lunes, 3 de noviembre de 2014

Cartas a Maupassant







                                                                            viernes,

Mi querido amigo,

En cuanto a lo que me concierne personalmente, seguiré sus instrucciones de cabo a rabo. Se lo agradeceré como mejor me sea posible, luego nos veremos.

Ni más tarde que ayer, he recibido una carta de la princesa, diciéndome que cuando regrese, se representará en su casa su Historia de Antaño. Ese día, claro está, se la presentaré. Puede usted enviar su ejemplar con estas palabras: «A S.A.I  Sra. princesa Mathilde»: es la fórmula. Lo demás como usted considere apropiado.

He escrito a Huysmans una carta a la que no ha respondido. Es decir que, aunque haciéndole elogios, le decía francamente mi opinión. Si hubiese recibido una carta semejante, se lo habría agradecido al autor. Ni una palabra. ¿Qué debo pensar?

¿Está molesto? ¡Tanto peor para él! He actuado honestamente y estéticamente.

Me sorprende también no haber recibido la nueva novela de Hennique: ¿Couronneau?

Fortin me ha dicho que podría ir a París a principios de mes. Así pues, querido, nos veremos dentro de cinco o diez semanas a lo sumo. Continúo haciendo metafísica. Mi capítulo VIII está preparado. Ahora veo el conjunto y me pondré a escribirlo en ocho o diez días cuando Caroline – a la que espero mañana – haya partido.

Pienso en este momento que a mediados de la próxima semana, tendré la visita de Charpentier y Zola.
Siempre olvido rogarle que vaya a casa de Ernest Daudet a buscar el manuscrito de la Comedia. Tengo razones para no dejarlo vagabundear por casa de extraños.

Laporte, que ahora me clasifica unas notas, me encarga que le diga que «llora sobre su prematuro agotamiento».

Lo abrazo.
                                                            
                                                             cuando usted tenga tiempo,
                                                             Gustave Flaubert




Traducción de J. M. Ramos



Epitafio




Charles Cros


Aquí yacen los mensajeros del rey,
leones del mar de la Patagonia.
Dios los condujo desde la Cruz del Sur a la Estrella Polar
por el camino del contra sentido.
Ellos no hicieron nada como nadie
porque ellos murieron al revés,
como los hombres del Ponant antaño,
cuando partían a morir al Cabo de Hornos.
Ellos no tenían nada que hacer aquí,
no más que los marinos de allá lejos,
sino encontrarle un sentido a la vida.
Porque no es necesario ser un hombre,
para descubrir al fin, moribundo,
dónde se encuentra la Patagonia.




Traducción de Jorge Teillier


La cuerda de Baudelaire



Jorge Edwards


El título de esta crónica es el de un texto en prosa de Charles Baudelaire, el poeta de Las flores del mal, uno de los más grandes precursores de la poesía moderna, maestro de figuras tan contradictorias y de tanta envergadura como el inglés T. S. Eliot y el chileno Pablo Neruda. Baudelaire escribió fragmentos sueltos, bautizados por él como “poemas en prosa” y reunidos en su libro El spleen de París. Pues bien, Baudelaire, además de poeta y autor de prosas diversas, fue uno de los mejores críticos de artes plásticas de su tiempo. Fue el que intuyó mejor, con más agudeza, con más sentido profético, el desarrollo que tendría la pintura moderna. Sus comentarios sobre Delacroix y sobre Edouard Manet, entre otros, son anticipaciones de la vanguardia estética del siglo XX. El poeta comprendió a fondo los gérmenes de modernidad que existían en la obra de estos dos maestros. Los comprendió, en ciertos aspectos, mejor que ellos mismos. Sus críticas de mediados del siglo XIX, aparecidas en revistas de la época, fueron grandes llamados de atención, grandes golpes a la cátedra.

Interviene aquí un detalle importante: el fragmento en prosa cuyo título se indica más arriba está dedicado a Edouard Manet. Y hace poco se ha publicado un nuevo libro sobre el pintor, Ver a Manet, obra de un escritor y crítico notable de estos días, Frédéric Vitoux, novelista, ensayista y miembro destacado de la Academia Francesa. Podríamos escribir un ensayo sobre Vitoux y otro sobre Manet, pero me limito a dar un fragmento, una chispa, una pista, consciente de que me salgo de la actualidad, de que no hablo, por ejemplo, de nuestros aniversarios, y no por evitarlos. Tener que escribir siempre de la actualidad es una forma de esclavitud, y no poder escribir nunca sobre ella es otra.

La historia de Baudelaire se basa en un episodio personal que Manet, su amigo, le había contado. A sus veinte y tantos años de edad, Manet, hijo de un magistrado, nieto por el lado materno de importantes hombres de empresa, trabajaba a un ritmo intenso, febril, como pintor desconocido, lleno de ambición, de voluntad férrea, en un modesto taller de la calle de la Victoria. Conoció a una familia vecina que se encontraba en la miseria, llena de hijos que no podía educar ni alimentar, y se hizo cargo de uno, Alejandro, de alrededor de quince años de edad. Alejandro barría, limpiaba los pinceles, corría con los mandados, a cambio de la comida, de un jergón donde dormir, de modestas propinas. Era, en general, en días normales, simpático, vivaracho, alegre. Sirvió de modelo para un célebre retrato suyo al óleo, El niño de las cerezas, que se encuentra ahora en la Fundación Gulbenkian de Lisboa. Sin embargo, como le había comentado alguna vez el pintor a su amigo el poeta, tenía un carácter algo extraño, cambiante, que atravesaba por momentos de tristeza, de melancolía profunda. Nosotros habríamos dicho que era un bipolar, un depresivo, pero los hechos y sus dos notables testigos son muy anteriores al desarrollo de la psiquiatría moderna. Manet alcanzó a contarle a su amigo el escritor que Alejandro se había aficionado en forma desmedida a los dulces y a los licores. Había notado, además, que hacía pequeños latrocinios, pequeñas trampas, a fin de satisfacer estas inclinaciones. Un día, el pintor descubrió una de estas jugadas del chico y lo increpó duramente. Lo amenazó, incluso, con devolverlo a la casa de sus padres, donde la vida era un infierno. El libro de Vitoux revela que Edouard Manet era un hombre meticuloso, ordenado, elegante y de mal carácter. Era susceptible y bastante cascarrabias, de manera que la escena de molestia con el muchacho debe de haber sido fuerte, probablemente violenta, salpicada de gritos y coscachos, quizá de bastonazos. El pintor estuvo ausente toda la tarde, regresó al anochecer y descubrió, espantado, horrorizado, que Alejandro se había colgado de una viga.

Cuando escribió la prosa de El spleen de París, Baudelaire agregó un detalle macabro. Se decía que las cuerdas de los ahorcados traían suerte y se vendían a buen precio. En la prosa baudelairiana, la madre del chico visita al pintor, al parecer por emoción, para conocer en detalle el final de su hijo, pero las últimas líneas del fragmento en prosa revelan que lo hace para pedirle las cuerdas y venderlas. Es una vuelta de tuerca en la sordidez, ¿otra flor del mal? Baudelaire vivía en esos años en una buhardilla, no tan lejos de la miseria completa. Su visión de la gran ciudad, de los derrotados de la urbe moderna, de sus tabernas sombrías, de sus suburbios, era negra. El relato de Manet le vino como anillo al dedo para las prosas que estaba coleccionando. La palabra spleen, en esos años del post romanticismo, del simbolismo, de los poetas malditos, estaba de moda. Era otra forma de la depresión, de la tristeza, del abatimiento. El autor se convirtió, a pesar de eso, en uno de los clásicos de la modernidad. Edouard Manet, en otro.

Los retratos y fotografías de Manet dan testimonio de un hombre alto, impecablemente vestido, de mirada entre severa y burlona. Usaba una cadena de reloj encima del chaleco, una barba bien cortada, corbatas gruesas, pantalones claros, y a veces se ponía un sombrero de copa. Así lo pintó su amigo Fantin-Latour en 1867. Abajo del cuadro, en el lado izquierdo, escribió con la más perfecta sobriedad: “A mi amigo Manet”. Eran costumbres y modos de otros tiempos, no se sabe si peores o mejores.



domingo, 2 de noviembre de 2014

Tartamudeo cubano




Damián Tabarovsky


Cintio Vitier no gozaba de buena reputación. Su conservadurismo estético va de la mano del hecho de haberse convertido en uno de los poetas oficiales de la Cuba de Castro (no se convirtió en poeta oficial pese a ser estéticamente conservador, sino al contrario, precisamente por eso). Recuerdo ahora un drástico ensayo de Antonio José Ponte sobre Vitier (¿dónde lo leí? ¿En el Diario de Poesía?) y muchas otras discusiones en el mismo sentido. Mi posición no es muy lejana a la de Ponte, pero matizada por un solo aspecto: cierta desmesura –tal vez involuntaria– que aparece en el texto clave de su obra, que por supuesto no es su poesía ni su narrativa –muy menores– sino un ensayo: Lo cubano en la poesía. Publicado en 1958, unos meses antes de la Revolución (la edición que yo tengo, de 2002, está prologada por Abel Prieto, ministro de Cultura de Cuba entre 1997 y 2012), la desmesura a la que aludo reside no sólo en el título sino en la pregunta misma: la búsqueda de la “presencia, la evolución y las vicisitudes de lo específicamente cubano en nuestra poesía”. Por mi parte, la sola idea de preguntarme por “lo argentino” en la poesía me aterra, y tal vez por eso, porque lo opuesto me atrae, me produce cierta envidia la forma liviana en la que Vitier formula su pregunta y esgrime sus respuestas. Obviamente, más allá de la esforzada prosa de Vitier, y más allá de su pálido deseo, lo cubano –como lo argentino, lo boliviano, etc.– adopta diversas formas, muchas veces antagónicas. Lo cubano –como lo argentino, lo boliviano, etc.– es un combate de tradiciones.

Llegando al presente, encuentro dos formas en que lo cubano se expresa (aunque por supuesto hay muchas más). A una, podríamos llamar “lo cubano for export”, cuyo máximo publicista es Leonardo Padura. Adoptando la prosa populista y antiintelectual de buena parte del policial negro contemporáneo, su Cuba es la de los lugares comunes del privilegiado (daiquiri, jineteras, toquecillos de crítica social). Dejo este punto aquí para avanzar sobre otro tipo de cubaneidad, a la que podríamos llamar “locura cubana”. Virgilio Piñera, proscripto durante décadas por homosexual y por disidente –hoy, años después de muerto, reivindicado desde el Estado– sería su principal exponente en la segunda mitad del siglo XX. Juan Carlos Flores (La Habana, 1962) es su continuador más extremo. El contragolpe (y otros poemas horizontales), editado por Letras Cubanas en 2009, es una pequeña proeza que recuerda a Ponge, pero también la violencia angustiosa de un tartamudo queriendo expresarse. Porque esos pequeños poemas en prosa funcionan bajo el modo de la repetición, del que no logra avanzar, del que, cuando avanza, descarrila. En un poema llamado “Mea culpa por Tomás”, escribe: “Tomás, niño venido de la Unión Soviética, a quien nosotros llamábamos ‘cabeza de bolo’. Porque se alimentaba mejor que nosotros, a golpear a ‘cabeza de bolo’, porque se vestía mejor que nosotros, a golpear ‘a cabeza de bolo’, porque tenía mejores juguetes que nosotros, a golpear a ‘cabeza de bolo’, porque sacaba mejores notas que nosotros, a golpear a ‘cabeza de bolo’, para que ninguna niña lo mirase, a golpear a ‘cabeza de bolo’. Creo que frente a Tomás, todos nos sentíamos un poco checos”. ¿Habrá leído Flores El niño proletario?


Tomado de Perfil.com



Entre los colegiales de los Karamázov




Antonio José Ponte


Te gritaron también como le gritan
al que toma unas piedras en la calle,
y te echaron en cara delgadez,
poca fuerza
en unos ejercicios que los demás salvaban.
Tu inteligencia que la reconocieran los maestros,
el buen carácter en tu casa.
Los de tu edad sólo veían cuánto te demorabas
en responder a los insultos con insultos.
No eras como los otros.
Lo quisiste
o lo quisieron ellos para ti.
Eras ese muchacho cargado de piedras
entre los colegiales de los Karamázov.
Buscaste como él volverte algo sin vida
(un cristal, una estrella, un adulto lejano),
vivir en otro día...
La pelea, sin embargo, no estaba terminada.
Tantos años después, todavía tú gritas
“Hazte piedra,
golpea”.