domingo, 11 de enero de 2015

Plan rataplán




Kurt Vonnegut



Rataplán, plan, plan; Rataplán, plan, plan.
¡Plan, rataplán! ¡Plan, rataplán!
Rataplán, rataplán, plan, rataplán.
TAMBORES DE MARTE


Los hombres se habían encaminado a la pista de desfile al son de un tambor. El tambor les decía:

Rataplán, plan, plan;
Rataplán, plan, plan,
¡Plan, rataplán!
¡Plan, rataplán!
Rataplán, rataplán, plan, rataplán.

Era una división de infantería de diez mil hombres formados en un cuadrado hueco sobre una pista natural para desfiles, de hierro, y de un kilómetro y medio de espesor. Los soldados, en posición de firmes, estaban en una superficie de herrumbre anaranjado. Se estremecían rígidamente, porque eran todo lo férreos que podían, tanto oficiales como soldados. Los uniformes eran de una textura áspera, de un verde escarchado, del color de los líquenes.
Los soldados se habían puesto en posición de firmes en profundo silencio. No se había dado ninguna señal audible o visible. Lo habían hecho como un solo hombre, como por una pasmosa coincidencia.
El tercer hombre del segundo pelotón de la primera sección de la segunda compañía del tercer batallón del segundo regimiento de la Primera División Marciana de Infantería de Asalto era un soldado raso que había sido degradado tres años antes, siendo teniente coronel. Hacía ocho años que estaba en Marte. Cuando un hombre en un ejército moderno es degradado a soldado raso, es probable que como soldado sea viejo y que sus camaradas de armas, una vez habituados a que no sea un oficial, por respeto a sus perdidas insignias lo llamen algo así como Pops, o Gramps, o Unk*.
El tercer hombre del segundo pelotón de la primera sección de la segunda compañía del tercer batallón del segundo regimiento de la Primera División Marciana de Infantería de Asalto respondía al apodo de Unk. Unk tenía cuarenta años. Era un hombre bien plantado, peso mediano pesado, de piel morena, labios de poeta, suaves ojos castaños en las profundas órbitas sombreadas por un entrecejo de hombre de Cromagnón. Una calvicie incipiente dejaba aislado un dramático mechón.
Una anécdota ilustrativa sobre Unk: Una vez que la sección de Unk estaba tomando una ducha, Henry Brackman, sargento de la sección de Unk, le pidió a un sargento de otro regimiento que eligiera el mejor soldado de la sección. El sargento de visita, sin ninguna vacilación, eligió a Unk, porque era un hombre compacto, bien musculoso e inteligente.
Brackman abrió grandes ojos.

—Cristo... ¿te parece? —dijo—. Es el boludo de la sección.
—¿Me estás tomando el pelo? —dijo el sargento.
—Carajo, no te estoy tomando el pelo —dijo Brackman—. Míralo, hace diez minutos que está ahí, y todavía no ha tocado el jabón. ¡Unk! ¡Despierta, Unk!
Unk se estremeció, dejó de soñar bajo las salpicaduras de la ducha. Miró interrogante a Brackman, vacío, bien intencionado.
—¡Usa el jabón, Unk! —dijo Brackman—. ¡Usa el jabón, carajo!
Ahora, en la pista de hierro, Unk estaba en posición de firme en el cuadrado vacío, como todos los demás.
En el centro del cuadrado vacío había un pilar de piedra con aros de hierro. Habían pasado chirriantes cadenas a través de los anillos, las habían ajustado alrededor de un soldado pelirrojo parado contra un poste. Era un soldado limpio, pero no impecable, puesto que le habían arrancado del uniforme todas las insignias y condecoraciones, y no tenía cinturón, ni corbata, ni inmaculadas polainas.
Todos los demás, incluso Unk, resplandecían. Todos los demás lucían primorosos.
Algo desagradable iba a ocurrirle al hombre del poste, algo de lo cual el hombre hubiera deseado con toda el alma escapar, algo de lo cual no escaparía a causa de las cadenas.
Y todos los soldados mirarían.
Se había dado gran importancia al acontecimiento.
Hasta el hombre del poste estaba en posición de firme; dadas las circunstancias no podía hacer realmente otra cosa.
De nuevo, sin orden audible o visible, los diez mil soldados ejecutaron el movimiento de descanso como un solo hombre.
Lo mismo hizo el hombre del poste.
Los soldados se mantuvieron en fila, aunque les hubieran dado orden de descanso. Su obligación era descansar pero sin moverse del lugar y guardando silencio. Ahora los soldados eran libres de pensar un poco, y de mirar alrededor y enviar mensajes con los ojos, si tenían mensajes y alguien podía recibirlos.
El hombre del poste tironeó de las cadenas, estiró el pescuezo para juzgar la altura del poste al que estaba encadenado. Era como si creyese que podía escapar aplicando un método científico, con sólo que pudiera averiguar la altura del poste y de qué estaba hecho.
El poste tenía casi seis metros de alto, sin contar los tres metros y medio encastrados en el hierro. El diámetro medio era de unos sesenta centímetros pero con variaciones que llegaban a más de veinte. Estaba hecho de cuarzo, álcali, feldespato, mica, y huellas de turmalina y hornablenda. Para información del hombre sujeto al poste: estaba a doscientos veintisiete millones setecientos cincuenta y seis mil ciento sesenta y ocho kilómetros del Sol, y no tenía ayuda posible. El hombre pelirrojo sujeto al poste no emitió ningún sonido, porque a los soldados en posición de descanso no les estaba permitido hacerlo. Pero envió un mensaje con los ojos, para que se supiera que hubiera querido llorar. Envió el mensaje a alguien cuyos ojos se encontraran con los suyos. Confiaba en que el mensaje llegara a una persona en particular, a su mejor amigo, a Unk. Estaba buscando a Unk. No pudo encontrar la cara de Unk. De haber encontrado la cara de Unk, no habría habido ni un atisbo de reconocimiento y piedad en ella. Unk acababa de salir del hospital de la base, donde había sido tratado por enfermedad mental, y su mente estaba casi en blanco. Unk no reconocía a su mejor amigo en la picota. Unk no reconocía a nadie. No habría sabido siquiera que su nombre era Unk, no habría sabido siquiera que era un soldado, si no se lo hubiesen dicho al salir del hospital.
Había pasado directamente del hospital a la formación que integraba en ese momento. En el  hospital le habían dicho una y otra vez que era el mejor soldado de la mejor sección del mejor pelotón de la mejor compañía del mejor batallón del mejor regimiento de la mejor división del mejor ejército.
Unk conjeturó que uno podía enorgullecerse de eso. En el hospital le dijeron que había estado muy enfermo, pero que ahora se había repuesto del todo. Parecía una buena noticia.
En el hospital le dijeron el nombre de su sargento, qué era un sargento y cuáles eran los símbolos de las jerarquías, los grados y las especialidades.
Tanto habían blanqueado la memoria de Unk, que habían tenido que enseñarle inclusive a mover los pies y a manejar nuevamente las armas.
En el hospital habían tenido que explicarle qué eran las Raciones Respiratorias de Combate o R.R.C.; tuvieron que decirle que tomara una cada seis horas para no asfixiarse. Eran píldoras de oxígeno necesarias porque faltaba ese elemento en la atmósfera marciana.
En el hospital tuvieron que explicarle incluso que tenía una antena radial instalada en la coronilla y que le dolería cada vez que hiciera algo que un buen soldado no debe hacer jamás. La antena le daría además órdenes y le proporcionaría música de tambores para marchar. Le dijeron que no sólo él, Unk, sino también todos los demás tenían una antena así, incluidos los médicos, las enfermeras y los generales de cuatro estrellas. Era un ejército muy democrático, dijeron.
Unk sospechó que era bueno que un ejército fuese así.
En el hospital le dieron un pequeño ejemplo del dolor que le produciría la antena si alguna vez hacía algo malo.
El dolor era horrible.
Unk se vio obligado a admitir que un soldado tenía que estar loco para no cumplir siempre con su deber.
En el hospital habían dicho que la regla más importante de todas era ésta: obedece siempre una orden directa, sin un momento de vacilación.
Allí, en formación, en la pista de hierro, Unk comprendió que tenía mucho que reaprender. En el hospital no le habían enseñado todo lo que se podía saber sobre la vida.
En la cabeza de Unk la antena dio de nuevo una señal de atención y la mente le quedó en blanco. Luego la antena volvió a ordenarle descanso, luego de nuevo firme, luego presentar armas, luego descanso de nuevo.
Empezó a pensar otra vez. Tuvo otro atisbo del mundo que lo rodeaba.
La vida era así, se dijo Unk cautelosamente: blancos y atisbos, y de vez en cuando quizá ese terrible relámpago de dolor por haber hecho algo malo.
Una pequeña luna baja se movió rápidamente en el cielo violeta. Unk no sabía por qué, pero pensó que la luna se movía demasiado rápido. No parecía correcto. Y el cielo, pensó, debería ser azul y no violeta.
Unk sintió frío, también, y deseó que hiciera más calor. El frío interminable parecía tan equivocado, tan injusto en cierto modo como la rápida luna y el cielo violeta.
El comandante de división de Unk hablaba ahora con el comandante del regimiento. El comandante del regimiento de Unk se dirigió al comandante del batallón. El comandante del batallón de Unk se dirigió al comandante de la compañía. El comandante de la compañía de Unk se dirigió al jefe del pelotón, que era el sargento Brackman.
Brackman se acercó a Unk y le ordenó que marchara militarmente hasta el hombre sujeto a la picota y lo estrangulara hasta matarlo.
Brackman le dijo a Unk que era una orden directa. Entonces Unk la cumplió.
Caminó hasta el hombre sujeto al poste. Caminó al ritmo de la musiquita seca de un tambor. El sonido del tambor estaba realmente dentro de su cabeza, saliendo de la antena:

Rataplán, plan, plan;
Rataplán, plan, plan.
¡Plan rataplán!
¡Plan rataplán!
Rataplán, rataplán, plan, plan.

Cuando Unk llegó hasta el hombre en la picota, vaciló justo un segundo, porque el hombre pelirrojo en la picota parecía muy desdichado. Entonces hubo una leve advertencia dolorosa en la cabeza de Unk, como el primer arañazo de un torno de dentista.
Unk apoyó los pulgares en la tráquea del hombre pelirrojo, y el dolor se detuvo en seco. Unk no apretaba porque el hombre estaba tratando de decirle algo. Unk estaba desconcertado por el silencio del hombre, y entonces comprendió que la antena del hombre debía ordenarle silencio, así como las antenas ordenaban silencio a todos los soldados.
Heroicamente, el hombre en la picota venciendo la voluntad de su antena, habló rápidamente, retorciéndose.
—Unk... Unk... Unk... —dijo, y los espasmos de la lucha entre su propia voluntad y la voluntad de la antena le hacían repetir estúpidamente el nombre—. Piedra azul, Unk — dijo—. Barraca doce... carta.
Unk sintió de nuevo machacar en su cabeza la advertencia dolorosa. Unk estranguló al hombre en la picota, apretó hasta que la cara del hombre se puso violeta y se le salió afuera la lengua.
Unk retrocedió, se puso en posición de firme, dio una elegante media vuelta y volvió a su lugar en las filas, acompañado de nuevo por el tambor en su cabeza:

Rataplán, plan, plan;
Rataplán, plan, plan.
¡Plan rataplán!
¡Plan rataplán!
Rataplán, rataplán, plan, plan.

El sargento Brackman le hizo un gesto con la cabeza a Unk, y un guiño afectuoso.
De nuevo los diez mil se pusieron en posición de firmes.
Horriblemente, el hombre muerto en el poste luchó por llamar la atención, demasiado, arrastrando las cadenas. Fracasó —no logró ser un perfecto soldado— no porque no quisiera serlo, sino porque estaba muerto.
Ahora la gran formación se dividió en sectores rectangulares. Caminaron, sin pensarlo, cada uno con el sonido del tambor en la cabeza. Un observador no hubiera oído nada salvo las pisadas de las botas.
Un observador se hubiera quedado perplejo sin saber quién era el responsable, porque hasta los generales se movían como marionetas, siguiendo el ritmo estúpido del:

Rataplán, plan, plan;
Rataplán, plan, plan.
¡Plan rataplán!
¡Plan rataplán!
Rataplán, rataplán, plan, plan.






* Papi, abuelo, tío.


Fragmento de Las sirenas de Titán 



Traducción de Aurora Bernárdez


El beso de la muerte y del exilio





Josefina Ludmer


Este homenaje –In memoriam Puig: Sarduy‐ lleva un título literario que forma un espejo con los dos puntos entre los dos escritores. Ese espejo de nombres se refiere también a las escrituras de Puig y Sarduy, acosadas de dobles y reflejos. El título trasciende las inquietudes literarias al presentarlo como un homenaje a la memoria de dos escritores latinoamericanos que no solo cambiaron la representación en América latina, sino que además murieron de sida y en el exilio.

Quisiera unirme a homenaje y al título en espejo del congreso con algunos recuerdos personales de estos escritores que se asocian para mí con el espíritu de los ’60 y los ’70, con la transgresión y la revolución de los ’60 y los ’70. O sea con la modernización literaria en América latina. Con Puig fuimos bastante amigos a principios de los ’70: cultivábamos lo viejo y salíamos a vagar de noche por las zonas viejas de Buenos Aires, y veíamos películas viejas y fuimos juntos a brujos y tarotistas. Vivía con sus padres. Las paredes de su cuarto estaban tapizadas de fotos de estrellas y eso me fascinaba y me hacía revivir mis 13 años. Nunca hablábamos de literatura, sino de nuestros nombres o nuestra presencia pública en la sección literatura. Puig pudo ver claramente la relación directa entre los medios y la literatura que se abrió en América latina en ese mismo momento. Escribía de mañana, iba todos los mediodías al correo y a la tarde visitaba sistemáticamente, cada dos o tres días, a los amigos de las redacciones de los diarios y revistas de moda en aquellos años. Les llevaba su foto estilo Tyrone Power y alguna novedad sobre su obra.

En Buenos Aires, en esos años, Puig era no solo el escritor de vanguardia, sino también “el pesado” de las redacciones.



Unos años más tarde bailé tangos con Sarduy en la Boca, que es el viejo barrio napolitano y proletario de Buenos Aires transformado en lugar kitsch, turístico y pintoresco. El había dado ese día una conferencia donde enunció el ranking literario definitivo. Dijo Sarduy: “Primero Góngora, segundo Lezama, tercero yo”.

Puig y Sarduy no hablaron conmigo de literatura sino de su presencia material en la literatura. Por eso, y por su literatura, los ubicaría en la vanguardia de uno de los momentos más importantes de modernización cultural de América latina en este siglo. Representaron esa modernización desde su vanguardia, y por lo tanto no dejaron de representar la transgresión. En los ’60 se elaboró la equivalencia metafórica entre la violación de los tabúes sexuales y la violación de las normas discursivas que hoy asociamos con la teoría de la textualidad. La transgresión en literatura, las representaciones de la transgresión, casi siempre acompañan los movimientos de modernidad textual y cultural en América latina.

Puig y Sarduy fueron los escritores que representaron la transgresión en todas sus formas: transgresión discursiva, erótica, subversión cultural, literaria y política. Fueron escritores escandalosos, pero yo los reivindicaría hoy como escritores políticos. Fueron acosados por la censura latinoamericana. En el caso de Puig (que es el que más conozco) desde el comienzo mismo de su escritura: La traición fue censurada en España y en la Argentina. Triunfó en Francia, con la edición de Gallimard. En 1973, The Buenos Aires Affair fue secuestrada por la censura porque se representaba allí la masturbación de una mujer. El beso de la mujer araña, prohibida en 1976 por la dictadura militar, ganó en 1982 en Italia el premio a la mejor novela latinoamericana. Allí se representa directamente, sexualmente, la relación transgresiva entre dos revoluciones y sus discursos y cuerpos. La revolución política, la revolución, tenía que unirse íntimamente con la revolución sexual y literaria.

Puig y Sarduy, con sus transgresiones, no solo muestran la nueva relación entre la literatura latinoamericana y los medios, sino toda una configuración literaria nueva, un nuevo modo de representación, y o que eso significó en la cultura latinoamericana, un cambio total, una revolución literaria.

Escribieron textos sobre los signos y la circulación, y también inventaron nuevos tonos y ritmos literarios. Experimentaron con géneros diferentes, y también inventaron nuevos modos de narrar y nuevas subjetividades. Trabajaron con la cultura popular, con su mezcla de localismos y de imperialismos. Y experimentaron con las fronteras y el espacio, con temporalidades múltiples que coexisten, con barbaries o minorías, nacionalidades y voces diversas, posiciones dominantes, márgenes, resistencias y enfrentamientos, exilios y diásporas.



Texto leído en In Memoriam‐ Puig: Sarduy First Yale University Graduate Conference on Spanish and Portuguese Literatures Saturday, February 26, 1994, Clarín, Buenos Aires, jueves 21 de abril de 1994. 



jueves, 8 de enero de 2015

¡Ay! Vejamen




Pedro Marqués de Armas



De todos los perros, literarios o gráficos, inscritos o estampados en cualquier página o celaje, prefiero al perro de Goya. Solo lo hermano a un mastín sin nombre, renegrido, que sale por un agujero en unos versos de Zequeira y Arango; y, desde luego, a ese perro plegado y desplegado, pura forma maleable, que es el “Perro sin plumas” de Cabral de Melo Neto. Conste que no siento simpatía alguna por los canes, salvo estas excepciones, sino todo lo contrario: desprecio. Como diría Martínez Rivas: un magnífico desprecio. Nada me dice el perro de Vallejo, muerto a no sé qué altura; y me resultan repelentes tanto el perro de Pavlov como la perrita Laika, por no hablar de Sharik, el de Bulgákov. A lo más, experimento cierta curiosidad por el Bichón habanero, y por determinados pérfidos de Bacon y Koudelka, más desguazados y elásticos que meramente cínicos. Pero por el perro de Goya siento otra cosa, algo que ya no se siente por casi nada: respeto. ¿Cómo no respetar a quien no consiente noblezas, ni liberalismos, y realiza de modo tan franco semejante llamado al hundimiento; a quien, a pesar de cagarse de miedo, saca la cabeza y soporta tamaño vejamen?

El perro de Goya es, para empezar, un perro inaudible. Sus alaridos se apagan en esos niveles de barro o arena, lo mismo que si le dieran con una llave picoloro. Ese grito es, además, impresentable. Su silencio deserta incluso a la música; ni la Nada, ni el desierto, pueden contenerlo. Perro así, pare al mundo de nuevo y dignifica, incluso, sus desechos. Pone otra vez en función las ruinas y hace que se repita la historia para volver al mismo punto. Y en ello consiste su carácter hipnótico; en ese remanso de tiempo y ese descaro de hacerle bajar la testuz al Gran Arquitecto, circulando una y otra vez. Y sin embargo, pese a las vueltas interminables, nunca deja de sentirse, como no puede ser de otro modo, su olor. Su olor y su dolor, nunca su ladrido. Su peste y su ¡ay! insoportables. Este ¡ay! se lo traga en cada repujo, como mismo se lo van tragar a él esos niveles, esas capas de excremento que tal vez salgan de su propio cuerpo –a fin de cuentas la planta de reciclaje, y no la pintura, mejor montada del mundo. Un perro que no se oye pero que huele a través de la eternidad; un perro que no se pliega pese a sus retornos, pero que al despedirse, despide cada vez ese olor del río Manzanares donde los madrileños, contemporáneos de Goya, y tal vez los de hoy mismo, arrojaban sus inspirados paquetes. Perro sordo a las inclemencias, no cree en nada, salvo en persistir.

Algunos antimetafísicos creyeron ponerse los guantes, hace algunos años, cuando un experto en las pinturas negras de Goya divulgó que el Perro semihundido no era, siquiera, una alegoría y carecía de significados enigmáticos o profundos. Simplemente observaba el vuelo de unos pajaritos que habían sido borrados. En cualquier caso, no sería más que un dato técnico. Meras muescas, esos pajaritos fueron sepultados con rigor, enterrados como si se tratara de asteriscos. Un brochazo aquí, una paletada allá. Al librarnos de tal ensoñación, nos libramos de otras tesis intrusas, mientras se despeja, con más fuerza, la materialidad de la obra. En cuanto a los perspectivistas, lo mismo: no hay vacío por encima, ni por debajo, y la inmovilidad e inclinación son solo aparentes. Lo que importa es el cogote y los ojos húmedos de perro apaleado, siempre al límite; esa resistencia, cuanto más temblorosa más tensa, casi tetánica. Condición nerviosa del que está a punto de ahogarse y lucha contra la corriente, a sabiendas de que aquello lo engulle.

¿No esperaba nuestro amigo A., de una a otra visita al Museo del Prado, que se hundiera de una vez? Pero no… Este perro se hunde permanentemente, lo que hace más exquisito su vejamen, más larga su agonía y más cósmica su soledad. Su muerte no alivia; pues es, por esencia, adversativa. Una muerte que antes de consumarse, lo invade todo con su barro, como mismo los pigmentos y las espiroquetas invadieron los oídos de Goya. Solo así podía retratarse lo inaudible: ese ¡ay! que destroza los nervios. Porque en definitiva se trata, como ha dicho Ceronetti, de un autorretrato “animalesco”. “Goya, en las Grandes Aguas, en las profundidades de la sordera total, buscaba el sonido, la elevación, la riqueza humana”. Pero la voz ex alto de que habla el ensayista italiano -si es que alguna vez existió- a esas alturas había sido interrumpida. Y de existir, sería una agravante. Con los chillidos también inaudibles de los locos del manicomio de Zaragoza, Goya resuelve pintar la sordera colectiva. Ni más ni menos, la conditio hominis –con ese abandono, esa inoperancia tan suyas. Pero no le demos más cranque al perro. Su repetición, sobre una esterilla, es el mayor vejamen.  



miércoles, 7 de enero de 2015

Una fábula rusa





Zbigniew Herbert


Viejo se hizo el padrecito zar, viejo se hizo. Ya ni a los palomos podía estrangular con sus propias manos. Áureo y frío se sentaba en el trono. Sólo la barba le crecía hasta el suelo.  Y la iba arrastrando.

Gobernaba entonces algún otro, no se sabe bien quién. Los curiosos escudriñaban el palacio a través de las ventanas, pero Krivonosov tapó las ventanas con horcas. Así, sólo los ahorcados podían ver alguna cosa.

Al final se murió el padrecito zar de una vez. Las campanas repicaron, pero el cuerpo no fue retirado. El zar se había quedado pegadito a su trono. Las patas del trono se habían fundido con las piernas del zar. Su brazo se había quedado fundido con el brazo del trono. No había forma de arrancarlo de allí. Y enterrar al zar con su tronito de oro, ay, qué pena.




1957



Traducción de Xaverio Ballester




Grandes tarados sin sentimientos






Enrique Vila-Matas


Ayer mismo, al ir a cruzar la Diagonal de Barcelona, la joven desconocida que iba diez metros delante de mí y hablaba por móvil, dio un grito repentino (después supe: la muerte de un ser querido) y rompió en fuerte llanto que la hizo ir doblegándose sobre sí misma y  caer de rodillas al suelo, desolada, desesperada. De modo que ésta es la famosa realidad, pensé. Esa fue mi fría y única reacción inicial, quizás porque, como de costumbre, andaba abstraído en mi mundo mental, paralelo al real. 
Cuando horas después volví sobre lo sucedido, me di cuenta del pavoroso lugar en el que me estaba dejando mi mundo paralelo, mi extrema vida secreta, y pensé en aquel mendigo de Santiago de Chile que veía Bolaño en la calle Banderas esquina Ahumada, aquel hombre que aseguraba ser nieto de Tolstoi y pedía limosna diciendo: “Miren dónde me ha dejado la Revolución Rusa”.
Volver sobre lo sucedido me hizo ver que aquella transeúnte estaba en la vida y tenía sentimientos y yo estaba como ella en la misma vida, pero con menor capacidad de sentir, de sentir de verdad, quizás sólo sabía sentir con la imaginación. Ella me había de pronto parecido admirable porque sólo contaba con su vida y nada más y por eso sentía con fuerza su dolor, mientras que yo, más vanidoso, contaba con el suplemento de la ruta mental que iba dibujando el humo de un mundo paralelo que me concedía la ventaja de caminar abstraído y así poder contemplar con incredulidad la vida real. ¿Alguna desventaja? En una circunstancia como aquella, verme de pronto tirado en la peor esquina de la Revolución Rusa.
Puede decirse que fue en aquella misma esquina donde confirmé que la persona que sufre y el creador que la engendra son dos facetas distintas y donde me puse a recordar a una buena amiga que, hará unos años, me contó que un día estaba en una fiesta en las afueras de Benicarló y se fijó de pronto en un tipo raro que había en el otro extremo de la terraza. Atardecía. Le observó sólo de pasada. Cuando, minutos más tarde, su mirada volvió a tropezar con la del hombre, descubrió que éste seguramente llevaba un buen rato sin quitarle los ojos de encima: parecía estar estudiándola con fijación, y su mirada era potente, de intensidad extrema.
Aquel tipo era un famoso escritor británico, pero mi amiga, muy joven ese día,  desconocía ese dato. Pasados unos años, volvió a pensar en la escena (aparentemente un escritor que se había fijado en una muchacha) y descubrió que muy posiblemente ese día aquel individuo, al mirarla de aquel modo, “sólo estaba trabajando”.
Recuerdo lo mucho que me reí al oírle decir esto, quizás porque la había entendido demasiado bien. Aquel individuo estaba en la fiesta, pero también en otro lugar. Pertenecía a esa clase de artistas que miran, se fijan en la gente, pero sólo para escribir o pintar sobre ella. En el fondo, las personas les importan bien poco: las necesitan para crear, pero a veces ni siquiera acaban de estar seguros de que existan de verdad, les sostiene el quijotesco propósito de “combatir la realidad con la ficción” y creen por ejemplo más en la madre de Hamlet que en la locutora de los informativos.
Me parece que ese día mi amiga supo percibir la esencia de lo que, generalizando, podríamos denominar la mirada más característica del artista. Si tenemos capacidad de observación y cierta paciencia, podremos advertir que en esa mirada está incrustada –como un blasón de la condición de autor y como un delirio heredado de generación en generación- su relación difícil con la realidad, es decir, con aquello con lo que precisamente mejor debería llevarse.
Cabe suponer que, en efecto, aquel día el novelista británico miraba a mi amiga, pero al mismo tiempo se hallaba secuestrado por una página que había dejado interrumpida en su Olivetti Lettera 32 y andaba preguntándose hacia dónde derivarían aquellas líneas de su novela y, quién sabe, quizás estaba pensando en dinamitar la realidad de plomo de aquella terraza y, como quien coloca una langosta viva en la cazuela, estaba observando a mi amiga con la intención de meterla en su libro. Conozco  bien  ese momento en que todo, absolutamente todo, entra en lo que mentalmente escribes, entra hasta la jovencita que se pasea sin metafísica por una terraza de Benicarló. Todo puede entrar ahí, sin más, como entra ahora el recuerdo de una tarde. Fue hace un año. Salí de casa después de tres días de encierro y de trabajar duro en mi novela y un paseante aprovechó un semáforo para preguntarme a boca de jarro si me gustaban las películas de Jean Eustache. Me quedé de piedra. Aquel peatón parecía salido directamente del libro que estaba yo escribiendo. Quizás lo que sucedía era que ni siquiera había salido de mi casa y aún seguía en la mesa de trabajo. Y sí. No lo había pensado hasta entonces, pero mi novela estaba emparentada con el mundo de Eustache, el autor de La mama et la putain. Asombroso.
La mirada más característica del artista tiene un lado sombrío, que detectamos cuando nos llega la sospecha de que nuestros autores favoritos escribieron con pericia admirable sobre la vida, pero jamás supieron nada acerca de ella. En muchos de ellos es perceptible incluso una especie de paso atrás en la relación con el mundo, un escalón extraño que les separa de la realidad. Pero sin ese escalón sería difícil comprenderlos, porque éste paradójicamente les ayudó a sobrevivir y a ser, de paso, falsos conocedores de la vida, sorprendentes narradores, grandes tarados: en el fondo, seres convencidos de que la verdad tiene la estructura de la ficción.
Está claro que sus mundos paralelos y sus mentales vidas secretas extremas dificultan la resolución del viejo conflicto de las relaciones del artista con la realidad. Y más cuando a nadie se le escapa que, a fin de cuentas, en las mejores mentes se ha dado siempre, tarde o temprano, esa especie de paso atrás en la relación con el mundo. Quizás todo podría tener una cierta solución si recurriéramos a esta fórmula tan sencilla: el arte no es para nada la vida, sólo se le parece.
Pero mientras no recurramos a ella, seguiremos intrigados espiando a los artistas de miradas que parecen lugares nublados donde dos realidades conviven del modo más salvaje. Podemos verles a esos extraños personajes de tarde en tarde, cuando se dejan caer por alguna reunión mundana. Se nota a la legua que en ese momento se sienten desplazados de sus cuartos de trabajo. Caminan sin rumbo, desorientados solitarios, creadores constantes de mundos únicos y excepcionales, grandes tarados. Últimos supervivientes de un agónico modo de mirar. Nada que ver con los escritores que consideramos normales, todos tan felices, siempre con buena conducta y las rodilleras impolutas, buenos chicos que no añoran sus mesas de trabajo, pues tienen el vacío instalado en ellas, lo que les permite precisamente pasear con naturalidad por los salones del mundo.  A los grandes tarados les sucede lo contrario. Se nota que andan dándole vueltas a esa descripción que dejaron interrumpida cuando salieron de viaje al exterior: vueltas y más vueltas a “ese rastro diminuto y cruel de arsénico en un vaso de plástico” o a esa “nieve sombría entre los árboles”.
Perdidos en la realidad, confirman con sus actitudes que un escritor que no escribe es, de hecho, un monstruo merodeando la locura. Cuando pienso en ellos, últimos felices extraviados de una cultura cada vez más protectora de obras perezosas o infantiles, cuando pienso en esos grandes tarados sin sentimientos, me acuerdo de John Banville, que dice sentir envidia de los fines de semana de los oficinistas y del lujo de dos días enteros de libertad, pues para él un fin de semana es una tortura de hastío, frustración y el amargo esfuerzo de pasar por un ser humano: “Cuando no está en su mesa, el escritor se siente vacío, siente que es una piel despellejada sin huesos”.
¡El amargo esfuerzo de pasar por un ser humano! Ahí está abreviado lo que más define a esos últimos raros, siempre extravagantes y con vocación de traspapelados, incapaces de saber qué es la vida y menos aún qué puede ser un verdadero sentimiento, siempre evidenciando el problema de fondo que puede leerse en el blasón de su delirio heredado de generación en generación: la existencia de una “nieve sombría”, pero no entre los árboles, sino en sus cada día más precarias relaciones con el famoso mundo real.





Tomado de www.enriquevilamatas.com