domingo, 12 de febrero de 2017

Hazaña de sombrero


Agustín Espinosa


Un sombrero es una cosa de superior importancia.

Desde un andamio demasiado alto de una casa en obras lo veía caído abajo, en medio de la calle, esperando a pie firme la hora próxima de una cita exacta. Estuvo a punto de perecer varias veces bajo varias ruedas de automóvil. La brisa de la tarde le libertó de una colilla de cigarro que hubiera terminado perforándole el ala. Un escupitajo cayó cerca de él, que le salpicó, aunque sólo de modo muy ligero. El fino zapato de ante de una muchacha rubia le rozó suavemente, y yo vi el sombrero que se estremecía hasta la copa, dolorido de un sexo formado por asociación de úlceras recientes.

Casi oscurecía, cuando apareció en una esquina un hombre destocado. Atravesó con presura la calle, y, al pasar junto al sombrero, se agachó disimuladamente, lo recogió del suelo y se lo ladeó sobre la oreja izquierda. Luego se perdió más abajo, entre la muchedumbre, constituida a aquella hora exclusivamente por oficinistas y obreros recién salidos del trabajo. Salté hasta el balcón, llamé a mi hermana y salimos juntos, sin que ni una sola palabra se cruzara entre nosotros. La llevaba de la mano como a niña de seis años, cuando tenía ya más de cuarenta. La aupaba a los tranvías sin grandes esfuerzos; la arrastraba más que acompañarla, porque, a pesar de su obesidad indiscreta, era tan baja que nunca llegó a pesar casi nada.

Caminamos así durante varias horas a través de la ciudad. Al final de una calle pequeña, pero tan ancha que, a aquella hora sobre todo, tomaba aires provinciales de plaza, estaba la sombrerería que buscaba. Lo reconocí rápidamente, por su cara de suicida y por una imperceptible quemadura de cigarro junto al lado. Mi hermana se oponía a ponerse aquel sombrero de hombre, alegando que era un sombrero de hombre. Yo traté inútilmente de convencerla de lo arbitrario de una teoría que quería diferenciar sexos ya bien diferenciados. Abusando únicamente de mis fuerzas, logré ponerle el sombrero, que, como le estaba algo estrecho, le congestionaba cruelmente el rostro y le alargaba aún más las arrugas de la frente. Debí de hacerle mucho daño, porque cuando salimos de la sombrerería lloraba. Al amanecer era encontrado en una alameda de las afueras el cadáver de una niña de seis años. Llevaba puesto un sombrero de hombre sujeto por un grueso alfiler, que, perforándole ambos parietales, le atravesaba la masa encefálica.




Agustín Espinosa (1897-1939). Poeta y prosista canario. Medio surrealista, obsesionado con el crimen, uno de los más interesantes de la vanguardia española. Entre sus libros: Lancelot 28º. (1928), Crimen (1934) y Media hora jugando a los dados.


domingo, 29 de enero de 2017

Madrid



 Eugenio d´Ors 


 Una noche, mejor diré, una madrugada, pasábamos por la Puerta del Sol, desierta. De pronto, dejándome asombrado —como que de momento creí soñar o encontrarme fuera de mi juicio—, toda su extensión entre el cabo de la calle de Arenal y el principio de la calle de Alcalá se pobló de rebaños. Profundos, interminables, pasaban dulcemente dejando la impresión de habitualidad...
 Pregunté qué significaba aquello. Dijéronme que nada de particular, y que esto se hacía siempre, a todas horas, pues tal camino era camino de cañada, paso de Mesta; es decir tránsito reglamentado y tradicional de las reses que atravesaban Madrid, yendo de Extremadura a Aragón, por ejemplo. 
 Entonces, viendo el magnífico espectáculo, meditando acerca de él vinieron a hacérseme patentes muchas cosas que antes ignoraba o que no valoraba bien. Comprendí en realidad a España, por vez primera. Comprendí el sentido de España y de la capital de España... España debe de ser esencialmente una Monarquía ganadera. Madrid —y esto lo repito, da luz sobre muchas realidades—, Madrid es la capital de un formidable imperio pecuario.


 Tomado de Mis ciudades, Tres de Cuatro SolesMadrid, 1990.

domingo, 22 de enero de 2017

Procesión



 Ernesto Giménez Caballero



 Toda la ciudad lanza su maquinismo contra la procesión. Pero a la procesión la defienden los niños vendiendo aleluyas. Aleluyas finas. Aleluyas. 


 Los automóviles llegan, aúllan, ladran. Mas los automóviles terminan por acercarse mansamente a la fila, como perros. Como son perros —los automóviles, como son animales viles, sumisos, de carne esclava, nacidos para servir al poderoso y morder los zancajos del humilde, los automóviles se tienden al borde del arroyo, sujetos ahora por la tenaz cadena de la muchedumbre, única soberana de la tarde.


 Pasa un avión por el cielo.


 Pero el avión pasa espiritusantamente, como alguacilillo de paz, barriendo con su vértigo los papeles del firmamento. (Nubes, humos, chimeneas, ¡al cesto de recortes!) El avión sahúma la tarde con el incienso de su bencina.


 Se oye la nerviosidad —por un momento— de la motocicleta. No se la abre camino. Al fin, la motocicleta (militarista y organillera) saca su instinto plebeyo y se persigna. Trema por Dios. Y ofrece el saicar para ataúd de Cristo. 

 Los tranvías bogan por el horizonte. Fragatas de un solo palo. Amarillas de ocaso y lontananza. Rielando, en alta mar, olas de asfalto. Sin poder acercarse.


 Toda la ciudad tiende al ataque de la procesión. Pero a la procesión la defienden los guardias con su casco de gala.

  
 Vibra la sirena de una fábrica. Las cinco. La sirena abre la espita del vermut de las cinco. Legal descanso de las 8 horas. Allá irrumpen los trajes azules hacia el bar y hacia el écran, atravesando la ciudad. Cercando la procesión. (Ansia de oscuridad, de pianola y de aceitunas con palillo.) Mas esta tarde se queda la sirena extática en el aire. Como un surtidor muerto. Y toda su exigencia badajea inocua en la campana azul de abril.


 Si se pone el oído en tierra se oye un rumor siniestro. El Metro socava, como un anarquista, la arena pascual de la procesión, para acechar el cruce. Y atentar la calma del desfile con el turbión de sus viajeros, lanzados —de pronto— a flor de tierra.


 Se ve a la ciudad conspirar por todas las esquinas contra la procesión. Pero a la procesión la defienden los aguadores con su cántaro de barro. Agua fresca, agüita como la nieve. 

 ¡Aleluyas finas, cascos de guardia nuevo, agua como la nieve!


 La ciudad espumajea los dientes —como un caballo, tascado con freno de oro.


 La ciudad gira el conmutador de su dínamo, chispeando azules eléctricos de rabia.


 Pero ya avanzan los coraceros. Sus petos son de plata bruñida-y-al contacto del sol se liquidan en cristales y en luz pura. 

  La calle, colgaduras y reflejos.


 Las corazas —de los coraceros asaetean los vidrios del balconaje. Y acuchillan de ángulos transparentes los globos de las sombrillas.


 Repican —castañuelas— sobre los guijos, las pezuñas lucientes de los caballos, como castañuelas sobre la arena. La arena lanza a danzar sus granos como vestales entre las patas —sudorosas y aterciopeladas— de los caballos. Un vaho de belfo en fiesta segregan los coraceros con su escuadrón. 

 (La máquina de la ciudad relincha con todas sus tuercas.) 

 Pero a la ciudad la defienden los niños de los balcones. Que han expulsado ya sus primeros manifiestos sobre la multitud. ¡Primeras aleluyas de la tarde! 


 Van pasando (pasando, pasando, pasando) los cirios de los cofrades.  
 
  Ánimas en ascua, trocitos de sol, bengalas de cera virgen, sin carburador ni cuenta kilómetros. Nietzsche se muerde los bigotes —y— así, toma el aspecto de un municipal con barboquejo. 

  Cristo se acerca bamboleante, atado a una encina. Los rieles del tranvía lavan con su linfa perdurable la sangre de los azotes.


 Cristo, se acerca cenando con los suyos, banquete de purpurina. ¡Grupo color de plomo iluminado, de soldaditos santos de plomo! 


 Cristo se acerca de terciopelo morado, franjeado de agremanes y tisú. Un alígero le da una copa, so el olivo.


 Cristo retuerce sus tirabuzones en el retorcimiento de la oración, como rosarios.


 Un poste de hierros telefónicos amenaza a Cristo. Va a arrojarle las arandelas de su nerviosidad.


  Pero los niños disuaden al poste con nuevos manifiestos. Le distraen con sus pañuelos, pañizuelos de colores. Su confeti polipinto. ¡Aleluyas! Nuevas. Aleluyas. ¡Allí van!


 Mientras, llega el chin-chin de la banda del santo entierro.


 ¡Chin-chin! ¡Pom!... 


 Vestidas de nazareno pisan los adoquines mujeres. Mujeres de pies desnudos. Cada adoquín la plantilla de un pie. Los pies de aquellas mujeres dejan su dactilografía en la arena.


 (¿Una saeta, aquel chillido? ¿Dónde se clavará?)


 ¡Chin-chin! ¡Pom!... 


 Un corderito y un San Juan. La madre limpia el moco cuando hace falta, muestra sin hacer falta, un vientre de seis meses, y lleva sin falta, la vela, por lo que pueda venir. 

 La ciudad se duerme cansada de esperar. Toda la tarde es ya de la procesión. 


 El cielo el adoquín, el guardia, la colgadura, la sombrilla y el reloj de las seis. 


 Nietzsche se muerde un ojo. ¡Pero con el otro ve roncando al automóvil. Roncando ya a pierna suelta. Como (la que era) bestia inmunda. 

 Sobre la bestia inmunda se posan los Pajarillos. Pajarillos —de la tarde, revolando, sin miedo, las alas rumorosas. ¡Aleluyas! Aleluyas finas —sin miedo, rumorosas— aleluyas.


 Aleluyas: los pajarillos de la tarde antigua, de la vieja alegría, de la resurrección pueril y cristiana del mundo. ¡Aleluyas! ¡Aleluyas! ¡Aleluyas! ¡De todos los colores aleluyas! ¡Aleluyas! 

 Sobre la aleta de charol de un Cadillac, el manifiesto azul de Don Crispín:


                               Contentísimo Crispín
                               montóse en el calesín.


jueves, 12 de enero de 2017

Hugo Mayo



Empleado municipal en Guayaquil, Hugo Mayo (Manta, 1895-1988) es uno de los poetas más  interesantes  de  la  primera  vanguardia.  Fundó la  célebre  revista Motocicleta. No publicó libro alguno hasta los años 70.

En Poesía viva del Ecuador, Adoum escribió de él: “Realizó por su cuenta e introdujo en el país los más audaces experimentos de  avanzada  de  la  vanguardia,  desde  el  surrealismo  hasta  el  creacionismo,  desde  el ultraísmo  hasta  el  estridentismo.  Solitario  e  insólito  (a  la  aparición  de  sus  primeros poemas, un crítico publicó un artículo titulado “Un loco anda suelto en Guayaquil”) no tuvo en su momento nadie que lo siguiera: se ha dicho que “su generación fue él”...

Entre  sus  obras: El  regreso (1973), Poemas  de  Hugo  Mayo (1976)  y El  zaguán  de  aluminio (1982).



Sepelio del papagayo K

                                   A José María Eguren

En la loma de los limoneros
ochenta y siete papagayos lo enterraron.
Yo también.

Por caminos torcidos de maizales secos,
con inquietadores asobios lejanos.
Yo también.

Con la preñez clandestina de cabras morenas,
y el parpar de unos patos montunos.
Yo también.

En la loma de los limoneros
ochenta y siete papagayos lo lloraron.
Yo también.

Bajo una llovizna mojando, angustiada.
Oyendo chirridos de grillos salvajes.
Yo también.

Mientras dos caloyos huían, atontados;
y un rano, reviejo, miraba tristón.
Yo también.

Entre los humazos de unos pajonales
y el mugido fúnebre de un buey.
Yo también.

Desde la loma de los limoneros
ochenta y siete papagayos regresaron.
Yo también.

Con el vientecillo que esconde la siembra.
Por entre senderos que abrió el leñador.
Yo también.

Trayendo el silencio del asno paciente.
Brindando hospedaje a un hondo pesar.
Yo también.

Con espinaduras de los cardoncillos.
Un guabo tendido en la sombra negra.
Yo también.

A la loma de los limoneros
ochenta y siete papagayos van los martes.
Yo también.


La vida es un traspié

Si digo "treinta y tres" –orden del médico–
me golpea mi propio yo adentro
Y hasta me voy hundiendo
y el tapeteado corazón se bate a solas
No sé si pido lo imposible
Que aunque me resulta un quitasueño
la vida es un traspié buscado
Y a mi manera cruzar la mar intento
Pero hay agua maligna en sus mareas
Y a qué esa señal que no descifro
si en la espelunca donde me encierro
escribo mi vida en un poema.


La tos del cerdo

Hasta me voy de filo cuando muerdo
la tentación del carretero
de fumar la distancia en un cigarro
Pero desarmándome en medio de la calle
estoy de estos engaños
Recordé lo del tango
"A mí me toca emprender la retirada"
Sin embargo de atrás una noticia traigo
La tos del cerdo ha sido siempre
un caso clínico polémico

.
La dentadura y el amor

Las cosas son así, hay que aceptarlas
aunque pesquemos sin quererlo
un pequeño resfriado
Que un diálogo de besos
podría cambiar la dentadura
frente al amor que arde
Sanseacabó es cierto
si alguien presta pronto la suya
Los odontólogos van a cerrar
sus clínicas ante este anuncio
"Se alquilan dentaduras de asnos"



sábado, 7 de enero de 2017

Una operación dolorosa



Ricardo Piglia


Y quizá ese movimiento entre el escritor que busca descubrir una verdad borrada y el Estado que esconde y entierra podría ser un primer signo, un destello apenas, de las relaciones futuras entre política y literatura. A diferencia de lo que se suele pensar, la relación entre la literatura –entre la novela, la escritura ficcional– y el Estado, es una relación de tensión entre dos tipos de narraciones. Podríamos decir que también el Estado narra, que también el Estado construye ficciones, que también el Estado manipula ciertas historias. Y, en un sentido, la literatura construye relatos alternativos, en tensión con ese relato que construye el Estado, ese tipo de historias que el Estado cuenta y dice.


Voy a leerles una cita del poeta francés Paul Valéry, referida a estas cuestiones: "Una sociedad asciende desde la brutalidad hasta el orden. Como la barbarie es la era del hecho, es necesario que la era del orden sea el imperio de las ficciones, pues no hay poder capaz de fundar el orden por la sola represión de los cuerpos por los cuerpos. Se necesitan fuerzas ficticias". El Estado no puede funcionar sólo por la pura coerción, necesita lo que Valéry llama fuerzas ficticias. Necesita construir consenso, necesita construir historias, hacer creer cierta versión de los hechos. Me parece que ahí hay un campo de investigación importante en las relaciones entre política y literatura, y que quizá la literatura nos ayude a entender el funcionamiento de esas ficciones.


No se trata solamente del contenido de esas ficciones, no se trata solamente del material que elabora sino de la forma que tienen esos relatos del Estado. Y para percibir la forma que tienen, quizá la literatura nos da los instrumentos y los modos de captar la forma en que se construyen y actúan las narraciones que vienen del poder.


La idea, entonces, de que el Estado también construye ficciones: el Estado narra, y el Estado argentino es también la historia de esas historias. No sólo la historia de la violencia sobre los cuerpos, sino también la historia de las historias que se cuentan para ocultar esa violencia sobre los cuerpos. En este sentido, en un punto a veces imagino que hay una tensión entre la novela argentina (la novela de Roberto Arlt, de Antonio Di Benedetto, de Libertad Demitropulos) que construye historias antagónicas, contradictorias, en tensión, con ese sistema de construcción de historias generadas por el Estado.


En algún momento he tratado de pensar cuáles serían algunas de esas historias. He tratado de definir algunas de esas ficciones. He pensado, por ejemplo, que en la época de la dictadura militar una de las historias que se construían era un relato que podemos llamar quirúrgico, un relato que trabajaba sobre los cuerpos. Los militares manejaban una metáfora médica para definir su función. Ocultaban todo lo que estaba sucediendo, obviamente, pero, al mismo tiempo, lo decían, enmascarado, con un relato sobre la cura y sobre la enfermedad. Hablaban de la Argentina como un cuerpo enfermo, que tenía un tumor, una suerte de cáncer que proliferaba, que era la subversión, y la función de los militares era operar, ellos funcionaban de un modo aséptico, como médicos, más allá del bien y del mal, obedeciendo a las necesidades de la ciencia que exige desgarrar y mutilar para salvar. Definían la represión con una metafórica narrativa, asociada con la ciencia, con el ascetismo de la ciencia, pero a la vez aludían a la sala de operaciones, con cuerpos desnudos, cuerpos ensangrentados, mutilados. Todo lo que estaba en secreto aparecía, en ese relato, desplazado, dicho de otra manera. Había ahí, como en todo relato, dos historias, una intriga doble. Por un lado, el intento de hacer creer que la Argentina era una sociedad enferma y que los militares venían desde afuera, eran los técnicos que estaban allí para curar, y por otro lado, la idea de que era necesaria una operación dolorosa, sin anestesia. Era necesario operar sin anestesia, como decía el general Videla. Es necesario operar hasta el hueso, decía Videla. Y ese discurso era propuesto como una suerte de versión ficcional que el Estado enunciaba, porque decía la verdad de lo que estaban haciendo, pero de un modo a la vez encubierto y alegórico.


Este sería un pequeñísimo ejemplo de esto que yo llamo la ficción del Estado. Es el mecanismo formal de construcción de esta historia lo que me importa marcar aquí. Es un mecanismo que se encarna siempre en una figura personalizada que condensa la trama social. En principio, podríamos decir que hay un procedimiento pronominal, un movimiento que va del ellos –el tumor– a nosotros –el cuerpo social– y a un yo –que enuncia la cura. El relato estatal constituye una interpretación de los hechos, es decir, un sistema de motivación y de causalidad, una forma cerrada de explicar una red social compleja y contradictoria. Son soluciones compensatorias, historias con moraleja, narraciones didácticas y también historias de terror.



Fragmento de “Tres propuestas para el próximo milenio (y cinco dificultades)”. Transcripción  de Cacharro(S) de la charla leída en Casa de las Américas, Ciudad de La Habana, 2000. Tomado de Cacharro(s), expediente, 4, enero-febrero, 2004.