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domingo, 26 de octubre de 2014

Plumas muertas



Guido Ceronetti


El mundo de hoy es ya un mundo privado de pájaros, aun cuando se les ven, o se les imaginan, fuera de las jaulas o de las pajareras, porque hemos roto con ellos aquellas relaciones que el mito, la analogía y el símbolo hacían posible. El deicidio de los deicidas es el asesinato de Cibele; su sangre está en todas partes. Si los pájaros tenían para sobrevivir al aliento humano una pirámide de ojos divinos donde nidificar, no encontrarla ya los ha matado. Ahora la pequeña alarma suena en un cielo desvalijado, las leyes internacionales para proteger a los pájaros no resucitarán el lenguaje perdido que los mantenía arriba.

Desde hace tiempo el cielo se despuebla de gente alada: la coincidencia con aquello que llamamos Progreso de la Razón es interesante. El pensamiento es más fuerte que los venenos y los disparos, y en el pensamiento que se encarniza en destruir las verdades oscuras y paradójicas, las sapiencias relevadas y las realidades imaginadas, privando el conocimiento de las cosas que no pueden ser conocidas (su bebida de la inmortalidad) todos los habitantes del cielo, visibles e invisibles, están tácitamente condenados a una muerte plena. El cielo humano se vacía de vida y se llena de muerte: metales de Seth, motores destructores, humos del infierno, conciertos espantosos, hongos de Abaddon, ofenden a todos, sin fin, hasta que no se cierre esta oficina de muerte, hombre.

Se diría un espacio donde han cesado de moverse los pies de los muertos, de habitar los arquetipos, los grandes Adami y Púrusha, las palabras y las almas sagradas antes de encarnarse en los nidos, en los vuelos, en los plumajes, en las alas, en repugnantes rapaces. Cómo hizo la honda humana para alcanzar a estos entes extraños que parecían fuera del alcance de cualquier tiro, permanece en el misterio; cierto que la cosa comenzó mucho tiempo atrás, quizás solo quedan huellas en algún mito, como en aquel de la torre que busca desesperadamente ser bab-ili, puerta de Dios. Cada intento de construir una torre de Babel recibe de lo alto una respuesta violenta. ¿Somos nosotros quienes golpeamos a muerte a los pájaros a fin de construir la última torre, o su muerte es ya una respuesta a los trabajos en curso para construirla?

Si un cazador dispara a una sombra que vuela y el perro le trae, vergonzoso, la aureola chamuscada de un querubín o un sándalo alado agujereado por sus impactos, quizás tirará el fusil. Pero sucede algo muy extraño: a nuestros pies de cazadores de metafísica, de miticidas feroces, de exprimidores del universo, de enfangadores de lo Sacro, de constructores de torres malditas, el cielo está expulsando, desgarrado por varias agonías, a todos los portadores de alas clasificados en los repertorios ornitológicos.

―“¡Queríamos golpear a muerte lo irracional, no a ellos!”. Y sin embargo en vez de fantasmas, caen plumajes auténticos; a una muerte indirecta efectuada con la mente corresponde una verdadera matanza. Existen, en el cielo y en la tierra, más simpatie de las que dependen la vida y la muerte, de cuantas podemos imaginar. Debería ser la mente miticida, la mente que no comprende las simpatías cósmicas, quien arrojara espantada el fusil.

Libros, estilos de escritura y de vida, conversaciones, viajes, política, son ya mundos completamente privados de pájaros. Y es así el arte, el trabajo, las ciudades, las religiones… Aun en los sueños se han hecho raros. Desaparecido el último pájaro no embalsamado, no enjaulado, no impreso, tendremos el mundo ilimitadamente racional hacia el que nos impulsa nuestra impaciencia de vivir privados de cualquier razón de vivir.

Un mundo clinicamente muerto. Mas en este insuperable desierto un sobreviviente ojo invisible –a nuestros cazadores podría habérseles escapado alguno- se divertiría en pescar entre las exhalaciones de los basureros racionalistas, los periódicos donde los triunfos de la vida sobre la muerte y de la luz sobre las tinieblas se deducían de los porcentuales de la Producción y de la Renta, y la felicidad pública, el bienestar privado y el Bien absoluto dependían del desarrollo del sistema industrial y del aumento de la potencia tecnológica.

―”Debemos proteger los pájaros porque no son útiles”. Les perderán, porque el reconocimiento de su utilidad no es más que uno de los rayos del terrible sol mental que los extermina. Incluso el cándido ornitófilo utilitario tiene un aliento que lo hace caer muerto. La utilidad es Medusa o Megera. Justamente los monstruos ríen ante sus demostraciones científicas de utilidad.

Sería necesario saber ver, todavía, en el ruiseñor Filomena, en la golondrina Procne, en el petirrojo Iti, en la abubilla Tereo, y en las falanges angelicales de los cristales de las penurias urbanas; sentir las potencias inferiores que cosecha, como los muertos y sus sábanas, las alfombras de luz sobre las noches de espaviento de las ciudades. Tendremos necesidad todavía de un corazón arcaico, de un corazón comunicante, de un corazón analfabeto; lo tienen congelado.

Las campañas se hacen silenciosas; pero su silencio, que comienza a angustiar incluso a los menos sensibles, no es más que la fulminante respuesta, el reflejo dramático del silencio que se ha hecho en la mente, ya no portadora y renovadora de los mitos que se escapaban de una vida similar a la muerte. Quizás los pájaros saben que el filósofo ya no es capaz de encontrar la verdad en los enigmas y en las figuras, el literato privado de los cuatro elementos, el tecnócrata y el político que no deberían haber nacido nunca, son la cara profunda de la destrucción que los ha alcanzado. Helos ahí huecos de escuela, ninguno capaz de entender. Adiós infinitas toneladas de venenos esparcidos, estas prisiones mentales donde se han perdido como verdad viviente las grandes apologías de los animales parlantes, la historia del halcón y la paloma del Mahabharata, y hasta el claro y sutil, verdaderamente racional, discurso anticartesiano de La Fontaine a Madame de la Sablière.



Traducción: Dolores Labarcena y Pedro Marqués de Armas



Tomado de Potemkin ediciones, no 8, julio-septiembre 2014. 


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