viernes, 3 de diciembre de 2021

Golondrinas de París


Ramón Vasconcelos 


Con los primeros fríos de noviembre se han ido los últimos turistas cubanos.

Apenas los árboles del Luxemburgo y el Bosque comienzan a desnudarse, nuestros compatriotas toman la maleta y buscan el paquebot que lo devuelva al muelle de La Habana.

Es lástima que todos los años se marchen tan pronto, porque traen con ellos la rumbosidad, la alegría y el entusiasmo del trópico. Traen los brazos abiertos y la radiación simpática del rayo de sol.

Los hoteleros no los pierden de vista. "¡Cubains!" (Pagan bien). Los garzones conocen su esplendidez. "Les cubains son tres gentils." En los espectáculos ocupan las primeras plazas. Se sabe que gastan, y que siendo metecos porque vienen de fuera con la cartera llena, no son rastacueros, porque no pretenden atraer la atención con el ridículo y el escándalo.

París, que tiene una clasificación sutil —y crematística— para las cosas, sitúa al cubano entre el argentino que lo provee de tangos llorones y el yanqui que lo aplasta con el dólar. Cubains, dice, sin decidirse a más. Y es bastante. Es el O. K., le droit de cité para el vecino y amigo de los Estados Unidos, que lo nutren, lo visten, lo calzan e influyen en su mentalidad y en sus finanzas. El francés tiene el deber de no exteriorizarse mucho sino a condición de que se exterioricen en igual medida los francos del prójimo. Sus sentimientos responden a las combinaciones del coffrefort.

El cubano, amigo del lujo, ocupa un sitio decente entre la clientela de Mariana. Además, Heredia dejó los Trofeos, puros y rutilantes como medallas de oro. Aún se recuerda un poco a Albarrán. Y acaso White no esté olvidado completamente. ¿Cuba? ¡No se está seguro del detalle geográfico, pero se tiene la certeza de que es una isla bella y ardiente en que se bailan danzas voluptuosas y en que los habanos auténticos humean como incensarios en todas partes, día y noche.

La intervención platónica de Cuba en la Gran Guerra se ignora. Si en vez de producir azúcar para los aliados hubiera enviado cuarenta mil hombres al frente contra los alemanes como se pensaba, de su sacrificio no quedaría constancia más que en los anales de la Legión de Honor y en las ofrendas periódicas de los turistas cubanos al soldado desconocido.

Es lástima que los cubanos escapen con los primeros fríos llevándose el calor de su cordialidad y el brillo de su opulencia.

Los ángulos de moda del bulevar no los confunden; los ateliers, cafés y rincones adorables de Montparnasse los acogen con gusto. Y si no los despiden cuando se marchan ni los reciben en la puerta cuando arriban, es porque no les alcanza el tiempo para hacerle los honores al ejército de muchachos que vienen anualmente de los más remotos países a revolucionar el Arte desde las mesas de La Rotonde, Le Dome y La Coupole.

Con la ausencia de los turistas cubanos enmudece el son de ciertos cabarets y se cierra la temporada de los banquetes.

Un "curro del Manglar", por muy descubanizado que esté, no deja de ser un tipo criollo de agradable recuerdo, sobre todo si nos saluda en compañía de un apache y un gitano adulterado.

Esa es la noción más completa que tienen de las costumbres de América. Pero los americanos tomamos represalias banqueteándonos en los restoranes parisienses y formando tertulias en las terrazas de los cafés.

A lo mejor nos tropezamos con un señor redondo como un balón. Es un camarada que ha aumentado de peso desde la última vez que le vimos. Se ha dedicado a organizar banquetes en el verano y a servir de "cicerone" por los restoranes famosos a los recién llegados.

—¿No conoce usted los templos de la culinaria francesa donde todavía oficia a conciencia el cordon bleu? El buen comer y el buen beber son tradiciones de Francia. Recuerde que Brillat-Savarin escribió aquí su Fisiología del Gusto. Recuerde que Montaigne calificó de ciencia la guía francesa. Recuerde que fue aquí también donde Vatel se atravesó el cuerpo con una espada por no haber llegado a tiempo el pescado que debía servir a Luis XIV —pescado que llegó por cierto en el momento preciso del suicidio—. Recuerde, en fin, que Francisco I y Enrique IV cuidaban tanto de su cocina como de sus Estados. Nombres célebres en las letras firmaron recetas de asados y pasteles. Rabelais dejó noventa y ocho dulces inventados por su apetito. Richelieu fue un consumado gourmet.

Tan calurosa y erudita alabanza a la cocina gala —enorme y delicada, según Verlaine—, lleva a cualquiera, sin remedio, a laToar d'Argent, especie de Santa Capilla del condimento y el vino añejo.

Hay también quienes toman venganza de América exagerando su parisianismo. París es bello; París es adorable —dicen— a pesar de la invasión de metecos, que todo lo echan a perder con su exotismo y su mal gusto. Ya no se corona a los poetas en los cafés literarios. ¡Lo que sería hallar una tarde de éstas a Musset bebiendo su ajenjo en el Café de la Regencia! ¡O a Verlaine, andrajoso y borracho, dormido en una mesa! ¡O a Paul Fort coronado en la Closerie de Lilas!

Dan ganas de decirle a estos admiradores nostálgicos de un París que ya se ha ido para siempre y han visto a través de Rubén Darío y Gómez Carrillo: 

—Es indudable que no se ven ahora poetas que exhiban sus harapos y su beodez pollos cafés ni genios que mueran en los hospitales públicos. Pero esto no es un mal. La mitad del París que ustedes añoran no existe y la otra mitad no ha existido nunca. París se moderniza y cambia como todo en el mundo. Cada día derriba un edificio viejo y una idea anacrónica, y de esto se felicitan los franceses. ¿Por qué, en vez de cuidarse de los hombres y las cosas de París, que clava los alfileres de su esprit en el advenedizo y el meteco, no le prestan atención a las cosas y los hombres de Quezaltenango (Guatemala) o de Yaguajay (Cuba)?

Entonces, ¿para qué residir en Lutecia? Desdeñar la América y lo americano viste bien y da cierta importancia. Una fotografía hecha en París y publicada en América es de eficacia decisiva. Por esto, cuando un compatriota niega su concurso a un banquete, se le hace cambiar de criterio con sólo mostrarle la cámara fotográfica y decirle:

 —Habrá retrato.

Es un truco que no falla.

 

Bulevar. Iluminaciones sobre el Sena, La Habana, Cultural S. A., 1938, pp. 175-182. 


miércoles, 1 de diciembre de 2021

La naturaleza a la escuela


Julio Camba


—Hoy he visto un personaje que parecía exactamente un cuadro de usted —le dijo un día a Whistler una de sus admiradoras. 

Y el gran pintor, con la mayor tranquilidad del mundo, le respondió:

—No me sorprende. Desde que yo empecé a pintar la naturaleza ha hecho progresos notabilísimos...

—¡Qué frase magnífica! —le decía, días después, Oscar Wilde a Whistler. Me gustaría infinito que se me hubiese ocurrido a mí.

A lo que Whistler cuentan que repuso:

—No te preocupes, Oscar. Ya se te ocurrirá...

Y, en efecto, de aquella frase parece que fue de donde el autor del «De profundis» sacó su célebre paradoja de que la naturaleza imita al arte y de que los crepúsculos del Támesis no son, o no serán, más que una copia de las decoraciones del Covent Gardem; pero, dejando a un lado esta cuestión de paternidad, lo indudable es que, si la naturaleza no imita al arte, por lo menos el arte nos enseña a ver la naturaleza y que, al enseñarnos a verla, la modifica de una manera sustancial ante nuestros ojos. De otro modo: no es que el señor a quien le hacen un retrato en el que predominan tales o cuales valores de su fisonomía, que hasta entonces habían pasado generalmente inadvertidos, tenga que someterse a un régimen o que imponerse al menor esfuerzo para parecerse al retrato que le hicieron y aprovechar así el dinero que invirtió en él. No. Sin que el modelo necesite hacer esfuerzo alguno, todo el mundo, en lo sucesivo, empezará a verlo tal y como lo vio el artista y, a condición de que éste haya estado acertado en su interpretación, el señor del retrato ya no volverá nunca a ser lo que era.

En esta forma, y no en otra, es como tantos señores acaban por parecerse a sus propios retratos, como los paisajes naturales copian o recuerdan casi siempre los de los paisajistas y como toda la naturaleza, en fin, viene imitando el arte desde el día remotísimo en que éste se puso a darle lecciones en la cueva de Altamira.

«El arte es una esclavitud —dice Wells—. Yo prefiero contemplar el salto de un pez o el vuelo de un pájaro a la mayor obra de arte antigua o contemporánea.»

Pero, cuando el célebre escritor hace esta afirmación, ¿está completamente seguro de que los peces y los pájaros que él pueda contemplar no son, en cierto modo, unas creaciones artísticas?

Vivimos en un mundo deformado por siglos y más siglos de civilización y de cultura, donde los pájaros y los peces han perdido, por decirlo así, toda su naturalidad y donde sólo algún artista extraordinario logra muy de tarde verlos a su manera en vez de verlos a la manera de los otros artistas. 


La Vanguardia, 26 de julio 1949, p. 4. 


sábado, 27 de noviembre de 2021

Incursión


 

Pedro Marqués de Armas


A medida que te adentrabas

en la noche

de populosos gineceos

Yoshivara japonés

o cerámico muro alejandrino

emergía lenta y bamboleante

la Venus negra de Baudelaire

 

Qué oscura debió resultarte

esa incursión

por otro lado

nada excursionaria

para entreverlo todo

“a la luz violeta de Goya

el macabro”

 

De tanto impostado satanismo

te despertó (y esto

como todo lo anterior

según propias palabras)

la cuchillada en plena jeta al guapo

tabernario y el grito

de punta a punta

de las cloróticas

pintarrajeadas

hetairas

 

En la accesoria sonaba un madrigal

que hablaba de puñales

justificando tus imágenes

en tanto (buena montura

mejor montaje) en zapaticos

ideográficos

taconeaba

Madame Rouge

 

Pero solo la Venus negra tenía la clave

solo ella a la luz de los carbones

en esa tu noche sifiliaria

espesa como un parapeto

 

 

(De la serie Homenaje a José Juan Tablada)


sábado, 13 de noviembre de 2021

El interrogatorio

 


Virgilio Piñera


¿Cómo se llama?

-Porfirio.

¿Quiénes son sus padres?

-Antonio y Margarita.

¿Dónde nació?

-En América.

¿Qué edad tiene?

-Treinta y tres años.

¿Soltero o casado?

-Soltero.

¿Oficio?

-Albañil.

¿Sabe que se le acusa de haber dado muerte a la hija de su patrona?

-Sí, lo sé.

¿Tiene algo más que declarar?

-Que soy inocente.

El juez entonces mira vagamente al acusado y le dice:

-Usted no se llama Porfirio; usted no tiene padres que se llamen Antonio y Margarita; usted no nació en América; usted no tiene treinta y tres años; usted no es soltero; usted no es albañil; usted no ha dado muerte a la hija de su patrona; usted no es inocente.

-¿Qué soy entonces? –exclama el acusado.

Y el juez, que lo sigue mirando vagamente, le responde:

-Un hombre que cree llamarse Porfirio; que sus padres se llaman Antonio y Margarita; que ha nacido en América; que tiene treinta y tres años; que es soltero; que es albañil; que ha dado muerte a la hija de su patrona; que es inocente.

-Pero estoy acusado –objeta el albañil-. Hasta que no se prueben los hechos, estaré amenazado de muerte.

-Eso no importa –contesta el juez, siempre con su vaguedad característica-. ¿No es esa misma acusación tan inexistente como todas sus respuestas al interrogatorio? ¿Cómo el interrogatorio mismo?

-¿Y la sentencia?

-Cuando ella se dicte, habrá desaparecido para usted la última oportunidad de comprenderlo todo -dice el juez; y su voz parece emitida como desde un megáfono.

-¿Estoy, pues, condenado a muerte? -gimotea el albañil-. Juro que soy inocente.

-No; acaba usted de ser absuelto. Pero veo con infinito horror que usted se llama Porfirio; que sus padres son Antonio y Margarita; que nació en América; que tiene treinta y tres años; que es soltero; que es albañil; que está acusado de haber dado muerte a la hija de su patrona; que es inocente; que ha sido absuelto, y que, finalmente, está usted perdido.                                


domingo, 7 de noviembre de 2021

La visita


Guillermo Cabrera Infante


El hombre no estaba ahí y de pronto estaba ahí. Debía haberlo visto cuando entró pero no lo vi. Después de una peritonitis por ruptura de la vesícula, con un catéter a través del pene, una sonda en la herida y dos botellas goteando agua y antibióticos allá arriba y detrás de mí, no estaba preparado para nada que no fuera oír cómo ella contaba un cuento de su niñez allá en el Escambray.

Pero con quince kilos menos todavía era reconocible por mi barba y mi bigote y las gafas de aro de metal que son ya como una tarjeta de visita. Sólo que era yo el que recibía la visita ahora.

El hombre, que había empujado la puerta sin siquiera tocar, se instaló, sin pedir permiso, en la banqueta donde ella descansaba los pies, casualmente junto a la única puerta. Al otro lado de la cama estaba el timbre para llamar a la enfermera de turno pero quedaba fuera de mi alcance ahora. El hombre sonrió una extraña mueca de convidado de piedra. Iba vestido, pude notar, correctamente y por un momento pensé que era otro médico, con un traje sin embargo que no podía llevar ningún médico inglés porque era de una seda (era verano) que brillaba barata, como si quisiera al llevarlo dar la falsa impresión de ser importante. Fue, por supuesto, casi decisivo.

Cuando se sentó ella le preguntó quién era porque también creía que era otro médico: un especialista más de visita. Hubo tantos alrededor de la mesa de operaciones donde había quedado infectado por un estafilococo áureo, una bacteria de quirófano que se comporta como un virus oportunista.

    —Who are you?— preguntó ella de nuevo.
    —Yo soy un cubano —dijo el visitante inesperado.

Enseguida ella y yo supimos que era un cubano, casi un cubanazo por su desenfado y sus ojos maliciosos debajo de las gafas calobares, que se aclaraban ahora a la baja luz del cuarto.

    —Pero ¿cómo supo que estábamos aquí?
    —Señora, yo lo sé todo.
    —¿Cómo supo que estábamos en este hospital?

Era el Cromwell Hospital, donde me habían ingresado del Chelsea-Westminster Hospital para combatir la infección aislándome.

    —Ah, fue muy fácil. Fui a los bajos de su casa y le pregunté a la vecina del sótano en qué hospital estaba él (señalando) ahora.

Así había hecho y así le habían dicho después de declararse, enfático, muy buen amigo mío y sabido que había sido trasladado a otro hospital. La mentira crecía creíble todavía:

   —Me dijo que él se estaba muriendo.
     Miriam Gómez lo encaró de frente.
    —No, él no se está muriendo. Se le reventó la vesícula y tuvo después una infección.

El visitante era insistente y sabía inglés.

    —Pero en la puerta dice que él está muy mal y que en este cuarto no se puede entrar.
    —Solamente tiene un microbio fecal que puede contagiar a otros enfermos.
    —Pero las enfermeras vienen siempre con delantal de plástico y guantes. Es lo que dice ahí.
    —Yo estoy aquí sin delantal ni guantes —dijo ella decisiva. El visitante cambió de conversación cuando vio su resolución.
    —Yo los vi a ustedes en el concierto de Rivera.

Como si hicieran falta más credenciales llamó Rivera a Paquito, como lo conoce todo el mundo, menos sus enemigos de Cuba. Luego, de pronto musical, preguntó:

   —¿No fueron ustedes a oír a la Orquesta Aragón?
     Sabía por qué quería saber: la Aragón es una orquesta oficial.
   —Nosotros no vamos a esas cosas.
   —Ya veo.
   —¿A qué vino usted aquí?
   —Señora, soy un testigo de Jehová y vengo a ayudar a su marido a pasar al otro mundo—y metiendo la mano en un bolso-sobre de cuero dijo: —Tengo aquí un librito para que él vea lo que pasa en el más allá cuando uno deja este mundo.

Casi dijo "este valle de lágrimas", pero con un ademán siniestro de su mano derecha me extendió un librito rojo. Que ella, rápida, interceptó y puso enseguida fuera de mi alcance en la mesita de noche para decir:

  —¿Pero ustedes no fueron los que le llenaron la Plaza a Fidel Castro pidiendo el fin del embargo?

   —Nosotros, señora, no hemos ido a ninguna parte —dijo y se puso de pie para irse como había venido el hombre que estuvo ahí y de pronto no estaba. Pero había cometido un error: habló demasiado y demasiado pronto. Ella, tan ágil como se lo permitió la banqueta, abrió la puerta pero no vio a nadie. Ahora apartó la parafernalia médica y fue a la ventana, con tiempo para ver salir a la calle a nuestro visitante y dar palmaditas en la espalda a un acompañante que vestía con el atuendo que hizo popular entre la diplomacia cubana Robertico Robaina cuando era ministro de Relaciones Exteriores. Sólo que éste no era Robaina, a quien en España llamaron el Embajador de la Salsa: la suya era otra misión, pero también era un agente a la moda de los años sesenta.

Ahora ella se movió hacia la puerta y el pasillo, donde se encontró por una casualidad más divina que humana con la enfermera-jefe, que se movía ignorante de todo. Ella le informó que nuestra habitación había sido allanada por un obvio ajeno: an alien, dijo ella. "¡No puede ser!", dijo la enfermera-jefe. "Ahí no está autorizado a entrar nadie más que nuestras enfermeras cubiertas. ¡Imagínese el peligro que corremos de regar la infección que padece su marido!"

   —Nosotros hemos corrido algo peor que un peligro de infección. ¡Ha sido un peligro de exterminio!    

Entonces la enfermera-jefe se dirigió rápida al servicio de seguridad del hospital y regresó con uno de los guardas.

Los visitantes nada bienvenidos habían penetrado sin saberlo en un sancta sanctorum árabe: el hospital donde van todos los jeques a morir. Había un servicio de vigilancia por control remoto que alcanzaba a todo el lobby. Allí, frente a la recepción. ¿Quién estaba atrapado por el video? Nada menos que nuestro visitante con su carnal, a quien daba la señal del deber cumplido —pulgar arriba— y el video los delataba. Ella los reconoció enseguida: "¡Son esos dos hombres! Pero sólo uno vino arriba". Alguien que vio la película dijo que de haber sido un hitman profesional, al estilo de Bullitt, nos habría acribillado con una pistola con silenciador y habría salido por la puerta más próxima, tan tranquilo. Mi médico de cabecera disintió: "Una almohada en la cara habría sido más eficaz. De haber estado usted solo". Pero no era la obra de un profesional al estilo de El padrino: era un funcionario del ministerio del miedo: su misión no era matar, sino asustar.

De todas formas, vino un policía regular avisado por la seguridad del hospital y ella le relató todo: la visita inesperada, las amenazas veladas, la impostura, la cara de peligroso del falso testigo de Jehová que había dejado, además del librito rojo, una tarjeta de visita ¡de una peluquería! El policía se fue para volver, autorizado por Scotland Yard, a ordenar que me cambiaran de habitación. Viajé en mi cama con ruedas hasta la habitación 222, justo enfrente del servicio diurno de enfermeras. También me cambiaron de nombre: ahora me llamaría, para el hospital y todos sus servicios, Christian Smith.

Los visitantes no volvieron al hospital, por supuesto. Pero si ustedes creen que mi fallido impostor se había conformado sólo con mi miedo, se equivocan. Dado de alta, al día siguiente de regresar a casa estaba tocando mi timbre y pidiendo que le abrieran la puerta. "Señora", dijo una voz por el intercomunicador, "somos los cubanos que fuimos a ver a su marido al hospital y le llevamos el librito rojo. ¿Se acuerda? ¿Ya lo ha leído?" "No, yo no lo he leído, pero al hospital no fueron dos, subió uno solo". "Sí, es verdad. Nada más que subí yo solo. Pero ahora somos dos. ¿Nos puede abrir la puerta?" "¡No!", dijo ella. "No voy a abrirles la puerta", dijo y corrió hacia la ventana: frente a la entrada estaban los dos visitantes, mirando para todas partes.

Días después vino un inspector de Scotland Yard, quien tras identificarse —carnet y chapa— preguntó por los detalles de los visitantes: estatura, aspecto y al ser un policía inglés también preguntó por el acento del agente que habló. Pidió, además, ver el librito rojo y tomó nota en una libretica negra antes de irse. No volvimos a ver a ninguno de los visitantes. 


Tomado de Letras Libres, 31 de mayo, 2000.


viernes, 5 de noviembre de 2021

En principio sí

 

Patricio Pron


UNO. Un oyente llama a una cadena de radio de la antigua Unión Soviética y pregunta: “¿Es verdad que Grigori Grigoriewitsch Grigoriew ha ganado un automóvil en el campeonato de obreros de Moscú?” La respuesta oficial es “En principio sí; pero, primero, no fue Grigori Grigoriewitsch Grigoriew sino Wassili Wassiljewitsch Wassiljew; segundo, no fue en el campeonato de obreros de Moscú sino en el festival del deporte de la granja colectiva de Gamsatschiman; tercero, no fue un auto sino una bicicleta; y, cuarto, no es que la ganó sino que se la robaron.” A pesar de su brevedad, la historia caracteriza muy bien el divorcio entre las palabras y su significado, que es característico de los regímenes totalitarios, especialmente del paraíso de los trabajadores; también es particularmente representativa de un cierto tipo de humorismo soviético, cuyos materiales eran la desesperación y el cinismo, que gozó de una gran popularidad durante décadas. A ese humorismo soviético le debemos algunos grandes chistes (“¿Por qué se ha encarecido tanto la vida en la urss? Porque ha dejado de ser un artículo de primera necesidad”), pero también una muestra del tipo de descontento que inspiró a alguno de los grandes escritores satíricos del periodo. “Aquí tenemos sentido del humor, pero es que lo necesitamos mucho”, sostuvo un ciudadano soviético en cierta ocasión; de ese humor y de esa necesidad surge la obra de Sławomir Mrożek.

DOS. Mrożek nació en la localidad polaca de Borzecin en 1930 en el seno de una familia católica y su adolescencia transcurrió durante la Segunda Guerra Mundial; de acuerdo a su testimonio, estudió arquitectura durante seis meses, arte durante dos semanas y lenguas orientales durante un año, aunque solo para demorar su ingreso al ejército. A pesar de obtener cierto éxito como periodista y dibujante satírico, Mrożek decidió convertirse en escritor hacia finales de la década de 1950. En sus palabras, “mi sensación más importante en los años inmediatamente posteriores a la guerra era una de claustrofobia. Yo no estaba interesado en escribir historias así llamadas realistas y con una relación estrecha con la realidad y los hábitos locales. Yo anhelaba algo que estaba más allá”. En 1956 escribió su primera obra de teatro, El profesor, pero su prestigio internacional como dramaturgo se debe a obras posteriores como En alta marStrip-tease (ambas de 1961) y, especialmente, Tango (1965); excepto por estas tres, publicadas en 1968 en un solo volumen por Centro Editor de América Latina en Buenos Aires, la totalidad de sus 42 obras de teatro permanece inédita en español. Mejor suerte ha corrido su narrativa, que Acantilado viene publicando desde 2001 en volúmenes como Juego de azar (2001), La vida difícil (2002), Dos cartas (2003), El árbol (2003), El pequeño verano (2004), La mosca (2005), Huida hacia el sur (2008) y El elefante (2010, publicado originalmente por Seix Barral en 1969). Mrożek debió abandonar Polonia en 1963 y vivió en el extranjero hasta 1997. En 2003 le fue otorgada la Legión de Honor del gobierno francés. A fines de 2010 la editorial polaca Wydawnictwo Literackie publicó parte de su diario, más de dos mil páginas escritas entre 1962 y 1999 que se anuncian como una oportunidad única de acceder a una intimidad ya revelada parcialmente el año anterior con la publicación de su correspondencia del período comprendido entre 1963 y 1975. Mrożek vive actualmente en el sur de Francia.

TRES. “Existe algo humillante y restrictivo en un autor que hipoteca su creación solo porque hay alguien que le golpea y que le oprime”, afirmó el autor polaco en una ocasión. Sin embargo, buena parte de su obra parece funcionar como una reacción a esa opresión y tiene como tema el comportamiento humano bajo las condiciones de alienación y abuso de poder de los sistemas totalitarios. A pesar de que su obra es vinculada recurrentemente con el teatro del absurdo, cuyas principales características fueron enunciadas por el crítico teatral Martin Esslin en 1961, Mrożek nunca parece haberse sentido cómodo en la compañía de autores como Samuel Beckett, Eugène Ionesco, Harold Pinter y Jean Genet; para el polaco, “el término se correspondía con cierta parte de la realidad del teatro de hace cuarenta años pero eso es todo. Por una parte, le estoy muy agradecido [a Esslin] por haberme incluido en su libro porque me hizo más conocido, o menos desconocido, en Europa Occidental; pero, al mismo tiempo, no me siento muy cómodo con él porque la suya es una etiqueta que se queda pegada para siempre. No importa donde haya estado en los últimos cuarenta años, cada entrevista ha comenzado con Martin Esslin, su libro ha sido leído en todas las universidades en todas partes del mundo y para todos los críticos, el término se ha convertido en un mantra […]. Así que supongo que para mí es bueno porque soy conocido de alguna manera gracias a él, pero malo porque no tiene ningún sentido: no hay ninguna obra que encaje exactamente en esa categoría”. 

CUATRO. A pesar de sus objeciones al término, sin embargo, las piezas que Mrożek escribió durante la década de 1960 parecen adherir fácilmente al teatro del absurdo, en el sentido de que los incidentes que narran carecen principalmente de lógica y no se integran a ninguna narrativa articulada, sus personajes no poseen motivaciones racionales y el mundo narrado tiene el carácter de una pesadilla. Un ejemplo de ello puede encontrarse en su pieza En alta mar, en la que tres hombres (Mały, Średni y Gruby; literalmente, el Pequeño, el Mediano y el Gordo), que han encontrado refugio en un bote tras un naufragio pero carecen de provisiones, discuten acerca de cuál de ellos debe ser comido por los otros dos; la absurda conversación que sostienen en torno a cuál es la solución más “justa” al problema, no solo sirve para demorar la misma sino también para revestirla de un supuesto carácter racional a pesar de no ser más que el resultado de la ley del más fuerte, que en este caso está del lado de Gruby, el Gordo. Aunque En alta mar recuerda a piezas clásicas del teatro del absurdo como Esperando a Godot (1952) y, por tanto, su adscripción al género parece indiscutible, el descontento de Mrożek con esa atribución parece provenir del hecho de que (como observa el crítico polaco Tadeusz Nyczek) el humorismo absurdo de su obra no  surge de una adhesión explícita al existencialismo sino de una reflexión personal en torno a las condiciones específicas de vida en Polonia durante el comunismo. “Polonia pertenece a los países en los que el balance entre el destino individual y el de la nación no se presenta equilibrado”, afirmó Mrożek en otra entrevista, justificando involuntariamente la  hipótesis de Nyczek, “Hay demasiada historia y muy poca felicidad”.

CINCO. En ese sentido, quizás el origen del humorismo absurdo de la obra, no solo dramática, del autor de En alta mar deba encontrarse en el hecho de que Mrożek comenzó su carrera como escritor en la redacción del periódico Dziennik Polski, para el que escribió, entre 1950 y 1954, artículos que solían conformar las demandas de un periodismo ideológicamente correcto y constructivo a tono con esos tiempos de construcción del socialismo. No está claro que Mrożek se haya sentido realmente cómodo con esa tarea, pero lo que sí está claro es que la obligación de disimular las carencias, no solo materiales, de la sociedad polaca de posguerra mediante un lenguaje monopolizado por el Estado, parece haber sido fundamental en la constitución de su estilo. La obra narrativa del escritor polaco tiene como tema subterráneo la existencia de contradicciones y opuestos que el Estado totalitario disimula mediante un hábil uso del lenguaje. Este uso subvierte los términos antitéticos de razón y sinrazón, cultura y naturaleza, tradición y progreso, orden y desorden, abundancia y carestía, progreso y atraso, ficción y realidad, adecuándolos a los fines de perpetuar el régimen que les da origen, y Mrożek tiende a hacer lo mismo con fines satíricos. Así, en su historia “La evolución del ciudadano”, el director de una estación meteorológica es reprendido por las autoridades, que lo acusan de “parcialidad”, “un tono pesimista” y “derrotismo” por informar de lluvias persistentes poco antes de la cosecha; al regresar a su casa decide adecuar sus informes a lo que se espera de él. “La lluvia ha cesado por completo, aunque, de hecho, lo que se dice llover nunca ha llovido”, escribe; a partir de ese momento, vende los aparatos de medición y se da a la bebida. En “De viaje”, las autoridades reemplazan el telégrafo por empleados que se gritan los despachos unos a otros a lo largo de kilómetros y kilómetros de carretera; de acuerdo a uno de los personajes, el sistema funciona: “No se avería con las tormentas y nos ahorramos la madera.” En “El elefante”, las autoridades del zoológico reemplazan al paquidermo (que no pueden adquirir) por tres mil conejos, pero después ponen “remedio a las deficiencias de forma planificada”, aunque recurriendo a la chapuza de un elefante hinchable.

SEIS. Un chiste muy popular en la Unión Soviética enumeraba los cinco preceptos a los que los escritores nativos debían atenerse: “No piense. Si piensa, no hable. Si piensa y habla, no escriba. Si piensa, habla y escribe, no firme. Si piensa, habla, escribe y firma, después no se queje.” Mrożek encontró en ese marco la posibilidad de escribir una literatura realmente política y a su vez eludir a la censura mediante el recurso de arrebatar al Estado totalitario su uso monopólico de la palabra; operando como un Estado productor de ficciones, Mrożek reveló que solo mediante una violencia brutal sobre el lenguaje podían disimularse los contrastes que presidían la vida cotidiana bajo el comunismo y las contradicciones evidentes entre las motivaciones internas y externas de los actos de los ciudadanos soviéticos (al respecto existe un gran chiste de la época: “El secretario del politburó pregunta a su subalterno en una reunión: ‘Camarada Rabinovich, ¿tiene usted alguna opinión en relación a este tema?’ ‘Tengo, pero no estoy de acuerdo con ella’, responde Rabinovich”). Mrożek demostró que los valores que presidían las acciones en el comunismo no tenían vinculación lógica con los fines que supuestamente legitimaban, y que su adopción por parte del Estado totalitario solo tenía como finalidad dificultar la creación de otros que supusiesen un alejamiento del camino ya trazado. Para Tadeusz Nyczek, “la estabilización de las zonas rurales, la guerra devastadora, la inspiración revolucionaria del comunismo y, finalmente, el escape del infierno de la ingenuidad: todo esto tuvo una influencia decisiva sobre la naturaleza de la creatividad de Mrożek. Al sentirse despedazado él mismo, Mrożek decidió convertirse en un espejo roto de la realidad fracturada del socialismo en Polonia. Este espejo roto empezó a reflejar la vida polaca en sus docenas de formas fragmentadas, en su lenguaje ridículo, en su comportamiento del revés y en el absurdo de vivir en un cubo de basura que la propaganda definía como la alegría de construir una patria socialista”.

SIETE. Uno de los mejores relatos de Mrożek es “La petición”. En él, un anciano indigente escribe una solicitud a las autoridades para que le otorguen poder sobre el mundo; lo absurdo de su pedido se ve aumentado por el puñado de argumentos ridículos con los que lo justifica y revela su impotencia física y mental, pero también expresa uno de los temas centrales en la obra de su autor: la disociación entre la realidad y lo que se dice y se piensa de ella que aparece en el “en principio sí” con el que comienzan muchos chistes soviéticos. En realidad, el anciano del relato no desea obtener un poder universal sino simplemente recuperar el control sobre su vida y sobre el lenguaje con el narrar su propia experiencia, que le ha sido arrebatado por el Estado al que ahora recurre. Al igual que en otros relatos del escritor polaco, el tema aquí es la inutilidad (al tiempo que la absoluta necesidad) de hacer algo para recuperar el control de nuestras vidas y nuestro derecho a narrar el mundo con unas palabras que nos pertenezcan. Aunque el Estado totalitario al que Sławomir Mrożek se opuso a lo largo de su vida ha caído hace algo más de veinte años, sus esfuerzos por restituir la palabra a quienes ni siquiera eso tienen poseen una actualidad desusada en los países del antiguo bloque socialista y en todos los otros. Al leer a Mrożek sentimos la tentación de reír, pero nuestra risa es una de ansiedad y amargura ante lo que un Estado totalitario puede hacer con sus ciudadanos, y en esa constatación hay un recuerdo pero también una advertencia para los tiempos por venir.

 

 

Tomado de Letras Libres, 31 de marzo de 2011.



viernes, 29 de octubre de 2021

El píndalo



 Dolores Labarcena


“Sus conocimientos sobre el mundo exterior son muy rudimentarios. No obstante, podemos afirmar que los pobladores de las islas Utu-Palinos tienen una percepción de la existencia y lo sagrado que no dista mucho de la de un neozelandés, un europeo o un mongol”, señala Kimba Mangarla en una de las páginas de Oceania, hell or paradise? En 1980 esta antropóloga australiana sacó a la luz un libro apocalíptico sobre las causas y consecuencias de las tasas de criminalidad en Utu-Palinos (obra que le valió veinte años de ostracismo académico). Pionera en el estudio de las tribus caníbales de Oceanía, en 1974 la CEAB, Cátedra de Etnología Adolf Bastian con sede en Kontaka, le encargó que recopilara, con el apoyo de Jackson Poll, fotógrafo, escritor, psicoanalista, y gran conocedor de las lenguas de los aborígenes, todo lo concerniente a cultura, política, religión y economía de esa zona geográfica.

Cuando en 2013 fui invitada al ashram de Osho en Pune, tuve la oportunidad de conocer a varios gurús de renombre internacional, entre los que se encontraba Waku Phamafuta. Le ahorro al lector los detalles del retiro y los hilos que moví para que me presentasen al líder espiritual de los mecherewamchere. Dos meses más tarde, y llena de expectativas, por fin visité las Utu-Palinos. Sin embargo, mi mayor interés (esto se lo debo a Kimba Mangarla) residía en la visión un tanto excéntrica, por exceso o por defecto, que me había formado de los nativos de Isla de las Culebras o Chilum Bachowopsa en lengua mechere cuando leí Oceania, hell or paradise? Paul Jones, vicepresidente de AACSO, Asociación de Alternativas, Convivencia y Sostenibilidad de Oceanía, me acompañó en el viaje.

“Los árboles son frondosos, de un verde intenso. Hay cocodrilos, petauros del azúcar, casuarios de Ceram. Con todo, cuestión que no deja de asombrarme, los mecherewamchere no comen otra cosa que no sea culebras y minga. La minga es una especie de musgo marrón. Según Andrew Jenkins, (primer australiano que pisó Chilum Bachowopsa a inicios de los setenta y que hizo el cuento a través del diario, documento imprescindible para la antropología que cayó en mis manos gracias a la mediación de Jackson Poll y el líder espiritual de los mecherewamchere) su sabor es parecido a la cañandonga. El promedio de vida de los mecherewamchere es de treinta a cuarenta años. Las principales causas de mortalidad hasta la fecha son los asesinatos entre tribus, la viruela y el canibalismo. Sus fuentes de ingreso provienen del tráfico ilegal de madera, corales, y una especie típica de Chilum Bachowopsa, el píndalo. Minuciosamente descrito por Andrew Jenkins, “el píndalo es un marsupial  familia del quokka y el possum. Su tamaño no excede al de un gato doméstico. El pelaje es gris; dorso, vientre, patas y cola de un rojo cobrizo. Posee un hocico en forma de cono y largos bigotes. Ojos grandes, oscuros. Ocho incisivos coronan su mandíbula estrecha. La cola se parece a la de un zorro, la diferencia radica en que es prensil. A pesar de que sus patas son cortas, el píndalo es ágil. Usa las garras delanteras para protegerse y alimentarse. Herbívoro, aunque de vez en cuando come hormigas, huevos y reptiles. Nidifica en árboles, troncos caídos, agujeros de rocas. Animal poco sociable. Al sentirse en peligro emite silbidos que no cesan. Por tal motivo los mecherewamchere pueden cazarlo incluso de noche”. Muy cotizado en Filipinas, además de sus fines gastronómicos del hígado de píndalo se extrae un aceite muy peculiar que, entre otras cosas, sirve como afrodisiaco y para curar las almorranas.

Los mecherewamchere viven en las copas de los árboles a una altura no menor de cuarenta metros. La choza se fabrica con una técnica ancestral que garantiza la impermeabilidad durante los periodos de lluvia. Sostenida por cayados y pilastras, sus muros son de fibra vegetal y los techos de palma. El acceso a tan peculiar morada se realiza a través de una escalera tallada en el tronco madre, o central. Este método de construcción se concibió, ya que los mecherewamchere por siglos fueron animistas, para protegerse de los malos espíritus, las inundaciones y los mosquitos.

Waku Phamafuta es el líder espiritual de los mecherewamchere desde 1972. Se especula que fue él quien introdujo el coffinismo en Chilum Bachowopsa. Esta doctrina nació en Punyab cuando en el resto del mundo estaban en boga el nuwaubianismo o la cienciología. Su ideólogo fue Edgar Coffin, un veterano del Ejército del Raj Británico que después que un Bentley atropellara mortalmente a su esposa inválida en Nueva Delhi llegó a la conclusión de que las religiones abrahámicas no eran el camino asfaltado por el Ser Superior para alcanzar el “moksha”. Esto lo llevó a tomar prestado del zoroastrismo la figura de Ahura Mazda, del sintoísmo los kamis, y del sijismo, la figura que representa a Dios en la tierra, el gurú.

El coffinismo pregona que siempre ha existido y siempre existirá. Según el Yanú, texto escrito por Edgar Coffin: “Para fundirnos y confundirnos en uno solo, la salvación individual pasa por la aceptación de que Ahura Mazda es el Creador increado o arjé, principio de todo. Por lo tanto, es Ahura Mazda quien creó los cinco kamis o espíritus de la naturaleza: madera, fuego, tierra, metal y agua. Los kamis son los encargados de premiar o castigar al hombre. Las ceremonias para reverenciar a los kamis incluyen purificación con yerbas, rezos, ofrendas y danzas. La meditación en el coffinismo pretende llevar al alma a un estado primigenio de libertad y goce infinitos. Los votos son la felicidad perenne, la rectitud, la equidad entre castas y la no violencia. En el coffinismo el representante por antonomasia de Ahura Mazda o Creador increado es el gurú, el cual oficiará de líder espiritual hasta su total desmaterialización. El sucesor es escogido por el propio gurú. Como identificación, los coffinistas portarán un amuleto en el cuello que representa la lucha de un lobo y una oveja. Símbolo de yuxtaposición entre la vida y la muerte, la luz y las tinieblas”. Con tales fundamentos Edgar Coffi atrajo a hippies, shudrás, dalits e invisibles y abrió un ashram al que bautizó Olxaatma. Al llegarle los rumores de la naciente doctrina, el joven Nayath Kumar, quien pertenecía a la casta de los parias, vio la luz después del túnel y escapó a Punyab. Muy pronto se convirtió en hijo adoptivo del gurú británico y, además, en el discípulo más aventajado. Igualmente pronto el gurú británico lo consagró como su único sucesor en el río Jhelum.

En 1967 Edgar Coffi y Nayath Kumar abandonaron Olxaatma dejando a su libre albedrío dos vacas y ciento treinta y siete bocas. El recorrido que hicieron es difícil de trazar. Se rumorea que peregrinaron por Sri Lanka y Manipur. La cuestión es que en 1972 desembarcaron en Chilum Bachowopsa. Al llegar, y esto lo narra el propio Nayath Kumar, lo primero que vieron fue a una turba de nativos con cerbatanas esperándolos en la orilla. Discípulo y maestro no sintieron temor. Al contrario, para demostrarles a los mecherewamchere que venían con una Verdad sanadora y trascendental, Edgar Coffi, que por entonces contaba ochenta y nueve años y aseveraba que esa sería su última reencarnación, se sentó en padmasana con los ojos cerrados bajo el aire estremecido de un monzón de abril. Por su parte Nayath Kumar dice que alzó un báculo con una tira verde y siete cascabeles amarrados, lo agitó en el aire, y lo plantó en la arena. Esta escena fue interpretada por los mecherewamchere como un obsequio de ultramar. Por lo que, el destino de Edgar Coffi se reveló súbitamente acabando del mismo modo que Andrew Jenkins, en una cazuela. El trato que le dieron a Nayath Kumar fue diverso. Siendo hindú, con aquella piel cetrina, túnica blanca y barba hasta el plexo solar, les hizo creer que era Yamma, espíritu de la lluvia.

El 15 de agosto, según el calendario de Zoroastro, en Chilum Bachowopsa se celebra el año nuevo. Días previos observé la dedicación de los mecherewamchere, los cuales desmontan sus chozas al ritmo de un tambor monótono que va in crescendo a medida que prospera el desguace. A propósito de mi curiosidad, Nayath Kumar, rebautizado por los mecherewamchere como Waku Phamafuta, me aseguró que no existen casos aislados de canibalismo. Que el canibalismo, junto al culto a ídolos ajenos, forman parte del pasado. Por tanto, y porque la memoria es traicionera, era tan importante dicha festividad. Asimismo, agregó que, despojándose de lo viejo, es decir, de las viviendas construidas un año atrás, con la depuración transformadora, los cinco kamis traerían paz mental y amor al prójimo. Al indagar, pues comíamos puerco asado en púa y demás vituallas que complacen estómagos golosos si la dieta de los mecherewamchere tenía que ver con el coffinismo, Waku Phamafuta, con bonachona simpatía mientras espantaba moscas chancleta en mano, respondió que "el coffinismo es la doctrina más laxa que existe puesto que aúna todas las manifestaciones de la Divinidad. Pese a ello, los mecherewamchere han sido castigados por los kamis por comer carne humana, que no es juego. Además del ayuno, medio eficaz para alcanzar la iluminación y librarse de la rueda kármica, son totalmente libres de comer lo que más abunda". ¿Y qué es lo que más abunda en Chilum Bachowopsa? Culebras y minga.  

Desconozco cuándo los kamis o espíritus de la naturaleza levantarán el veto a los mecherewamchere. También desconozco las toneladas de madera que los mecherewamchere arrojaron a orillas de la playa en presencia del vicepresidente de AACSO. Lo que sí sé es que, al prenderle fuego, y estaba alejada de semejante columna ardiente lo mínimo trescientos metros, o más, me pregunté si Kimba Mangarla había vivido una experiencia tan traumática como esa, porque si la vivió, la omitió intencionalmente en Oceania, hell or paradise? Las lenguas de fuego subían, bajaban, se arremolinaban, daban fuete a diestra y siniestra. Waku Phamafuta, que estaba sentado dentro de una grúa, se encargaba de eliminar el mal con el mismo limpiaparabrisas que espantaba palos, chispas, y toda roña. A dos youtubers austriacas, un ecologista chileno de origen armenio, Paul y a mí nos ubicaron en un altar parecido a la silla de un árbitro de tenis, debajo, un grupo de mecherewamchere ataviado con cerbatanas y caretas de píndalo bailaba en torno a nosotros cambiando de dirección cada vez que el mecherewamchere-guía soplaba algo semejante a un didyeridú. Más o menos a las cuatro de la tarde del cielo comenzó a caer un polvo finísimo que nos hizo parecer, sin exagerar, a los cuerpos petrificados de Pompeya. Al vernos con aquel color grisáceo, Waku Phamafuta bajó el brazo de la grúa y soltó una balsa de agua sobre la pira exánime. Fue entonces cuando derribaron nuestro altar y comenzó la verdadera fiesta, la cual consistía, en medio del humo, la poca visibilidad y el desorden imperante, en tirar cenizas a los convidados hasta sepultarlos vivos. Concluyendo, y espero no herir sensibilidades, teniendo en cuenta la campaña antiextinción que actualmente realiza la ONU para proteger y dar voz a las minorías vulnerables del planeta, aún espero las declaraciones de la Asociación de Alternativas, Convivencia y Sostenibilidad de Oceanía en lo tocante a la integridad física de Paul Jones y Kevork Karapetyan González, desaparecidos en Utu-Palinos desde 2013.




sábado, 23 de octubre de 2021

La tumba de Edgar Allan Poe

 

Stéphane Mallarmé


El poeta en Él mismo al fin cual lo convierte

la eternidad, suscita con una espada armado

a su siglo que tiembla por haber ignorado

en esta voz extraña el triunfo de la muerte.

De la Hidra el escándalo antiguo, de que acierte

a dar lengua más pura el ángel al poblado,

vil proclamó por ellos a gritos el pecado

que un brebaje sombrío al sortilegio vierte.

Si nuestra idea hostil a la nube y al suelo

con ambos en la tumba de Poe no esculpe, oh, duelo,

y en un bajorrelieve guirnaldas no coloca,

granito aquí clavado por un desastre obscuro,

de la Blasfemia al menos que un límite esta roca

marque a los vuelos negros sueltos en el futuro.



Traducción: Jorge Cuesta



domingo, 10 de octubre de 2021

La isla en el lago

 



Ezra Pound


Oh Dios, oh Venus, oh Mercurio, patrón de los granujas,

en la ocasión propicia concededme, os lo ruego,

una tabaquería no muy grande.

Con envases brillantes y menudos

             apilados en orden sobre los anaqueles

y las pendientes piezas olorosas de tabaco prensado

y en tiras,

y el lustroso Virginia

              puesto debajo del cristal pulido,

y un par de balanzas sin excesiva mugre,

y las puntillas que de paso llegan a cambiar dos palabras,

una frase de prisa, y a componerse un poco el pelo.


Oh Dios, oh Venus, oh Mercurio, patrón de los granujas,

prestadme una tabaquería no muy grande,

o establecedme en una profesión cualquiera

salvo esta diabólica profesión de las letras,

en la que se precisa la inteligencia todo el tiempo.



Traducción de Jaime García Terrés



martes, 28 de septiembre de 2021

Sufría tanto por ser rumano


Emil Cioran 


He vivido estos acontecimientos como algo inaudito, imprevisible. Asistimos a la resurrección trágica de un pueblo, que yo creía desde hace mucho tiempo liquidado, y que va probablemente a recuperar su salud a partir de una catástrofe sangrienta. Debo una confesión: en el momento en que ha comenzado la insurrección, me disponía a escribir un artículo contra los rumanos, que se titularía «La nada valaca» por referencia al principado del Danubio que formó con la Moldavia el antiguo reino de Rumania. Y con referencia, sobre todo, a la historia de una nación desventurada y fallida, de un pueblo suicida. Los acontecimientos me han hecho cambiar de opinión y renuncié a este proyecto. De ello estoy contento.

 Ha de ser una extraña paradoja -me dirán- que Rumania, de donde salí hace más de 50 años, venga hoy a enterrar mi filosofía escéptica, la cual es considerada como radical e intolerante. En realidad, mi escepticismo jamás ha estado ligado a las circunstancias, pero he sufrido mucho, es verdad, por ser rumano. Incluso tenía un profundo desprecio por mis compatriotas. Como casi todos los rumanos, he desarrollado un lastimoso complejo de inferioridad, que tiene sus raíces en la historia profunda, mucho más allá de la dictadura de Ceausescu. En el Imperio Austrohúngaro, nosotros éramos inexistentes: en Transilvania, los rumanos no eran esclavos sino seres primitivos, personas de tercera, después de los húngaros, después de los alemanes.

Uno de los poemas más citados en Rumania dice: «Despierta, rumano, de tu sueño de muerte». No es por azar que la insurrección haya nacido en Timisoara, al oeste del país, donde el 30% de la población es de origen húngaro. Supongo que los rumanos de cepa, en el resto del país, recibieron esta señal como una bofetada. Y los rumanos se despertaron de su sueño de muerte... bueno, no hay que creer que el suicidio es una especialidad rumana. Es más bien una invención húngara, me parece, lo cual, dicho por mí, es un cumplido. Durante mucho tiempo me pregunté: ¿por qué los rumanos no se suicidan en masa? Uno no puede imaginar hasta qué punto han podido sufrir; es impensable visto desde aquí. ¿Cómo puede uno vivir entre el miedo mórbido de los vecinos, de los propios hijos, de la sombra misma?

Con una política hábil y fundada del todo sobre el cálculo (la no ruptura con Israel, la distancia frente a Moscú, etc.). Ceausescu había incluso logrado engañar a los intelectuales. Siempre recordaré un paseo que hice sobre «Le pont-neuf», a las dos de la mañana, en compañía de mi amigo Noicea, probablemente el más grande filósofo rumano. Me decía «¿Qué tienes contra Ceausescu? No te comprendo...» ¿Lo creerán? ¡Noicea acababa de pasar seis años en las prisiones rumanas!

Un sentimiento de frustración apareció después del juicio a puertas cerradas y la rápida ejecución de Nicolae y Elena Ceausescu: ¿ahorrándose un proceso público, la democracia rumana no se habrá privado de un símbolo, una tribuna, un trampolín? Pienso que el miedo es un sentimiento que no se arranca tan fácilmente del corazón de los hombres. Dejando al tirano con vida, los nuevos responsables habrían tenido la impresión de que le dejaban una oportunidad. Sobre todo, que le daban una esperanza a sus esbirros armados, con los cuales tenía las mismas relaciones histéricas que Hitler con los SS, fenómeno que retrasó la capitulación de Alemania al final de la guerra. La idea de un proceso es sobre todo occidental. Por el contrario, había un serio riesgo de complicar la situación, en el momento mismo en que los miembros de la Securitate, no lo olvidemos, se abandonaban a su locura criminal. En este contexto, la ejecución de Ceausescu fue también un símbolo: significaba que la página más tenebrosa de la historia rumana había pasado. Hicieran lo que hicieran, los canallas desesperados estaban perdidos. Por otro lado, tengo confianza en Ion Ilescu, quien preside el Frente de Salvación Nacional. Sabía desde hace mucho que era la esperanza de Rumania. Ahora, habrá que observar el juego de los soviéticos. Todo está ahí.

En medio siglo, nunca he regresado a Rumania. Hoy, ¿tengo deseos? Sí y no, lo único que me atrae son los paisajes de los Cárpatos, que rodean al pueblo de mi infancia, Rasinari. Había un jardín y un cementerio. Me gustaba el cementerio, donde un sepulturero, viejo sabio y muy filósofo, me proveía de cráneos. Vivíamos él y yo una especie de idilio fúnebre. Llegué a pensar que me debería quedar en ese pueblo, entre campesinos analfabetas. Deploro la desaparición de los analfabetos, esa imagen de una humanidad primitiva, anterior a la civilización. Desde este punto de vista, la sociedad iletrada con la que soñaba Ceausescu habría colmado mis anhelos. Pero él la deseaba por razones diferentes. Era para tener esclavos. Cuando un pueblo muere de hambre, sacraliza la cultura, no la posee; el hambre continúa sojuzgándolo por medio de procedimientos ilusorios. Uno está condenado a no comprender nada de la tragedia rumana si no percibe que el problema es de entrada la subalimentación. Esta es responsable de una creciente tasa de impotencia sexual entre los jóvenes. ¿Qué valen los libros junto a esto?


El Nacional, Política, Núm. 38, México, 25 de enero 1990. Tomado de Nueva Sociedad Núm. 108 Julio-Agosto de 1990. 


viernes, 24 de septiembre de 2021

De fusilamientos

 


Julio Torri

 

El fusilamiento es una institución que adolece de algunos inconvenientes en la actualidad.

Desde luego, se practica a las primeras horas de la mañana. “Hasta para morir precisa madrugar”, me decía lúgubremente en el patíbulo un condiscípulo mío que llegó a destacarse como uno de los asesinos más notables de nuestro tiempo.

El rocío de las yerbas moja lamentablemente nuestros zapatos, y el frescor del ambiente nos arromadiza. Los encantos de nuestra diáfana campiña desaparecen con las neblinas matinales.

La mala educación de los jefes de escolta arrebata a los fusilamientos muchos de sus mejores partidarios. Se han ido definitivamente de entre nosotros las buenas maneras que antaño volvían dulce y noble el vivir, poniendo en el comercio diario gracia y decoro. Rudas experiencias se delatan en la cortesía peculiar de los soldados. Aun los hombres de temple más firme se sienten empequeñecidos, humillados, por el trato de 21 quienes difícilmente se contienen un instante en la áspera ocupación de mandar y castigar.

Los soldados rasos presentan a veces deplorable aspecto: los vestidos, viejos; crecidas las barbas; los zapatones cubiertos de polvo; y el mayor desaseo en las personas. Aunque sean breves instantes los que estáis ante ellos, no podéis sino sufrir atrozmente con su vista. Se explica que muchos reos sentenciados a la última pena soliciten que les venden los ojos.

Por otra parte, cuando se pide como postrera gracia un tabaco, lo suministrarán de pésima calidad piadosas damas que poseen un celo admirable y una ignorancia candorosa en materia de malos hábitos. Acontece otro tanto con el vasito de aguardiente, que previene el ceremonial. La palidez de muchos en el postrer trance no procede de otra cosa sino de la baja calidad del licor que les desgarra las entrañas.

El público a esta clase de diversiones es siempre numeroso; lo constituyen gente de humilde extracción, de tosca sensibilidad y de pésimo gusto en artes. Nada tan odioso como hallarse delante de tales mirones. En balde asumiréis una actitud sobria, un ademán noble y sin artificio. Nadie los estimará. Insensiblemente os veréis compelidos a las burdas frases de los embaucadores.

Y luego, la carencia de especialistas de fusilamientos en la prensa periódica. Quien escribe de teatros y deportes tratará acerca de fusilamientos e incendios. ¡Perniciosa confusión de conceptos! Un fusilamiento y un incendio no son ni un deporte ni un espectáculo teatral. De aquí proviene ese estilo ampuloso que aflige al connaisseur, esas expresiones de tan penosa lectura como “visiblemente conmovido”, “su rostro denotaba la contrición”, “el terrible castigo”, etcétera.

Si el Estado quiere evitar eficazmente las evasiones de los condenados a la última pena, que no redoble las guardias, ni eleve los muros de las prisiones. Que purifique solamente de pormenores enfadosos y de aparato ridículo un acto que a los ojos de algunos conserva todavía cierta importancia.



domingo, 5 de septiembre de 2021

A tumba abierta

 


Catherine Millot


Algún tiempo más tarde, acompañé a Lacan a visitar a Heidegger en Freiburg-im-Breisgau. Se enteró de que había tenido un accidente vascular cerebral y quería, según sus propias palabras, verlo otra vez antes de que muriera. Le conocía desde hacía tiempo, había ido a visitarlo por primera vez a principios de los años 1950 con Jean Beaufret, que había sido su analizante. Lacan tradujo al francés uno de sus textos, titulado Logos, que se publicó en la revista La Psychanalyse en el año 1956. En 1955, Heidegger fue invitado por Beaufret y Maurice de Gandillac a una charla en Cerisy-la-Salle. En el camino de vuelta, Heidegger y su mujer se quedaron en Guitrancourt unos días. Lacan les mostró la región en coche, a tumba abierta como de costumbre, sin tener en cuenta los gritos de la señora Heidegger.

Fuimos en avión a Basilea, donde visitamos el bellísimo museo de bellas artes, y luego alquilamos un coche para ir a Friburgo, donde nos esperaban.

Los Heidegger vivían en una casa relativamente nueva en un barrio residencial, que no recordaba mucho a las imágenes de la cabaña en el bosque que yo asociaba con el filósofo. Tan pronto entramos, la señora Heidegger nos ordenó ponernos las zapatillas que reservaba a los visitantes. Por mis orígenes en el Valle del Jura sabía que eso era costumbre de las regiones montañosas, debido a la nieve. En los países nórdicos, que yo también conocía, la gente se quita los zapatos al entrar en una casa. Pero estábamos en abril y comprobé que nos habíamos convertido en portadores de todas las suciedades del mundo exterior. Freud me había enseñado que para el inconsciente lo exterior es sinónimo del extraño, es decir, del enemigo y lo que en general es detestable. Yo estaba dividida entre el sentimiento desagradable de ser una intrusa y la risa contenida que me provocaba el insospechado contraste entre las zapatillas y la metafísica.

Nos hicieron pasar al salón donde Heidegger estaba estirado en una chaise longue. Sin más tardar, Lacan se sentó a su lado y empezó a informarle de sus últimos avances teóricos con los nudos borromeos, que estaba desarrollando en su seminario. Para ilustrar su discurso, sacó de su bolsillo una hoja de papel doblada en cuatro, en la que dibujó una serie de nudos para mostrárselos a Heidegger, quien durante todo aquel rato no dijo una palabra y mantuvo los ojos cerrados. Me pregunté si de este modo expresaba su falta de interés o si todo ello se debía al debilitamiento de sus facultades. Lacan, que no era dado a rendirse fácilmente, insistía y la situación amenazaba con eternizarse. Por suerte, la señora Heidegger volvió y puso fin a la «entrevista», al cabo de un tiempo determinado, para «no cansar a su marido». Calzados con nuestras zapatillas rehicimos nuestro camino hasta la salida, no sin antes haber sido invitados a reunirnos con la pareja en un restaurante cercano.

Manifiestamente molesta por las zapatillas, tan pronto estuvimos fuera le pregunté a Lacan si la señora Heidegger había sido nazi. «Por supuesto», me respondió.” En aquella época se hablaba mucho de la relación de Heidegger con el nazismo. El libro de Víctor Farias aún no se había publicado.

Durante la comida, Heidegger se mostró algo más locuaz, pero la conversación fue poco animada. Lacan, que leía el alemán, no lo hablaba, por decirlo de algún modo. Nuestros huéspedes se defendían mal en francés. Antes de separarnos, Heidegger me dio una fotografía suya, en formato de postal, y en su dorso escribió: Zur Erinnerung an den Besuch in Freigurg im Bu. Am. April 75, sin mencionar mi nombre. Me sorprendió un poco esa fotografía para fans que yo no había pedido, pero la conservé piadosamente. Uno de mis pacientes, que vio la foto sobre la estantería de mi biblioteca, me preguntó si era mi abuelo.


La vida con Lacan, NED ediciones, Barcelona, 2018, pp. 88-91.


domingo, 22 de agosto de 2021

Parva Forma II - 2021


Segundo número de la concentracionaria, arponera, inactual Parva Forma, que dirigen Pablo de Cuba Soria, Javier Marimón, Michel H. Miranda y Luis Carlos Ayarza. Dejo aquí portada y editorial. Entera: acá.