miércoles, 5 de noviembre de 2014

Cursillo de orientación ideológica para García Márquez




Fernando Vallejo


Hombre Gabo: te voy a contar historias de Cuba porque aunque no me creas yo también he estado ahí: dos veces. Dos vececitas nomás, y separadas por diez años, pero que me dan el derecho a decir, a opinar, a pontificar, que es lo que me gusta a mí, aunque por lo pronto solo te voy a hablar ex cátedra, no como persona infalible que es lo que suelo ser. Así que podés hacerme caso o no, creerme o no, verme o no. Si bien el águila, como su nombre lo indica, tiene ojo de águila, cuando vuela alto se traiciona y no ve los gusanos de la tierra. Eso sí lo tengo yo muy claro.

Llegué a Cuba la primera vez con inmunidad diplomática, en gira oficial arrimado a una compañía de cómicos mexicanos que protegía el presidente de México, protector a su vez de Cuba, Luis Echeverría. No sé si lo conocés. Con él nunca te he visto retratado. Retratado en el periódico te he visto con Fidelito Castro, Felipito González, Cesarito Gaviria, Miguelito de la Madrid, Carlitos Andrés Pérez, Carlitos Salinas de G., Ernestico Samper. Caballeros todos a carta cabal, sin cuentas en Suiza ni con la ley, por encima de toda duda. ¿Con el Papa también? Eso sí no sé, ya no me acuerdo, me está entrando el mal de Alzheimer. Sé que le tenías puesto el ojo, tu ojo de águila, a Luis Donaldo Colosio, pero te lo mataron. Me acuerdo muy bien de que cuando lo destaparon (cuando lo destapó tu pequeño amigo Carlitos Salinas de G. para que lo sucediera en su puesto, la presidencia de México, supremo bien) madrugaste a felicitarlo. Le diste, como quien dice (como se dice en México) “un madrugón”.

–¿Y qué hace usted, Gabo, en casa del licenciado Colosio tan temprano? ¿Es que es amigo de él? –te preguntaban los reporteros curiosos.
–No –les contestaste–. Pero voy a ser. Tenemos muchas afinidades los dos.
–¿Como cuáles?
–Como el gusto por las rancheras. Nos encantan a los dos. Por eso madrugué hoy a cantarle “Las mañanitas”.

Gabo: estuviste genial. Me sentí en México tan orgulloso de vos y de ser colombiano...

Donde sí no te vi fue en el entierro de Colosio cuando lo mataron (cuando lo mató el que lo destapó, vos ya sabés quién porque era tu amigacho). E hiciste bien. No hay que perder el tiempo con muertos. Que los muertos entierren a sus muertos, y que se los coman los gusanos, y que les canten “Las mañanitas” sus putas madres.

¿Pero por qué te estoy contando a vos esto, tu propia vida, que vos conocés tan bien? ¿Narrándole yo, un pobre autor de primera persona, a un narrador omnisciente de tercera persona su propia vida? ¿Eso no es el colmo de los colmos? No, Gabito: es que yo soy biógrafo de vocación, escarbador de vidas ajenas, y te vengo siguiendo la pista de periódico en periódico, de país en país y de foto en foto en el curso de todos estos largos años por devoción y admiración. Tu vida me la sé al dedillo, pero ay, desde fuera, no desde dentro porque no soy narrador de tercera persona y no leo, como vos, los pensamientos. Vos me llevás a mí en esto mucha ventaja desde que descubriste a Faulkner, la tercera persona, el hielo y el imán.

Y a propósito de hielo. Ahora me acuerdo de que te vi también en el periódico con Clinton en una fiesta en palacio, en México, “rompiendo el hielo”, como les explicaste a los periodistas cuando te preguntaron y les contestaste con esa expresión genial. Vos de hielo sí sabés más que nadie y tenés autoridad para hablar. ¿En qué idioma hablaste con Clinton, Gabito? ¿En inglés? ¿O le hablaste en español cubano? Ese Clinton en mexicano es un verdadero “mamón”, que se traduce al colombiano como una persona “inmamable”. Ay, esta América Latina nuestra es una colcha de retazos lingüísticos. Por eso estamos como estamos. Por eso el imperialismo yanqui nos tiene puesta la bota encima, por nuestra desunión. Si vos vas de palacio en palacio –del de Nariño al de Miraflores, del de Miraflores a Los Pinos, de Los Pinos a La Moncloa–, lo que estás haciendo es unirnos. Vos en el fondo no sos más que un sueño bolivariano. Gracias, Gabo, te las doy muy efusivas en nombre de este continente y muy en especial de Colombia. Sé que ahora andás muy oficioso entre Pastrana y la guerrilla rompiendo el hielo. Vas a ver que lo vas a romper.

Bueno, te decía que he estado dos veces en Cuba y que me fue muy bien. En la primera me conseguí un muchacho esplendoroso, y te paso a detallar enseguida una de las más grandes hazañas de mi vida: cómo lo metí al hotel. Pero te lo presento primero en la calle vestido para que le quitemos después la ropa prenda a prenda en la intimidad del cuarto: de dieciséis tiernos añitos, de ojos verdes, morenito, con una sexualidad que no le cabía en los pantalones, lo que se dice una alucinación. Sus ojos verdes deslumbrantes se fijaron en los pobres ojos míos apagados, y la chispa de sus ojos viéndome incendió el aire. ¡Uy, Gabo, qué incendio, qué inmenso incendio en Cuba, el incendio del amor! Menos mal que medio lo apagamos después en el cuarto, porque si no, les quemamos los cañaverales y listo, se acabó la zafra.

–¿Cómo te llamas, niño? –le pregunté.
–Jesús –me contestó.
Se llamaba como el Redentor.
–¿Y qué podemos hacer a estas alturas de mi vida y a estas horas de la noche? –le pregunté.
–Hacemos lo que tú quieras –me contestó.
–Entonces vamos a mi hotel.
–Aquí los cubanos no podemos ir a ninguna playa ni entrar a ningún hotel –me explicó–. Pero caminemos que esos que vienen ahí son de la Seguridad del Estado, y además nos están viendo desde aquel Comité de Defensa de la Revolución.
–¿Y de quién la están defendiendo?
–No sé.

La estarán defendiendo, Gabo, de los pájaros. Vos me entendés porque vos sos un águila.

Los dos pájaros o maricas seguimos caminando, y caminando, caminando, llegamos a los prados del Hotel Nacional. Era el único sitio solitario en toda La Habana. A mi hotel, el Habana Libre, ex Hotel Hilton (que construyó Batista pues la revolución no ha construido nada), era imposible entrar con Jesús: el hall era un hervidero de ojos y oídos espiándonos. El estalinismo, ya sabés Gabito, que es lo que procede montar en estos casos: si al pueblo se le deja libre acaba hasta con el nido de la perra y de paso con la revolución.

Ese Hotel Nacional de esa noche era irreal, alucinante, palpitaba como un espejismo del pasado. Ardiendo sus luces como debieron de haber ardido las luces de la mansión de El Cabrero, la que tenía Núñez en Cartagena, hace cien años, con su esposa doña Soledad. Pensé en Casablanca, la de Marruecos, y en el ladrón de Bagdad. Y entonces, de súbito, como si un relámpago en la inmensa noche oceánica me iluminara el alma, entendí que Castro, el tirano, había logrado lo que nadie, el milagro: había detenido el tiempo. En los marchitos barrios de Miramar y de El Vedado, en los ruinosos portales, en el malecón, el monstruo había detenido a Cuba en un instante exacto de la eternidad. Entonces pude volver a los años cincuenta y a ser un niño. Nos sentamos en un altico de los prados, cerca de unas luces fantasmagóricas y un matorral. El mar rugía abajo y las olas se rompían contra el malecón. Tomé la cara de Jesús en mis manos y él tomo la mía en las suyas y lo fui acercando y él me fue acercando y sus labios se juntaron con los míos y sentí sus dientes contra los míos y su saliva y la mía no alcanzaban a apagar el incendio que nos estaba quemando. Entonces surgió de detrás del matorral un soldadito apuntándonos con un fusil.

–¿Qué hacés, niño, con ese juguete? –le increpé–. Apuntá para otro lado, no se te vaya a soltar una bala y acabés de un solo tiro con la literatura colombiana.

Fijate, Gabo, que no le dije: “Qué haces, niño” o “Apunta para otro lado” sino “Qué hacés” y “Apuntá”, con el acento agudo del vos antioqueño que es el que me sale cuando yo soy más yo, cuando no miento, cuando soy absolutamente verdadero. ¡El susto que se pegó el soldadito oyéndome hablar antioqueño! Hacé de cuenta que hubiera visto a la Muerte en pelota. O que hubiera visto en pelota al hermano de Fidel, a Raúl, el maricón.

–No te preocupes, que anotó mal mi apellido –me dijo Jesús.

Y en efecto, el apellido de Jesús es más bien raro, y Jesús vio que el soldadito lo escribió equivocado.

¿Y cuál es el apellido de Jesús? Hombre Gabo, eso sí no te lo digo a vos porque estando como estamos en este artículo en Cuba desconfío de tu carácter. No te vaya a dar por ir a denunciar a mi muchachito ante la Seguridad del Estado o ante algún Comité de Defensa de la Revolución.

Anotado que hubo el nombre de Jesús en la libretica con su arrevesada y sensual letra, como había aparecido, por la magia de Aladino, desapareció. ¿Pero sabés también qué pensé cuando el soldadito nos estaba apuntando? Pensé: ¿y si la misa de dos padres la concelebráramos los tres? Un ménage à troisune messe à trois pour la plus grande gloire du Créateur? Pero no, no se pudo, no pudo ser.

Se fue pues el soldadito, se nos bajó la erección, y echó a correr otra vez el tiempo, la tibia noche habanera.

–Jesús, esto no se queda así. Si no me acuesto contigo esta noche me puedo morir.
–Yo también me puedo morir –me contestó.

Estando pues como estábamos en grave riesgo de muerte los dos, determinamos irnos a mi hotel, al Habana Libre, a ver qué pasaba. Yo tenía una camisa rojita de cuadros y él una gris descolorida, hacé de cuenta como de la China de Mao. En el baño del hall del Habana Libre las intercambiamos: yo me puse la suya vieja, gastada, comunista; y él la mía nueva, reluciente, capitalista. Mi gafete del hotel se lo puse a Jesús en lo más visible, en el bolsillo de la camisa, y yo me quedé sin nada. Cruzamos el hall de los espías y entramos al ascensor de los esbirros. Dos esbirros del tirano operaban el ascensor y nos escrutaron con sus fríos ojos. Jesús con mi camisa reluciente de prestigios extranjeros y mi gafete no despertaba sospechas. Yo con mi camisa cubana y sin gafete era el que las despertaba. ¿Pues sabés, Gabito, qué me puse a hacer mientras subía el ascensor para despistarlos? ¡A cantar el himno nacional! El mío, el tuyo, el de Colombia, en Cuba. ¿Te imaginás? “Oh gloria inmarcesible, oh júbilo inmortal, en surcos de dolores el bien germina ya”. ¡Gloria y júbilo los míos, carajo, me volvió la erección! ¡Nos volvió la erección! Y así, impedidos, caminando a tropezones, recorrimos un pasillo atestado de visitantes rusos y de cancerberos cubanos. Los rusos cocinaban en unas hornillas de carbón, con las que habían vuelto al viejo Hilton un chiquero, un muladar. ¡Qué alfombras tan manchadas, tan quemadas, tan desastrosas! Ni las del Congreso de Colombia. ¡Y las cortinas, Gabo, las cortinas! La guía nuestra, una muchacha bonita, se había hecho un vestido de noche con un par de ellas. Pero para qué te cuento lo que ya sabés, vos que habés vivido allá tantos años y con tantas penurias.

Con la erección formidable y al borde de la eyaculación entramos Jesús y yo a mi cuarto. Las cárceles a mí, y por lo visto también a Jesús, me despiertan los bajos instintos, y me desencadenan una libido jesuítica, frenética, salesiana. Pero pasá, Gabito, pasá con nosotros al cuarto que vos sos novelista omnisciente de tercera persona y podés entrar donde querás y ver lo que querás y saber lo que querás, vos sos como Dios Padre o la KGB. Pasá, pasá.

Pasamos al cuarto, y sin alcanzar a llegar a la cama rodamos por el suelo, por la raída alfombra, como animales. ¡Uy, Gabito, qué frenesí! ¡Qué espectáculo para el Todopoderoso, qué porquerías no hicimos! Por la quinta eyaculación paramos el asunto y entramos en un delirio de amor. Salimos al balconcito, y con el mar abajo rompiéndose enfurecido contra el malecón, y con la noche enfrente ardiendo de cocuyos, y con el tiempo otra vez detenido por dondequiera, atascado, empantanado, nos pusimos a reírnos de los esbirros del tirano, y del tirano, y de sus putas barbas, y de su puta voz de energúmeno y de loco, y de todos los lambeculos aduladores suyos como vos, y riéndonos, riéndonos de él, de vos, empezamos a llorar de dicha y luego a llorar de rabia y ahora que vuelvo a recordar a Jesús después de tantísimos años me vuelve a rebotar el corazón en el pecho dándome tumbos rabiosos como los que daban esa noche las olas rompiéndose contra el malecón.

Pero te evito, Gabo, mi segundo viaje a La Habana, mi regreso por fin al cabo de diez años en los que no dejé nunca de soñar con él, con Jesús, mi niño, mi muchachito, y el desenlace: cómo la revolución lo había convertido en una ruina humana. Ya no te cuento más, no tiene caso, vos sos novelista omnisciente y de la Seguridad del Estado y todo lo sabés y lo ves, como veía la Santa Inquisición a los amantes copulando per angostam viam en la cama: los veía la susodicha en el lecho desde el techo por un huequito. 




Tomado de El Malpensante, noviembre-diciembre de 1988.




martes, 4 de noviembre de 2014

Madrigal para un general inglés




Umberto Saba




He visto en Florencia, en los primeros días de la ocupación aliada, a un general inglés. Estaba -caso raro- en pie y borracho. Era maravilloso. Alto, delgado, enjuto, casi excesivamente purasangre, andaba apoyando su vacilante persona en un bastoncito de empuñadura, según me pareció, preciosa. Cada viandante podía convertirse para él, sin quererlo, en un enemigo, hacerle –cosa grave para cualquiera; para un inglés, y un inglés de su rango, mortal- perder el equilibrio. Pero, incluso en aquellas condiciones, ¡qué porte, qué estilo! Apenas se sostenía, como el Imperio inglés. Pero se sostenía. 




Traducción de Ángel Crespo



Portugueses




Rodolfo Walsh



1)
El primer portugués era alto y flaco.
El segundo portugués era bajo y gordo.
El tercer portugués era mediano.
El cuarto portugués estaba muerto.

2)
-¿Quién fue? -preguntó el comisario Jiménez.
a. Yo no -dijo el primer portugués.
b. Yo tampoco -dijo el segundo portugués.
c. Ni yo -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba muerto.

3)
Daniel Hernández puso los cuatro sombreros sobre el escritorio.
El sombrero del primer portugués estaba mojado adelante.
El sombrero del segundo portugués estaba seco en el medio.
El sombrero del tercer portugués estaba mojado adelante.
El sombrero del cuarto portugués estaba todo mojado.

4)
-¿Qué hacían en esa esquina? -preguntó el comisario Jiménez.
a. Esperábamos un taxi -dijo el primer portugués.
b. Llovía muchísimo -dijo el segundo portugués.
c. ¡Cómo llovía! -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués dormía la muerte dentro de su grueso sobretodo.

5)
-¿Quién vio lo que pasó? -preguntó Daniel Hernández.
a. Yo miraba hacia el norte -dijo el primer portugués.
b. Yo miraba hacia el este -dijo el segundo portugués.
c. Yo miraba hacia el sur -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba muerto. Murió mirando al oeste.

6)
-¿Quién tenía el paraguas? -preguntó el comisario Jiménez.
a. Yo tampoco -dijo el primer portugués.
b. Yo soy bajo y gordo -dijo el segundo portugués.
c. El paraguas era chico -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués no dijo nada. Tenía una bala en la nuca.

7)
-¿Quién oyó el tiro? -preguntó Daniel Hernández.
a. Yo soy corto de vista -dijo el primer portugués.
b. La noche era oscura -dijo el segundo portugués.
c. Tronaba y tronaba -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba borracho de muerte.

8)
-¿Cuándo vieron al muerto? -preguntó el comisario Jiménez.
a. Cuando acabó de llover -dijo el primer portugués.
b. Cuando acabó de tronar -dijo el segundo portugués.
c. Cuando acabó de morir -dijo el tercer portugués.
Cuando acabó de morir.

9)
-¿Qué hicieron entonces? -preguntó Daniel Hernández.
a. Yo me saqué el sombrero -dijo el primer portugués.
b. Yo me descubrí -dijo el segundo portugués.
c. Mi homenaje al muerto -dijo el portugués.
Los cuatro sombreros sobre la mesa.

10)
a.. Entonces ¿qué hicieron? -preguntó el comisario Jiménez.
b. Uno maldijo la suerte -dijo el primer portugués.
c. Uno cerró el paraguas -dijo el segundo portugués.
d. Uno nos trajo corriendo -dijo el tercer portugués.
El muerto estaba muerto.

11)
a. Usted lo mató -dijo Daniel Hernández.
b. ¿Yo señor? -preguntó el primer portugués.
c. No, señor -dijo Daniel Hernández.
d. ¿Yo señor? -preguntó el segundo portugués.
e. Sí, señor -dijo Daniel Hernández.

12)
-Uno mató, uno murió, los otros dos no vieron nada -dijo Daniel Hernández.

Uno miraba al norte, otro al este, otro al sur, el muerto al oeste. Habían convenido en vigilar cada uno una bocacalle distinta para tener más posibilidades de descubrir un taxímetro en una noche tormentosa.

"El paraguas era chico y ustedes eran cuatro. Mientras esperaban, la lluvia les mojó la parte delantera del sombrero."

"El que miraba al norte y el que miraba al sur no tenían que darse vuelta para matar al que miraba al oeste. Les bastaba mover el brazo izquierdo o derecho a un costado. El que miraba al este, en cambio, tenía que darse vuelta del todo, porque estaba de espaldas a la víctima. Pero al darse vuelta, se le mojó la parte de atrás del sombrero. Su sombrero está seco en el medio, es decir, mojado adelante y atrás. Los otros dos sombreros se mojaron solamente adelante, porque cuando sus dueños se dieron vuelta para mirar el cadáver, había dejado de llover. Y el sombrero del muerto se mojó por completo al rodar por el pavimento húmedo."

"El asesino usó un arma de muy reducido calibre, un matagatos de esos con que juegan los chicos o que llevan algunas mujeres en sus carteras. La detonación se confundió con los truenos (esa noche hubo una tormenta eléctrica particularmente intensa). Pero el segundo portugués tuvo que localizar en la oscuridad el único punto realmente vulnerable a un arma tan pequeña: la nuca de su víctima, entre el grueso sobretodo y el engañoso sombrero. En esos pocos segundos, el fuerte chaparrón le empapó la parte posterior del sombrero. El suyo es el único que presenta esa particularidad. Por lo tanto es el culpable."

El primer portugués se fue a su casa.
Al segundo no lo dejaron.
El tercero se llevó el paraguas.
El cuarto portugués estaba muerto.
Muerto.




Sandías y otros productos de la huerta




Dolores Labarcena



“Hola, qué tal…”. Y acto seguido un mohín lo bastante creíble, sin exceso, para agradar al público. Esto sucede en Japón, donde una compañía de trenes decidió instalar, a modo de “sonrisómetros”, cámaras fotográficas para medir la calidad de la sonrisa de sus empleados. Y claro, los obligan a practicar hasta más no poder, en el retrete, o cualquier otro sitio donde se halle un espejo, la mueca adecuada. Qué pena imaginarse a esos individuos del levante, en un día fatal, de aquellos en los que difícilmente uno puede encajarse la careta, cuando el dichoso artefacto descubre que sus movimientos faciales (los de las comisuras de la boca y el rabillo del ojo, por ejemplo) no dan la “puntuación sonrisa”.

Si no fuera por la rueda, la imprenta y otros descubrimientos a los cuales debemos el progreso, estaríamos en pañales. Pero no todo es así, y en milenios, no ha sido el “sonrisómetro” el único aparato o invento absurdo que da al traste. La lobotomía, procedimiento popularizado en los Estados Unidos por Walter Freeman, quien ni siquiera era cirujano, tenía como objetivo curar, mediante la trepanación del cráneo, (y esto con un pica-hielo) la esquizofrenia y otras enfermedades mentales. Por citar, hay maletas con W.C., artefactos para fumar los veinte cigarrillos de una caja a la vez, jaulas para colgar niños al sol (lo mismo que pájaros en el balcón), máquinas para matar bibijaguas, y etc.

Bouvard y Pécuchet, obra de imprescindible lectura, es un himno a los fenómenos expuestos en el párrafo anterior. Flaubert, conocedor de las propensiones burguesas, y receloso de cuanto le rodeaba,  se burló a sus anchas de la mediocridad y el materialismo. En esta novela inconclusa, lo excéntrico de los personajes y la aspiración errónea del conocimiento absoluto, van de la mano. Pero en cuanto asoman las ínfulas, esas que dejan al descubierto las entretelas de la idiotez, te desternillas a mandíbula batiente. ¿Quién dijo que se es agrónomo, o astrólogo, de la noche a la mañana? Para estos oficinistas retirados, un producto ellos mismos del enciclopedismo y la vulgarización del saber, no existen límites. Cargados de una energía dantesca realizan un estudio tras otro y lo aplican al pie de la letra; derrumban teorías y teoremas; experimentan con vacas, vinos y conservas; profesan el espiritismo, la frenología y hasta la hipnosis. 

Flaubert no asimilaba la búsqueda frenética del triunfo; no perdonaba la falta de prudencia. Con estocada sarcástica despeña en cada capítulo al par de tarambanas hacia un fracaso sin fin. “Creo que sí mirásemos siempre al cielo acabaríamos por tener alas”, dijo este perfeccionista de la escritura, quién retrató con crueldad casi de verdugo lo superfluo del comportamiento humano. Su novela es una de las mejores odas a la tontería de la literatura universal. 
    
Pero saliendo de Bouvard y Pécuchet y entrando en el sonrisómetro, quizás el ejercicio de los empleados ferroviarios nos parezca algo forzado, si lo comparamos con la idea que tenemos de los asiáticos: perpetuamente sonrientes y ceremoniales. En cualquier caso, lo inútil sería asombrarnos, pues muchos de estos inventos terminan en el trastero; y los más añejos ya fueron obsequiados al museo o a una trituradora. Sin embargo, en Japón las guías turísticas alientan a comprar sandías. ¿Quién no ha probado una sandía? Sí, pero la diferencia es que allí prosperan cuadradas y triangulares. Y nada, también me mata la curiosidad.





Emma Bovary nunca muere




Antonio Paniagua


A Mario Vargas Llosa el personaje de Madame Bovary le persigue. De hecho la esposa del médico rural ha dejado en el autor de 'La ciudad y los perros' una huella más perdurable que muchas personas de carne y hueso. Como pago a esta deuda el premio Nobel dedicó todo un riguroso ensayo, 'La orgía perpetua', a analizar la novela universal de Flaubert. Para Vargas Llosa, a partir de 'Madame Bovary' cambiaron muchas cosas en la literatura.
Ya no bastaba el vuelo de la imaginación para seducir al lector: tan importante o más eran la técnica, el dominio de las palabras, la arquitectura narrativa o el empleo del tiempo, aspectos en los que Flaubert demostró su maestría. Fiel a esta devoción por una obra capital, Vargas Llosa firma el prólogo de una nueva edición de este clásico de la literatura que ahora recupera la editorial Siruela. La nueva versión, traducida por Mauro Armiño, incluye tres pasajes recientemente descubiertos en los manuscritos originales y que fueron expurgados para evitar el celo de las autoridades.
La novela, que fue publicada en 'La Revue de Paris' en 1856, era escandalosa para la época. Palabras como 'adulterio', 'concupiscencia' o 'concubina' eran tabúes para los editores. Flaubert se rebeló contra esa forma de censura patrocinada por sus propios amigos, Maxime du Camp y Louis Bouilhet, y exigió la aparición del texto completo. Con todo, el escritor hubo de ceder y consintió algunas supresiones. El miedo de los editores no era baladí. Al final acabaron cumpliéndose sus augurios y Flaubert y los editores fueron denunciados por «ofensa a la moral religiosa» y «ultraje a las buenas costumbres».
Si bien el padre de 'Madame Bovary' fue absuelto, no tuvo la misma suerte Charles Baudelaire, quien fue condenado por el mismo delito cuando entregó a los lectores 'Las flores del mal', toda una afrenta para los biempensantes. Ingredientes morbosos no escasean en la obra de Flaubert. De hecho, la novela es una sabia combinación de rebeldía, sexo, violencia y melodrama. Cuenta la historia de Emma Roualt, casada con el médico Charles Bovary y poseedora de un espíritu inquieto y romántico, azuzado por las aventuras galantes de las novelitas de amor que lee de manera voraz. Pero Emma tiene la desgracia de vivir en Yonville, un pueblo aburrido de Normandía incapaz de ofrecerle la elegancia, el refinamiento y el apetito de belleza que la protagonista anhela. Emma es desgraciada porque no se resigna a su suerte, no le compensan los paraísos aplazados que promete la religión y quiere una vida en plenitud en el momento presente.
¿Por qué esa saña de la censura? En la novela de Flaubert, aunque emboscado, está muy presente el sexo. Una sombra de sensualidad tiñe de malicia muchos episodios. Hay quien contempla con temblor las prendas íntimas de Emma, otro adora sus guantes, su marido desahoga su frustración reverenciando los objetos que a su esposa le hubiera gustado poseer. Es sabido que Flaubert era un fetichista contumaz. Entre cartas y prendas de su amante, Louise Colet, el escritor guardaba las chinelas que ésta había calzado en su primera noche de amor. Como le cuenta a ella en sus cartas, a menudo sacaba el calzado para acariciarlo y besarlo.
Más allá de estos chismes, el talento de Flaubert alcanza su cúspide con esta novela. «Para muchos, 'Madame Bovary' inaugura la novela moderna y sienta las bases de la gran revolución narrativa que protagonizarían años más tarde un Marcel Proust, un James Joyce, una Virginia Woolf, un Franz Kafka y un Thomas Mann», escribe Vargas Llosa, quien tras leer la novela tomó enseguida a Flaubert como modelo de escritor, además de seguir enamorado de Emma.
El autor francés se empeñó en hacer de cada frase una creación perfecta. Por eso sometía cada oración y cada palabra a la prueba del oído: si leída en voz alta la prosa no chirriaba, entonces merecía imprimirse. Pero si algo, si una cacofonía, un bache narrativa, una pausa estropeaba el conjunto, el escritor era implacable. Revisaba no solo las palabras, sino también las ideas. «Eso hace que 'Madame Bovary' nos parezca un objeto autosuficiente, en el que nada falta y nada sobra, como en una sinfonía de Beethoven, un cuadro de Rembrandt o un poema de Góngora», sostiene el escritor peruano.
Flaubert fue de los primeros en descubrir que para dar la impresión de que las historias tienen vida propia la ficción debe ser soberana, algo que logró mediante la invisibilidad del narrador y la precisión en el lenguaje. Resulta paradójico, pero el escritor llegó a odiar a la más perfecta de sus criaturas. Le enfurecía ser recordado sólo por ser el padre de 'Madame Bovary'. Le sublevaba tanto esa asociación automática que llegó a expresar en público su deseo de quemar todos los ejemplares de la novela para evitar que su fama fuera engullida por el personaje.




Tomado de El correo.com