Leonardo
Sinisgalli
Quien
ama demasiado la naturaleza corre el riesgo de perder el resto del mundo. El poeta
debe rechazar las monerías de la creación. La naturaleza parece fabricada para los
inocentes, los enfermos, quizá para los idiotas. El niño desde sus primeras
creaciones, no hace más que escarnecerla. El niño, como el poeta, es enemigo de
la evidencia.
Nos hemos dejado seducir por el rechazo del
método, por una cierta improvisación genial. La poesía hecha a la carrera. La poesía
que surge de noche o asoma sólo en trance. La pitonisa que pierde el control y
dice necedades sublimes o pueriles enigmas. Creemos encontrar siempre alguna
tuberosa en medio del rastrojo, la perla en la basura. Nos hemos vestido con
ropas usuales, nos hemos contentado con los apuntes escritos en los puños o en los
recortes de periódico. Hemos hinchado la felicidad de un instante hasta
ilusionamos de llenar una vida. Nada de liturgia, de ritos, de bohéme. Nuestra poesía surge de días,
banales, nace sin fundamento sobre un cúmulo de detritus, sobre un terreno agotado.
No es posible hacer del poeta un speaker ni
tampoco un sacerdote. Es muy difícil lograr una conquista con un ejército de
mendigos. Resulta imposible sostener a una tribu sólo con parábolas y proverbios,
sin recurrir a las Ieyes. ¿Qué es lo que le envidiamos a los Verlaine, a los Nietzsche,
a los Campana? No tanto su poesía cuanto sus vidas. Un equipo de poetas puede
convertirse en un equipo de burócratas. Quizá es el único remedio para salvar
la poesía. Para salvar la poesía es preciso formular una disciplina, una regla,
transformarla en instituto, arrancarla a la voluptuosidad de los hobbies. Transformar a la pléyade en rigurosísima
staff, talvez en confraternidad.
Existen muchas disciplinas, la ateniense, la espartana, la claustral, la
kafkiana. Rechazar decididamente las soluciones cortesanas, renacentistas o
chinas. Ya no es posible hacer un Poeta de un vagabundo, de un haragán, de un degenerado.
Es más probable que surjan de los seminarios y las escuelas politécnicas.
Fermi. Galois y Caccioppoli ¿acaso perdieron su genio al frecuentar las
escuelas y los laboratorios? Es necesario garantizar a los poetas la libertad,
que es lo contrario del libertinaje. Es preciso combatir el equívoco del
malditismo, de los ladrones del fuego, de los hijos del Sol. Acabar al fin con
los milagros execrables.
Los críticos le piden a la poesía conceptos y
sistemas. Leo agudos análisis, me informo acerca de todas las operaciones
quirúrgicas, algunas muy delicadas, que ellos conducen con la mordaza puesta
para llegar a la médula espinal del pobre poeta deshuesado. Le atribuyen capacidades
nerviosas, intelectuales, dialécticas. Buscan la lógica en los poetas. ¡Y
pensar que la filosofía de los poetas es una cosa tan pobre comparada con su
poesía! Su inocencia ayuda a la poesía mucho más que la ciencia. Mi esfuerzo
por escribir versos se ha debido precisamente al desprecio de mi sabiduría. He
ido creciendo sin obtener ninguna certidumbre que pudiera servir de estructura
para mi poesía. Creo que aún no sé cuál sea precisamente el oficio del poeta.
No conozco una sola norma válida en tal sentido. No es posible prever los
buenos o malos resultados. Nunca le he pedido a la poesía que me ayude a
resolver mis problemas. No he tenido la posibilidad ni la paciencia de
conformar mi desorden según los caprichos de la poesía y la inspiración. He esperado
en horas determinadas. El poeta no predispone: cosecha. Sus predilecciones pueden
parecer desconcertantes: crea las jerarquías en el momento. No anda en pos de la
liebre: busca la unidad. Los versos tienen una concatenación que no se revela
en la superficie. Convergen hacia un punto donde las estratificaciones pueden
ocultar un corazón inhallable, pese a cualquier sondeo. El crítico, a menudo,
es ese pequeño animal que se arrastra sobre la esfera y nunca llegará al
centro, porque no conoce la fórmula, la forma.
Comienza a disgustamos demasiado tarde la
voluptuosidad expresiva, como cuando logramos distinguir una golosina de una porquería
que deja de apetecernos. Creíamos que la belleza debía vestir los cambiantes atuendos
de la naturaleza; que la belleza era la imagen dela vida, triunfo de la sangre,
de la energía. La belleza no es el destino del arte. El arte es pérdida, no ganancia.
El
tedio desinfla a lo verdadero, desarma a la realidad. Destruye los nexos, borra
los confines.
Después
de tantas lecturas obscenas, casi hasta gastarme toda la plata y el cuerpo:
después de tanto fanatismo y peregrinaciones, regresa el puro, grácil y delicado
perfil de un poeta de la doctrina y de la soledad, compañero del dolor y de la muerte.
Sin ninguna obscenidad, sólo cierto vicio, algún pecado pueril, y su sabiduría
sin improvisaciones, sin escándalo.
Quien busca los mitos no los encuentra. La
poesía los ha rechazado.
La identidad y la simetría vista por un ciego.
Las facciones son la música de los sordos. Las ecuaciones: las manos acaparan
una conquista del intelecto. No puede resolver ecuaciones quien pierde los
sentidos, quien sueña, quien se envenena, quien duerme.
El poeta es llevado necesariamente a
contradecirse, anegarse, a destruirse. En los poemas recoge sus huesos, sus fragmentos,
su ropa, sus excrementos.
No hay que pedirle fe a la Poesía. No es agua,
no es vino. No apaga la sed ni adormece. Ni siquiera nutre.
Grande o pequeño, el poeta sobrevive en su
obra. Tengamos piedad de él. Muy pocos, a los elegidos, tienen la suerte de
morir en el momento justo. Condenado a crecer tras la gloria que iluminó su
frente de muchacho, esconde el cetro y termina sus días en un lugar
clandestino. Se
aparta en una tienda o en un bazar, en un almacén o en una oficina. Vivo aún,
se sepulta en la memoria de los compañeros.
Traducción Guillermo Fernández
Tomado de La
Colmena, 2002.
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