lunes, 22 de agosto de 2016

All massage





Dolores Labarcena



¿Dónde me lleva esta noche?,
me preguntó Beatriz.
La conocí en los Cárpatos.
A Saturno, dije.
Acomódese, lucecilla.
Explíqueme: 
¿californiano o tailandés?

Un dos
Un dos
Salto con pértiga.
¿Lo duda?
Poco faltó en coronarme
Campeón de Lid.
Así...

Y sepa
la conocí en los Cárpatos
o digamos
casi draculeanamente.
Venga.
¡Compute!
¡Compute!
La paciencia es mi salvoconducto.
¿Sabe usted de aritmética?
Cuántos tullidos habrá.

¡Ah, bálsamo del alpinista!
En primavera abren los cerezos
pero abren a una vida ramplona.
Un dos
Un dos  
También se lo dije a Beatriz.
¡Adelante!
Suprima este cielo prosaico.  
Explíqueme:
¿californiano o tailandés?






miércoles, 17 de agosto de 2016

El hombre que nos describió el infierno


Mario Vargas Llosa

Como en la última etapa de su vida se dedicó a lanzar fulminaciones bíblicas contra la decadencia de Occidente y a defender un nacionalismo ruso sustentado en la tradición y el cristianismo ortodoxo, se había vuelto una figura incómoda, hasta antipática, y ya casi no se hablaba de él. Ahora que, a sus 89 años, un ataque cardíaco acabó con su vida, se puede formular un juicio más sereno sobre este intelectual y profeta moderno, acaso el escritor que más tumultos y controversias haya provocado en todo el siglo veinte.

Digamos, ante todo, que su corazón resistiera 89 años las indescriptibles penalidades que debió afrontar -la guerra mundial contra el fascismo, las torturas y el confinamiento de tantos años en los campos de exterminio soviético, el cáncer, el exilio de otros tantos años en el páramo siberiano, la persecución y la censura, las campañas de calumnia y descrédito, la expulsión deshonrosa y la privación de la ciudadanía, el secuestro de sus manuscritos, etcétera- es un milagro de la voluntad imponiéndose a la carne miserable, una prueba inequívoca de que aquella potencia del espíritu para sobreponerse a la adversidad no es sólo patrimonio de los héroes epónimos que glorifican las religiones e inventan las sagas y los cantares de gesta, pues encarna a veces, de siglo en siglo, en alguna figura tan terrestre y perecedera como el común de los mortales.

No fue un gran creador, como lo fueron sus compatriotas Tolstoi y Dostoievski, pero su obra durará tanto o más que la de ellos y que la de cualquier otro escritor de su tiempo como el más desgarrado e intenso testimonio sobre los desvaríos ideológicos y los horrores totalitarios del siglo XX, las injusticias y crímenes colectivos de los que fueron víctimas entre 30 y 40 millones de personas, una cifra tan enorme que vuelve abstracto y casi desvanece en su gigantismo astral lo que fue el miedo cerval, el dolor inconmensurable, la humillación y los tormentos psicológicos y corporales que precedieron y acompañaron el exterminio de esa humanidad por la demencia despótica de Stalin y del sistema que le permitió convertirse en uno de los más crueles genocidas de toda la historia.

Archipiélago Gulag es mucho más que una obra maestra: es una demostración de que, aun en medio de la barbarie y el salvajismo más irracionales, lo que hay de noble y digno en el ser humano puede sobrevivir, defenderse, testimoniar y protestar. Que siempre es posible resistir al imperio del mal y que si esa llamita de decencia y limpieza moral no se apaga a la larga termina por prevalecer contra el fanatismo y la locura autoritaria.

No es un libro fácil de leer, porque es denso, prolijo y repetitivo, y porque desde sus primeras páginas una asfixia se apodera del lector, una terrible desmoralización por la suciedad moral y la estupidez que anima los crímenes políticos, las torturas, las delaciones, los extremos de ignominia en que verdugos y víctimas se confunden, el miedo convertido en el aire que se respira, con el que hombres y mujeres se acuestan y se levantan, y los recursos ilimitados de la imaginación dogmática para multiplicar y refinar la crueldad. Todo aquello viene hasta nosotros a través de la literatura, pero no es literatura, es vida vivida o mejor dicho padecida año tras año, día a día, en el desamparo y la ignorancia totales, sin la menor esperanza de que algo o alguien venga por fin a poner punto final a semejante agonía.

¿De dónde sacó fuerzas este hombre del común, oscuro matemático, para resistir todo aquello y, una vez salido del infierno, volver a él y dedicar el resto de su vida a reconstruirlo, documentarlo y contarlo con minuciosa prolijidad, sin olvidar una sola vileza, maldad, pequeñez o inmundicia, para que el resto del mundo se enterara de lo que es vivir en el horror?

Había en Solzhenitsin algo de esa estofa de la que estuvieron hechos esos profetas del Antiguo Testamento a los que hasta en su físico terminó por parecerse: una convicción granítica que lo defendía contra el sufrimiento, un amor a la verdad y a la libertad que lo hacían invulnerable a toda forma de abdicación o de chantaje. Fue uno de esos seres incorruptibles que nos asustan porque su sola existencia delata nuestras debilidades. Cuando las circunstancias lo obligaron a dejar su amado país -porque lo increíble es que amó siempre a Rusia con la inocencia y la terquedad de un niño, pese a todas las pruebas que su país le infligió- creyó que, en el mundo occidental al que llegaba, iba a ver confirmado todo aquello con lo que, en el aislamiento del gulag y la tundra siberiana, había soñado: una sociedad donde la libertad fuera tan grande como la responsabilidad de los ciudadanos, donde el espíritu prevalecía sobre la materia, la cultura domesticaba los instintos y la religión humanizaba al individuo y fomentaba la solidaridad y la conducta moral.

Como esa visión del Occidente era tan ingenua como su patriotismo, el espectáculo con el que se encontró le causó una decepción de la que nunca se curó: ¿para eso les servía la libertad y la democracia a las privilegiadas gentes del Occidente? ¿Para acumular riquezas y derrocharlas en la frivolidad, el lujo, el hedonismo y la sensualidad? ¿Para fomentar el cinismo, el egoísmo, el materialismo, para dar la espalda a la moral, al espíritu, para ignorar los peligros que amenazaban esos valores cívicos, políticos y morales que habían traído la prosperidad, la legalidad y el poderío al Occidente?

Desde entonces comenzó a tronar, con acento olímpico, contra la degeneración moral y política de las sociedades occidentales y a encasillarse en esa idea utópica de que Rusia era distinta, de que en ella, a pesar del comunismo, y tal vez debido a esos 80 años de expiación política y social, podía venir, con la caída del régimen soviético, ese ideal que combinara el nacionalismo y la democracia, la vida espiritual y el progreso material, la tradición y la modernidad, la cultura y la fe. Lo extraordinario es que, en los años finales de su vida, Solzhenitsin identificara semejante utopía con el autoritarismo de Vladimir Putin y legitimara con su enorme prestigio moral al nuevo autócrata de Rusia y callara sus desafueros, sus recortes a la libertad, sus atropellos políticos y sus matonerías internacionales.

Ahora bien, que se equivocara en esto no rebaja en modo alguno la extraordinaria hazaña política e intelectual que fue la suya: emerger del infierno concentracionario para contarlo y denunciarlo, en unos libros cuya fuerza documental y moral no tienen paralelo en la historia moderna, unos libros sobre los que habrá siempre que volver para recordar que la civilización es una delgada película que puede quebrarse con facilidad y precipitar de nuevo a un país en el infierno del oscurantismo y la crueldad, que la libertad, una conquista tan preciosa, es una llamita que, si dejamos que se apague, estalla una violencia que supera todas las peores pesadillas que han pintado los grandes visionarios de la maldad humana, los horrores dantescos, las atrocidades del Bosco o de Goya, las fantasías sadomasoquistas del divino marqués. Archipiélago Gulag mostró que, tratándose de crueldad, el fanatismo político puede producir peores monstruosidades que el delirio perverso de los artistas.

Yo nunca lo conocí en persona, pero estuve cerca de él, en Cavendish, el pueblecito del estado de Vermont, en Estados Unidos, donde vivió de 1976 a 1994, en el exilio. "Vale la pena que vayas allá sólo para que veas cómo lo cuidan los vecinos", me había dicho mi amigo Daniel Rondeau, uno de los pocos que consiguió cruzar la casita-fortaleza en que vivía encerrado, escribiendo. Fui, en efecto, y pregunté por él a la primera persona que encontré, una señora que abría a paladas un caminito entre la nieve. "No quiero molestar al señor Solzhenitsin", le dije, "sólo ver su casa de lejos. ¿Me puede indicar dónde está?". Sus indicaciones me llevaron al borde de un abismo. Pregunté a tres o cuatro personas más y todas me engañaron y desviaron de la misma manera.

Por fin, un bodeguero me confesó la verdad: "Nadie en la vecindad le mostrará la casa del señor Solzhenitsin. Él no quiere que lo molesten y nosotros en el pueblo nos encargamos de que sea así. Lo mejor que puede usted hacer ahora es irse". Estoy seguro que todas las banderas de las casas del bello pueblecito nevado de Cavendish flotan hoy día a media asta.


Tomado de El País10 de agosto de 2008


jueves, 11 de agosto de 2016

Con Miriam Gómez y su tarántula




Mercedes Cebrían


Miriam Gómez lleva en su adorado Londres más de cuarenta años. Compartió la mayoría de ellos con su marido, el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, hasta el fallecimiento de este en 2005. Miriam es, ante todo, generosa con lo que posee, ya se trate de la vasta cinemateca que difunde en el blog de Zóe Valdés o de bienes intangibles como su conocimiento de Londres. Su deseo de que el visitante se lleve el mejor recuerdo de la ciudad es evidente en todas sus recomendaciones. Aquí figuran algunas:

01 El Kensington de T. S. Eliot

"Para disfrutar Londres hay que conocer su historia", comenta Miriam cuando paseamos por South Kensington, su barrio de siempre. De ahí que en plena Gloucester Road, a dos pasos del metro del mismo nombre, señale que en el 133 de la calle vivió J. M. Barrie, el autor de Peter Pan, y repare también en la iglesia anglicana de St. Stephen: "Aquí fue sacristán durante veinticinco años T. S. Eliot, y en estas calles están inspirados sus poemas sobre gatos que dieron lugar al musical Cats". En efecto, una placa en la iglesia confirma el dato.
Cuando sale a comer por el barrio, Miriam frecuenta Mohsen, "una fondita persa donde tú mismo te puedes traer el vino de casa". Aunque South Kensington sea una especie de sucursal de Francia en Londres, a Miriam no se le ocurre entrar en un bistró: "Es una bobería: son lugares caros y en España los hay mejores".

02 Tiendas sin mañana

Así llama Miriam a TK Maxx, Fopp y Poundland, tres de sus edenes de la oferta favoritos. En todos ellos la mercancía varía prácticamente a diario, cosa que, para Miriam, es un aliciente. Entramos en la sucursal de TK Maxx en Hammersmith, una tienda sobreiluminada y multicolor cuya misión es, como cuenta Miriam, "cumplir esos pequeños deseos que una tiene". Esos pequeños deseos se pueden traducir en una chaqueta de Vivienne Westwood rebajadísima o en una falda de Valentino que en su día costaba 600 doradas libras y allí se adquiere por 129. El consejo de Miriam es contundente: "Si no compras al momento, te quedarás sin lo que quieres, pues apenas traen productos repetidos".
Enfrente, y bien escondido en el centro comercial Kings Mall, está Poundland, la versión esterlina del todo a cien de antaño: cualquier objeto vale aquí una libra. "He traído a millonarias y a sus nannies y todas quedan encantadas". Seguimos la ruta: los empleados de Fopp, donde conviven música, películas y series de TV, saludan a Miriam afables, como suelen hacer con las buenas clientas. Se le van los ojos al CD Spanish sketches, de Miles Davis. "Lo teníamos en vinilo, pero Guillermo se lo regaló al Loco de la Colina"; por suerte, la pequeña negligencia de su marido se suple pagando tres modestas libras.

03 El imperio de la baquelita

Entre los teatros y las librerías de Charing Cross se encuentra Cecil Court, una calle peatonal que nos retrotrae al Londres de principios del XX. Sus tiendas exponen carteles de circo con tipografías retro, primeras ediciones de novelas, mapas y también joyas de fantasía como las de Christopher St. James, diseñador que ha elaborado sus creaciones para Sexo en Nueva York, El fantasma de la ópera o Shakespeare in love. Miriam es asidua de este imperio de la baquelita y la pedrería insólita. "Tengo una tarántula negra como esa del escaparate. La llevo en la solapa del abrigo y la gente se queda impresionada", comenta Miriam. También posee una pulsera-cocodrilo comprada allí por una razón de peso: "Su forma me recuerda a la isla de Cuba".

04 Por Covent Garden

Durante décadas, Miriam fue actriz profesional, de ahí su interés por el templo de St. Paul, a dos pasos de la Ópera de Covent Garden: "Es la iglesia de los actores; aquí celebran sus funerales y homenajes". St. Paul -no confundirla con la catedral homónima- posee su propia compañía de teatro en activo, además de un jardín trasero donde, desde 1633, se puede descansar del bullicio de la zona. El paseo continúa: a unos metros está la perfumería Penhaligon's, con olores que la pituitaria de Winston Churchill ya disfrutaba, pues era usuario de uno de sus perfumes: el Blenheim Bouquet. Y para comer, un restaurante donde los amigos de Miriam quedan siempre contentos: Rules, inaugurado solamente nueve años después de la Revolución Francesa. Su decoración a base de taxidermia nos deja ver que la caza es su especialidad. En Rules, la comida inglesa se dignifica y se hace inmune a las chanzas y burlas clásicas que tradicionalmente circulan sobre ella. No estaría de más poder preguntarles a Dickens, Graham Greene o Evelyn Waugh su opinión al respecto, pues eran asiduos comensales.
Para terminar, Miriam suplica a los visitantes que no se suban al típico autobús turístico: "Si toman el número 11 en Trafalgar Square, les llevará por los mismos sitios". Seguiremos sus consejos a pies juntillas.





Tomado de El País, 11 de junio de 2011


sábado, 16 de julio de 2016

Sobre el coleccionista de nervios





Antonio Armenteros 


  “…la extrañeza, una forma de originalidad que o bien no puede ser
   asimilada o bien nos asimila de tal modo que dejamos de verla como extraña…”
                                      Harold Bloom, El canon occidental.


Estimados lectores, ¿se acuerdan del poeta Almelio Calderón Fornaris (La   Habana, 1966)?, pues acabo de recibir desde España una antología de su obra. Leyéndola, estudiándola, sobre todo el develador prólogo del crítico, poeta y médico Pedro L. Marqués de Armas(1967), mi máquina de recuerdos se puso en marcha y la Memoria —muchas veces traicionera— me recoloco en los días de mis veintitantos, treinta años en que de retorno en mi Habana, el bardo Ismael González Castañer (1961) me contaba, como un poseso, de las reuniones y veladas en casa de Almelio —San Miguel 522, luego yo viviría a unos pasos en la misma San miguel, sobre la Asociación de Torcedores— y las anécdotas familiares. Pero fue en el mínimo habitáculo del vate Rafael Alcides Pérez (1933), cuando no se veía abocado a esta especie de “muerte civil”, en sustanciosas conversaciones, quien más ahondó en la participación e importancia de Almelio en la vida literaria de los años ochenta, del pasado siglo XX. Ganando varios de los certámenes literarios de la época.

¿Qué pasó desde 1994 en la vida del juglar? Esta y otras interrogantes son respondidas en la antología que tengo frente a mis ojos. Publicada por Efory Atocha Ediciones 2013, Colección de Literatura Hispanoamericana, se intitula De la pupila del ahorcado que selecciona, recopilación de autor, texto de toda su existencia. Prefiero realizar un viaje carpenteriano a la semilla y comenzar comentando los cuadernos que Almelio ha ido publicando durante su larga estadía, travesía en la madre patria. Ellos son, por orden de aparición/plasmación: “Poner orden en mis tierras(1997-2003) y Los dados de la noche (2010-2012)”. El último resulta un ejercicio escritural contenido, reflexivo e incómodo en sus lógicas sutilezas: “Ruinas humanas./ Prisioneros del movimiento de la noche./ Buscamos ¿qué verdad?” Existe una evidente ruptura con su etapa creativa de —por ejemplo— su libro: Las provincias del alma (1985-1990), más en la cuerda gala del surrealismo y también un barroquismo intenso propio: “La poesía, bosque de palabras que custodia una flauta. Teje su propio umbral, sabe ir hacia los arqueros,…” Su aliento filosófico posicional es de larga data y ya en su inaugural volumen Fragmentos para un caballo de aire (1982-1995) nos alerta/ilumina: “Hoy pregunté/ en qué lugares están las puertas para tocar/ —en todos los sitios— gritaron ustedes/ e incluso donde nunca han existido.” Muchos muros y puertas hemos visto erigirse, derrumbarse y reconstruirse en los últimos tiempos, sé que es lo circular de la existencia, el fatum. De esa maquinaria demoníaca y diaria nos previene Calderón Fornaris. Su lírica, leída atentamente, desde los años ochenta —a sus finales— nos recuerda aquel consejo semioculto/semiculto, soterrado de Ernest Hemingway (1899-1961) en París era una fiesta: “Mientras la gente no entiende lo que uno escribe, uno está más adelantado que ella…”

Conviven en él varios temas, pero tres son básicos: el saber, la verdad y el poder. La manera no ortodoxa y caótica en que se relacionan desde siempre, desde el día primigenio de la creación del hombre: “Los que quieran saber la historia/ que sepan la historia./ Los que quieran aprender a saltar/ que aprendan de saltos./ Los que quieran decir que su corazón/ es de arena que lo digan./ Los que quieran decir como Anaximandro/ que el hombre nació de un pez/ cuidado con los pescadores”. La lirica de Almelio está atravesada por disimiles saberes y experiencias. Leyendo —a nivel mental— me recoloque en el Período Especial de apagones o alumbrones diarios, bicicletas chinas, inventos camuflageados en el término indefinido y abarcador de: lucha,  muchos luchadores, gladiadores que cual marea se han transformado/adaptado en mercenarios y no desaparecen —la col redescubierta con pasión y esparcida expansivamente en toda su variedad sobre las mesas familiares—, la ley del más fuerte, esa deshumanizada ley de la selva en la contemporaneidad, allí se instrumentó una estrategia con un sólido eslogan: Un dólar para Almelio. Así relacionan su vuelta poética, sus versos nos aseguran lo que entonces muy pocos intuíamos. Almelio puede ejercer cualquier oficio del mundo, pero su universo, su existencia resulta esencialmente poética/creativa, tal como lo expresa su prosa desenfadada en el texto Extinción: “Decido marcharme a casa, me preparo una taza de té, enciendo la tele, voy al baño, me lavo los dientes, meo, entro en el cuarto, el reloj marca 4 y 45, me quedo en calzoncillos, leo alternativamente una antología de E.E. Cummings Buffalo Bill ha muerto y Extinción de Thomas Bernhard…me pierdo dentro de mí…” Después de tantas lecturas, tantos gestos y detalles cotidianos, puede que se le haya olvidado, o con deliberación macabra, no quiere mencionar otro libro capital de Bernhard (1931-1989), leído entre nosotros atentamente para evitar la depresión, o el suicidio con mucho humor/ironía/cinismo: El imitador de voces. Fue el mismo autor que tempranonos alertó sin falsos alardes de gnosis: “El absurdo es el único camino posible”.

En estos últimos años, durante sus regresos temporales a La Habana —por cierto, ninguna institución o persona jurídica, particular o no, lo ha invitado/organizado una lectura entre nosotros. ¿Será un apestado, un marginado, un no poeta, o un disidente y no un simple emigrante? A veces, hasta de él mismo. Almelio —en nuestros paseos por La Habana, me niego a utilizar la palabra: visita—, obsesivo, ha comentado como en sus versos y solo un ejemplo, donde ya van siendo miles: “La noche extiende/ su interminable/ dominio/ sobre la ciudad.” Calderón Fornaris se queja dolorosa/angustiadamente de la evidente desaparición del esplendor de la noche habanera, cubana, devorada por un galopante provincianismo o lo que es peor: reduccionismo. Una nación literaria donde su rapsoda más excelso José Martí (1853-1895), reflejó: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”. Dibujada o tallada en las estrellas por Guillermo Cabrera Infante (1929-2005) en su único: Tres tristes tigres. Pero si algún puritano me ojea le advierto que Charles Baudelaire (1821-1867) en su paradigmática: Las flores del mal, develo para el universo las potencialidades del reino nocturno o crepuscular. Cuando pensé en la noche, a nivel psíquico, razoné en un poeta norteamericano hacedor de una gran tradición, me refiero a Walt Whitman (1819-1892), fusionador como Almelio de las imágenes de la noche, la madre, la muerte y el mar —me detengo aquí, porque podría escribir todo un tratado sobre el tema y ese no es mi propósito—, tal vez, sus anversos: “Vivo en la sortija del mar/ un madero arrastra una estación con un caracol/ la roca es mi último camino para un surco de luz/ estar en la noche como intermitente…” O sea que, por su preparación y su intensa labor a través de los años Fornaris se reubica fuera de toda frontera, todo límite genérico. De eso se trata. A nuestra generación —como debe ser—  se nos educó en versos y canciones memorables de que: “El poeta es un peregrino.” La poesía habita las fronteras y Almelio es un Odiseo  circular que alguna vez retornará de su travesía de aprendizaje a su Ítaca habanera, pues también comprendemos que existe el viajante infinito cuyo recorrido es eterno y al cual el pueblo sabio denominó como: “Se tomó la coca cola del olvido”, lo sé, no es el caso. Una filósofa española, feliz exiliada/emigrada entre nosotros, María Zambrano (1904-1991) nos dijo: “…la realidad rebasa siempre lo que sabemos de ella; porque ni las cosas ni nuestro saber acerca de ellas está acabado y concluso, y porque la verdad no es algo que esté ahí, sino al revés: nuestros sueños y nuestras esperanzas pueden crearla.”

Confieso que he estado más de una hora riéndome/gozando la dedicatoria almeliana a mi persona, típico en él, cultivador/emanador de un humorismo entre las fronteras chaplinesca/groucho marxista, a veces, las más: cantinflescas. Tal vez no recordemos aquella exquisita máxima que atesoraban celosamente nuestras abuelas: “Todo lo que separe a los hombres lo logra unir La Cultura —La Literatura.”  Por este motivo retórico hasta donde nos aconseja el Jacques Lacan (1901-1981) de sus conferencias parisinas en la Sorbonne de 1977, insisto en inquirirle al lector cubano, despojado de toda antropología irónica poética: ¿Recuerdan al poeta Almelio Calderón Fornaris?








sábado, 2 de julio de 2016

El resto inmortal



Paulo Leminski


Quería no morir del todo. No en lo mejor. Que lo mejor de mi quedase, ya que, por encima o más allá, soy todo dudas. Quería dejar aquí en este planeta no solo un testimonio de mi pasaje, pirámide, obelisco, entradas en una oscura enciclopedia, campos donde no crece más hierba.

Quería dejar mi proceso de pensamiento, mi máquina de pensar, la máquina que procesa mi pensamiento, mi pensar transformado en máquinas objetivas, fuera de mí, sobreviviéndome.

Durante mucho tiempo, cultivé ese sueño desesperado.

Un día, intuí. Esa máquina era posible.

Tenía que ser un libro.

Tenía que ser un texto. Un texto que no solo fuese, como los demás, un texto pensado. Yo precisaba de un texto pensante. Un texto que tuviese memoria, produjese imágenes, raciocinio.

Sobre todo, un texto que sintiese como yo.

Al partir, yo dejaría ese texto como un astronauta solitario deja un reloj en la superficie de un planeta desierto.

Claro, yo podría haber escogido un ser humano para ser esa máquina que pensase como yo pienso. Bastaba conseguir un alumno. Pero las personas no son previsibles. Un texto es.

La impresión de mi proceso de pensamiento no podría estar en la escucha de las palabras ni en el rol de los eventos narrados. Tendría que estar inscrito en el propio movimiento del texto, en los flujos de su dinámica, traduciendo el juego de sus mañas y mareas.

Un texto así no podría ser fabricado ni forjado. Solo podría ser deseado.

El mismo escogería, si quisiese, la hora de su advenimiento.

Todo lo que yo podría hacer en esa dirección era estar atento a todos los impulsos, incluso los más ciegos, sin saber si el texto estaba llegando o no.

Era obvio, un texto así tendría, como mínimo, que llevar una vida humana entera. En la mejor de las hipótesis.

Una cuestión se planteó desde el principio. La tensión de la espera de un texto de este tipo podría ser el mayor obstáculo para su surgimiento. En este sentido, no había solución. La cuestión tendría que ser vivida a nivel de enigma y conflicto, sigilo y disimulación.

Por supuesto que el texto que resultase de ese estado debería, por fuerza, reproducirlo en su esencial perplejidad. La máquina-texto que surgiese no sería un todo armónico, ya que la armonía solo conviene a las cosas muertas. Lo que yo pretendía era una cosa viva, una vida que me sobreviviese. Y la vida es contradictoria.

No sé nunca si ese texto llegará. O si ya llegó.

Todo lo que quiero es que, si llega, se acuerde de mí tanto como yo supe desearlo.



Traducción: Pedro Marqués de Armas


“El resto inmortal”, fue recogido en Gozo Fabuloso -39 crônicas e contos... (2004). Tomado de Potemkin ediciones, Núm. 11, junio-septiembre de 2015. 


sábado, 18 de junio de 2016

Elogio de El Caramelo





Pedro Marqués de Armas


Me fascina ese trío que forman la vieja gorda, el niño (que al final resulta ser un puerco) y la joven que cae muerta (o mejor, hecha cadáver) en medio de la guagua. 

Pocas veces, por medio de personajes tan marionetescos, y a través de situación tan banal —el caramelo que le brindan a la anónima pasajera—, Piñera mostró tanto. Desde luego, no hay que dejar fuera a ese perito de poca monta que, a manera de "infundios", se lo saca todo de la cabeza.

Escena original, por esperpéntica, se atisba desde el desayuno en el Ten-Cent. Y es que entre un pie de fruta acabado a la carrera y un torrencial aguacero ("de fin de mundo") no puede anunciarse nada bueno. 

Ya en la guagua, no hay más que ver al niño adefesio cogiendo el caramelo con la punta de los dedos (la escrupulosidad, la fineza del crimen); pero, sobre todo, no hay más que oírlo cuando, desde el fondo de su animalidad y dirigiéndose a la joven, dice: "Cómetelo". 

Acto seguido la pareja se pone a roncar (casi hasta el final del cuento), mientras la que-será-cadáver cae de una vez y el diletante detective echa a correr sus especulaciones.

Y entonces todo rueda, o mejor, encaja como un juego de matrioshkas: la trama criminal dentro de la narración; el supuesto crimen, en el imaginario culposo del personaje; y las metáforas callejeras —a menudo frases tomadas literalmente— dentro de ese circo que va a ningún lado y en el que, siempre a ras de los acontecimientos, nos topamos con las descripciones más risibles y crueles, lo mismo que con las gratuidades más sabrosas.

A otro nivel, el guiño del narrador al personaje —por medio de otro personaje, el Capitán— cuando lo cogen con el pastillero en el bolsillo, o sea, la prueba del delito: "Al mejor escribiente se le va un borrón".

Piñera lo sabía: uno de sus mejores borrones. Tal como ha contado Luis Agüero, respondiendo a un chiste suyo Piñera le dijo en una ocasión: "No, no seré el Virgilio de La Eneida. Pero sí el de 'El caramelo', un cuento que tú, querido, no podrás escribir jamás...". Habría que advertirlo: ni nadie.

¿Qué circunstancias son estas? ¿Se alude a los tiempos que corren? En efecto, asistimos al desencuentro de dos estilos: el del hombre con rezagos del pasado ("suspendido en el abismo de la dubitación") y la grosería e insensibilidad del colectivo. 

Irónicamente, alguien goza el privilegio de acudir en su auxilio y refrendar su tesis "con el lenguaje llano del pueblo".  

A fin de cuentas, se trata del territorio del monstruo: bien visto, nada distingue la abyecta pilosidad del niño-puerco de la ratonera en que se mete el sabiondo tencenero, como tampoco, de la masa cuando expresa su asco ancestral. A la muerta: "Tírenla por la ventanilla".



domingo, 5 de junio de 2016

Una encrucijada del mundo



Robert Desnos
«Yo no tumbo Caña» *

¡Puros de La Habana, café de las Islas, azúcar de las colonias!.... La comida se termina. Un hombrazo rojizo... se parece al Tío Sam..., digiere sin discreción, mientras que su respiración hace estremecerse la pesada cadena de oro que cuelga de los bolsillos de su chaleco. Está ahíto. Una sangre demasiado espesa corre por las venas, que se divisan en sus sienes. Es lo que suele llamarse un hombre feliz, ya que no envidiable, y las horas pasan, entre el humo oloroso del tabaco y el perfume del café. Una gota de vino enrojece el fondo de un vaso, y, puesto como pisapapel sobre unas cotizaciones de bolsa, un trozo de azúcar semeja una piedra preciosa.

Más lejos, entre las olas tibias de los mares del Trópico, Cuba brinda al cielo sus plantíos de caña, de tabaco y de café. El colono se sume en sus meditaciones, mientras que, a lo lejos, el ingenio norte-americano hace mugir todas sus calderas, en un calor de infierno. Acurrucado al pie de una palmera, un negro tararea el son popular:

«Yo no tumbo caña,
¡Que la tumbe el viento!... »

Dos paisajes, dos cuadros: todo el drama del azúcar en Cuba.



Los tesoros de Cuba

El azúcar es, en efecto, la principal riqueza de Cuba, antes que el tabaco y el café. Cuba no posee diamantes; sus pozos de petróleo, son de escasa importancia; el oro no corre por sus ríos. Pero el azúcar era un tesoro que parecía seguro. Nada, en su cultivo, estaba confiado al acaso, y, a cada cosecha, las altas cañas brindaban pródigamente el zumo preciado. Sin duda, como ahora, el negro de los sembrados no podía trabajar más que cuatro o cinco meses al año, de enero a abril, y, como ahora, también tenía qué ofrendar doce horas de trabajo al día durante ese periodo, fuera bajo el ardiente sol o en la atmósfera densa del ingenio. Pero, si vivía sin riqueza, al menos desconocía la miseria.

Llegó la Guerra. La producción mundial del azúcar disminuyó. Las fábricas de azúcar de remolacha del Norte dejaron de funcionar, y esa industria, nacida bajo el signo de las guerras de Napoleón y del bloqueo continental, desapareció de Francia durante los cinco años que duró la nueva hecatombe. Cuba conoció entonces momentos de una prosperidad sin paralelo.

El azúcar era un nuevo diamante, y todos, desde el colono y el dueño de ingenio, hasta el humilde cortador de caña, conocieron la ilusión de la riqueza. Me contaron que ciertos estibadores de la Habana descargaban, por aquellos tiempos, fardos de camisas seda y sacos de joyas. Fue la «danza de los millones», ilustrada por una anécdota caricaturesca, publicada entonces en un periódico festivo.

«Volviendo a su casa, el colono encuentra a sus dos hijas tocando un trozo a cuatro manos en el piano.»

«... ¿Qué es eso?, pregunta.... ¡No quiero economías en casa! ¡Mañana compro otro piano!»

Esa era de prosperidad duró desde el 1916 hasta el final de 1921, en que el crack de varios bancos anunció el ocaso de los años dorados. Pero, por velocidad acumulada, la locura de la fortuna duró hasta el año 1923, aproximadamente.

Hoy Cuba contempla las riquezas despreciadas de sus sembrados, como una mujer bonita, que conservará estuches de joyas, vaciados por alguna catástrofe repentina.

El azúcar de caña, en 1928, vale doce veces menos que en 1920.

La razón actual del daño está en el exceso de producción, y esto combate de modo ejemplar, el famoso prejuicio de «la oferta y la demanda», y del libre juego de las competencias, considerado como la llave de la felicidad de los pueblos.

Cuba no ha encontrado aún nuevos mercados para su azúcar, y los Estados Unidos siguen siendo sus principales clientes.

La cuestión del azúcar en 1928

Los Estados Unidos poseen refinerías de azúcar de remolacha, y sus leyes arancelarias protegen esa industria. El único azúcar que percibe los beneficios de tarifas especiales, es el azúcar sin refinar destinado a las refinerías norteamericanas. ¡Más oro para los insaciables industriales yankees!

El único remedio práctico está en una política restrictiva de la producción, en espera de que los técnicos cubanos hayan logrado abrir nuevos mercados para el azúcar de caña.

Ya algunos colonos optaron por reemplazar la caña por el café, y nuevas perspectivas se abren ante sus ojos. Después de haber sido el país del azúcar, Cuba será tal vez el país del café. En espera de esto, no se muele toda la cosecha, y los negros de los cortes chupan melancólicamente cañas inutilizadas.



La explotación del azúcar en Cuba

El azúcar de Cuba es explotado, en gran parte, por los Norteamericanos. No es por puro desinterés que han prestado su concurso a los revolucionarios del 98, y ahora es casi siempre a un ingenio yankee instalado en la isla al que el colono vende su cosecha.

Una vez más, es el Norte-americano quien aprovecha el trabajo de los campos, como lo hace con el obrero, sometido diariamente a doce horas de trabajo, en la temperatura terrible de las calderas.

El Gobierno cubano no ha titubeado en intervenir muchas veces, para reprimir abusos.

Los ingenios se alzan lejos de las poblaciones. A sus alrededores se ha construido el caserío ocupado por los trabajadores. Y en ese caserío, la bodega, el restaurant y lo principal del comercio, pertenecen a la administración del ingenio que recupera, de este modo, el salario de sus obreros.

Ha sido necesario, a veces, prohibir a algunos industriales que pagaban su mano de obra con vales canjeables por mercancía en los almacenes del ingenio.

La mano de obra

El Gobierno cubano no tiene que enfrentarse solamente con la política general del azúcar. Un problema interior se le plantea, al cual, menester es reconocerlo, trata valientemente de hallar una solución.

Por el hecho de que el trabajo de los cortes no dura más que cuatro meses al año, la mano de obra cubana es insuficiente. Los colonos importan, pues, a la isla, en esa época, numerosos negros de Haití y Jamaica. Pero esos negros llevan una vida muy primitiva. Se alimentan por algunos centavos y no tienen grandes necesidades. Aceptan, por lo tanto, el trabajar a mitad de precio que el jornalero cubano, haciéndole así una terrible competencia.

Es por todas estas circunstancias, por lo que este cultivo, tan rico y seguro, acabará tal vez por desaparecer de Cuba. Sobre esa tierra tan fértil, vive una población más trabajadora que nunca. En ella misma reside su salvación.

Y dentro de algunas décadas, el azúcar se habrá reunido, posiblemente, en el país de las lunas idas, con las Habaneras de antaño, y en los nuevos cafetales, otros sones remplazarán al melancólico:

«Yo no tumbo caña.»


(De Le Soir.)

* En castellano en el original.


Invitado al VII Congreso de la Prensa Latina, Robert Desnos visitó La Habana en marzo de 1928. Conoció a Alejo Carpentier, quien lo introdujo en el entorno musical y afrocubano, y al que ayudaría a escapar del país, semanas más tarde, en el paquebote en que regresa a Francia. En abril de ese año Desnos publica en Le Soir cinco artículos sobre su breve experiencia cubana. “Una encrucijada del mundo” es uno de ellos y fue traducido –probablemente por el propio Carpentier- para Cuba en 1928, un volumen que recoge abundante información sobre el mencionado Congreso, y sobre la isla, en general.