viernes, 31 de octubre de 2014

Los pájaros




Bruno Schulz


Llegaron los días de invierno, amarillos y sombríos. Un manto de nieve, raído, agujereado, tenue, cubría la tierra descolorida. La nieve no alcanzaba a ocultar del todo muchos tejados, y se podían ver, acá y allá, trozos negros o mohosos, chozas cubiertas de tablas, y las arcadas que ocultaban los espacios ahumados de los desvanes: negras y quemadas catedrales erizadas de cabrios, vigas y crucetas, pulmones oscuros de las borrascas invernales. Cada aurora descubría nuevas chimeneas, nuevos tubos brotados durante la noche, henchidos por el huracán nocturno, oscuros cañones de órganos diabólicos. Los deshollinadores no podían desembarazarse de las cornejas, que, cual hojas negras animadas de vida, poblaban por las noches las ramas de los árboles frente a la iglesia. Levantaban el vuelo, batían las alas, y acababan posándose cada una en su sitio, sobre su rama. Y al alba volaban en grandes bandadas —nubes de hollín, copos de azabache ondulantes y fantásticos—, turbando con su trémulo graznido la luz amarillenta del amanecer. Con el frío y el tedio, los días se volvieron duros como trozos de pan del año anterior. Se entraba en ellos con los cuchillos romos, sin apetito, con una somnolencia perezosa.
Mi padre no salía ya de casa. Encendía la chimenea, estudiaba la substancia jamás develada del fuego, disfrutaba del sabor salado, metálico y el olor a humo de las llamas de invierno, caricia fría de la salamandra que lame el hollín brillante de la garganta de la chimenea. En aquellos días ejecutaba con placer todas las reparaciones en las regiones superiores de la habitación. A cualquier hora del día se le podía ver acurrucado en lo alto de una escalera de tijera, arreglando algo en el cielo raso, las barras de las cortinas de las grandes ventanas, o los globos y cadenas de los candiles. Lo mismo que los pintores, se servía de la escalera como de unos enormes zancos, sintiéndose bien en esa posición de pájaro entre los parajes del techo, decorados con arabescos y aves. Se desentendía cada vez más de los asuntos prácticos de la vida. Cuando mi madre, preocupada y afligida por su estado, trataba de llevarlo a una conversación de negocios y le hablaba de los pagos del próximo mes, él la escuchaba distraído, inquieto, con una expresión ausente, en el rostro sacudido por contracciones nerviosas. A veces la interrumpía de pronto con un gesto implorante de la mano, para correr a un rincón del aposento, aplicar el oído a una juntura del suelo y escuchar, con los índices de ambas manos levantados, signo de la importancia de la auscultación. Entonces no comprendíamos aún el triste fondo de estas extravagancias, el doloroso complejo que maduraba en su interior.
Mi madre no ejercía la menor influencia sobre él; en cambio por Adela sentía gran respeto y consideración. La limpieza de la sala era para él una importante ceremonia, a la que jamás dejaba de asistir, siguiendo todos los movimientos de Adela, con una mezcla de angustia y de voluptuosidad. Atribuía a cada uno de los actos de la joven un significado más profundo, de tipo simbólico. Cuando ella, con ademanes enérgicos, pasaba el cepillo por el suelo, se sentía desfallecer. Las lágrimas brotaban de sus ojos, se le crispaba el rostro con una risa silenciosa, y sacudían su cuerpo espasmos de goce. Su sensibilidad a las cosquillas llegaba a los límites de la locura. Bastaba que Adela le apuntara con el dedo, con el gesto de hacerle cosquillas, y él presa de un pánico salvaje, atravesaba las habitaciones, cerrando tras sí las puertas, para echarse al final en una cama y retorcerse con una risa convulsiva, bajo el influjo de la sola imagen interior a la que no podía resistirse. Gracias a eso, Adela tenía sobre mi padre un poder casi ilimitado.
En aquel tiempo observamos por primera vez en él un interés apasionado por los animales. Al principio fue una afición de cazador y artista a la par, y posiblemente también la simpatía zoológica más profunda de una criatura hacia unos semejantes que tenían formas de vida diferentes: la investigación de registros del ser aún no conocidos. Sólo en su fase posterior, este aspecto adquirió un matiz extraño, complejo, profundamente vicioso y contra natura, que es mejor no exponer a la luz del día.
Aquello empezó con la incubación de huevos de aves.
Con gran derroche de esfuerzos y de dinero, mi padre había hecho llegar de Hamburgo, de Holanda y de algunas estaciones zoológicas africanas, huevos fecundados que hacía empollar a unas enormes gallinas belgas. Era también para mí una ocupación absorbente contemplar el nacimiento de los polluelos, verdaderos fenómenos por sus formas y colores.
Era imposible, viendo aquellos monstruos de picos enormes, fantásticos, que desde el nacimiento se ponían a piar a voz en cuello, silbando ávidamente desde las profundidades de su garganta; contemplando aquella especie de reptiles de cuerpo débil, desnudo, corcovado, adivinar en ellos a los futuros pavos reales, faisanes, cóndores. Colocados en cestas llenas de algodón, aquellos engendros de monstruos erguían sobre sus frágiles cuellos unas cabezas ciegas, cubiertas de albumen, graznando destempladamente con sus gargantas afónicas. Mi padre se paseaba a lo largo de las estanterías, con un delantal verde, como jardinero que inspecciona sus siembras de cactus, y extraía de la nada aquellas vesículas ciegas, en las que ya alentaba la vida, aquellos vientres torpes, incapaces de recibir del mundo exterior cualquier cosa que no fuera el alimento, conatos de vida que se erguían a tientas hacia la claridad. Unas semanas más tarde, cuando aquellos ciegos retoños se abrieron a la luz, las habitaciones se llenaron de un tumulto multicolor, del centellante gorjeo de los nuevos habitantes. Se posaban en las barras de las cortinas y en las cornisas de los armarios, anidaban en los huecos de las ramas de estaño y en los arabescos de los candiles.
Cuando mi padre estudiaba los grandes compendios ornitológicos y tenía entre las manos las láminas de colores, parecía que era de allí de donde se desprendían aquellos fantasmas emplumados, que llenaban el cuarto con su aleteo multicolor de copos de púrpura y girones de zafiro, de cobre, de plata. Cuando les daba de comer, formaban en el suelo una masa abigarrada, compacta y ondulante, una alfombra viva, que a la llegada intempestiva de alguno se desintegraba, se dispersaba en flores móviles, que batían las alas, para acabar posándose en la parte superior del aposento. Tengo especialmente grabado en la memoria un cóndor, pájaro enorme de cuello desnudo, cara arrugada y buche voluminoso. Era un asceta magro, un lama budista de imperturbable dignidad, en todo su comportamiento, que se regía por el férreo ceremonial de su alta alcurnia. Cuando inmóvil en su postura hierática de dios egipcio, con el ojo velado por una blancuzca carnosidad que cubría sus pupilas —como para encerrarse por completo en la contemplación de su soledad augusta—, estaba, con el pétreo perfil, frente a mi padre, parecía su hermano mayor. La misma materia, los mismos tendones, la piel dura y rugosa, el mismo rostro seco y huesudo, las mismas órbitas profundas y endurecidas. Hasta las manos de fuertes nudillos y largos dedos de mi padre, con sus uñas abombadas, tenían cierta analogía con las garras del cóndor. Al verlo así, dormitando, no podía sustraerme a la impresión de que tenía ante mí a una momia disecada, la momia reducida de mi padre. Creo que tal asombrosa semejanza tampoco escapó a la atención de mi madre, aunque nunca hablamos de ello. Es singular que el cóndor utilizase el mismo orinal que mi padre.
No satisfecho con incubar incesantemente nuevos especímenes, mi padre organizaba en el desván bodas de aves, enviaba casamenteros, ataba a las novias seductoras y lánguidas junto a las grietas y agujeros de la techumbre; lo que trajo por consecuencia que el enorme tejado de dos vertientes de nuestra casa se convirtiera en un verdadero albergue de aves, un arca de Noé, a la que llegaba toda clase de seres alados desde parajes lejanos.
Incluso mucho tiempo después de liquidada aquella manía avícola, subsistió en el mundo de las aves la costumbre de llegar a nuestra casa. En el período de las migraciones de primavera se abatían verdaderas nubes de grullas, pelícanos, pavos reales y otros pájaros sobre nuestros techos.
No obstante, después de un breve florecimiento, esta afición tomó un giro más bien desolador. En efecto, pronto se hizo necesario trasladar a mi padre a las dos habitaciones del desván que servían como depósito de trastos inútiles. Desde el alba salía de allí el clamor confuso de las aves. En las piezas de madera del desván, a modo de cajas de resonancia, reforzada ésta por lo bajo del techo, repercutía todo aquel alboroto, cantos y gorjeos. Así perdimos de vista a nuestro padre durante varias semanas. Bajaba muy raras veces, y entonces podíamos observar la transformación operada en él. Se le veía disminuido, encogido, flaco. A veces se levantaba de la mesa, batía distraídamente los brazos como si fueran alas y soltaba un largo gorjeo, mientras entrecerraba los ojos. Después, confuso y avergonzado, se reía con nosotros y trataba de disfrazar el incidente, haciéndolo pasar por una broma.
Una vez, durante el período de la limpieza general, Adela se presentó de súbito en el reino de las aves de mi padre. Plantada en la puerta, se llevó la mano a la nariz ante el hedor que impregnaba la atmósfera. Los montones de inmundicia cubrían el suelo y se apilaban sobre mesas y muebles. Rápidamente, con gesto decidido, abrió la ventana y con su larga escoba comenzó a agitar aquel pajarerío. Levantóse una nube infernal de plumas, alas y graznidos, a través de la cual, Adela, como frenética bacante, bailaba la danza de la destrucción. En medio de aquel estrépito, mi padre, batiendo los brazos, lleno de temor, trataba desesperadamente de emprender el vuelo. La nube de plumas se dispersó lentamente, y por último, sólo quedaron en el campo de batalla Adela, agotada y jadeante, y mi padre, con expresión de tristeza y de derrota, dispuesto a cualquier capitulación. Momentos después, mi padre descendía la escalera de su imperio. Era un hombre roto, un rey desterrado que había perdido trono y poder.




Antología del cuento polaco contemporáneo, traducción de Sergio Pitol, México, Ediciones Era, 1967, págs. 24-27.


Tomado de Narrativabreve.com


jueves, 30 de octubre de 2014

Frenesí




Néstor Perlongher



El enterizo de banlon, si te disimulaba las almorranas, te las ceñía al roce mercuarial del paso de las lianas en el limo azulado, en el ganglio del ánade (no es metáfora). Terciopelo, correhuelas de terciopelo, sogas de nylon, alambrecitos de hambres y sobrosos, sabrosos hombres broncos hombreando hombrudos en el refocilar, de la pipeta el peristilo, el reroer, el intraurar, el tauril de merurio. Y el volcán, en alunadas ágatas, terciopelo, correíta de nácar, el mercurio de la moneda ensalivada en la pirueta de la pluma, bIanca, flanca y fumóla en el brumulo noctural. El saurio, al que te dije, deslelicorreaba, descoloría, coloreaba, las errancias gnomosas, como flatos de goma o silicone afluentes en el nódulo del ganglio lenitar, róseo maravedí en carbunclo alzado, lo prometido por las mascaritas, mascaba, macaneaba la mazota. campanuela de telgopor y el frunce de la ''imitación seda".

Tildaban lentejuelas los breteles, esmirna, pirca de lapislázuli, carmelo. cortióla rompiamor el encaracolado calacrí. el alacrán de la ponzoña abisagrada como esputo, o carpiólo, rompiometió en el carrancudo lince de los senos plastificados el estilete, en la cartera la tronera de una ventana vigilante, el signo del acuario en el mangle movedizo, oleante, arde de las ardillas casi encintas la delicia de la mentirilla linguajar, lúpulo del burdel, pupila de éter. Corceía el lanzaperfumes su pesadilla de puttos ondulantes, como olas u onduelas bandidejas, bandidas. carricoche en la reja, el espumar, en runa la inscripción (borradiza) del himen de la verja, el alcahuete paga el servicio de la consumición, ahoga en cerveza lo furtivo del lupanar, tupido, apantallado por maltrechas ecuyères en caballitos de espinafre, la pímienta haciendo arder el sebo carnoso del ánade.



martes, 28 de octubre de 2014

Espantapájaros




Oliverio Girondo


No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible
- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.



lunes, 27 de octubre de 2014

Caza de conejos



Mario Levrero



XV

Dicen que van a cazar conejos, pero se van de pic-nic. Bailan alrededor de una vieja victrola, se besan ocultos tras los árboles, pescan o fingen pescar mientras dormitan; comen y beben,  cantan cuando vuelven al castillo en un ómnibus alquilado que siempre resulta demasiado pequeño para todos. Los conejos aprovechan los restos de comida. También es frecuente que los falsos cazadores, borrachos, olviden su victrola. Entonces los conejos bailan hasta el amanecer, a la luz de la luna, al son de esa música alocada y antigua.

XXVII

Llegamos al bosque en numerosa y bien pertrechada expedición. Lo primero que advertimos fue el enorme cartel que decía «PROHIBIDO CAZAR CONEJOS». Nos miramos azorados, nos sonrojamos como adolescentes, suspiramos con resignación, nos dimos media vuelta y regresamos, muy tristes, al castillo.

XXXI

Con la piel de conejo, convenientemente curtida, nos fabricamos guantes sedosos para acariciarnos el cuerpo desnudo en nuestra soledad. Nuestros niños juegan a las bolitas con los ojos. Los dientes de conejo son maravillosas cuentas para los collares y pulseras de nuestras mujeres. La carne la comemos. Con las tripas, fabricamos cuerdas para nuestros instrumentos musicales; nuestra música es profunda y triste. El esqueleto del conejo lo forramos con la felpa blanca, y en el interior colocamos un mecanismo movido a cuerda: son juguetes que imitan a la perfección los movimientos del conejo. Los domingos vendemos estos juguetes en la feria, y con el dinero podemos comprar balas para nuestras escopetas de cazar conejos.

XXXVII

Para cazar conejos hay que sacar un permiso especial, que cuesta mucho dinero. En un pequeño mostrador con caja registradora que hay a la entrada del bosque, un conejo gordo, de lentes y con aire de cansada resignación nos va entregando uno a uno los permisos de caza, a cambio del dinero.

Pero también, y para defenderse de los cazadores, los conejos han creado un impresionante aparato burocrático. Al cazador que desea obtener el permiso (y sin permiso es imposible cazar conejos, porque se cae en manos de los guardabosques), le obligan a presentar multitud de papeles; cédula de identidad, certificado de buena conducta, vacuna antivariólica, carnet de salud, recibos de alquiler, agua y luz; certificado de residencia, certificado negativo de la dirección impositiva, carnet de pobre, libreta de enrolamiento, pasaporte, constancia de domicilio, certificado de nacimiento, constancia de bachillerato, autorización para el porte de armas, declaración de fe democrática, certificado de primera comunión, constancia de jura de la bandera, libreta de matrimonio, licencia para conducir, constancia de estar al día en el impuesto de Enseñanza Primaria, certificado de defunción, etcétera.

L

La mayor dificultad que se presenta, aun para el cazador más avezado, es poder distinguir a primera vista la diferencia entre un conejo y una gallina. Como las gallinas abundan más que los conejos, y en una proporción realmente alarmante, con demasiada frecuencia terminamos comiendo los detestables caldos de gallina seguidos de gallina a la portuguesa y arroz con menudos de gallina, en lugar de los sabrosos conejos a la brasa que son nuestro deleite y nuestra razón de vivir.

El cazador se engaña casi siempre por la semejanza de los pelitos de las patas de unos y otras, de las orejitas sedosas y romas, y sobre todo por el colorido de las alas y ese tono apagado de los enormes colmillos de marfil. En cambio es muy fácil distinguirlos en el laboratorio: la reacción al papel tornasol muestra que la saliva de la gallina tiene un pH mucho más elevado que la saliva del conejo. Pero aunque muchos opinen lo contrario, un bosque no es lo mismo que un laboratorio, y seguimos comiendo gallina y acumulando rencor contra la vida.

XCI

Cuando en el cine de mi barrio exhiben alguna hermosa y delicada película sobre conejos, la sala se llena de estos repugnantes animales de olor nauseabundo y que estropean las alfombras con sus patas engradadas. Mastican ruidosamente sus zanahorias mientras se exhibe el film, lo comentan en voz alta con total despreocupación por los otros espectadores, hacen chistes groseros y ríen estrepitosamente durante las partes más sublimes. Lo peor de todo es escuchar sus comentarios, mientras salen poniéndose el sobretodo o del brazo de sus conejas. «Me pregunto dónde está el mensaje» —suelen decir.

Epílogo

En total éramos muchos, y nadie pensaba cumplir las órdenes. Había cazadores solitarios y había grupos de dos, de tres o de quince. Todos los detalles habían sido previstos. Teníamos un plan completo. Llegados al bosque inmenso, el idiota levantó una mano y dio la orden de dispersarnos. Laura iba desnuda. Otros llevaban las manos vacías. Y escopetas, puñales, ametralladoras, cañones y tanques. Teníamos sombreros rojos. Era una expedición bien organizada que capitaneaba el idiota. Fuimos a cazar conejos.



(fragmentos)


Marzo 1973


domingo, 26 de octubre de 2014

Plumas muertas



Guido Ceronetti


El mundo de hoy es ya un mundo privado de pájaros, aun cuando se les ven, o se les imaginan, fuera de las jaulas o de las pajareras, porque hemos roto con ellos aquellas relaciones que el mito, la analogía y el símbolo hacían posible. El deicidio de los deicidas es el asesinato de Cibele; su sangre está en todas partes. Si los pájaros tenían para sobrevivir al aliento humano una pirámide de ojos divinos donde nidificar, no encontrarla ya los ha matado. Ahora la pequeña alarma suena en un cielo desvalijado, las leyes internacionales para proteger a los pájaros no resucitarán el lenguaje perdido que los mantenía arriba.

Desde hace tiempo el cielo se despuebla de gente alada: la coincidencia con aquello que llamamos Progreso de la Razón es interesante. El pensamiento es más fuerte que los venenos y los disparos, y en el pensamiento que se encarniza en destruir las verdades oscuras y paradójicas, las sapiencias relevadas y las realidades imaginadas, privando el conocimiento de las cosas que no pueden ser conocidas (su bebida de la inmortalidad) todos los habitantes del cielo, visibles e invisibles, están tácitamente condenados a una muerte plena. El cielo humano se vacía de vida y se llena de muerte: metales de Seth, motores destructores, humos del infierno, conciertos espantosos, hongos de Abaddon, ofenden a todos, sin fin, hasta que no se cierre esta oficina de muerte, hombre.

Se diría un espacio donde han cesado de moverse los pies de los muertos, de habitar los arquetipos, los grandes Adami y Púrusha, las palabras y las almas sagradas antes de encarnarse en los nidos, en los vuelos, en los plumajes, en las alas, en repugnantes rapaces. Cómo hizo la honda humana para alcanzar a estos entes extraños que parecían fuera del alcance de cualquier tiro, permanece en el misterio; cierto que la cosa comenzó mucho tiempo atrás, quizás solo quedan huellas en algún mito, como en aquel de la torre que busca desesperadamente ser bab-ili, puerta de Dios. Cada intento de construir una torre de Babel recibe de lo alto una respuesta violenta. ¿Somos nosotros quienes golpeamos a muerte a los pájaros a fin de construir la última torre, o su muerte es ya una respuesta a los trabajos en curso para construirla?

Si un cazador dispara a una sombra que vuela y el perro le trae, vergonzoso, la aureola chamuscada de un querubín o un sándalo alado agujereado por sus impactos, quizás tirará el fusil. Pero sucede algo muy extraño: a nuestros pies de cazadores de metafísica, de miticidas feroces, de exprimidores del universo, de enfangadores de lo Sacro, de constructores de torres malditas, el cielo está expulsando, desgarrado por varias agonías, a todos los portadores de alas clasificados en los repertorios ornitológicos.

―“¡Queríamos golpear a muerte lo irracional, no a ellos!”. Y sin embargo en vez de fantasmas, caen plumajes auténticos; a una muerte indirecta efectuada con la mente corresponde una verdadera matanza. Existen, en el cielo y en la tierra, más simpatie de las que dependen la vida y la muerte, de cuantas podemos imaginar. Debería ser la mente miticida, la mente que no comprende las simpatías cósmicas, quien arrojara espantada el fusil.

Libros, estilos de escritura y de vida, conversaciones, viajes, política, son ya mundos completamente privados de pájaros. Y es así el arte, el trabajo, las ciudades, las religiones… Aun en los sueños se han hecho raros. Desaparecido el último pájaro no embalsamado, no enjaulado, no impreso, tendremos el mundo ilimitadamente racional hacia el que nos impulsa nuestra impaciencia de vivir privados de cualquier razón de vivir.

Un mundo clinicamente muerto. Mas en este insuperable desierto un sobreviviente ojo invisible –a nuestros cazadores podría habérseles escapado alguno- se divertiría en pescar entre las exhalaciones de los basureros racionalistas, los periódicos donde los triunfos de la vida sobre la muerte y de la luz sobre las tinieblas se deducían de los porcentuales de la Producción y de la Renta, y la felicidad pública, el bienestar privado y el Bien absoluto dependían del desarrollo del sistema industrial y del aumento de la potencia tecnológica.

―”Debemos proteger los pájaros porque no son útiles”. Les perderán, porque el reconocimiento de su utilidad no es más que uno de los rayos del terrible sol mental que los extermina. Incluso el cándido ornitófilo utilitario tiene un aliento que lo hace caer muerto. La utilidad es Medusa o Megera. Justamente los monstruos ríen ante sus demostraciones científicas de utilidad.

Sería necesario saber ver, todavía, en el ruiseñor Filomena, en la golondrina Procne, en el petirrojo Iti, en la abubilla Tereo, y en las falanges angelicales de los cristales de las penurias urbanas; sentir las potencias inferiores que cosecha, como los muertos y sus sábanas, las alfombras de luz sobre las noches de espaviento de las ciudades. Tendremos necesidad todavía de un corazón arcaico, de un corazón comunicante, de un corazón analfabeto; lo tienen congelado.

Las campañas se hacen silenciosas; pero su silencio, que comienza a angustiar incluso a los menos sensibles, no es más que la fulminante respuesta, el reflejo dramático del silencio que se ha hecho en la mente, ya no portadora y renovadora de los mitos que se escapaban de una vida similar a la muerte. Quizás los pájaros saben que el filósofo ya no es capaz de encontrar la verdad en los enigmas y en las figuras, el literato privado de los cuatro elementos, el tecnócrata y el político que no deberían haber nacido nunca, son la cara profunda de la destrucción que los ha alcanzado. Helos ahí huecos de escuela, ninguno capaz de entender. Adiós infinitas toneladas de venenos esparcidos, estas prisiones mentales donde se han perdido como verdad viviente las grandes apologías de los animales parlantes, la historia del halcón y la paloma del Mahabharata, y hasta el claro y sutil, verdaderamente racional, discurso anticartesiano de La Fontaine a Madame de la Sablière.



Traducción: Dolores Labarcena y Pedro Marqués de Armas



Tomado de Potemkin ediciones, no 8, julio-septiembre 2014. 


sábado, 25 de octubre de 2014

Rosado y perfectamente cilíndrico



Severo Sarduy 


Flor, en guayabera y con un tirolés que le disimula la bola de billar, recorre desde hace ya mucho rato su zona de la calle Zanja, gastando tacón y aceras. Con la noche, cae ella del dólar al peso, de la cama al catre, del whisky al café con leche, del yes al sí. La ve pasar «G» y se queda como si viera llover. Y ella, sádica, le sonríe.

Sin embargo, a «G» se le moja todo cuando ve que se acercan las Peripatéticas. Vestidas de cuero negro de la cabeza a los pies, aman los cascos antes citados con fotos en colores de Elvis Presley, medallas de James Dean, autógrafos de Paul Anka, mechones de pelo de Tab Hunter, huellas digitales de Pat Boone y «medidas» de Rack Hudson.

¡Qué bien que les queda todo! Paradas en una esquina, en plena oferta y demanda ante un afiche de pasta Gravi (la reina de las cremas dentales), quedan entre el cepillo de dientes gigante y la espiral rosada.

Se acerca el General. Con una publicidad así, ¿cómo va a resistirlas?

Auxilio (QUE, CON SU JACKET DE CUERO NEGRO, ESTA SUDANDO -temperatura media de la «ínsula» 25 grados-): -¡Qué calor!, ¿verdad? General: -Parece que va a llover.




                                 (RISITAS DE PARTE Y PARTE)
  
Como a un reino en cielos según sus nieves y pájaros, así ha dividido la acera en zonas Carita de Dragón a los efectos de trabajo. Se pasea por bares y billares con un bonete negro, un cinto de piel de rinoceronte y una tableta de marfil en las manos. Sentencioso, se autonombra El Muy Anciano. Señala con un signo. de tiza las fronteras del Barrio -un afiche de Gravi, la cartelera del cine, la sombra del lumínico del tren de lavado, las nombra según su especie, y luego pasa en bicicleta, abriendo un cofrecito a los impuestos. Es chulo de nacimiento, es socio de la jara. Sabe, dónde están y cómo se llaman todos los números y todas las yerbas. Trafica, pero ni juega ni fuma. Esquiva el azar y el fuego. «Dirigir lo Ilusorio es renunciar a él -profiere-, y así, dueño-de-toda posible-ciencia recorre las zonas vendiendo boletos, cigarrillos de gajo y hasta sobrecitos de «azúcar refino» (para consumir productos nacionales -dice).  Otorga nirvanas, salmodioso.

Lo llaman los adeptos Cielo de Cien Arco Iris, Monte de Flores y Frutos, Rostro. El entra cantando en los fumaderos y deja en las pipas y los samovares una córnea anaranjada como la del pico de un tucán. Donador de Estanques de Jade, desaparece: un olor resinoso en el aire.

G. recorre esas estaciones, atraviesa esas' cortinas concéntricas, se hunde en esos caracoles de humo preguntando por el sentido de su ser. Busca a Flor, busca a Flor, y paga la «fuma» entre risitas burlonas. En esas barracas de bambú crujiente le brindan los más añejos fermentos; le ofrecen, para que chupe del «secreto», los canutos humeantes que se ramifican desde las pipas. Se niega.

-Llevo ya todos los alcoholes dentro.

Acaba de consumar con las Dos -y juntas-, la impostura que suponéis.

Cierto es que tal destino se perpetró sádicamente y que aún en los momentos de mayor sofoco (que los tuvo, vestido como estaba con la casaca
y los calzones), G. no cesó de interrogar: G. (LA HOJALATA SUENA, CON EL VAIVEN.) -¿Dónde está la Emperatriz, mi locura, mi culito lunado? y las Peripatéticas (A DUO): -La Emperatriz es un espejismo, un trompe-l’ oeill, una flor in vitro.

Y G. (FUSTIGANDOLES EL TRASERO CEROSO): -La Ming existe. La he visto en el bosque (Y UN CINTAZO) la he visto en escena (Y OTRO). ¿En dónde se ha escondido dejándome con gemido?  Y las Pintarrajeadas: -La Ming es una ausencia pura, es lo que no es. No hay respuesta. No hay agua para tu sed.



                                                  ETC., ETC.

¡Qué inquisición, mis Ranitas! Le habéis hecho pagar al gallego veinte dólares -service non compris más el hotel y la cena, esa leche caliente con canela que adoráis-.

Las Cejudas: -Ah, sí, inquisición la suya. Con el calor que hace y con su manía combinatoria. Se agotó en los Posibles.

Yo: -Pues no lo parece. Miren. Avanza hacia la zona Eng.

Las Ojito (AGITANDO GRANDES ABANICOS DE NACAR y CAREY): -Si, pero no va a ejercitarse -¿con qué?- (RISOTADAS). Se le ha ocurrido que así como nosotras dividimos nuestra zona, ya que cuando una fatiga sus encantos lidiando entre plumas, la otra los refresca reclutando entre vitrinas, así María divide la suya con Flor de Loto. Busca en María la mediación, el ente.

Ya pasa del otro lado del anuncio de Gravi. Sofocado, pero con una moral muy alta. Está en zona Eng. María ha dejado de su primer recorrido de la noche un perfume de jazmín y nenúfar; en el rocío del asfalto están escritos sus pasos, en las vitrinas el roce de su gasa, en el aire el destello caoba de su moño trenzado con perlas.

Pasa Carita de Dragón. Detrás viene María. G. la aborda, la corteja. La invita a un daiquirí en el bar de Ambos Mundos, a otro, y entonces le confiesa que es un adepto a los números, a las permutaciones. De ahí su fascinación de “teatro”, de espejos. Quiere el doble, el simétrico, el ludión que pasa del otro lado de la escena para darse a sí mismo la réplica -tú y yo-, que se vira como un guante.

Ella comprende muy bien, pero no dice ni sí ni no. Se tapa la cara con sus collares de bambú. Detrás de ellos sonríe. El temblor de las cuencas es como el de una sumadora de azabache. Sus ojos son dos huecos de alcancía, dos linternitas mecánicas. Ahora las pone en “faro”: es que se acerca un marinero.

Parte con él. Le dice a G. que pospone, que “después de todo al míster le intereso yo sola”, que mañana ya se verá.

G. saltó sin impulso. Jiribilla. -¿Por dónde lo soplaron?- La banqueta se quedó girando. Ya estaba en la calle cuando sintió que lo agarraban por un brazo. Era el camarero. No había pagado.

La ve hundirse entre letras. Números inflados, rojos. Bandas de tela blanca que son muros. Ya es un laúd malinés. Un pájaro del trópico asiático del otro lado de un río. De cenizas de rosa.



                                      (REDOBLE DE PALILLOS)

Es el de sus pasos. Militares, claro está. ¿Oye las gaitas de una marcha? ¿Recibe voces de mando? María se le va -serpiente en agua-; él, al trote. A toda máquina. Despega. Lebrel tras perdiz de hojalata, tigre tras torcaza a sí mismo fijada. Le rechinan los fémures. Sabuesco. Con la lengua afuera. Gamo mojado. Franja de aros dispersos. Deja líneas negras. Perro de la Grey Hound. Dragón de la Shell.

Ella, allá, lejos. En la llama, la arma como un rompecabezas, la dibuja uniendo números. La huele -ron, canela, azúcar prieta-; sí, la huele: el mirón es miope.

Como en un teatro cuando el actor exclama: “¡Oh, he aquí la aurora!”, y se encienden al unísono todos los spots dorados, así, de golpe, cae la noche habanera. G. perdido. María es esa humedad, esa ausencia de pájaros, el gong de la Opera, su estampido -reverberación de tamborines, címbalos mohosos- y las sombras sucesivas que deja en el aire: serpientes batallando entre vidrios, orquídeas pudriéndose, tifón, piedras de anís creciendo en las botellas, guerra de jaguares birmanos.

Aporía del Acto, María es el Deseo, la Ausencia de Flor. G.: una gallinita ciega. Tantea en el vacío, la va a tocar, si salta sobre ella, la agarra.

-¿Pero qué pasa, hombre? ¡Ya no se puede vivir en esta ciudad! Había atrapado a la cantante del Picasso Club, que salía de la pista. La vuelve a ver. Allá va. Ahora sí, ella. Se pierde en las tiendas, entre globos de papel encendidos. Olor a lukum. Zigzaguea G. Se sigue a sí mismo. Foto movida, va casi entero, más pálido, tras su propio cuerpo, y otra vez, borroso, detrás... y otra vez. Es un ejército. Se miran en un espejo y retroceden: rostros verdinegros, oliváceos, toronja, yerba seca; barbas piramidales de caracoles de astracán, de estambre negro, de fibras marrón; manchas grises de corcho, algas. Se ven cosidos de medallas y bandas tricolor, de cintas y galones; se ven recortados sobre damascos, sobre encajes toledanos; se ven recompuestos con pedazos de cortinas, con abejitas de oro y flores de lis, con tapices de rosas y manzanas y serpientes flamencas. Sí, dan un paso atrás: no es para menos. ¡El honor de la marina!


                                            Lola, Lola
                                            la la la la la
                                            Ich bin die fesche Lola

-¿Qué fue?

Que persiguiendo a María & al americano, rebotando entre parabanes, G. ha venido a dar a este café-cantante. Se tira en un sillón de mimbre –acuden cantonesas con pencas de guano y pantuflas-, pide un "cuba-libre". Al fin los tiene: están allí, frotándose con música, junto a la pianola de la orquesta de Charleston... María, bajo los faroles azules de petróleo, las manos abiertas contra la espalda del boy, guiña el ojo a un mulato de ojos verdes tocador de marimba. Johnny Smith la atrae por la cintura. Es muy sonriente, pelirrojo y pecoso, trae un pantalón de lona blanca que le aprieta las nalguitas y esa camisa amapola fluorescente que permitió a G. distinguirlo contra noche y miopía.

Las que cantan y se menean y cabalgan pelicanos de madera pintada y murciélagos de tela en la tarima del fondo son las Baby Face. ¡Cómo han cambiado esas niñas! ¡Hay que ver como el Secreto de las Transformaciones hace oprobios! Son obesas de vientre gomoso coronadas de sombreros con faisanes entre frutas de oro, barcos de plumas, almenas. Son barbudas de un circo mongol. Los cuatro pies paralelos repican contra las tablas y levantan un polvo amarillo. Gritan: "Lola, Lola". Entonces aparecen por las puertas laterales la Chong y la Si Yuen -porque las Sebáceas no han querido renunciar a sus apariciones anteriores, tan bellas las encuentran, y siguen en la Opera- vestidas de pedazos de tela rojos y oro, rubias como muñecas, ardientes de alcohol, los ojos azulísimos envueltos en franjas negras, tristes musas de Klimt. Bailan un pas de deux, envueltas en una misma guirnalda. Fascinado por esa simetría danzante G. no ve que las Rollizas se abren, dejan pasar a la Eng y al Johnny y vuelven a cerrarse, uniéndose en la línea media, como los postigos de un tríptico.



                                             (BLACK OUT)


Aux. und Soc: -¡No! Somos la luz. Simplemente nos hemos convertido en su ausencia. Ahora somos sus islas. ¡Mira!

Sí, el techo, el piso y las paredes son discos rojos, azules y amarillos que giran a toda máquina y se cortan unos a otros y se encienden y se apagan y son de otro rojo y otro violeta y estallan y vuelven a cortarse. Hasta que el General se aprieta los ojos.

Se lanza contra una pared y la atraviesa.

Está del otro lado.




Es un reservado oscuro, con olor a humo de Camel mentolado. Cuatro sofás de cuero en los ángulos. Espejos. En una pared que ilumina una lamparita blanca, un hombre pinta. Enfrente -G. los ve reflejados-, María y il rosso se besan; están sentados uno al lado del otro y miran la pared (donde el fresco se va definiendo). Se acarician y sonríen. Él le muestra su sexo, rosado y perfectamente cilíndrico. El glande es un caracol o una cúpula rayada en blanco y en el amapola fluorescente de la camisa, como un caramelo o un reguilete. María lo toca con la punta de los dedos. Risita. Le muestra ahora sus senos, igualmente decorados; una espiral amarilla parte de los pezones y se pierde en el pecho; le muestra su ombligo: pintada, la reproducción en miniatura de un tondo cóncavo. Johnny se pega contra el vientre para verlo. Un mar embravecido ocupa casi toda la media esfera -líneas continuas en tinta negra, como las vetas de un árbol-, en él se distingue apenas una barca. A la derecha un farallón, rocas que ciñe la espuma, un cielo con cuños rojos.

María (MUY ORGULLOSA): -Bonita cosa, ¿verdad?

Johnny asiente con la cabeza.

María (PROFESORAL): -El original atribuido a LI SUNG, que vivió entre 1166 y 1243, según este tiempo, se llama: «En un bote», y es una hoja de un álbum en forma de abanico, dibujada en tinta y color sobre seda.

Johnny: -How I would Iike to have one!
María (SEÑALANDO EL PINTOR): -Es él quien lo hace, Carita de Tortura, muy antiguo maestro en las artes simétricas del placer y el horror de los ojos: Pintura y Tortura chinas.

G.: Pero ¿qué pasa?

Son las Dueñas-de-Todo-Aparecer que se vengan de G. (cf: los golpes y los cintazos en aquel desatino, ¿se acuerdan?) y se manifiestan como Luz fría. Sí, un gran neón circular ilumina el reservado. Los tórtolos dan un salto y se visten. G. aparece en toda su impostura: estaba en su nirvana el mirón y, de la pura contemplación, ya había pasado a la praxis da solo. Se olvidaba de Flor. ¿La superponía (y él al míster) en aquel dúo?

Carita de Tortura se ha puesto de pie (a la verdad que tiene una cara que da miedo: cejas de espada; franjas verdes y naranja le recorren la frente y bordean los ojos, negras que se vuelven flores los pómulos y la nariz; la boca es de tigre).

Ya frente a G. lo increpa, agitándole las manos manchadas de pintura frente a la cara.

-¿Pero qué rayos hace usted aquí, mirón, crápula?

G. marcha atrás.

Y Carita: -Deme acá esa mano.

Le toma de un tirón la mano derecha.

-Vaya, para que aprenda.


Y le arranca una uña.




Nuevo Mundo, no 16, octubre de 1967, pp. 24-32. 



viernes, 24 de octubre de 2014

Enfermos de idiotismo




Pedro Marqués de Armas


Solo una mujer en la que se dieran ciertas condiciones podía escribir ese “Autorretrato”: nacer en un pueblo llamado Corral Falso de Macuriges (confín de la Cuba azucarera en tiempos de Arango y Parreño), y en un hogar tocado por la desgracia; no ser muy agraciada en lo físico pero sí en el carácter, mezclando a partes iguales riesgo e ironía; y abrirse paso en La Habana de los años veinte, donde sus dones se ven acrecentados por la amistad con Martínez Villena, su experiencia en el Grupo Minorista, la prensa, los libros, la tertulia, el feminismo, y todo cuanto la convierte en animal político.

Del lugar donde nació le viene a María Villar Buceta el hábito de morderse la lengua. Muerta la madre, tendrá que encargarse de una ristra de hermanos que la dejan exhausta. Sin esa costumbre, no podrían explicarse rasgos como la mordacidad, el laconismo o el regusto amargo, puestos a prueba en esa joya postmodernista que es Unanimismo (1927), el único libro de poesía que publicó en vida.

Escritos desde esa Cuba interior, o más bien intrahistórica, de la que la autora procedía, y alimentados no menos de obstinación que de desencanto, no pocos de esos poemas, a menudo plenos de un humor corrosivo, expresan su sequedad reflexiva.

“Hermetismo”, en particular, es un convincente retrato familiar tan caricaturesco como el de Arístides Fernández en la pintura, y en el que explora magistralmente el silencio de los suyos, a los que califica de “entes raros”. Un silencio que linda con la idiotez y aporta, más que una idea-de-familia en el sentido burgués, el boceto de una parentela no apta para el lenguaje. Seres mudos, casi agramaticales, resultan sorprendidos en una instantánea que denota, no solo, el contraste entre la lírica y el pan, o entre los ideales y la asfixiante realidad, sino entre el poeta mismo y una comunidad más renuente que propiamente hostil, impenetrable a las prácticas de la civilidad. 

Pueblo y familia huraños, tornan extranjero al poeta, cuya (des)familiarización es punto de partida para una extrañeza más extensa que, en breve, la lleva al ejercicio de la prosa, aunque también a otra noción de clan: los ideales comunistas.

«Hermetismo»

¡En casa todos vamos a morir de silencio!
—Yo señalo el fenómeno, pero me diferencio
apenas del conjunto… ¡Tengo que ser lo mismo!

Dijérase que estamos enfermos de idiotismo
o que constituimos una familia muda...;
de tal suerte en sí propio cada uno se escuda. 

Como los nuestros otros nos sentimos avaros,
de nosotros las gentes piensan: —Son entes raros
o egoístas, o sabe Dios qué…

                                              ¡Tal vez dirán
que sólo nos preocupa la conquista del pan!

¡Y yo en medio de todos. Señor, con mi lirismo!...
¡Cuán se agobia mi espíritu de vivir en sí mismo
y ver siempre estos rostros pensativos y huraños!

¡Y así pasan los días, los meses y los años!

Pero “Autorretrato” resulta, sin duda, su pieza más lograda. Para ser exacto, era necesario que aquella provinciana un tanto arisca se abriese al mundo. Y, en su caso, tenía que sumar un nuevo ingrediente: doblegar antes el Yo –ese yoísmo tan de moda entonces-, aplicando, en sí misma, una ascesis y cuidado higiénico sin precedentes. Pues solo al liquidar el Ego, podía Villar Buceta mostrar, ya no únicamente las ruinas del Otro –del hombre mediocre de Ingenieros- sino de un Sí Mismo paródico que deviene Superhembra, inclasificable por el género como por las intenciones.

Se adivina aquí, desde luego, a la mujer hombruna tan criticada entonces por la medicina y los medios más conservadores, pero sin que la autora asuma esa figura, salvo como encarnación satírica, a fin de mirar en ella (o a través ella) las miserias y peligros que le rondan: el hombrecito pequeño, capaz de existir sin distinción, como de ascender, al mismo tiempo, a golpes de inspiración ególatra hasta ocupar el lugar del déspota.

Colocado al frente de Unanimismo, este poema-prólogo, punzante, señala tanto a la falsa consciencia inherente a la burocratización de la personalidad en tiempos de ascenso de las masas, como a la ficción que resulta del proceso mismo de la identidad.  El paso del “ente-nulidad” al “ente-iniciativa”, de lo vulgar y anodino al monstruo pequeño-burgués, viene a mostrar el carácter en definitiva estereotipado de los vínculos sociales.

Se ha dicho que Villar Buceta es una poeta menor. Sin embargo, textos como los mencionados, a los que sumaría “Bibliofilia” y “Suficiencia”, no abundan en la poesía cubana. En cualquier caso, “Autorretrato” es una exquisita indagación que trasciende su época y que leemos todavía desde el asombro y a contrapelo de una tradición lírica demasiado grave, cuando no escurridiza. 



martes, 21 de octubre de 2014

El Barón Corvo





Joan Perucho


Ha escogido el gris caviar del Irán
y un Alex-Corton muy frío,
pues no es la miseria la que juzga
sino la venganza contra el impudor,
la seguridad ofensiva del sacerdocio.
En la naturaleza hay falsedad
según el adverado criterio de San Agustín.
«Jesus Christ n'a point voulu
du temoignage des démons», confirmó Pascal.
Londres está lejos y Venecia es triste.
El oro de Bizancio se fatiga en San Marcos;
pero murió en una triste pensión de familia
con el egoísmo del pez fuera del agua
escribiendo libros de decadente obscenidad.



Coímbra





André Pieyre de Mandiargues


                                                a J.

Estoy en Coímbra es decir Portugal
Los franceses se compran muñecas en traje regional
En cambio yo compro jabón en la Droguerie Astrale
pues tengo la intención de lavarme las manos
de mi país y los otros incluido el tuyo

Lo más curioso en este recodo
es una suerte de edificio sin nada de jardín
y que llaman sin embargo jardín de la Mancha

Con un aire de alambique de cuatro trompas
y cuatro retortas como pabellones pequeños
que podrían servir para sublimaciones

De noche los más desolados se vuelven mariposas
al son de una fuente de gotitas avaras
que nada tiene que ver con la Fuente de la Juventud
Cada uno lo sabe por doctrina o experiencia
Todo de un hastío lo bastante angustioso
como para gustarme una tarde al menos
y sustraerme aunque sea un instante
de mis pensamientos



Coímbra, 18 de agosto de 1960




Versión de M. Varón de Mena