domingo, 3 de noviembre de 2019

El silfo



Paul Valéry


Ni visto ni sabido,
apenas soy perfume
que en el viento se asume
ya difunto o vivido.

Ni visto ni sabido,
¿es azar o maniobra?
Pues, apenas venido,
se termina la obra.

¿Acaso comprendido?
Aún el más entendido,
¡cuántos yerros deslizas!

Ni visto ni sabido,
¡como entre dos camisas
un seno percibido!


Versión de Rafael Lozano


Orto (Manzanillo, Cuba), Año XXI, no. 1, enero de 1932

domingo, 27 de octubre de 2019

Acuario



 José Gorostiza                                 

                                        A Xavier Villaurrutia

Los peces de colores juegan
donde cantaba Jenny Lind.
Jenny era casi una niña
por 1840,
pero tenía
un glu-glu de agua embelesada
en la piscina etérea de su canto.

New York era pequeño entonces.

Las casitas de cuatro pisos
debían de secar la ropa
recién lavada
sobre los tendederos azules de la madrugada.

Iremos a Battery Place
—aquí, tan cerca—
a recibir saludos de pañuelo
que nos dirigen los barcos de vela.

Y las sonrisas luminosas
de las cinco de la tarde,
oh, si darían
un brillo de luciérnaga a las calles.

Luego, cuando el iris del faro
ponga a tiro de piedra el horizonte,
tendremos pesca
de luces blancas, amarillas, rojas,
para olvidarnos de Broadway.

Porque Jenny Lind era
como el agua reída de burbujas
donde los peces de colores juegan.



jueves, 17 de octubre de 2019

La Ardenesa. Segundo ejercicio




Pedro Marqués de Armas


Raparon en Charenton todas las cabezas, menos la suya. El pelo y las uñas y no ese cerebro descolorido, esas carótidas del diámetro de una pluma: sus últimas pertenencias.

Cuando asomó por la ventana del pabellón para gritar:

—Nivelamiento. Nivelamiento. 

Ya estaba muerta. Pero su grito —ave greñuda— repicó en el Bósforo. Cómo no iba a quebrar la cinta si hasta el césped raparon hasta convertirlo en sendero, mientras Monsieur Esquirol hacía señas con banderitas y Saint-Just, tan sordo:

—No se junta justicia y santidad.

Luego el regreso en coche, a Lieja.

¿Adónde iba a ser?



Óbitos, Bokeh, 2015, p. 14; Encuentro, núm. 50, otoño 2008. 



jueves, 26 de septiembre de 2019

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Summa vitae




José Manuel Caaballero Bonald


De todo lo que amé en días inconstantes
ya sólo van quedando
rastros,
marañas,
conjeturas,
pistas dudosas, vagas informaciones:
por ejemplo, la lluvia en la lucerna
de un cuarto triste de París,
la sombra rosa de los flamboyanes
engalanando a franjas la casa familiar de Camagüey,
aquellos taciturnos rastros de Babilonia
junto a los suntuosos barrizales del Éufrates,
un arcaico crepúsculo en las Islas Galápagos,
los prolijos fantasmas
de un memorable lupanar de Cádiz,
una mañana sin errores
ante la tumba de Ibn’Arabi en un suburbio de Damasco,
el cuerpo de Manuela tendido entre los juncos de Doñana
aquel café de Bogotá
donde iba a menudo con amigos que han muerto,
la gimiente tirantez del velamen
en la bordada previa a aquel primer naufragio...

Cosas así de simples y soberbias.
Pero de todo eso
¿qué me importa
evocar, preservar después de tan volubles
comparecencias del olvido?

Nada sino una sombra
cruzándose en la noche con mi sombra.



viernes, 16 de agosto de 2019

Baquero: palabras de un mago


Juan Luis Panero


El acto [lectura de poemas en el Instituto de Cultura Hispánica] se celebró en noviembre de 1966 y asistió bastante gente. Me imagino que en gran parte por la curiosidad de oír al hijo de Leopoldo Panero. A la salida, Brines me presentó a Gastón Baquero, y así empezó una relación que fue para mi memorable. Cuando año y medio después se publicó A través del tiempo, Baquero lo presentó.

Gastón era una persona de una simpatía y una gracia extraordinaria, tenía un sentido del humor y una inteligencia fuera de lo común. Es uno de los escritores que más me ha deslumbrado. Entre 1966 y 1973 (mi último año en Madrid) nos vimos con frecuencia. Él sabía de todo y, además, sin pedantería. En cuanto a la poesía, su libro Memorial de un testigo (1966), lo considero una obra fundamental de la poesía contemporánea. El hecho de que fuera gusano, cosa muy mal vista en la época en la que todo el mundo posaba de castrista, y además negro y homosexual, le generaba una serie de marginaciones especialmente injustas.

Gastón era un hombre que vivía en unas condiciones difíciles. Tenía un puesto en la revista Mundo Hispánico, que editaba el Instituto de Cultura Hispánica, y hacía algunas colaboraciones para el departamento de exterior de Radio Nacional de España. A pesar de ir malviviendo, era un hombre de una generosidad extraordinaria. Recuerdo que le ofrecí que escribiese un artículo para la revista Selecciones, y el día que le llevé el dinero me invitó a cenar a uno de los restaurantes más caros de Madrid, y se gastó casi entero el pago de la colaboración.

Años después, Marina y yo le invitamos a comer a casa y Marina preparó una comida excelente, regada con buenos vinos, pero él ya se había presentado con una botella de Grand Marnier, una cesta de frutas tropicales y una primera edición de Juan Ramón Jiménez, de regalo.

Aunque no lo sé seguro, tengo la sensación de que El desencanto no le gustó. Él había mantenido una buena amistad con mi padre en La Habana y guardaba un buen recuerdo de él, e incluso escribió un estudio sobre su obra, que formó parte de un interesante libro, Darío, Cernuda y otros temas poéticos.

Nuestro último encuentro tuvo lugar en Madrid en 1992, cuando me invitaron a la semana de autor dedicada a Álvaro Mutis. Allí, después de tantos años, casi veinte sin verlo, me encontré con un hombre viejo y cansado, una penosa sombra de lo que había sido. 


Sin rumbo cierto. Memorias conversadas con Fernando Valls, Barcelona, TusQuets Editores, 2000, pp. 75-76.