sábado, 27 de octubre de 2018

Canto a un dios mineral



Jorge Cuesta


Capto la seña de una mano y veo
que hay una libertad en mi deseo;
ni dura ni reposa;
las nubes de su objeto el tiempo altera
como el agua la espuma prisionera
de la masa ondulosa.

Suspensa en el azul la seña, esclava
de la más leve que socava
el orbe de su vuelo,
se suelta y abandona a que se ligue
su ocio al de la mirada que persigue
las corrientes del cielo.

Una mirada en abandono y viva,
si no una certidumbre pensativa,
atesora una duda;
su amor dilata en la pasión desierta
sueña en la soledad, y está despierta
en la conciencia muda.

Sus ojos errabundos y sumisos,
el hueco son, en que los fatuos rizos
de nubes y de frondas
se apoderan de un mármol de un instante
y esculpen lafigura vacilante
que complace a las ondas.

La vista en el espacio difundida
es el espacio mismo, y da cabida
vasto y mismo al suceso
que en las nubes se irisa y se desdora
e intacto, como cuando se evapora,
está en las ondas preso.

Es la vida allí estar, tan fijamente,
como la helada altura transparente
lo finge a cuanto sube
hasta el purpúreo límite que toca,
como si fuera un sueño de la roca,
la espuma de la nube.

Como si fuera un sueño, pues sujeta,
no escapa de la física que aprieta
en la roca la entraña,
la penetra con sangres minerales
y la entrega en la piel de los cristales
a la luz, que la daña.

No hay solidez que a tal prisión no ceda
aun la sombra más íntima que veda
un receloso seno
¡en vano! pues al fuego no es inmune
que hace entrar en las carnes que desune
las lenguas del veneno.

A las nubes también el color tiñe,
túnicas tintas en el mal les ciñe,
las roe, las horada,
y a la crítica nuestra, si las mira,
por qué al museo su ilusión retira
la escultura humillada.

Nada perdura, ¡oh, nubes!, ni descansa.
Cuando en una agua adormecida y mansa
un rostro se aventura,
igual retorna a sí del hondo viaje
y del lúcido abismo del paisaje
recobra su figura.

Íntegra la devuelve al limpio espejo,
ni otra, ni descompuesta en el reflejo
cuyas diáfanas redes
suspenden a la imagen submarina,
dentro del vidrio inmersa, que la ruina
detiene en sus paredes.

¡Qué eternidad parece que le fragua,
bajo esa tersa atmósfera de agua,
de un encanto el conjuro
en una isla a salvo de las horas,
áurea y serena al pie de las auroras
perennes del futuro!

Pero hiende también la imagen, leve,
del unido cristal en que se mueve
los átomos compactos:
se abren antes, se cierran detrás de ella
y absorben el origen y la huella
de sus nítidos actos.

Ay, que del agua el imantado centro
no fija al hielo que se cuaja adentro
las flores de su nado;
una onda se agita, y la estremece
en una onda más desaparece
su color congelado.

La transparencia a sí misma regresa,
y expulsa a la ficción, aunque no cesa;
pues la memoria oprime
de la opaca materia que, a la orilla,
del agua en que la onda juega y brilla,
se entenebrece y gime.

La materia regresa a su costumbre.
Que del agua un relámpago deslumbre
o un sólido de humo
tenga en un cielo ilimitado y tenso
un instante a los ojos en suspenso,
no aplaza su consumo.

Obscuro parecer no la abandona
si sigue hacia una fulgurante zona
la imagen encantada.
Por dentro la ilusión no se rehace;
por dentro el ser sigue su ruina y yace
como si fuera nada.

Embriagarse en la magia y en el juego
de la áurea llama, y consumirse luego,
en la ficción conmueve
el alma de la arcilla sin contorno:
llora que pierde un venturero adorno
y que no se renueve.

Aun el llanto otras ondas arrebatan,
y atónitos los ojos se desatan
del plomo que acelera
el descenso sin voz a la agonía
y otra vez la mirada honda y vacía,
flota errabunda fuera.

Con más encanto si más pronto muere,
el vivo engaño a la pasión se adhiere
y apresura a los ojos
náufragos en las ondas ellos mismos,
al borde a detener de los abismos
los flotantes despojos.

Signos extraños hurta la memoria,
para una muda y condenada historia,
y acaricia las huellas
como si oculta obsecación lograra,
a fuerza de tallar la sombra avara
recuperar estrellas.

La mirada a los aires se transporta,
pero es también vuelta hacia dentro, absorta,
el ser a quien rechaza
y en vano tras la onda tornadiza
confronta la visión que se desliza
con la visión que traza.

Y abatido se esconde, se concentra,
en sus recónditas cavernas entra
y ya libre en los muros
de la sombra interior de que es el dueño
suelta al nocturno paladar el sueño
sus sabores obscuros.

Cuevas innúmeras y endurecidas,
vastos depósitos de breves vidas,
guardan impenetrable
la materia sin luz y sin sonido
que aún no recoge el alma en su sentido
ni supone que hable.

¡Qué ruidos, qué rumores apagados
allí activan, sepultos y estrechados,
el hervor en el seno
convulso y sofocado por un mudo!
Y grava al rostro su rencor sañudo
y al lenguaje sereno.

Pero, ¡qué lejos de lo que es y vive
en el fondo aterrado, y no recibe
las ondas todavía
que recogen, no más, la voz que aflora
de un agua móvil al rielar que dora
la vanidad del día!

El sueño, en sombras desasido, amarra
la nerviosa raíz, como una garra
contráctil o bien floja;
se hinca en el murmullo que la envuelve,
o en el humor que sorbe y que disuelve
un fijo extremo aloja.

Cómo pasma a la lengua blanda y gruesa,
y asciende un burbujear a la sorpresa
del sensible oleaje:
su espuma frágil las burbujas prende,
y las pruebas, las une, las suspende
la creación del lenguaje.

El lenguaje es sabor que entrega al labio
la entraña abierta a un gusto extraño y sabio:
despierta en la garganta;
su espíritu aún espeso al aire brota
y en la líquida masa donde flota
siente el espacio y canta.

Multiplicada en los propicios ecos
que afuera afrontan otros vivos huecos
de semejantes bocas,
en su entraña ya brilla, densa y plena
cuando allí late aún, y honda resuena
en las eternas rocas.

Oh, eternidad, oh, hueco azul, vibrante
en que la forma oculta y delirante
su vibración no apaga,
porque brilla en los muros permanentes
que labra y edifica, transparentes,
la onda tortuosa y vaga.

Oh, eternidad, la muerte es la medida,
compás y azar de cada frágil vida,
la numera la Parca.
Y alzan tus muros las dispersas horas,
que distantes o próximas, sonoras
allí graban su marca.

Denso el silencio trague al negro, obscuro
rumor, como el sabor futuro
sólo la entraña guarde
y forme en sus recónditas moradas,
su sombra ceda formas alumbradas
a la palabra que arde.

No al oído que al antro se aproxima
que el banal espacio, por encima
del hondo laberinto
las voces intrincadas en sus vetas
originales vayan, más secretas
de otra boca al recinto.

A otra vida oye ser, y en un instante
la lejana se une al titubeante
latido de la entraña;
al instinto un amor llama a su objeto;
y afuera en vano un porvenir completo
la considera extraña.

El aire tenso y musical espera;
y eleva y fija la creciente esfera,
sonora, una mañana:
la forman ondas que juntó un sonido,
como en la flor y enjambre del oído
misteriosa campana.

Ése es el fruto que del tiempo es dueño;
en él la entraña su pavor, su sueño
y su labor termina.
El sabio que destila la tiniebla
es el propio sentid o que otros puebla
y el futuro domina.



domingo, 21 de octubre de 2018

Conversación entre el carpintero Zimmer y el escritor Gustav Kühne



 Zimmer: Está en mi casa desde el momento en que le soltaron de la clínica. Le tuvieron allí dos años, le medicaron, le revolvieron de arriba a abajo sin encontrar qué era lo que tenía. No pudo decir a nadie qué le faltaba. A decir verdad no le falta nada. Lo que tiene de más, eso es lo que le ha vuelto loco.
 Kühne: ¿Es cierto que el pobre enfermo no ha tenido más crisis desde hace ya tiempo?
 Zimmer: A decir verdad, no está loco, lo que se dice loco. Tiene perfectamente sano el cuerpo, su apetito es bueno, se bebe su buen medio litro todos los días a la misma hora. Duerme bien, salvo con los fuertes calores del verano; entonces se le oye subir y bajar las escaleras toda la noche. Pero no hace mal a nadie. Es una buena compañía en mi casa. Se sirve él mismo, se viste y se mete en la cama sin ayuda de nadie. También sabe pensar, hablar, tocar música y hace todo lo que hacía en otros tiempos.
 Kühne: ¿Pero sin continuidad?
 Zimmer: ¡Ah, sí, así es!
 Kühne: ¿Y cómo ha podido durar tanto tiempo este estado sin crisis, sin interrupción?
 Zimmer: Para algo es suavo. Es suavo hasta el fondo... Si se ha vuelto loco no es por falta de espíritu, sino a fuerza de saber. Cuando un vaso está demasiado lleno y se tapa, tiene que estallar. Pues bien, si se recogen los trozos, se ve que todo lo que había dentro se ha esparcido. Todos nuestros sabios estudian demasiado, se llenan hasta el cuello, una gota de más y eso se desborda. Y con ello escriben las cosas más impías. El entusiasmo por el paganismo ha sido lo que le ha hecho descarrilar, y todos sus pensamientos se han detenido en un punto, alrededor del cual gira y gira sin cesar. Se diría un vuelo de palomas arremolinándose sobre el tejado alrededor de una veleta. Gira todo el tiempo hasta que cae abatido, al límite de las fuerzas. Créame, eso es lo que le ha vuelto loco. Esos malditos libros, todo el día abiertos sobre la mesa, y cuando está solo, desde por la mañana hasta por la noche se lee a sí mismo pasajes en voz alta, declamando como un actor, con aires de querer conquistar el mundo. No merece la pena obstinarse así en esto, siempre lo mismo, es lo que llaman una idea fija.
 Kühne: Se habla de una historia de amor.
 Zimmer: Créame. No es así, en absoluto. Una vez cumplidos los treinta, el amor ya no trastorna la cabeza. La causa de todo es su manía de saber y no la dama de Frankfurt. ¿Me mira usted con asombro? Ustedes, los de ahí abajo, tienen una idea equivocada de nosotros los suavos. Ustedes creen que no nos volvemos razonables antes de los cuarenta años. Pues bien, no; todo lo contrario. No hay suavo al que el amor le haga perder la razón una vez que tiene treinta años a la espalda... Hay que tomarle como a un niño y entonces es dulce y amable... En tiempos yo le llevaba a los viñedos. Me jugó toda clase de malas pasadas. En la actualidad se pasea solamente por el jardín. Se levanta con el sol. No puede soportar quedarse en casa y se va a pasear al jardín. Golpea el vallado, coge hierbas y flores, hace ramilletes y después los destroza.
 Kühne: Los poetas alemanes no hacen otra cosa en toda su vida. Ninguno de ellos lo ha hecho mejor.  
 Zimmer: Todo el día está hablando en voz alta, haciéndose preguntas y respondiéndose —todo el tiempo—, y sus respuestas rara vez son afirmativas. Tiene un fuerte espíritu de negación.
 Kühne: Es la suerte que nos espera a todos cuando envejezcamos.
 Zimmer: Cuando está cansado de haber andado se retira a su cuarto, declama al vacío con la ventana abierta, no sabe cómo desembarazarse de su gran saber. A veces se sienta a su espineta y toca durante cuatro horas sin cesar, como si quisiera hacer salir hasta la última brizna de su saber. Y siempre el mismo tono monótono, la misma cantilena, que uno ya no sabe dónde meterse en toda la casa. Tengo que dominarme con todas mis fuerzas para que no me estalle la cabeza. Pero por otra parte a menudo toca muy bien. Lo único molesto es el ruido de sus uñas demasiado largas. Es toda una batalla cortárselas... Cuando aún vivía su madre, le reprendí y le dije que estaba muy mal por su parte no pensar más en ella; y entonces reaccionó y le escribió una carta. Sus cartas eran completamente claras y como es debido, como escribiríamos usted y yo: «¿Cómo te va, querida mamá?» y todo lo demás. Es verdad que una vez terminaba su carta diciendo: «Adiós, tengo estremecimientos, siento que debo terminar».
 Kühne: ¿Aún escribe versos?
 Zimmer: Casi todo el día... Voy a advertirle una cosa. Usted habrá oído hablar de su hábito de otorgar títulos a todos los extraños que se le acercan. Es su modo de mantener a la gente a distancia. No hay que confundirse, es un hombre libre a quien no le gusta que le pisen. Siempre está repitiendo: «Nada ha de sucederme». Cuando empieza a estar harto y quiere irse, es suficiente que se le diga: «Quédese usted un poco más con nosotros, señor Bibliotecario». Puede usted estar seguro de que cogerá su sombrero, se inclinará profundamente y responderá: «Su Majestad ha ordenado que me vaya». De esta forma da a la gente lo que pueda desear, permaneciendo él libre. Mire, cuando abruma a alguien con tantos títulos, es su modo de decir: «Déjeme en paz»... Pero aquí está... Hoy está de muy mal humor. Dice que desde esta mañana la fuente de la sabiduría está envenenada y que los frutos del conocimiento son sacos vacíos, engaños, ¿no? Se habrá usted fijado que estaba sentado sobre el manzano, rompía las ramas muertas y quitaba las hojas secas. Muchas veces sus palabras confusas encierran mucho sentido.


* Tras una visita al poeta en 1836.

 Traducción  Txaro Santoro y José María Álvarez.

 Friedrich Hölderlin. Poemas de la locura, Hiperión, 1994.  

sábado, 13 de octubre de 2018

Cuatro palabras




Josep Pla


En el curso de mi vida literaria, he escrito varios libros de viaje. Uno de ellos, “Cartes de lluny”, que se publicó hace poco más de quince años, recibió, por parte del público, una acogida bastante cordial.

Hasta ahora, he tenido la desgracia de no poder presentar a mis lectores un libro sobre algún país remoto, exótico y extraordinario. En mis libros, no hay mosquitos, ni leones, ni chacales, ni objeto alguno sorprendente o raro.

Confieso sentir, por otra parte, poca afición por el exotismo. Mi heroísmo y bravura son escasos. Me gustan los países civilizados. Desde el punto de vista de la sensibilidad me daría por satisfecho plenamente si pudiera llegar a ser un hombre europeo. He sido siempre aficionado a la “mateotte” de anguilas, a la becada en canapé y a la perdiz mediterránea.

Antiguamente, el viajar, era un privilegio de los grandes. Solía ser la coronación normal de los estudios de un hombre. En nuestra época, se generalizó y abarató de tal manera que un hombre como yo ha podido vivir durante veinte años en casi todos los países de Europa, por cuatro cuartos. Pero esto, también se ha terminado. Por el momento, no viajan más que los propagandistas y los diplomáticos.

Viajaba, ciertamente, mucha gente, pero quizá, el número de personas que se desplazaban para formar su inteligencia y enriquecer su sensibilidad ha sido menor en nuestra época que un siglo o dos atrás. En nuestro país había tres pretextos esenciales para pasar la frontera: la peregrinación a Lourdes, la luna de miel y los negocios. ¡Cuánta gente ha ido a Lourdes en los últimos decenios! Se iba allí a ver el milagro, a cantar el “Ave”, a pedir a la Virgen que intercediera por nuestros pobres cuerpos y almas.

La luna de miel era otro de los grandes pretextos para hacer un largo viaje. A mi entender, sin embargo, la luna de miel es una mala época para contemplar el mundo externo con agudeza y claridad. Es cosa muy ardua ejecutar dos cosas importantes a la vez. Para salir de casa, es esta, quizá, la peor época de la vida. Si los recién casados hubieran tenido una ligera idea de su economía, nos hubiéramos ahorrado los espectáculos que todos hemos visto en la estación de Francia: verlos llegar fatigados, descompuestos, deshechos, pidiendo mentalmente a gritos las zapatillas, maldiciendo Europa y sus museos, sus monumentos y su cocina detestable. No. No es buena época la luna de miel para hacer casi nada. Lo mejor, en estos casos, es salir a tomar un rato el sol por la Diagonal o el Paseo de Gracia.

Y el tercer pretexto, los negocios, era como los anteriores. Uno viaja, generalmente, para ver las llamadas cosas inútiles del mundo —que son las únicas importantes— y los negocios no dejan tiempo para nada.

Lo esencial, para aprovechar un viaje es tomarlo como finalidad misma. Andar por el mundo un poco al azar es muy agradable. Viajar sin tener un objeto concreto, es una auténtica maravilla. Yo siento que podría curarme de todos mis vicios y de todas mis virtudes —caso de que tenga alguna—. Lo que no podré dejar jamás es mi recalcitrante vagabundaje.

Hay que viajar para descubrir, con los propios ojos que el mundo es muy pequeño, y por tanto que es absolutamente necesario hacer un esfuerzo para dignificar la visión hasta llegar a ver las cosas en grande. Hay que viajar para darse cuenta de que una pasión una idea, un hombre, sólo son importantes si resisten una proyección a través del tiempo y del espacio. No hay nada como alejarse un poco para curarse de la psicosis de la proximidad, de la deformación de la proximidad, de la que todos estamos atacados. Hay que viajar para aprender —a pesar de todo— a conservar, a perfeccionar, a tolerar. Es en este sentido, creo, que los antiguos aconsejaban el desplazamiento. Creían que era un buen método para aprender a prescindir de pequeñeces, de difusos detalles, de torcidos cubiliteos tribales, de grandiosidades escenográficas y falsas. La pieza de caza del viajar es la aventura. La aventura es la flor, el perfume del azar y de la diversidad. A veces es una puerta que se abre ante un mundo insospechado, sobre un mundo que se sabe donde empieza y no se sabe donde acaba…

En fin, ya que no se puede viajar como antes, hay que viajar de todos modos. Aquí está el fruto de mis recientes, insignificantes vagabundajes. Viajando en autobús, el vuelo es gallináceo.

La finalidad de este libro es triple: primero, aspiro, como todos los autores de libros, a ganar con él, algún dinerillo para ir tirando.

Segundo: en el momento de escribirlo he tratado de contrastar hasta qué punto puedo llegar, manejando esta lengua, a la desnudez estilística, a la simplificación máxima de la manera literaria. No tengo ningún inconveniente en confesar que el considerable esfuerzo que he debido hacer —lo digo para que a nadie se le ocurra agradecérmelo— no ha sido logrado.

Finalmente espero —y esto es cosa mía— que este libro será leído dentro de cien años cuando algún curioso —y espero, gustoso— erudito trate de resucitar la vida que estamos arrastrando —el temporal que estamos capeando. Esta tercera finalidad, es importantísima. La segunda también. Y la primera, no digamos.

                                                                                                            1941-1942
  

Prólogo Viaje en autobús, 1942. 


viernes, 12 de octubre de 2018

Birds in the nigth



Luis Cernuda  


El gobierno francés, ¿o fue el gobierno inglés?, puso una lápida
En esa casa de 8 Great College Street, Camden Town, Londres,
Adonde en una habitación Rimbaud y Verlaine, rara pareja,
Vivieron, bebieron, trabajaron, fornicaron,
Durante algunas breves semanas tormentosas.
Al acto inaugural asistieron sin duda embajador y alcalde,
Todos aquellos que fueran enemigos de Verlaine y Rimbaud cuando vivían.

Con la tristeza sórdida que va con lo que es pobre,
No la tristeza funeral de lo que es rico sin espíritu.
Cuando la tarde cae, como en el tiempo de ellos,
Sobre su acera, húmedo y gris el aire, un organillo
Suena, y los vecinos, de vuelta del trabajo,
Bailan unos, los jóvenes, los otros van a la taberna.

Corta fue la amistad singular de Verlaine el borracho
Y de Rimbaud el golfo, querellándose largamente.
Mas podemos pensar que acaso un buen instante
Hubo para los dos, al menos si recordaba cada uno
Que dejaron atrás la madre inaguantable y la aburrida esposa.
Pero la libertad no es de este mundo, y los libertos,
En ruptura con todo, tuvieron que pagarla a precio alto.

Sí, estuvieron ahí, la lápida lo dice, tras el muro,
Presos de su destino: la amistad imposible, la amargura
De la separación, el escándalo luego; y para éste
El proceso, la cárcel por dos años, gracias a sus costumbres
Que sociedad y ley condenan, hoy al menos; para aquél a solas
Errar desde un rincón a otro de la tierra,
Huyendo a nuestro mundo y su progreso renombrado.

El silencio del uno y la locuacidad banal del otro
Se compensaron. Rimbaud rechazó la mano que oprimía
Su vida; Verlaine la besa, aceptando su castigo.
Uno arrastra en el cinto el oro que ha ganado; el otro
Lo malgasta en ajenjo y mujerzuelas. Pero ambos
En entredicho siempre de las autoridades, de la gente
Que con trabajo ajeno se enriquece y triunfa.

Entonces hasta la negra prostituta tenía derecho de insultarlos;
Hoy, como el tiempo ha pasado, como pasa en el mundo,
Vida al margen de todo, sodomía, borrachera, versos escarnecidos,
Ya no importan en ellos, y Francia usa de ambos nombres y ambas obras
Para mayor gloria de Francia y su arte lógico.
Sus actos y sus pasos se investigan, dando al público
Detalles íntimos de sus vidas. Nadie se asusta ahora, ni protesta.

“¿Verlaine? Vaya, amigo mío, un sátiro, un verdadero sátiro.
Cuando de la mujer se trata; bien normal era el hombre,
Igual que usted y que yo. ¿Rimbaud? Católico sincero, como está demostrado”.
Y se recitan trozos del “Barco Ebrio” y del soneto a las “Vocales”.
Mas de Verlaine no se recita nada, porque no está de moda
Como el otro, del que se lanzan textos falsos en edición de lujo;
Poetas mozos de todos los países hablan mucho de él en sus provincias.

¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos?
Ojalá nada oigan: ha de ser un alivio ese silencio interminable
Para aquellos que vivieron por la palabra y murieron por ella,
Como Rimbaud y Verlaine. Pero el silencio allá no evita
Acá la farsa elogiosa repugnante. Alguna vez deseó uno
Que la humanidad tuviese una sola cabeza, para así cortársela.
Tal vez exageraba: si fuera sólo una cucaracha, y aplastarla.



sábado, 6 de octubre de 2018

Rimbaud


Thomas Bernhard 

Se dice que solo honramos al poeta cuando está muerto, cuando la tapa del sepulcro o el húmedo montón de tierra han establecido una separación definitiva entre él y nosotros, cuando, como se dice tan bella y meticulosamente en las necrológicas escritas por espíritus inferiores, ha entregado su espíritu. Entonces, así lo quiere Dios, hay alguna oficina pública que comienza a hojear su directorio, y el trabajo de la posteridad emprende su camino. Hay coronas y «tertulias», y se desarrolla un divertido intercambio entre bodegas y ministerio hasta que el expediente del poeta desaparece otra vez o se decide publicar su obra. Tienen lugar pompas y celebraciones, se descubren obras del difunto y se sacan a la luz —se «escenifica» al poeta—, casi siempre solo para disipar el aburrimiento, que es para lo que, al fin y al cabo, se cobra un sueldo. Y de esa forma (en nuestro país) ¿no ocurre que no se honra al poeta sino al jefe del departamento de cultura, a quien gestiona los poemas, al actor, al excitador? Por ello, más de un Hölderlin o un Georg Trakl se revolverían en su tumba ante tanta cultura fabricada, injertada, ante tantas conversaciones sobre el mercado del arte de las que solo se desprende la falta de vergüenza.

Ahora se trata de recordar a Jean-Arthur Rimbaud. ¡Gracias a Dios era francés! De forma que creemos en la fuerza y el esplendor de la palabra poética, creemos en la continuidad de la vida del espíritu, en la indestructibilidad de las imágenes (las imágenes de los muertos y de las visiones), tal como surgen de los elementos que hay en las páginas de algunos grandes hombres, como solo ocurre una o dos veces en cada siglo. No nos engañemos: lo poderoso, excitante, conmovedor y tranquilizador, lo duradero… ¡no crece como la acedera en los prados del verano! Unos versos significativos que permitan al hombre mirar al abismo no surgen cada día, todos los años. Han de imprimirse siempre algunos millares de libros antes de que las máquinas hagan uno de sus esfuerzos elementales y nos den una obra importante de la literatura mundial, aunque solo sea una. Las obras de los que siempre echan las campanas al vuelo y que resuenan hasta en cervecerías llenas de borrachos, las de los poetas de revista y los fabricantes de artículos literarios de exportación, que a veces les reportan el premio Nobel, son en su mayoría solo tonterías engalanadas y productos de moda. Lo que importa en literatura es lo original, precisamente lo elemental, gente como Jean-Arthur Rimbaud.

El poeta de Francia era un auténtico elemento, sus versos eran de carne y sangre. Cien años no son nada para ese maestro de la palabra, el intraducible Rimbaud. Arrancó la vida, sin miramientos, con sus raíces, la agarró con respeto y ansia de muerte a un tiempo. Su poesía acabó, a los veintitrés años cerró sus libros, su «Barco ebrio», su Temporada en el infierno. Nunca volvió a coger la pluma para escribir poesía, porque se había apoderado de él el asco de la literatura. Sin embargo, había acabado, ya bastaba. AbsurdeRidiculeDegoûtant!… se defendía Rimbaud cuando se le hablaba con admiración de sus versos, tratando de recuperarlo para la literatura francesa.

Rimbaud nació el 20 de octubre de 1854 en Charleville. Su padre era oficial, su madre, una mujer como cualquier otra, preocupada por el bienestar de su hijo, pero desconfiada y retraída cuando él comienza a fermentar, cuando a los nueve años trae del colegio sus primeros versos, sus primeros «ensayos», sus visiones, sus primeros poemas, que figuraban entre los mejores de Francia. En julio de 1870 recibe un primer premio por unos magistrales versos latinos en los que elabora la «Alocución de Sancho Panza a su asno». Todavía durante sus estudios escribió para un periódico de las Ardenas, atacando a Napoleón y a Bismarck con idéntica violencia. Para ver y sufrir la pobreza del hombre se dirige a París, se hunde en el desierto y el temor humanos, y estrecha contra su pecho a los atormentados y desposeídos de los bulevares. En aquella época, al parecer, llevaba el cabello tan largo como las crines de un caballo y un transeúnte le ofreció cuatro cuartos para el peluquero, que él, «el poeta de Charleville», se gastó en tabaco. Luego es testigo de la Revolución en el cuartel de Babilonia, en medio de una espesa mezcla de razas y clases sociales, y exclama con pasión: «¡Quiero ser obrero! ¡Luchar!»… Tras un combate de ocho días, las tropas gubernamentales toman por asalto la capital, y los revolucionarios presos, sus amigos y camaradas, se desangran. Él, que ha vivido la mayor conmoción de su vida, escapa de milagro. Pero no puede vivir ya en Charleville.

Rimbaud fue mártir y «social», pero nunca político. No tuvo nada que ver ni en común con la política, esa alienación del arte. Era todo un hombre y, como tal, lo conmovía la violencia del espíritu. En Charleville escribió su fogoso poema «El barco ebrio» —aunque nunca había visto el mar—, escribió «París se repuebla», la orgía, una acusación contra el tumor del odio, el poema de los vicios parisinos, todo en él era indignación, y, cuando caminaba a lo largo del río, «necesitaba horas para tranquilizarse». Tenía diecisiete años cuando escribió la maravillosa composición poética «Los pobres en la iglesia», «con corazón palpitante, muy cerca de esos niños sucios que no dejan de mirar a los ángeles de madera, presintiendo que detrás está Dios…». Rimbaud era comunista, sí, pero no quería incendiar los palacios de los Campos Elíseos, sino que era un comunista del espíritu, un comunista de su poesía y su vívida prosa. Cuando envió sus versos a Verlaine, el único poeta vivo de Francia al que admiraba, este le respondió con una frase que se ha hecho clásica: «Venezchèregrande âme!»… ¡Y qué asombrado se quedó el «Poeta de París», que entraba y salía como un dios en los salones cargados de humo cuando, en lugar de un hombre «respetable», encontró a la puerta de su casa a un chico andrajoso de diecisiete años. ¡Un chico que había escrito ya «Sensación», su gran poema ardiente! ¡Qué tiempos aquellos!

Con Verlaine comenzó para Rimbaud una nueva época, que fue profundamente amistosa y profundísimamente humana, y viajaron juntos a Inglaterra, para conocer Londres, el aire apestoso del mayor puerto del mundo, la Inglaterra central con sus fábricas negras, y fueron a Bruselas para —¡por cierto tiempo!— separarse. Verlaine tenía que volver «a casa» con su familia, a la que había abandonado un buen día, «sin consideración», como suele decirse. Qué distintos eran aquellos dos vagabundos que podían recorrer Europa sin pasaporte, sin nada: el fugitivo Rimbaud, que escapaba siempre, empujado hacia adelante por una nueva realidad monumental «cuya digestión ofrecía en su prosa», y el blando y totalmente prendado de él Verlaine, que tendía al catolicismo, la salvación, al que se deben los profundos poemas, las sagradas canciones de hombre tranquilo que aquel hombre abatido escribió en la prisión, tras haber disparado en una pelea contra su joven hermano de Charleville, hiriéndolo gravemente. Verlaine era para Rimbaud el gran poeta, pero blando y drogadicto. Rimbaud en cambio se había convertido para Verlaine en «la única riqueza en el mundo además de Jesucristo». No se entienda mal: Verlaine amaba la fuerza poética de su «hermano» y el rostro maravillosamente claro de Arthur, nada más.

No hay que arrastrar por las calles la vida de un poeta, pero la de Rimbaud es tan poderosa, tan grande, tan inescrutable y, sin embargo, tan religiosa como la de un santo. Se alza ante nosotros como su poesía: ¡repulsiva, verdadera, hermosa y divina!

Fue en Alemania tutor en casa de un tal doctor Wagner de Stuttgart y recorrió Bélgica hasta Holanda. Se alistó en las tropas coloniales y, tras una travesía de siete semanas, llegó a Java. Pero consideraba el servicio militar con la misma escasa seriedad que en otro tiempo la idea de «hacerse misionero para ver mundo». Cuando desembarcó en las Indias Neerlandesas pareció haber llegado a su objetivo: ¡ser inalcanzable para la horrible civilización! Se largó, se fue a Batavia, vivió de prestado, se abrió paso por aquel nuevo país, vivió con animales y semicretinos y, en 1876, subió a un barco inglés para volver a casa. Por algún tiempo se sintió cansado. Cuando pasaban junto a la isla de Santa Elena, pidió que se detuvieran. Como no atendieron su deseo, saltó sencillamente al mar para nadar hasta tierra. A duras penas pudo ser izado otra vez a bordo el que había querido conocer sin falta el lugar donde vivió Napoleón. El 31 de diciembre estaba otra vez en Charleville.

Toda su vida fue un aventurero y viajó durante la mitad de su existencia. Se había apartado hacía tiempo de la literatura y no volvió a escribir.

A partir de entonces disfrutó. Está otra vez en Marsella vendiendo llaveros, va a Egipto, vuelve a Francia y se embarca finalmente hacia Arabia, para comprar café y perfumes. En noviembre deja Arabia y llega a Zeila. En la primera mitad de diciembre, tras cabalgar veinte días por el desierto somalí, se encuentra en Harar, colonia inglesa. Allí se convierte en agente general de una empresa británica «con un sueldo de 330 francos, mantenimiento, gastos de viaje y una comisión del dos por ciento». Sin embargo, antes de dejar Adén, escribe a su madre pidiéndole libros científicos. Había tirado por la borda el arte y se ocupaba de otras cuestiones intelectuales, cualquiera que fuera su importancia, estudiando en lo sucesivo metalurgia, navegación, hidráulica, mineralogía, albañilería, carpintería, maquinaria agrícola, serrerías, minería, vidriería, alfarería y fundición metálica, pozos artesianos… Quiere asimilarlo todo, tiene más hambre que nunca, ¡incluso siendo agente general! La filial de Harar de la empresa comercial prospera bajo la dirección del poeta Rimbaud. A él los negocios le van muy mal. En sus cartas escribe de dinero y oro que habría que buscar. Se impacienta de nuevo y quiere ir a Tonkín, a la India y al canal de Panamá. Y no hace más que negocios, quizá solo para aturdirse, comercia con café y armas que envía al mar Rojo, con algodón y fruta… Había regalado a Francia los poemas juveniles más bellos. Y, lleno de infelicidad, escribe: «Me aburro mucho, nunca he conocido a nadie que se aburriera tanto como yo».

En 1890, cuando pensaba casarse, sintió de pronto una especie de gota, un dolor físico que aquel hombre azotado por tempestades no conocía hasta entonces. Lejos de Francia, entre esclavos y negros, en el apestoso desierto. El final se acercaba a pasos de gigante. Él mismo escribió sobre su enfermedad: «El clima de Harar es frío y, por costumbre, no llevaba casi nada encima, unos sencillos pantalones de paño y una camisa de lana, y de esa forma daba a diario absurdas cabalgadas de 15 a 40 kilómetros por las escarpadas montañas del país. Creo que en la rodilla se me produjo una grave lesión, provocada por el cansancio, el calor y el frío. Realmente comencé a sentir un martilleo bajo la rótula izquierda: un golpeteo ligero que notaba a cada minuto… Iba por ahí y seguía trabajando con diligencia, más que nunca, porque creía que se trataba de un enfriamiento corriente…». El reconocimiento que le hizo el médico inglés del hospital de Adén reveló una inflamación avanzada y peligrosa de la articulación. Rimbaud decidió embarcar en un vapor que se dirigía al Mediterráneo.

En Marsella le amputan la pierna. La anciana madame Rimbaud está a su lado. «Soy un lisiado —escribe con desesperación—, ¿para qué sirve un lisiado en este mundo? Prefiero la muerte, después de todo lo que he soportado ya…» Eso lo escribe tras unos sufrimientos de meses que lo hacen guardar cama. Tiene cáncer. El 23 de julio, como dice su hermana, se hace llevar a Roche, a casa de su familia, que se ha asentado allí. Confía en encontrar definitivamente sueño y tranquilidad. Es 1891. El trigo se había congelado cuando llegó a casa y, al ver la habitación que le habían preparado, exclamó: «¡Esto es Versalles!».

Luego siguieron los meses más horribles de su vida. En octubre se hacen perceptibles los primeros signos mortales. Una vez más quiere marcharse, con una pierna, a la India o, por lo menos, a Harar con los negros. Lo llevan a la estación y lo meten en el tren, pero en la siguiente estación tienen que sacarlo. Siente la más profunda desesperación que puede sentir un hombre. En el hospital de la Concepción se inscribe con el nombre de Jean Rimbaud. Luego solo importa ya la lucha entre la vida que él quería y la muerte. Tiene maravillosas visiones, vuelven sus illuminations, sus iluminaciones. En su agonía vuelve el poeta, de pronto está otra vez allí cuando, a los veintitrés años, se interrumpió, cuando se fue, cuando lo rechazaron desde todos los ángulos y lados como «barbarismo de la literatura», «debilitamiento del intelecto». Es otra vez poeta… aunque no escriba ya. Está otra vez ahí… nunca se fue, salvo a Harar, Egipto, Inglaterra y Java. Solo fue un rodeo, ahora vuelve a ver la poesía desde Charleville y lo sabe: ¡lo ha logrado! Se derrama sobre él un consuelo maravilloso. «Murió el 10 de noviembre, por la tarde, a las dos» —escribe su hermana Isabelle—. El párroco, conmovido por tanto temor de Dios, lo bendijo. «Nunca he visto una fe tan firme», declaró. Gracias a Isabelle, Rimbaud fue llevado a Charleville y enterrado, con gran boato, en el cementerio. Allí yace hoy junto a su hermana Vitalie, bajo un sencillo monumento de mármol.

La obra de Rimbaud ha sido siempre combatida por quienes no respetan la verdad y, sin embargo, comienza con el trabajo escolar felizmente revolucionario y absolutamente poético de un chico de nueve años: El sol caldeaba aún…, que conservó su maestro y amigo Izambard. Se cuenta entre lo más poderoso y original que se ha escrito en francés, incluidos los poemas de todos los grandes: Racine, Verlaine, Valéry, Gide y, últimamente, Claudel. Su poesía no es solo francesa sino europea, es poesía mundial, es sentencias y predicciones, sentimientos y delirios de increíble magia.

No hay que hablar demasiado de Rimbaud, hay que leerlo, dejar que haga su efecto en conjunto como un sueño de la tierra, hay que entrar en su mundo, como entraba él, con los zapatos sucios y el estómago hambriento, primero en la carretera de Mézières y luego en París, en la falta de soluciones. Como el propio Rimbaud, hay que mirar con su iglesia, no contemplar su obra sino vivir y sufrir con ella, sencillamente mirarla como mira una muchacha algo que revolotea en su camino.

«A las cuatro de la mañana, en verano, dura / aún el sueño de amor. / De los arbustos surge / el aroma de las flores en vano…» Algo así se dice pocas veces y nunca en un poema. Es un Rimbaud total, conmovedor, solitario y característicamente mundial. O bien «Ofelia», los dos poemas, que encierran el mundo entero y a Dios con él. En ellos se puede encontrar todo lo que falta en los poemas de hoy: belleza y veneración en el sentido más auténtico, y hay soledad y en ella un Dios uno y eterno, el gran padre, aunque lo quieran expulsar de los versos de Rimbaud. Para ser creyente no hay que tragar hostias, no hay que confesarse dos veces al año. Basta con que el hombre mire el rostro del mundo, profundice en su centro… como Rimbaud. Nunca se debe hacer mofa de la Iglesia, pero se puede calificar de malos a los malos sacerdotes y de infames a las monjas infames. Sin embargo, se debe también alabar el esplendor y la bondad de Dios, tal como hizo Rimbaud, con fuerza elemental, del principio al fin. Porque lo que hace su obra tan grande es una deformidad cerrada. Rimbaud fue sencillamente el primero que escribió como Rimbaud. Él y nadie entonces sabía que «ello no es nada, pero que ÉL es y que ÉL lo es siempre».

Es un «Shakespeare niño», y no solo porque lo dijera Víctor Hugo. Su «Barco ebrio», su sueño fantástico, es imperecedero. ¿Dónde dejó la estética? Sin embargo, en los grandes montones de basura de la literatura, que mutuamente se devoran y en todo momento difunden su mal olor, lo irreal, cristalino, de un Rilke tardío le resultaba extraño. Era casto y animal a un tiempo, y de él surgían las reflexiones más bellas y sensibles. No escribía en papel de tina, sino en paquetes de queso apestosos… pero precisamente eso seguía siendo poesía. “Una temporada en el infierno” fue la única obra que publicó durante su vida. Verlaine se ocupó, tras la muerte de Rimbaud, de una edición de sus obras completas.

La poesía no fue para él más que un «intento de liberación », una «válvula para su vitalidad desbordante», dijo de él más tarde Stefan Zweig. Sin embargo, en esas corrientes no se puede descargar una vitalidad desnuda. No la de Rimbaud, porque para él la poesía no era un refugio, sino su patria original. «La religión no lo hizo nunca caer de rodillas » escribió también Stefan Zweig (¡que lo admiraba profundamente!). Y, sin embargo, su literatura era una religión única, evidentemente universal, históricamente libre, independiente, sin refinar, que triunfaba en medio de la suciedad y los zapatos destrozados. ¡Y esa religión suya lo hizo también fracasar, lo hizo hincarse de rodillas!… De su Temporada en el infierno dependía su vida entera, de sus Iluminaciones el latido de su corazón… La riqueza de Harar no le sirvió de nada, todo el dinero no le sirvió de nada, todo, todo no le sirvió de nada, se desploma, aparentemente pequeño en los últimos tiempos, y por eso se arrodilla delirando e implora la última iluminación: ¡la del Padre eterno!

Sólo quien implora al Padre eterno tiene esperanza de existir y puede decir, como dijo Rimbaud: ¡Yo seré siempre!