martes, 14 de marzo de 2023

(a)notaciones Wittgenstein y Uhland

 


 Rogelio Saunders 

 

Graf Eberhards Weißdorn

Johann Ludwig Uhland 

(1787 - 1862)

 

Graf Eberhard im Bart

Vom Würtemberger Land,

Er kam auf frommer Fahrt

Zu Palästina’s Strand.

 

Daselbst er einsmals ritt

Durch einen frischen Wald;

Ein grünes Reis er schnitt

Von einem Weißdorn bald.

 

Er steckt’ es mit Bedacht

Auf seinen Eisenhut;

Er trug es in der Schlacht

Und über Meeres Flut.

 

Und als er war daheim,

Er’s in die Erde steckt,

Wobald manch neuen Keim

Der neue Frühling weckt.

 

Der Graf, getreu und gut,

Besucht’ es jedes Jahr,

Erfreute dran den Mut,

Wie es gewachsen war.

 

Der Herr war alt und laß,

das Reislein war ein Baum,

Darunter oftmals saß

Der Greis im tiefsten Traum.

 

Die Wölbung, hoch und breit,

Mit sanftem Rauschen mahnt

Ihn an die alte Zeit

Und an das ferne Land!

 

“In a letter dated 4 April 1917, Engelmann enclosed ‘Count Eberhard’s Hawthorn’[1], Uhland’s poem recounting the story of a soldier who, while on crusade, cuts a spray from a hawthorn bush; when he returns home he plants the sprig in his grounds, and in old age he sits beneath the shade of the fully grown hawthorn tree, which serves as a poignant reminder of his youth. The tale is told very simply, without adornment and without drawing any moral. And yet, as Engelmann says, ‘the poem as a whole gives in 28 lines the picture of a life’. It is, he told Wittgenstein, ‘a wonder of objectivity’:

Almost all other poems (including the good ones) attempt to express the inexpressible, here that is not attempted, and precisely because of that it is achieved.

Wittgenstein agreed. The poem, he wrote to Engelmann, is indeed ‘really magnificent’:

And this is how it is: if only you do not try to utter what is unutterable then nothing gets lost. But the unutterable will be – unutterably – contained in what has been uttered!”[2]

En una nota a estos fragmentos subrayados en el ebook, escribí: Cuánta falsedad. Dos que no saben qué es poesía convertidos en dómines de la poesía.

(Tampoco —o aún menos— sería convincente la intención de ilustrar un postulado lógico con un poema (es decir: con la poesía). Argüir que Wittgenstein no se proponía juzgar el poema mismo [como poema], sino la cualidad de éste de “expresar lo inexpresable”. Eso no sería sino confusión y sofisma [inaceptable en quien tendría que ser claro y preciso], porque “expresar lo inexpresable”[3] es precisamente lo que hace la verdadera poesía, pero sólo en cuanto poesía, es decir: cuando tiene la intensidad, la profundidad y la originalidad[4] de la [verdadera] poesía.)

Todo lo cual puede resumirse del siguiente modo:

a)    la lógica de Wittgenstein puede ser llamada de diferentes maneras, pero sin duda no es una lógica filosófica

b)    Ludwig Wittgenstein no sabía qué es la poesía (lo poético)

c)    el poema de Eberhard no tiene nada que ver con lo que se ha descrito en inglés (pomposamente) como “the utterance of the unutterable” (juego de palabras tan endeble[5] como el poema mismo)

d)    lo increíble es el manoseo infinito con lo falso y la increíble mitologización [de Wittgenstein y de Eberhard], que no es sino añadir más falsedad a esa “montaña de huesos” que llega ya al mismísimo cielo

Aclaración (hablando con Susanne):

[No hay que decir que la poesía es la “expresión de lo inexpresable”, porque es seguir una lógica viciada en la raíz.]

Susanne me dice: “Wittgenstein no ve el poema como un poema, sino como una serie de proposiciones lógicas.”

Le digo: Eso es falso. El amigo de Wittgenstein comienza diciendo que este poema, “a diferencia de los otros, incluso los buenos” (¿cómo sabría él que son “buenos”?), consigue expresar lo inexpresable precisamente porque no se lo propone (“Almost all other poems (including the good ones) attempt to express the inexpressible, here that is not attempted, and precisely because of that it is achieved”[6]). (Son, pues, el amigo de Wittgenstein y Wittgenstein mismo los que comienzan diciendo que:

a)    los [demás] poemas tratan de “expresar lo inexpresable”, y que ése es precisamente su error, pues

b)   la condición necesaria para que lo inexpresable sea expresado es precisamente no proponerse expresarlo.

Pero:

En el principio mismo (y por eso digo que la raíz está viciada) hay dos suposiciones falsas (de Wittgenstein y de su amigo):

a)    que el poema [de Uhland] “expresa lo inexpresable” (id est: que contiene lo (o algo) inexpresable; y que lo inexpresable ha quedado expresado en él de una manera “simple” y “objetiva”, [precisamente] porque Uhland no se ha propuesto hacerlo, sino simplemente “contar una historia, sin adornos y sin ninguna moraleja”

b)    que la poesía (“los otros poemas, incluso los buenos”) han “tratado de expresar lo inexpresable”  

(Por otra parte, ninguno de ellos ha hablado en ningún momento del texto de Uhland como otra cosa que como un poema, y en ningún caso simplemente como un “texto que contiene proposiciones lógicas”, porque (y esto es lo que le dije a Susanne) en esa categoría cabrían no sólo miles, sino cientos de miles o incluso millones de textos. No. Ellos hablan específicamente de la poesía (“los demás poemas”), y de este poema en particular (el de Uhland).)

Pero:

1)    Hay una gran diferencia (ontológica, raíz) entre “querer expresar [algo]” y “expresarlo” (el arte no quiere ser nada: el arte es; Wittgenstein no comprende esto, es decir: no comprende qué es la poesía y no comprende qué es el arte; la intención de la poesía es desconocida (Wittgenstein debió leer a Lezama), y es esta hipertelia extrema la que la hace ser lo que es (pues ella solamente es);  

2)    en el poema de Uhland no hay nada inexpresable, y su (supuesta) objetividad es una objetividad ficticia

3)   la de Wittgenstein es una visión subjetiva (nada objetiva) errónea del carácter de la poesía y del carácter de ese poema en particular; es, de hecho, una mistificación (algo a lo que el pensador vienés se veía más que inclinado)

Wittgenstein se vería en un gran aprieto si tratara de señalar qué es lo inexpresable expresado en el poemilla de Uhland. Aquí hay que poner en su lugar al pseudo místico y decir que lo único verdaderamente inexpresable es lo que no puede ser conocido[7].

Por lo demás, Wittgenstein recuerda mucho a Beckett (el parentesco es más que evidente): No la lógica del lenguaje, sino la asociación de la lógica al lenguaje (y, de hecho, la sujeción del lenguaje a la lógica). En el caso de Beckett, esta asociación es ficticia (ocurre dentro de lo ficticio y, desde luego, no puede ser integral —y además, tiene una relación evidente con la retórica [VER: retórica y lógica]). En el caso de Wittgenstein, la reducción (sujeción) es a la lógica algebraica o matemática (simbólica). (Aunque, en este caso, no se trata de la lógica específica del cálculo, sino de una generalización que no abandona la reducción extrema del principio matemático.)

Dice Beckett: “Para que lo que estoy tratando en vano de decir  pueda ser en vano tratado de ser dicho”. Sonaría bien (seductor, incluso), pero: ¿dónde ocurre? ¿dónde tendría validez esa afirmación? (¿en la lógica? ¿en la ficción?).

Hay que decir, sin embargo, en favor de Beckett, que:

a)    sabía que era un mistificador, y

b)    nunca se propuso ser un místico (ni verdadero ni falso)

dado que

tanto da querer ver a Dios en la lógica como en las hojas del té (dijera lo que dijera Spinoza), porque en cualquiera de los dos casos sólo se estarían viendo visiones.

Quizá lo mejor hubiera sido responderle, a vuelta de correo, con este texto de Paul Celan:

Ölig still

schwimmt dir die Würfel-Eins

zwischen Braue und Braue,

hält hier

inne, lidlos,

schaut mit.

O con este fragmento de José Lezama Lima:

Más que lebrel, ligero y dividido,

al esparcir su dulce acometida,

los miembros suyos, anillos y fragmentos

ruedan, desobediente son,

al tiempo enemistado.

 

 

Rogelio Saunders

(Berlín, 23.01.2023)

 

Post-Scriptum:

El asunto, sin embargo, es mucho peor. Antes de escribir estas notas no había leído en profundidad el intercambio de cartas entre Wittgenstein y Engelmann a apropósito de Uhland. Ahora lo he hecho. Y lo que he descubierto confirma lo que había intuido ya: ni Wittgenstein ni Engelmann sabían nada sobre la poesía. Más aún: eran absolutamente incapaces de comprender la poesía que les era contemporánea. En la carta anterior a aquella en la cual Engelmann le envía el poema de Uhland, Wittgenstein le dice que ha recibido dos libros de poemas de Albert Ehrenstein, y a continuación expresa una opinión realmente indigna, como sólo podría expresarla el más ignorante, cavernario y conservador de los pequeñoburgueses de su época. ¡Y estaban hablando (porque Engelmann compartía la opinión de Wittgenstein) sobre uno de los nombres insoslayables del expresionismo alemán![8] De hecho, Wittgenstein le pide a Engelmann que le envíe “poemas de Goethe” (“el segundo tomo de su Poesía, donde están los Epigramas venecianos, las Elegías y las Epístolas”), así como poemas de Mörike (Reclamo), “como antídoto” [9]. He aquí la raíz del mal, y la razón por la cual la frase que Wittgenstein aplica al texto de Uhland (“El poema de Uhland es realmente extraordinario. Ocurre de este modo: Si uno no se esfuerza por expresar lo inexpresable, no se pierde nada. Más bien, lo inexpresable queda contenido, inexpresablemente, en lo expresado”[10]) es una frase que, como de la Beckett, suena bien, pero que a diferencia de la de éste (animada por el sueño de la ficción), está absolutamente vacía.

 


[1] Traducción al inglés:

 

Count Eberhard’s White-thorn-bush

 

Count Eberhard-im-Bart

From Würtemburg’s fair land

Went on a pious pilgrimage

To Palestina’s strand.

 

As through a leafy wood

He took bis lonely way;

He cut from off a hawthorn – bush

A green and healthy spray.

 

Upon his cap of steel 

He placed it carefully;

He wore it in the battle’s brunt,

And o’er the flowing sea.

 

And when he reached his home,

He placed it in the earth;

Where soon to many a swelling shoot

the genial spring gave birth.

 

The Count, good knight and true,

As year by year went by,

Would mark how strong, how tan it grew

With well-contented eye.

 

The Count was old and weak,

The sprig was now a tree;

Beneath its shade he oft would sit

And dream deliciously.

 

The arching boughs o’erhead,

Low-murmuring, softly bore

Sweet memories of the olden time

And that far-distant shore.

[The songs and ballads of Uhland. Translated from the German the Rev. W. W. Skeat. M. A. Late fellow of Christ’s college, Cambridge. Williams and Norgate, 14, Henrietta Stebbt, Covent Garden, London; and 20, South Frederick Street, Edinburgh. 1864.]

[2] Ray Monk: Wittgenstein: the Duty of Genius.

[3] Utterance (para seguir con el juego de lenguaje, pero aterrándolo) que quiere decir mucho y que no dice nada.

[4] Cualidades que se derivan de forma natural de la relación (nueva y única, altamente creativa) que el [verdadero] poeta tiene con el lenguaje. Extraño [muy extraño] que el dómine del lenguaje y de lo “indecible” no vea aquí lo eminente (lo supraeminente) del lenguaje. Es la relación (nueva y única) entre las palabras la que “dice lo indecible” (sin proponérselo).

[5] Lo he llamado “endeble” para no decir, de plano, que no es poesía (teniendo en cuenta, además, la imitación de las baladas y gestas antiguas que era, por así decirlo, la especialidad de Uhland, y la figura de Eberhard, “el de la barba florida”, al que le dedicó dos poemas. Pero precisamente aquí hay otro argumento en contra de la supuesta “falta de propósito” del poema, pues, ¿cómo puede carecer de propósito un texto que empieza por ser la imitación de algo mucho más antiguo y que fue genuinamente sencillo en su época (como fue genuinamente sencilla en su época la poesía española del siglo de oro), pero que aquí (en Uhland) es ya algo artificial (la invención de un pasado)? Hay, en cambio, en el texto otras cosas que Wittgenstein y su amigo no vieron ni por asomo. Por ejemplo, le dije a Susanne que el “Weissdorn” (el espino blanco), la planta a la cual pertenece la rama cortada por Eberhard, se asociaba en la fitoterapia al corazón, y que las antiguas tribus germánicas tenían al parecer un gran conocimiento de las plantas. Y Susanne me dijo a su vez que la palabra “Reis” (“rama”, además de “arroz”) remitía a la figura de Jesús de Nazareth, a través del uso de esa palabra en los Evangelios. Profundizar en eso (y ver por tanto un subtexto diferente en los textos de Uhland) hubiera sido sin duda mucho más interesante y enriquecedor).

[6] „Es ist ein Wunder von Objektivität. Fast alle andern Gedichte (auch die guten) bemühen sich, das Unaussprechliche auszusprechen, hier wird das nicht versucht, und eben deshalb ist es gelungen.“ (“Es un milagro de objetividad. Casi todos los demás poemas (incluso los buenos) se proponen expresar lo inexpresable; aquí no se ha intentado hacerlo, y precisamente por eso se ha conseguido.”)

[7] Lo que hace un poema no es ocultar algo, ni revelar algo; más bien: lo que en él toma forma sigue siendo desconocido.

[8] Desde luego, aquí no se trata de si los textos expresionistas de Ehrenstein son poesía o no, sino del hecho indudable de que ni Engelmann ni Wittgenstein estaban en condiciones de saberlo.

[9] En su respuesta, Engelmann le dice que ya ha dicho antes lo que piensa de Ehrenstein, y pone, refiriéndose a éste, la palabra poeta entre comillas. Dice que Ehrenstein “le cae bien”, pero que sus poemas “lo perturban” (y cómo no iban a hacerlo, si no eran imitaciones románticas de una balada provenzal). Estas cartas (estas opiniones, de Engelmann y de Wittgenstein) muestran la verdad sobre el “milagro de objetividad” y lo “inexpresable expresado”.

[10] „Das Uhlandsche Gedicht ist wirklich großartig. Und es ist so: Wenn man sich nicht bemüht das Unaussprechliche auszusprechen, so geht nichts verloren. Sondern das Unaussprechliche ist, – unaussprechlich – in dem Ausgesprochenen enthalten”. (Los subrayados son de Wittgenstein. R. S.)

 

viernes, 10 de marzo de 2023

Objetos perdidos

 

Mario Quintana 


Objetos perdidos


Los paraguas perdidos… ¿A dónde van a parar los paraguas perdidos? ¿Y los botones que se descosieron? ¿Y los portafolios, los estuches de gafas, las maletas olvidadas en las estaciones, las dentaduras postizas, las bolsas de compras, los pañuelos desechables, a dónde van a parar todos esos objetos heteróclitos y tristes? ¿No lo sabes? Van a parar a los anillos de Saturno, son ellos los que forman, girando eternamente, los extraños anillos de ese planeta misterioso y amigo.

 

Objetos perdidos

 

Os guarda-chuvas perdidos... aonde vão parar os guarda-chuvas perdidos? E os botões que se desprenderam? E as pastas de papéis, os estojos de pince-nez, as maletas esquecidas nas gares, as dentaduras postiças, os pacotes de compras, os lenços com pequenas economias, aonde vão parar todos esses objetos heteróclitos e tristes? Não sabes? Vão parar nos anéis de Saturno, são eles que formam, eternamente girando, os estranhos anéis desse planeta misterioso e amigo.


 

Versión Pedro Marqués de Armas



sábado, 25 de febrero de 2023

El aire más bello



Leonardo Sinisgalli

 

El aire más bello del año

en el sitio más bello, sobre la hierba

que rodea los Elíseos.

Para una visita a los muertos

se movilizó toda la tribu:

las hermanas sarracenas, las rubicundas sobrinas.

Arrastramos gatos y cebollas

hasta la capilla en que yacen

los restos de mi madre.

Nos explayamos como ante una mesa

entorno a su cuerpo disecado.

Hay quien reza, quien come y quien te llora,

madre. Y quien ciñe con flores frescas

tu lecho de cenizas.

 


La più bell'aria 


La più bell’aria dell’anno

nel più bel sito, sull’erba

che recinge gli Elisi.

Per una visita ai morti

s’è mossa tutta la tribù:

le sorelle saracine, le rosse nipoti.

Trascinammo gatti e cipolle

davanti alla cappella dove giace

la spoglia di mia madre.

Ci sdraiammo come a mensa

intorno al suo corpo disseccato.

Chi prega e chi mangia e chi ti piange

madre. Chi cinge di fiori freschi

il tuo letto di cenere.



Versión: Pedro Marqués de Armas 



domingo, 22 de enero de 2023

Circo cubensis

 


Pedro Marqués de Armas


Fue esa una de las jornadas más intensas y fructíferas de cuantas realicé en la Biblioteca Geral. Salí a la calle excitado y, siguiendo la ruta acostumbrada, atravesé el Jardim da Sereia hasta alcanzar la avenida Dias da Silva. Esa noche me vi con un poeta un tanto vehemente y apegado a las metáforas, que me invitó a una lectura de poesía. Mientras los poetas se atropellaban por subirse a un estrado construido al efecto, bajo unas acequias y entre gárgolas con animales del pleistoceno que escoltaban la estatua del desdichado modernista Antonio Nobre, pensé en aquellos olvidados próceres que rodearon a Felino y que, de tan desvanecidos por la desmemoria, parecían asistir en ausencia a aquel recital al que yo mismo los convocaba. Ya no me dejaría quieto Joaquín Otazo, médico del Hospital de Mujeres. Pero tampoco otros Joaquines que se habían acumulado a lo largo de la investigación: ¿acaso Joaquín de Rojas?, ¿Joaquín Domingo Reyes?, ¿el tal Joaquín García Pola? No solo se movieron por esos territorios a los que pertenecían, Cárdenas y sus alrededores, sino también por los entramados de la conspiración. Ahora meras sombras a las que yo trataba de insuflar vida a través de mis disquisiciones y en las que se disputaban un lugar incierto. Así que me dije, tiene que ser Joaquín Otazo, con quien al menos se verificó un arriesgado encuentro. Con él, me dije, se vendría viendo desde que Pío D. Campuzano los presentara, o alguna velada en el Club los uniera, sellando el inicio de una relación que se tornaría íntima. Solo él podía ser el amigo en cuestión, volví a decirme, y hasta supuse que al acompañarlo a la Estación de San Martín, de algún modo se estaban despidiendo en el temor de que no volverían a verse. Ese mismo día antes de subir a los altos del Hotel La Dominica, desde donde lo condujeron a una casa de embarrado en las afueras, supuse, Felino debió retratarse. Retratarse y despedirse, me dije, fueron una misma cosa... Cuando los poetas concluyeron su maratónico recital, y en tanto las lucecitas que pendían de las gárgolas comenzaban a apagarse, ya había montado en mi cabeza una historia apremiante y advertía esa tensión que se siente por seguir investigando.

Días más tarde iba a conocer lo esencial sobre el destino de aquellos nombres, nada menos que por una extraña historia del circo en Cuba que me esperaba, aún virgen, en la biblioteca de la Facultade de Letras. Cierta mañana de octubre de 1895, se cuenta en Circus cubensis, llegó a Cárdenas un circo ambulante que se hacía llamar Petite Troupe. Lo integraban un tal Alfredo Herrera, antiguo jefe del cuerpo de bomberos Camisetas Rojas, un payaso que se presentaba como Minguino, un chino de Cantón que había recorrido medio país y conocía cómo pensaba la gente, varios enanos, un hermafrodita y mujeres de toda laya. Con el pretexto de que había guerra y era necesario “distraer al pueblo”, no tardaron en recibir autorización de puño y letra del síndico, levantando carpa junto al matadero. En cuestión de días se ganaron las simpatías por sus acrobacias y sus chistes ambiguamente independentistas, estos a cargo del cantonés, quien se anunciaba como el “sabio de la guataca” y exigía a cada asistente que le contara algún secreto al oído. La Petite Troupe asustaba a la concurrencia, haciendo como que ya se oían disparos, y lo cierto es que se fueron robando el afecto de los cardenenses, al grado de llegar a enterarse “de todos y cada uno de los hilos que movían los conspiradores”. Desentrañado el complot, el Dr. Castró huyó a la manigua y se incorporó a las filas insurrectas hasta que, enfermo de disentería, se refugió en los Estados Unidos. Larrieu fue aprehendido y se salvó de que lo fusilaran acreditando su ciudadanía francesa, lo que supuso para él el inmediato destierro. Álvarez Cerice se refugió en la Logia Perseverancia, donde los consternados discípulos de Salomón lo protegieron durante semanas, sacándolo disfrazado de patriarca. Mientras que Otazo, a quien fueron a prenderle al hospital, se ocultó en la morgue pasando por muerto. El circo siguió rumbo a Recreo, y de ahí a Motembo y a San José de los Ramos, donde, por cierto, el payaso terminó dándole nombre al tren en que había aparecido, y de paso, un apodo a mi padre, por ser el suyo, ya entonces y hasta tres décadas más tarde, el flamante maquinista del Minguino.

                                                                    (…)

Al estudio de la vida de Felino en campaña entregué las siguientes jornadas en la Biblioteca Geral, con algunas incursiones en los acontecimientos que, mientras tanto, se sucedían en el pueblo y sus alrededores. Por esos días los árboles de la Avenida Dias da Silva y del abandonado Jardim da Sereia entraron en floración, por lo que nubes de polen se aposentaban desde temprano, en lo que yo bajaba las abruptas y tapizadas escaleras para subir luego otras no menos empinadas y llegar a mi destino. Me atacaban estornudos que solo cedían al rato de recoger los materiales, servidos por una bibliotecaria en extremo silenciosa y envuelta en un abrigo tirolés, quien no se enteraba de que era primavera. Cuando digo vida en campaña me refiero a la vida en el campamento, no a las acciones y combates, tópico que me seguía generando resistencia. Desde luego que, en este sentido, cotidiano, por no encontrar otro término, los vacíos resultan gigantescos y todo no es sino, las más de las veces, un terreno cenagoso o de repente muy árido. Pero no por ello dejé de fantasear con el no solo inconmensurable, sino también demencial desafío ¡ya me gustaría! de abarcar la totalidad de sus días. Me solazaba en ese señuelo cuando por fin me interné en el prolijo testimonio de Julián Sánchez. Sin más escrúpulos hacia la horrible portada del pintor pop-revolucionario Raúl Martínez, ahora en su peor rango kitsch-socialista, y con las normales reticencias que se tienen hacia un narrador infantil, tanto más cuando sus evocaciones han sido “retocadas”, puse manos a la obra. Del tejido de sus recuerdos entreverados con lo que emergió de otros relatos de campaña, como del “Diario de operaciones y apuntes del Teniente Coronel Felino Álvarez Duarte.-1896”, a cuyo estudio solo entonces me entregué por completo, comenzaron a salir conejos.                             


De cuantos vieron con sus ojos a Felino, ya no mis tías que lo evocaban a través de lo narrado por su madre y sus abuelos, aunque haya que agradecerles tanta retentiva y el haber custodiado celosamente y a riesgo de convertirse en fantasmas unas en definitiva fantasmales reliquias, ni mucho menos mi padre, que cada vez que abría la boca era para convertirlo (no solo físicamente) en un hombre más grande, aunque igualmente haya que agradecerle su devoción, solo dos personas no se limitaron a señalar su valentía, coraje o intrepidez, sinónimos que se repiten como un metrónomo. Tenía Julián once años cuando Felino visitó su casa en la hacienda Franki, por lo que se deduce, en noviembre del 95. No menciona el refugio que conjeturé, ni registra su alzamiento, pero da cuenta de algunos nombres entre quienes  formaban la tropa, casi todos labradores de la finca de su padre. Según Julián Sánchez, y a diferencia de lo expresado por el estenógrafo Álvarez, Felino pertenecía a los Chapelgorris. No solo era empleado del tal comercio, El Entronque, sino que él mismo había sido chapelgorrista, como se comprende ya no solo de la frase “un empleado del comercio que pertenecía a los Chapelgorris”, sino también de lo que añade a continuación: “De estos, algunos se integraban a las tropas mambisas porque pensaban como cubanos”. Así que, o bien el estenógrafo no fue al respecto suficientemente exacto, o no lo fueron mis siempre excusables tías, o yo mismo al interpretar en esa única semblanza suya, el verdadero sentido implícito en esa frase. No laboraba, pues, solamente, para su chapelgorrista padrino, sino que él mismo lo fue. Muchas vueltas di desde entonces a esa aseveración. Pero al igual que acepté esa súbita caricatura que de su aspecto físico traza Rosell y Malpica, por qué no admitir algo a fin de cuentas concluyente. Si un testigo de primera mano venía a convencerme, con argumentos verídicos y más precisos que los esgrimidos por el estenógrafo Álvarez, o tal vez resultantes de mi errática lectura, y si ya me había interrogado con ahínco sobre ese proceso que lo llevó a experimentar un redomado sentimiento libertario, arriesgando la hipótesis de que debieron acumularse en él las más disímiles tensiones, por qué sorprenderme ahora. No se encontraba taxativamente lejos, en definitiva, lo expuesto acerca de unos afectos incubados en sus años de aprendiz de comerciante bajo la tutela de Modesto Flores, como sobre esa casi dentada lentitud como fueron despertando en cierto espacio comprometido en el que ciertos apetitos terminan por conocerse antes que resulten siquiera insinuados, de esa tentativa intelección mía acerca de su carácter y, por tanto, de que fuera chapelgorris. Por el contrario, explicaría su pertenencia. Hayan o no cometido crasas delaciones, dedicado alguna loa al tirano o esbozado apenas una sonrisa de complicidad, ¿cuántos no colaboran en su adolescencia? Al punto que puede hablarse de un estado de colaboración adolescente. Quien esté libre de pecados que tire la primera piedra, decía Fina, y Emma apostrofaba: que la tire. Dicho de otro modo, El Entronque no fue solo un nombre propicio y el símbolo de cuanto allí se empalmó, sino también, una escuela. Si el campesino Sánchez no menciona sus estudios de comercio, ni sus frecuentes viajes a Cárdenas, se sobreentiende. Su memoria es circunscritamente local. Pero si eso dijo, o más bien dictó al magnetófono que Dumpierre le colocó delante, no admite discusión. Por el tono, pero también por lo particular de la referencia, no puede alegarse que tal aseveración pertenezca a las añadidas por el “retocador”. Es recuerdo vivo, vox populi. Volviendo al relato de Sánchez, también habría que matizar. No solo por cuanto el así llamado etnógrafo, Dumpierre, retoca aquí y allá algún que otro pasaje, sino por esos anacronismos en los que incurre constantemente al retrotraer los ideales comunistas a un pasado mambí, y, por tanto, al abordar los recuerdos de la guerra, expuestos por Sánchez desde un temple igualmente comunista, a tenor de falsificar aún más el pasado. Hecha esta aclaración, a fin de delimitar lo que verdaderamente dictó Sánchez del acabado que da a sus memorias Dumpierre, estaba en condiciones de pasar y, en efecto, pasé, a entendérmelas con los episodios que allí se materializan. Pero como todo hay que ponerlo en cuarentena, y viéndome en la necesidad de recelar y subrayar ciertas palabras, me lancé con los sentidos más alertas que nunca. ¿No lo reclaman acaso acontecimientos lejanos y siempre más amenazados por la desmemoria?

Cuenta Sánchez que Felino y sus hombres irrumpieron con una novilla sacrificada y pidieron una ristra de ajos. Su padre les entregó medio galón de manteca, tres calabazas, un queso, cinco barras de guayaba, y un saco de boniatos que vació en el suelo, al tiempo que voceó: ¡Media arroba de rabisas para cuarenta y cinco hombres! En otro saco, echaron naranjas agrias y cargaron con todo al monte donde cocinaron la novilla y asaron los boniatos. Se sumaron dos jornaleros, además de Julián y sus hermanos menores. A la tarde regresaron con varias costillas ahumadas. Como los jornaleros decidieron incorporarse a la tropa, el padre les entregó diez pesos por cabeza para que compraran hamacas y frazadas. A uno regaló unas polainas de cuero marroquí, y al otro, una capa de paño. Julián y su hermano Dámaso, montados a caballo, dijeron que se alzaban también, y cuando fueron a desmontarlos, protestaron. Fue entonces que, al ver sus caras, Felino los consoló diciéndoles que ya crecerían y les obsequió unas décimas, según él, “escritas en la manigua”. Setenta años más tarde Julián las dictaría al etnógrafo Dumpierre, quien las transcribió y colocó al final de aquel pasaje:


Quién eres que quién me llamas,

tus lastimosos quejidos

cual la perdiz el silbido

de un señuelo que reclama

si el rigor de un yaguarama

te ha puesto mortal así,

tú debes de hallar en mí

el cariño de una hermana

y de una infeliz cubana

que se conduele de ti.

 

Ven a apoyarte en mis brazos

que haré un esfuerzo terrible,

que no hallo tan imposible

que vayamos paso a paso.

Hallarás en mi regazo

alivio a tanto dolor

y yo postrada de hinojo

con fina y ardiente fe,

tus heridas lavaré

con lágrimas de mis ojos.

 

¿Quién eres bella mujer

que has venido a este lugar,

como un ángel tutelar

a aliviar mi padecer?

En mí podrás comprender

a un infeliz desgraciado,

que por su patria ha peleado

y está gravemente herido

y de cansancio rendido

y con su sangre bañado.

 

Esto dijo y expiró

en brazos de la cubana,

y allá en la misma sabana

la sepultura le dio.

De allí desapareció

aquella linda doncella

sin dejar tras sí una huella;

pero lo que se deplora

que de él el nombre se ignora,

no se sabe quién es ella.  


Tomé un descanso y salí a la explanada. Bajé la escalinata y me dirigí al Sá de Miranda, donde se podía fumar y hacían el mejor café de Coímbra. Encontré allí a Nuno Almeida, apoltronado junto a la galería que da al parque quien, no más verme, me dio la noticia de otra lectura de poesía y se puso a hablar de su artista favorito, el fotógrafo Witkin. Mientras Nuno hablaba de escenografías pesadillescas y lo mucho que se avenían con su concepción del arte, o como dijo, su estética, pensé si no estaba armando un cadáver. A quién podía importarle mi investigación y, tanto más, unas décimas que, amén de alegóricas y románticas, en nada compiten con las del Cucalambé. Esto me pregunté, mirando las fuentes secas del Jardim da Seria, mientras Nuno seguía inmerso en Witkin y en lo embalsamado de la tradición, no sé si dijo, de Coímbra o todo Portugal. Desde luego, en mi cabeza se instaló entretanto, con creciente ímpetu, la sospecha de que esas décimas fueran escritas por Felino. En lo que Nuno discursaba ya en un tono templado, eché a volar la imaginación. Y si las escribió para Rosalía. Y si aludía a ella el “ángel tutelar”. Y si era él ese narrador oculto que deviene cronista apelando a la tercera persona, tras dedicar las estrofas iniciales ora a lo que dice la mujer, ora a lo que responde el abatido, agonizante, libertador. Nuno se despachó cuanto quiso, por supuesto, sin que lo interrumpiera un solo momento, embargado como estaba por ideas imperiosas. Y es que no había dado con un día cualquiera en la vida de Felino, sino con una de esas jornadas representativas de un roman de guerre. Un historiador bien formado encontraría en esas páginas, dictadas por Sánchez al etnógrafo Dumpierre, me dije, en tanto Nuno alzaba otra vez el tono y seguía hablando de Witkin, y de cómo se hizo Witkin con los cadáveres en las morgues de New Aspen, todo un intercambio de dones. En fin, como para encerrar la historia en un puño: alimentos, alianzas, simpatías, sacrificios y, por último, una didáctica de la gesta: esos niños que no quieren bajar de sus caballos y a los que se les entrega, a cambio, un drama en versos.

De vuelta a la Biblioteca Geral, subiendo la extensa escalinata, y en el afán de leerlas nuevamente, imaginé que encontraría en ellas algo escatológico. Pero una vez en mi puesto habitual, en el vetusto escritorio de cara a los estantes del fondo, comprobé que la tumba sin nombre y la no menos innominada sabana donde entierran al soldado en lo que la doncella escapa sin dejar huellas, no daban para más. Negué entonces que las décimas fueran de su autoría, para volver al rato a la sospecha, inevitable, casi inconsolablemente. Podían haber sido escritas por un anónimo insurgente, o por alguno de los tantos poetas de Cárdenas que se agenciaron los acontecimientos. En todo caso, me dije, confundiendo un poco el mensaje y al mensajero, podían pasar por anónimas, pues no hablan sino de un amor entre desconocidos: el joven y la amada, el joven y la patria, el joven y la muerte. Pero cuanto más me persuadí, más retornó y con mayor fuerza la pregunta ¿y si las escribió Felino?                                    


A la mañana siguiente estudié otra visita a la casa de los Sánchez en la abandonada hacienda Franki, esta vez la de Clotilde García. Advertí de entrada iguales secuencias: la llegada de unos hombres a caballo, la preparación de un almuerzo y, entre una y otra anécdota, unos pichones de mambí a los que el insurrecto entrega una décima en este caso vernácula. Aunque, por lo que narra el campesino devenido comunista Sánchez, se deduce en Clotilde un carácter más explosivo que el de Felino, diferencias sobre las que volveré, quedó para mi claro, tras sumergirme en este episodio, lo que por otra parte nadie había puesto en duda, ni el estenógrafo Álvarez, ni mis memoriosas tías, ni tanto menos esos historiadores que siempre los mencionan a dúo sin entrar en pormenores, lo indubitable y hasta cómplice de esa amistad. En otras palabras, el modo como compartían, al menos mientras los resultados de la guerra lo permitieron, o mientras los soldados españoles se comportaban, ciertos códigos. O la manera en que procedían, no muy distinta respecto a hacendados y ganaderos, según simpatizasen o no con la causa y, por tanto, colaborasen o no materialmente. Como también, el modo y manera como trataban a los guerrilleros de acuerdo con un mismo e invariable axioma: el de traidores. Felino y yo, cuenta Sánchez que dijo Clotilde, ya cortamos unas cuantas cabezas. Felino y yo, ya colgamos por el pescuezo a más de uno. Para apuntar a continuación que no le importaba matar españoles, ni a Felino tampoco, salvo que estos, agregó, se les enfrentaran. Queremos reservar las balas, dijo Clotilde, siempre según Sánchez, para esos renegados. Si nos matan a Felino y a mí, acrecentó Clotilde, y volvió a repetir sus nombres, no va a quedar títere con cabeza. Cuenta entonces el campesino devenido comunista que su padre comentó: El otro día casi acaban con la guerrilla de Las Ciegas, solo dejaron con vida a unos pocos. A lo que Clotilde, con el rostro contraído y los ojos bailándole en las órbitas, respondió: Esos se salvaron de milagro, pues no sabía que eran de los del sargento Caín. Dicho esto, se incorporó desde el tronco de almácigo y tras dar unos pasos, exclamó: ¡De saberlo, los hubiera liquidado a balazos! Tras lo cual acarició la cabeza de Dámaso, el hermano pequeño de Julián, para proferir: Están saliendo buenos pollitos. Y con la misma los convidó a que aprendieran de memoria, y repitiéndola con él, esta otra décima:

 

Nos levantamos temprano

antes que levante el sol,

y al desayuno comimos

boniato con picadillo.

Nuestra cama de espartillo

del mundo desconocida;

en la manigua querida

a la sombra de un limón,

los sueños plácidos son

y es libre nuestra vida.

 

Justo comieron eso: boniato con picadillo. Acabada esa, por así decirlo, magistral lección de violencia y, quién lo duda, de poesía, y mientras sus hombres fueron a por las bestias, no sin antes echar en un tambuche lo que había sobrado, Clotilde enlazó las vacas. Cuenta el campesino devenido comunista que las ensartó de una vez, y añade en su duplicado Dumpierre, no sin cierta galanura: Era montero y daba gusto verlo cuando peleaba, enredado en el caballo que casi no se le veía.

Hice un alto en mi esbozo de memoria-ensayo-biografía y me fui a caminar por la Baixa. Merodeé por callejones con nombres tan sugerentes como beco do Gato, beco do Corvo, y salí a la Iglesia de Santa Cruz. No quería acabar la jornada sin redactar un resumen de los acontecimientos que precedieron a la invasión. Así que, después de retomar fuerzas en la lujosa cantina que escolta la iglesia, tomé el tranvía que conduce a la explanada y volví a mi puesto. El mismo circo que pasó por Cárdenas, saliendo de Motembo, arribó a San José hacia esos días. Todavía no se había declarado la ley marcial y, para ser exactos, siguiendo no solo la narración de Sánchez sino la de una historia local (San José de los Ramos y sus hijos), no había habido grandes movimientos de tropa ni más encontronazos que contra las guerrillas. La Petite Troupe contaba ahora con una mujer barbuda que se les anexó en Elguea y tres prostitutas francesas que “venían a apoyar la zafra”. El exbombero, un mulato picado de viruelas, tan fornido que podía mover con los dientes una carreta cargada de caña, lanzaba a Minguino por el aire, mientras las madame y la barbuda lo aguadaban con un toldo. El cantonés montó su popular número “de la guataca”. Se dice que abusó de la bondad y buenas intenciones de los vecinos, arrancándoles información delicada. Para el campesino Julián Sánchez, sin embargo, todo fue un montaje del que se valió la inteligencia española, bien avisada de que se aproximaba la invasión, pero desconocedora del punto exacto por el que entrarían las tropas. “Solo la hez del pueblo pudo prestarse para semejante patraña, pues los verdaderos cubanos -dictó Sánchez al etnógrafo Dumpierre- estaban con la causa”. Una semana más tarde se decretó la ley marcial y La Troupe tuvo que recoger sus bártulos. Quemaron El Entronque, operación a cargo de Regino Alfonso, bandolero que se había pasado a mambí y quien, ya en dos ocasiones, intentara secuestrar a Modesto Flores. Clotilde incendió la parroquia de Hato Nuevo y veinte casas en Sabanillas, y destruyó el paradero de Guamutas, donde cortó los hilos telegráficos. Los Chapelgorris respondieron capturando a siete infidentes y fusilándolos junto a otros doce lugareños. El maestro Manolo Fraga cerró la escuela y huyó del pueblo. Y al padre del campesino Julián Sánchez, que entretanto había comenzado a colaborar con los insurrectos ocultando armas, le llegaría una carta comprometedora que enterró en el patio dentro de una botella. El mensaje resultaba fidedigno: las tropas de Gómez y Maceo no tardarían en arribar.

 

Fragmentos de La vida trunca del Coronel Felino (Aduana Vieja, 2015). 


viernes, 16 de diciembre de 2022

Todas la muerte y la vida se colmaron de tul…

 

Marosa di Giorgio 


Todas la muerte y la vida se colmaron de tul.

Y en el altar de los huertos, los cirios humean. Pasan los animales del crepúsculo, con las astas llenas de cirios encendidos y están el abuelo y la abuela, ésta con su vestido de rafia, su corona de pequeñas piñas. La novia está todo cargada de tul, tiene los huesos de tul.

Por los senderos del huerto, andan carruajes extraños, nunca vistos, llenos de niños y de viejos. Están sembrando arroz y confites y huevos de paloma. Mañana habrá palomas y arroz y magnolias por todos lados.

Tienden la mesa; dan preferencia al druida; parten el pastel lleno de dulces, de pajarillos, de perlitas.

Se oye el cuchicheo de los niños, de los viejos.

Los cirios humean.

Los novios abren sus grandes alas blancas; se van volando por el cielo.