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domingo, 25 de enero de 2015

Las sacras arcas del español




Severo Sarduy


¿Qué sucedería si nos hablaran en un idioma y entendiéramos en otro, si lo que nos entra por una oreja nos saliera por la otra pero fragmentado, invertido, reducido a la alquimia de sus letras o a su anagrama? En esa Babel atómica, habría que escucharlo todo al derecho y al revés, abrir los ojos, estar a la que se te calló: detrás del asegurador “No te mata” podría ocultarse La noche enloquecida —notte matta—; todo hay uno sería acompañado por su abstinencia; y cada sorpresa significaría la prisión de una pobre monja —sor presa—. El emblema barroco de este universo ya no delirante sino dalirante no sería otro que un onagro sobre un órgano, incongruente coincidencia, como la de un paraguas sobre una mesa de disección, pero cuyo soporte es un juego de letras, una recombinación de letras: la vida es un crucigrama feroz.
Este universo de hipérboles sonoras, en que cada personaje se convierte en una Juana de Arco miniaturizada, oyendo voces por doquier, y donde cada palabra, como dice el adagio ferroviario, puede ocultar otra, es el de Larva de Julián Ríos: las palabras se difunden y caen, como la nieve, atomizadas, formando efímeras figuras que se deshacen con la misma velocidad, y en la misma ilusión en que se formaron; todo es reflejo, trompe-l’oeil, imagen engañosa. O mejor, Larva, el volumen material del libro, el cubo irregular que forman sus páginas, no es más que una gigantesca cámara de eco.
Pero, ¿quién juega así con las palabras, quién desordena, revuelve y dilapida las sacras arcas del idioma español, quién viene a darnos gato por liebre y a transformar nuestros oídos en un verdadero laberinto? Sobre todo, dos personajes de nombre emblemático y conducta impropia: Milalias, que contempla los hongos vagabundos de cualquier calle londinense y no se pierde un solo retruécano con tal de ensartar una obscenidad, y su chakti, su energía femenina, Babelle en zapatillas de ámbar, que lo acompaña entre las figuras emperifolladas de cualquier noche de carnaval y con él se libra a otras, que no desdeñaría ningún Kama Sutra.

Fin de la inocencia

Por supuesto, hay otro modo de encarar la empresa, a la vez desmesurada y ejemplar, de Larva: enunciarlo requiere también otro lenguaje. Se trata de saber qué modificaciones, qué tipos de ondas dibujan en la superficie sensible y espejeante del significado —como en una capa de mercurio—, las perturbaciones voluntarias, el azar y los fallos provocados en la superficie superior y visible, en la materia fónica y visual del significante.
De ahí que el libro se presente, como una partitura o una efeméride, en dos registros: en la página derecha asistimos al relato, o a lo que es una simulación de todo posible relato —los “personajes” son como una sacudida o un psicoanálisis del castellano; desarman el idioma como un juguete en manos de un niño furioso: para ver cómo funciona—; en la página izquierda viene a caer, como una lluvia de partículas, el residuo de ese frote, el sedimento de esa saturación, la madre del idioma, como la del vino.
Ese viento solar, magnético, hecho de vocales desplazadas, de inversiones burlescas, de consonantes dobles o mudas, marca de su incandescencia, de su materia ígnea la página izquierda de Larva al mismo tiempo la proyecta —de allí el carácter ecuménico de ese cruce de hablas— no sólo en el propio castellano, o en su estrato más inconsciente o más arcaico, sino en todos los idiomas, desde el latín y el ruso hasta el ríspido dialecto, marcado con olor de incienso, de especias y de curry, que practica una odalisca india de Londres. Y más: de esa proyección o de ese resto del relato van surgiendo otras palabras encajadas unas en las otras, otra dimensión, otro relato especular, simétrico de Larva que es como su negativo, o su doble en la anti-materia.
Con la lectura de Larva termina también nuestra ingenuidad de oyentes, o nuestra inocencia. Ya nunca más oiremos las deshilachadas conversaciones de una barra, el discurso autoritario de un maestro, o hasta las confesiones de la almohada, sin tratar de escuchar, al mismo tiempo y como en filigrana, la voz del altoparlante de la izquierda, la voz del Otro, en la confusa estereofonía de la cotidianidad, y hasta en nuestro propio discurso, que casi siempre supone saber. No hacen otra cosa los psicoanalistas, sobre todo los que, a una técnica de la “escucha distraída” formó Lacan.
Al final de Larva, Milalias nos pide que busquemos su figura en una constelación como si, personaje de un mito, de una serie de variantes cíclicas, se hubiera resuelto en su propia anulación, en el recorrido gratuito de la mirada por las estrellas; llega a cifrar ese recorrido, como para que el distraído espectador de la bóveda celeste no pueda sino reconstituirlo, volver a “darle cuerpo”, para que el desafío de las significaciones vuelva a comenzar.
En unos yaquis tirados por el suelo, el narrador de Paradiso de José Lezama Lima, descubre, formado por azar, el rostro de su padre muerto. 
Esta reminiscencia, para señalar que el escrutador de Larva no está solo; otros oidores —la palabra es de Lezama— en las Canarias, en Sao Paulo, en París o en Londres, forman con él un coro, aunque secreto fuerte, que estusiasma la pulsión de descifrar.



 Tomado de La Vanguardia, 23 de febrero de 1984. 


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