sábado, 19 de agosto de 2017

Ni garduñas ni mofetas

                       

Dolores Labarcena 


Molestar, no molesta. De hecho, por esquivo y autosuficiente en diversas culturas lo veneran. Para los antiguos egipcios, (quienes asimismo consideraban sagrados serpientes, vacas, cocodrilos, halcones, babuinos, escarabajos, hipopótamos, etc.) el gato era el súmmum; y  lo glorificaron con la diosa Bastet: símbolo de fertilidad y belleza, mujer con cabeza de gato. El fervor de los adoradores se expresaba en las exequias, pues lo colmaban de honores y le guardaban luto. Cuanto más poderosa la familia, más suntuoso el sarcófago. Para franquear el velo que separa este mundo del otro escoltaban al difunto (gato) ratas embalsamadas. Fue tal el respeto que sentían hacia este felino que en el año 525 A. C., cuando los persas asediaron las puertas de Pelusio, el rey Cambises II tuvo la curiosa idea de atar gatos en los escudos de 600 soldados, y por si fuera poco hizo volar a otros tantos por medio de las catapultas. Desde luego, los egipcios no contraatacaron por temor a lesionarlos y se rindieron.

En Grecia la recepción del gato ocurrió con moderación: cazador y punto. Hasta entonces la tarea la ejercían mofetas y garduñas, pero éstas, al contrario, carecen de refinamiento y no son domesticables. Además, los helenos no podían permitirse asumir una garduña o una mofeta de mascota. Así que para desratizar sus cosechas se hicieron servir del felino.

A partir de ahí proliferó en Oriente. En China, los comerciantes europeos lo intercambiaban por sedas y especias. Su serenidad la interpretaron como símbolo de paz y sus ojos radiantes, sables contra los demonios. Según una socorrida fuente: “Los budistas aprecian la capacidad de meditación del gato, sin embargo, no forma parte de los cánones del budismo. Esta exclusión resulta de un incidente sucedido a un gato que se quedó dormido durante los funerales de Buda”. Un asunto penoso pero que no lo excluyó por completo de hogares ni de cuanto templo existiese. ¿Su empresa? Espantar las energías maléficas y sobre todo a las ratas.

En el medioevo lo afiliaron con la hechicería. Su andar circunspecto y sus silenciosas apariciones hizo mella en el perfil de animal doméstico. Ya no era el consentido de los orientales, ni el raticida, y mucho menos aquel admirado por los egipcios. Toda bruja que se preciase debía lucir uno por fuerza y mostrarlo casi a modo de gargantilla. Por consiguiente, a la hora apremiante de la hoguera (ya se sabe que a la Santa Inquisición no le tembló “neanche un attimo”  el pulso) iban los dos hermanados rumbo al fuego divino y purificante, la bruja y el gato.

No obstante su falta de lealtad (virtud ineludible del perro) el gato ha tenido sus cantatas. H. P. Lovecraft, autor de Las ratas de las paredes, quien sentía una fuerte animadversión por estas y otras cosas más, escribió El pequeño Sam Perkins, poema a la memoria de su extinto gato. Borges tuvo el suyo, pero me interesa más el de Neruda, que se quejó de su inescrutabilidad: “Yo no. Yo no suscribo. Yo no conozco al gato. Todo lo sé, la vida y su archipiélago… la botánica… la bondad ignorada del bombero, el atavismo azul del sacerdote, pero no puedo descifrar un gato”. 

Y me pongo en su pellejo, no por su carácter enigmático sino porque mientras avanzo por un sitio cualquiera, fuera del ciberespacio, donde por “no herir sensibilidades” exaltados internautas maquillan el horror y borran con un clip el reguero de muertos que dejan en Occidente los fieles islamistas -¡qué tiernos los gatos! con solo menear hocicos y patitas-, en fin, mientras avanzo, es la Fiesta Mayor. Una de tantas del bien montado varieté edulcorado con rancia empatía, algo que dista del pretérito aquelarre, pero entretiene.  

¡Y cuánto! Veo mallas, mallas de un balcón a otro, mallas repletas de gatos, no imitaciones del ashera ni del gato de angora, ni siquiera del gato común europeo, gatos de papel maché... ¿Cuál es la peculiaridad?, ¿cuál el mensaje? Indiferenciables, deliberadamente iguales, infinidades de gatos. Ah, diosa Bastet, como Neruda, tampoco puedo descifrar.



sábado, 22 de julio de 2017

En la muerte de un metafísico



George Santayana


Soñador infeliz que trasvolaste
la apacible región de lo que amo,
trascendiendo la luz y el trigo de oro
y la radiosa lumbre del hogar:
¿no estaba en paz con Dios tu vanidoso
corazón?, dí: ¿por eso tú inquirías,
sin dar gracias de sus ocultas frondas,
el horror y el abismo de la noche?

¡Ah, el helado aire de la luna!
Te ví caer, caer, loco de muerte
que en el éxtasis de tu alma aterida
gritabas ser un dios, o ir a serlo;
y oí la débil queja de tu aliento
murmurar con jactancia todavía
desde el fondo del grave mar de Icaro.


Versión de Cintio Vitier


Clavileño, Núm. 1, agosto de 1942

sábado, 8 de julio de 2017

Las islas



Hilda Doolittle

I

Qué son las islas para mí,
qué es Grecia,
qué es Rodas, Samos, Quios,
qué es Paros enfrentándose al oeste,
qué es Creta?

Qué es Samotracia,
alzándose como un navío,
qué es Imbros, desgarrando las olas tormentosas
con su pecho?

Qué es Najos, Paros, Milos,
qué el círculo en torno a Lycia,
qué el blanco collar
de las Cyclades?

II

Qué es Grecia…,
Esparta, alzándose como una roca,
Tebas, Atenas,
qué es Corinto?

Qué son las islas para mí,
qué es Grecia?

III

Qué puede darme el amor de la tierra
que tú no tengas,
qué puede despertar en mí el amor de la lucha
que tú no tengas?

Aunque Esparta entre en Atenas,
Tebas arruina a Esparta,
y todo cambia como el agua,
todo salta, descargando su terror
y cayendo de nuevo.

IV

“Qué te ha dado el amor de la tierra
que yo no tenga”
He preguntado a los tirios
mientras descansaban
en sus barcos negros,
cargados de riquezas;
he preguntado a los griegos
de los barcos blancos
“qué te ha dado el amor de la tierra?”
Y ellos contestaron… “paz”


V

Pero la belleza permanece separada,
la belleza es lanzada por el mar
como una roca estéril,
la belleza es edificada
con restos de navíos
sobre nuestra costa, donde la muerte guarda
la apariencia apacible de la orilla,
donde la muerte, avanza hacia nosotros
desde el fondo.

La belleza permanece separada:
los vientos que acuchillan su playa,
arremolinan la tosca arena
lanzándola hacia las rocas.

La belleza permanece separada
de la islas
y de Grecia.

VI

En mi jardín
los vientos han abatido los lirios;
en mi jardín, la sal ha marchitado
los pétalos primeros del narciso.
y el jacinto postrero;
la sal ha reptado en mi jardín
bajo las hojas del blanco jacinto.

En mi jardín
hasta la flor -del viento- rueda mustia,
rota finalmente por el viento.

VII

Qué son las islas para mí
si te has perdido,
qué es Paros para mí
si retrocedes,
qué es Milos
si te espantas ante la belleza,
terrible, tortuosa, aislada,
como una roca estéril?

Qué es Rodas, Cretas,
qué es Paros, enfrentándose al oeste,
qué, la blanca Imbros?

Qué son las islas para mí
si tú vacilas,
qué es Grecia para mí,
si retrocedes
ante el terror
y el frío esplendor del canto
y su desnudo sacrificio?


Versión de Gastón Baquero


Tomado de Clavileño, febrero de 1943. 


jueves, 6 de julio de 2017

Juguetes



Coventry Patmore


Mi hijo pequeño, el de ojos pensativos
y andadura y lenguaje de persona mayor,
habiendo transgredido siete veces mi ley,
le pegué, y despedí
con ásperas palabras, sin besarlo
–su madre, tan paciente, muerta ya.
Y luego, temeroso de haberlo desvelado,
hasta su cama fui,
mas lo encontré dormido en un sueño profundo,
los párpados sombríos, y las pestañas húmedas
del sollozo final.
Y yo, con un gemido,
sus lágrimas besé, dejando en vez las mías,
pues vi que en una mesa, muy cerca de su almohada,
había puesto a su alcance
unas fichas, su piedrita veteada de rojo,
un pedazo de vidrio pulido por la playa,
cinco o seis caracoles,
un frasco con caléndulas azules,
dos o tres centavitos franceses, todo en orden
para aliviar su triste corazón.
De modo que al rezar aquella noche
a Dios, llorando dije:
“Ah, cuando al fin, frenado ya el aliento
para no molestarte con mi muerte,
y tú recuerdes los juguetes



El aroma del original

A Diego García Elío

En Conversación con los difuntos, una selección de las traducciones que he podido, no querido, hacer a través de los años, y que fue publicada en México por Ediciones del Equilibrista en 1992, argumentaba yo que uno escribe los poemas que se le imponen, no los que quisiera escribir. Como prueba aducía precisamente “Los juguetes”, de Coventry Patmore, pues jamás he distinguido entre los procesos de escribir y traducir poesía. De pronto, como para contradecirme, aparecieron “Los juguetes” en la página.

Cierto es que la dificultad mayor se ocultaba en un solo verso del original inglés. En el poema, Patmore se refiere a un incidente con su pequeño hijo, huérfano de madre. El verso en cuestión dice, con desgarradora e intraducible sencillez “His mother, who was patient, being dead”.

Estas palabras tienen una fuerza escueta, inapelable. La clave está en el gerundio: being. “Being dead” supone una duración, una continuidad de la estancia en la muerte. La solución más fácil, “estando muerta”, no me parece buen español.

El incidente familiar de que hablé me presionaba desde adentro a buscar una solución rápida y satisfactoria. Sucede que mi hijo mayor había regañado con inusitada violencia a mi nieto, y yo deseaba llamarle discretamente la atención.

La fórmula apareció como un relámpago. No podía ser más breve. El adverbio ya sugiere algo que ha sucedido antes del momento en que se habla:

su madre, tan paciente, muerta ya.

A mi parecer, el adverbio sugería una continuidad, una duración en la muerte. Además, tiene toda la fuerza de un monosílabo.

Lo que se aviene con mi modestísima tesis –tomada, como se advierte en el prólogo de aquella selección, del poeta inglés Walter de la Mare– de que a lo más que puede aspirar un traductor es al eco, o mejor, “el aroma”, del original.

Roto así el hechizo que me paralizaba, fueron apareciendo los otros versos que sin duda esperaban pacientes su turno, y ahí están.

Nota y versión de Eliseo Diego



Tomado de Letras Libres, 31 de marzo de 2007. 


viernes, 30 de junio de 2017

Olimpia




Charles Tomlinson


en menosprecio de las ruinas

Esa astuta lagartija 
sabe más de este sitio que yo. Para ella
ésta es una ciudad aún completa,
donde cada fisura lleva
a una avenida soleada o recodo oscuro.
Apruebo su ignorancia en arqueología: 
tampoco yo puedo leer una ruina con facilidad.
Para ella, claro está, la pregunta no se plantea.  
Lo que a Grecia le falta son edificios en buen estado.
No esas ciudades apagadas o restos astillados,
lo que yo admiro es la arquitectura.
Un verdadero edificio te edifica mientras lo miras.
El placer de las ruinas no es infinito.


Versión de María Martell


viernes, 23 de junio de 2017

Estrellas en el agua



Thomas Walsh


Estrellas el agua — tus ojos en mi alma.
Así: ni sol, ni luna de opalescente velo
pido, mientras mi espíritu pueda gozar la calma
de tu estrella, que alumbra, interpretando el cielo.

Sí; aun en pleno día tenaz reminiscencia
de su lumbre me llega, como errante reflejo
que abriera en negra noche brecha de transparencia
para hallar en las aguas turbulentas, espejo.

Estrellas en el agua —y tarda luz fugaz
deja sobre mis valles su adormidor conjuro.
¡Mi corazón, amada, rebosa en plena luz!

Es la hora: en silencio, ante tus ojos, juro:
guardar en el espejo de mi alma, tenaz,
sin eclipse en mi vida un reflejo tan puro.—



Versión de Mariano Brull


Prisma. Revista internacional de poesía, Barcelona, vol. 2, núm. 3, julio de 1922, p. 153. 


miércoles, 21 de junio de 2017

El pacificador




Joyce Kilmer


Pierde su libertad defendiendo la ajena,
Ata su voluntad con brillante cadena. 
Va a borrar con su sangre, sereno y consciente, 
Las manchas de Kultura de Guillermo y su gente. 
Para evitar dolores, siempre heroico y callado. 
Dolores cruentos sufre, valeroso el soldado. 
Tiene que ser guerrero para acabar la guerra
Y concluir la lucha que ensangrenta la tierra. 
Cuando la noche eterna llega, artera y falaz,
Muere con la esperanza de que venga la paz. 
¿Qué le importa la muerte? La libertad es viva
Y no puede haber paz si la deja cautiva!
La Libertad defiente, desafiando al infierno. 
Y con su valentía detiene el fuego eterno. 
Desde la Santa Cruz, de espinas coronado, 
Sonríe al Capitán, Adelante, Soldado!
Que concluirá la guerra, verá la paz el mundo
Y callarán los Hunos con silencio profundo. 


Traducción de Maria Luisa Milanés



Diario de la Marina, 10 de junio de 1927.