Risa de lo oscuro. Ja ja —reíamos. Ja ja.
Ahora ya no veo a nadie. Pero, ¿por qué tendría que ver a alguien? Oh, Demetrio. No hay que precipitarse. No será tan sencillo. No será, sin duda, cosa de coser y cantar. La discusión tuvo lugar en el espesor del tiempo (habrían transcurrido no menos de cincuenta siglos), y versaba, ¿quién podría ponerlo en duda?, sobre el carácter tradicional, sobre la forma que tienen ellos de comer y de vestir, etc. etc. etc. (Los quiénes. O: ¿dónde? Pero sobre todo: ¿cómo saberlo? Desde lo falso, desde lo oscuro, desde lo casi entrañable.) No lo desmentía nuestra propia excursión (o mejor dicho: invitación) y el modo más bien desaconsejable (y desde luego, desapacible) en que habíamos enfilado por fin el camino amarillo. (La inquietante —pero sórdida-alegre— carencia de señalización. De significación. El brutal paso del calor al frío. De la demasiada luz a la muerte desmedida. Ínfimo y desmedidamente frío revoleteo de trocitos de hielo en la franjada neblina violeta. Un cansancio sencillamente atroz.) En torno se moverían los hombres tradicionales con sus coloridos trajes como pintados al óleo. O bien sonreirían impávidos, detenidos en un horizonte lineal alargado ad infinitum. De modo que las cosas estarían (estaban) dispuestas de la siguiente manera:

   la mesa en herradura
   los perdidos tres (o cuatro) o cinco, destinados al                       
               polvo
   el mantel blanco
   los corifeos campesinos figuras principales,                     
               mujeres y
   hombres
   añádanse (o suprímanse) detalles
   grandes sonrisas, o cejas fruncidas, el vello súbito                     
               de un brazo: aleluya del eructo
   manos hinchadas
   ella, la novia vestida
   la hermosa vestida-desnuda
   entró, nunca

En el crepúsculo rojodorado perenne conversaban (conversan y conversarían) tales las figuras. (Yo lo sabía todo y ya incapaz de tocar su apariencia de acontecimiento. Sólo la fuga.) Visibles invisibles los bien trazados huertos. El pequeño castello imaginario. Imprescindible. Decisivo. Pero nada era decisivo o no eso. No eso. Todavía estábamos en la playa. Todavía era imposible (y lo sería por mucho tiempo) que hubiera ninguna playa, ningún fin. Ah: qué soberbio. Carcajada del estopado-emparedado. Gran risa detenida pálida en la pared no sólida sino absorta en su furioso misterio. Los siglos congelados en el lento espaciamiento silencioso de la parafina. La hiedra carnívora enredada a los pies del ángel. La pequeña ventana inconsciente de su espesor allende el cuadrado azul presto a volar a la señal invisible y catastrófica. (De la catástrofe que lo había precedido todo un lapso infinito. Oíamos pero no oíamos. Yo no oía.)
Era esto de lo que Demetrio nos había hablado. Era el paso antiguo de cortejo y la gran entrada. El vestido blanco con adornos, la doble línea paralela ondulando en el dobladillo (qué palabra) y la corona de flores. O sin corona de flores. El óvalo, perfecto, indescriptible. Era un venir siempre y un colorido e imperecedero sentarse. Imagen de la imagen, de lo fantástico a lo sórdido y luego a. Etcétera. Andar perenne inmóvil. La sal de la tierra. El trazo exquisito cuasi veneciano pero profundamente flamenco. El vientre hinchado y la cabeza en oblicuidad de espejo temporal. El quiasmo. La inserción. El discurso también inmóvil y oscuro andante del horrendo Demetrio. Había hablado. Él. Y todos. Vueltos en sí mismos (en nos mismos) figuras de papel en danza de papel frente a otras figuras (campechanas risueñas) también de papel. (De papel crujiente, de taburete sonriente-crujiente.) Al habla sin eco y sin palabra-voz. Las lomas de mazapán. El barro trasunto del azúcar. Los bien trazados huertos con su verdor profundo como un gran fiordo de sueño. Nos reíamos todos. Cómo nos reíamos. Éramos jóvenes y reíamos. Aún lo somos y ahora no querríamos serlo. Nunca haberlo sido. Pero nunca (cómo callarlo y como no proclamarlo) —ese algo— ha sido. Ese infinitesimal no-sido —al sólo y no de algo, borde— nos empujó.  Hacia ella, qué duda cabe. Hacia su belleza tranquila e inextensa y en consecuencia irreal. Hacia lo irreal infinitamente real y hacia lo real infinitamente irreal. E (sin solución) infinitamente carnal.  Carnavalesco, sí.  Un último carnaval. Nunca vimos. Simplemente, apareció. Fue ese aparecer lo que nos fascinó. No lo sabíamos, pero eso fue. Ese en realidad des-aparecer. Desaparecer de todos los rostros, de todas las imá-genes. Nada subsistió, en medio de las probables (pero improbables) previsibles risas. La alegría sólo posible, presta a adherirse casi carnívoramente (pero sobre todo carnavalescamente) a un ser. Quisiera (hubiera querido) decir: es (fue) eso. Ella en medio de todos como el todo dispuesto sin más a desaparecer. Lo perpetuo sino en la fuga. Observaciones. Inevitables derivaciones-digresiones hijas de la mentira que es toda verdad. El viento-aire detenido y frío cohabitando con el calor-alegría de los ojillos chispeantes. Alcohol frotado sobre la pierna verde de frío. Ojos como restos de corteza, ahorquillados en la rama frágil del seto. Frío terror del que intuye el mal sueño ya desde siempre (sin cuándo) enhebrado (ya siempre inscrito: res verbum) en lo real. El vuelo (el revuelo) de las hojas.



Lo que nos hacía (nos hizo) contener el aliento (fascinados-retrocedidos) un instante eterno (era) (fue) el olor. Su belleza perfecta junto a la presencia insoslayable de su olor. Un olor nuevo de tan antiguo, de tan enterrado en el corazón, perpetuo como el circuito arcaico y polvoriento de las venas. Infinito, sin solución de continuidad. En una palabra: el cogollito casi risueño del horror. Lo que manaba sin más en ella y por ella. Indudable. Indestructible. Insoportable. Una podredumbre desmedida junto a (o contiguo de) el sueño especioso de una blancura sin límites. Todo lo podrido, lo descompuesto más allá de toda descomposición estaba, ciego, allí. En ella. Viniendo de ella. Yendo como un golpe de aire pleno hacia ella. La belleza indescriptible junto a la afrenta del olor. No juntos, ni simultáneos. Sino únicos disimultáneos. Eso era lo que convertía los ojos en relojes enloquecidos. Un olor irrespirable y que ya siempre estaba allí, fluyendo sin pausa de su belleza como aquello mismo que la hacía existir. Lo imposible-posible de su belleza multitudinaria sin espacio. Sin parangón. La abrumadora presencia, bella hasta las lágrimas, de la imposibilidad. La blancura desmedida y la podredumbre sin fin, engendrándose una a la otra como en la recirculación sencilla (mitológica) entre la enfermedad y el horror. Verla y morir. Amar lo incesante y odiar en ese mismo movimiento toda inmortalidad. (Toda posibilidad de inmortalidad. Toda muerte y toda vida: oh fragor.) Condenado a morir en el vasto cuerpo de la virgen, no blanco sino azul (de un azul profundo, oceánico). Era ella inconcebible sin ese olor, y al mismo tiempo era impensable en él. Nadie (menos que nadie Demetrio) podía pensarla allí (así). La frase salvadora que nadie pronunció: _____________________________________. Porque nadie, oh campesinos, era (fue) capaz de decidir. El resplandor de lo buscado en el espesor del tiempo hecho canon, ansia indecible, fuga de las copas dormidas en su verdor profundo, en su inapelable rechazo de todo amor. La imposibilidad de reírse, preso en el invisible borde y quiasmo de lo sagrado/profano. Detenidos incesantemente por el pequeño triángulo. Arrinconados como colegiales traviesos en un banco descolorido, adosadas las espaldas sudorosas la pared de cal. Sentía mi rostro a punto de estallar, inflamado sin límites por el agolpamiento asfixiante de una repugnancia sin fin. Los otros (que nunca existieron) ya no podían aspirar al paso en falso benévolo de una como si y siempre equívoca existencia. No fueron capaces (pero ¿qué cosa hubieran debido ser?) de subsistir en ese olor (en el vuelco sin más, el surplus insobrepasable). No podían hablar de él, abrumados por su horror-risa. Horripilados-disueltos en el vaho purpúreo de la ola que los había traído hasta aquí y luego se los llevó (absurdos bailarines de quebrada cintura allende el trazo siempre indiferente del pincel). Pero tampoco podían callar, víctimas de sus manos desligadas. Ninguno. Nadie y nada. Sólo esa belleza-olor sin límites. Sólo esa repugnancia-atracción sin límites. Esa marea atroz que me arrojaba al abismo de mi propia desaparición, incapaz de nombrar lo que a toda costa (con dolorosa, atroz urgencia) necesitaba nombrar. Ni nombres ni el alivio del reconocimiento de lo real. Sólo, implacable, la belleza. Sólo el olor. Lo indescriptible de lo inadmisible y no nombrable. Indecible (indecidible) mente bello. El rostro. El óvalo. La perfección sin error (hecha de herrør puro). El resplandor mortal cegando las bocas asomadas al sórdido emparejamiento del vidrio. Y el lago lejano, la imprescindible agua estancada con su antiguo rumor de voces sin significado, sin signo. Todos reían-callaban queriendo hacer señales invisibles. Pero era el reverso mismo lo que devoraba los signos. Lo que diluía el trazo de las bocas y daba a los ojos la desmedida apariencia de una visión de la que nunca hubieran sido capaces, cegados por la urgencia (necessitas) de ver.
No podía soportarlo y no podía abandonarlo. No sé ni quiero saber cuál es tu nombre, le dije. Pero, si lo supiera, tampoco hubiera podido hacer profesión de fe. No creo, pero creo. Y ella me dijo: Cuando ni siquiera el polvo consiga recordar el eco más leve de tu nombre, tú todavía recordarás, Demetrio. La horrenda figura se alejó. Ella vino hacia mí. Ven. Ojalá hubiéramos dormido allí. (En el castello, quién sabe dónde.) Hubiéramos podido acogernos a la hospitalaria falsedad y no a lo insoslayable falso con lo que es imposible pactar por su indecible, destartajada, voluptuosa alegría. Oh: cómo reíamos. Sombras campesinas y una ondulación señera. Allí. En la tarde detenida. Fui hacia ella, sobrecogido por el horror. No podía detenerme, pero tampoco conseguía hacerme con ella en alas de una mediocre y siempre latente ansia de normalidad (no había normalidad ni ansia). Avanzábamos en la misma dirección, soñadores confundidos por la nostalgia de un solo instante inextenso, como si algo hubiera sido posible y menos aún verificable. (En el fondo, era imposible todo encuentro. Sólo el encontrarse mismo indiferente e infinito, sin posibilidad de encuentro, sin instantaneidad ni espacio, como un espejo que se contemplase en otro espejo.) No hubo verificación y si una intensa, desgarradora verosimilitud. Una identidad que hacía imposible toda sonrisa, toda fraternidad, toda vela de armas. Repelidos por idéntico asco. Atraídos por la misma desmesura. Por el espesor sin consistencia de un deseo que desdibujaba todo deseo, desgarrado por un infinito paralelismo (sexo sin medida, colmo sin forma). Por la fuga infinita patente y sólo obscena en el azul indescriptible del ventanuco. Por la falsedad clamorosa de la torre. Nunca entre nosotros. En nosotros sin nosotros pero siempre, infinitamente, viniendo de nosotros (este no-nosotros, negación infinita e infinita aglomeración), como un sostenido y nunca idéntico, soberbio desborde. Despojados de la imposibilidad de amar por la misma ansia sin límites que nos despojaba de toda ansia y de todo sueño. Nunca tan ajenos y sin embargo al mismo tiempo nunca tan dueños (tan atrozmente dueños) de nosotros mismos. Riéndonos como niños de la temeraria travesura en la sinusoide donde saltaban con eléctrico chisporreteo los trocitos de hielo en medio de la franjada neblina violeta. Se lo dije (a Demetrio y a los otros, ya no sé cuántos), pero ninguno escuchó. El lago-mar infinitesimal. El inexistente-imprescindible castello. El cuadrado y su móvil-intenso-perenne-incandescente punto de fuga. Ven. El horrendo arco iris monocorde. «Oh tú». Fui. Yo el horrendo Demetrio fui.
El banco apacible había sido subdividido al sesgo por la luz llena de fino polvo del sol. Levanté la barbilla al leve viento de poniente cuando oí sus pasos. Ella traía entre sus manos el viejo álbum de familia tal como yo se lo había pedido. Se sentó con engalanada lentitud y lo abrió sobre su regazo. En ella el gesto ceremonioso era tan natural que todo gesto natural era visto luego como un complicado, innoble artificio. Así yo también, atraído a la comunión de nuestro amor reciente pero imperecedero. Abrió el libro y, a mi señal, comenzó a pasar las bien cuidadas páginas. Era para eso que habíamos venido. A lo lejos se oía el lento oleaje del mar. A veces, también, la risa brusca de una gaviota en vuelo perdido. Fue eso o que me distraje por un segundo en su atención exquisita, de la que todo libro querría ser digno. Bajé la mirada y mis ojos desprevenidos cayeron sobre una fotografía. No era una fotografía borrosa, pero sí antigua. Un segundo de ausencia pura en el que el viento azul movió una guedeja blanquecina con gracioso movimiento de helicoide. Su mano inició un gesto sencillo, que nunca concluyó. Debió ver en mi cara una mueca de horror, porque se levantó de un salto, espantada. Oí caer con estrépito el libro de tapas de hule, y vi la rajadura instantánea en la pared antigua del campanario. Y eso fue todo.
A todos los que murieron, después y ahora, al horrendo Demetrio, vivo, sobrevivo (cuyo nombre no puedo pronunciar sin reverencia), les digo: hay un horror más profundo que el del ojo que mira entre las líneas divergentes y el de la carcajada que se oye con mudo estruendo en el fondo de un pozo. (La carcajada desligada de la boca presa entre las paredes sucesivas del pozo. La boca furiosa que se alarga sin pausa en su loca ansia de encontrarse para siempre con la carcajada, maldecida por un inexplicable y nunca surgido reverso.)
El paisaje sigue siendo el mismo. Inmóvil. Bello hasta lo insoportable. Los campesinos ondulan aún en el horizonte lineal, con sus perennes sonrisas impávidas sentados a la mesa perpetua de su banquete colorinesco y seglar. Podría decir que soy uno más de los lugareños, si la expresión no tuviera una resonancia excesiva, el peso infinito de la repetición, del horror risueño que canta en cada milímetro de la escena como la ola que baña una playa meridional, con anodino empuje, rodeando los pies felices de los niños y, sobre todo, autorizando la mano que retoca con maestría un tono, que confirma la silueta mínima, casi insignificante, de un sombrero, de una mano desvaída que ondula en el aire azul coincidiendo con el escorzo iluminado de un ala perpetua, incesante, diagonal.


          Del libro de cuentos inédito Una muerte saludable. 


         Fotografías de Jeanloup Sieff