domingo, 16 de abril de 2023

Miguel Ángel Asturias: La poesía china

 

Diario de la Marina, 16 de enero de 1927, p. 33. 

A orillas del Jo-Yeh

 


Li-Tai-Po


Recogen las bellas nenúfares

en las orillas del Jo-Yeh;

entre los ágiles bambúes

semiocultas, rién de placer,

y el agua refleja sus túnicas

que aroman la brisa, de té.

De súbito se oyen jinetes

que cruzan la ruta montés;

relincha un caballo; su dueño

lo para por ver, y no ve.

Escruta los sauces en vano.

Silencio. Se aleja después. 

En tanto una linda muchacha

soltando sus flores al pie, 

refrena en su pecho a dos manos

a Amor, que lo quiere romper.



Traducción: Guillermo Valencia 


Diario de la Marina, 11 de junio de 1929, p. 16. Guillermo Valencia: Obras poéticas completas, 1925, p. 323. 


miércoles, 5 de abril de 2023

El pliegue de la noche




 Rogelio Saunders


—Vamos a ver el combate.

—¿El combate?

—Sí, hay uno solo, que se celebra cada noche en el Polo. (El Polo es un local grasiento donde caben unas 3000 personas, apretujadas de tal modo que ahí no puede entrar ni un mosquito.)

—Pero, ¿no es un deporte demasiado violento?

—Al contrario. Es nuestra principal diversión. Y lo mejor es que ya sabemos el resultado.

—¿Cómo? ¿Ya conocen el resultado?

—Se trata del mismo combate, que tiene lugar cada noche en los mismos términos. (Es un solo combate que no tiene fin, o que no ha comenzado todavía.)

—¿Y puedo asistir yo también?

—Naturalmente. Pero lo más importante es que no se aparezca con ningún sombrero.

—Claro, porque en un local como ése, si uno lleva sombrero…

—No. Lo del sombrero es una tradición. Sería una ofensa muy grave llevarlo.

—Nos vemos esta noche.


Ya estaba allí, apretujado con los otros 3000. (Supongo que yo era el 3001.) Pero no veía nada, de modo que mi compañero, situado unas gradas más arriba, trataba de describirme lo que veía. Nadie me había dicho nada de las gradas. El calor era agotador. Y la luz saltaba despiadadamente sobre las calvas redondas y daba como un relámpago en las nucas. Al parecer, un contrincante había sujetado al otro por la manga y se la había arrancado de cuajo. Pero eso era todo. Ahora comprendía la dificultad del juego (o el espectáculo). Le pregunté a mi compañero si podíamos acercarnos más, para ver la acción por completo.

—¡No!—me gritó desde arriba—. ¡Además, no serviría de nada. Los primeros 2000 son jueces!

—¡Pero —grité a mi vez por entre el ruido ensordecedor— ellos sin duda han visto ya todo lo que pasa!

—¡En absoluto! —gritó él, mirándome desde arriba con una mirada furiosa—. ¡No pueden ver nada. Son ciegos!

No me sorprendió tanto esa noticia como una especie de rumor que recorría la sala y que empezaba en las primeras filas y luego se arrastraba como una serpiente hasta alcanzar las gradas más altas, que no veía tampoco, porque el gesto de girar la cabeza me producía un latigazo profundo, instantáneo.

Entre los gritos, la iluminación y el calor, pensé que iba a desmayarme de un momento a otro. Finalmente, y sin que se supiera cómo, todo terminó. Salimos a la noche.

Le pregunté a mi compañero cuántas noches harían falta para ver todo el combate, o al menos para tener una idea de lo que ocurría en él. Aquel vislumbre de una manga rota no me satisfacía en absoluto.

—Oh, no te preocupes por eso. Nadie ha visto el comienzo del combate, y nadie sabe lo que sucede en él.

—¿Cómo? ¿Nadie ha visto el combate completo?

—Así es. Y es por eso que nos apretujamos desde hace décadas en el recinto grasiento del Polo, con nuestros trajes oscuros y nuestras cabezas completamente calvas. Tú has tenido suerte (o mejor dicho: un privilegio excepcional). Primero, porque no eres calvo, como todos nosotros (instintivamente, me llevé la mano a la cabeza), y segundo, porque has podido ver, en una sola noche, lo que otros han tardado años en ver o no han visto nunca.

—¡Pero —exclamé—, sólo tengo el vislumbre de un agarre y una manga rota! Y además, yo no vi nada. Me lo gritaste tú desde arriba.

Mi compañero dejó resbalar sobre mí una mirada de reproche (o quizá era compasión, una compasión profunda, infinita).

—No hay que dudar nunca del testigo —me dijo—. De lo contrario, no tendría ningún sentido ir al Polo. Tienes que confiar en el testigo como en tus propios ojos.

Volví a pensar en que tenía ojos, y en que veía.

En ese momento no recordaba ya casi nada de lo que había sucedido en el local grasiento y enorme, e incluso mi antiguo compañero se hacía borroso con sus largos pies y sus zapatos puntiagudos, y su larga figura reflejada sobre los adoquines mojados de la ciudad vieja.

Tuve de pronto una revelación y, sentándome en la cama, le pregunté a A. qué pensaría si, aprovechando el hecho de que acababan de abrir una barbería en la esquina, con un vistoso anuncio helicoidal de color rojo, azul y blanco, iba y me pelaba completamente al rape. (Pero no al rape, le dije, porque esa palabra suponía aun que antes había habido algo de pelo, y yo me refería a otra cosa.)

Los ojos de A., que no hablaba nunca (y no por-que no pudiera) se iluminaron (o era el brillo dudáneo de esa luz que me seguía a todas partes y que ahora le daba en la cara), como si hubiera estado esperando esa proposición desde el día en que volvimos a encontrarnos frente al alto edificio de oficinas con sus ventanas rectangulares rotas.

Nos abrazamos. Ella dijo que mi abrazo era un abrazo frío, como el de un ahogado. Yo miré hacia arriba, esta vez sin dolor, y aunque no veía el sol, todavía guardaba en el bolsillo la castaña deforme y deslucida.

Ella y yo sabíamos que era la primavera, con el ruido ni alegre ni triste de la floristera que vendía sus flores de papel. Era un chirrido de ruedas oxidadas, como el de un antiguo cochecito de niños.

La figura en el espejo, con su incongruente sombrero hongo, lo sabía también.

—Adiós —le dije a A.

Miré por encima de las fragmentarias, alargadas y caprichosas formas de los techos hasta que mi mirada tropezó con la silueta de algo parecido a un campana-rio o una catedral y en lo que sin duda sonaría un gran reloj como una gran campana que despertaría a toda la ciudad y quizá a otras ciudades también.

Ya era de noche. Pronto sería de día, pensé. Tengo que volver.

Y corrí.

 

                                                                     (Sabadell, 31.10.2021)

 

sábado, 1 de abril de 2023

Agos. 7, 1972

 

Carl Rakosi

 

 

El otro día

                   estaba tecleando Agos. 7, 1972

y olvidé

                poner la minúscula.

De inmediato un mensaje

                                                apareció

que circula con normalidad

sólo entre los de su especie:

                                                   AGOS. &,!( &@.

Tenía el aura de lo impenetrable.

                                                           De hecho,

no necesita ser entendido en absoluto,

incluso si concierne a los seres humanos.

Ese fue su mayor encanto.

                                               En suma

estaba basado

                        en lo incondicional,

uno de los atributos de la belleza.

 

 

AUG. 7, 1972

 

The other day

                       I was typing Aug. 7, 1972

and forgot to

                       drop to lower case.

Instantly a communication

                                                    appeared

which circulates ordinarily

only among its own kind: 

                                    AUG. &, !( &@.

It had the allure of the impenetrable.

                                                     In fact,

it didn't have to be understood at all,

even on whether it cared for human beings.

That was its greatest charm.

                                               In short

it was grounded

                       on the unconditional,

one of the attributes of beauty.


Versión M. Varón de Mena 


sábado, 18 de marzo de 2023

Radiograma a Don Luis de Góngora

 



Luis Cardoza y Aragón


¡No sé verdaderamente cómo imaginarle, claro y enorme amigo!

Le veo en un jardín de orquídeas, Júpiter jovial,

un haz de infinitos en la mano.

Como un laberinto de espejos poblado de sirenas,

como un gran caracol marino,

como un gigante con temor de niño,

como una guillotina que cortase rosas,

como un calidoscopio de ternuras.

¡No sé verdaderamente cómo imaginarle!

He ahumado mis lentes para verle mejor.

Su verso madrepórico, lleno de miel y alcohol,

me ciega... Aladino enloquece en su cataclismo de milagros:

usted es el más antiguo ejemplo de movimiento perpetuo

y el más moderno de todos los poetas.

Sus versos: claros peces en globos de cristal,

maravilloso acuario,

todo es en usted terriblemente oceánico,

¡oh pulpo con manos de ángel!

Temo al abrir su libro que los versos vuelen;

Mallarmé escribió su vida —simple y maldita—

con plumas de las alas de esos pájaros de sol.

Abrió usted las esclusas del cielo

y el cielo nos diluvia

llanto delicado:

¡qué canto el suyo, capilar y concéntrico, universal,

con el centro en todas partes, como decía Pascal

de los espacios!

La Villa Láctea de su canto es futura maravilla

de cotidiana aurora como el sol.

El tiempo para usted no existe.

Es tan grande su obra

que jamás podrá ser plenamente actual:

resbala entre los años, como un pez entre mis manos,

joven de cien años a cada centenario.

No seré inoportuno enviándole mis libros;

nada tienen que hacer en esta perentoria

 declaración de amor,

oda fracasada, epopéyica y conversadora,

para mis sueños cebo, como a peces fuese anzuelo.

¡Ah!, su Musa tan bella en su estrabismo:

sus manos fueron otras, sus labios y sus ojos otros,

para vivir con esa vida de continente muerto.

Atlántida, Cipango poético,

dígame a mí, su hermano mínimo,

para quien es usted enorme y tierno, como nodriza a un niño,

si el sueño es vida gongorizada,

¿qué fue su sueño?

 

                                                      1927