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lunes, 2 de marzo de 2015

¡Pobre Casey!





Muy lejos estaba de sospechar la cruel coincidencia, el despiadado tiro, de que aquella mañana, justamente (vete a saber si a la hora misma, acaso uno de aquellos acompañamientos), en ese humilladero del verano daban tierra a un escritor con quien esperaba encontrarme. Casi un compatriota, pese al nombre y apellido ostrogodos, que en Roma lucraba el pan —pasados los entusiasmos revolucionarios— como traductor de la FAO.

Calvert Casey, el nombre de pila, por el apellido de uno de los fundadores de Baltimore, su cuna; el apellido, por la sangre irlandesa de su padre, un pingüe guarnicero de aquel paraíso de la hípica que fue el Maryland, luego metido en el ramo de la maquinaria agrícola y con negocios en Cuba, donde casó con una española. Y así Calvert Casey, un cuarentón moreno, flaco y alto, reunía los modales nórdicos, aliviados con el humor irlandés, y una campechanía de cordial marca hispana. Porque la temprana muerte del padre le ancló, desde niño, a Cuba y su ulterior carrera neoyorquina no conseguiría borrar (y él estaba lejos de proponérselo) esta componente de su carácter. Y en Cuba —mientras el aceptado exilio le traía a Europa— seguía la adorada madre española. Diré más: la noticia del fallecimiento de ésta, recibida durante un breve viaje ginebrino, fue la gota que colmó el cáliz del tan voluntario como insufrible destierro. Perdido el último gusto de la vida, nada más regresar de Ginebra se la quitó en su casa de Roma, uno de aquellos días de agobiante e improvisto calor del pasado mes.

Con aquel nombre que parecía desmentirlo, ya que no por su aspecto y talante, Calvet Casey era un escritor, un cumplido narrador y ensayista, en nuestro idioma. Un estupendo escritor de una Cuba que es realidad y mito a un tiempo, blandamente nostálgica del fino europeísmo de sus últimos días españoles, prosaizada por el alud comercial y turístico yanquis, hundida en el concusionario desgobierno y exultante, un momento, a la aurora de la libertad y al prometerse un papel misionero.

Ese complejo y bullente mundo es el de los libros de Casey. Ustedes recordarán la docena de espléndidos y tristes relatos que forman El regreso, como las recientes Notas de un simulador, volúmenes publicados, ambos, por Seix Barral. Cuba, y la nostalgia de Cuba, por poético y humanísimo trasunto de un Paraíso definitivamente perdido: no por próximo, menos inalcanzable. Crecido en el clima de guerras y carrera nuclear, reclamado por dos mundos antagónicos a fuer de hombre partido, abrazando ora una, ora la opuesta ideología, que se le agostaban de inmediato: en denodada e inalcanzable procura de sí mismo, Cuba (la idiosincrasia cubana) aprontaba el escenario ideal para el mundo de sus historias. Esa turbamulta en que la ostentada y próspera modernidad se conjuga con vivencias de arcaicas civilizaciones; donde las esperanzas siempre fallidas, o sólo realizadas con pro para terceros; donde la obsesión de la destrucción total, cruz de unos pocos, se diluye en la indiferencia de los más. Acabada imagen de un mundo en disolución que —al acendrado mirar del melancólico escritor— no invoca otro remedio que revoluciones, matanzas, confinamientos, ley del hambre. Y, de postre, la atómica. Metamórfica virtud del escritor, que de tan negros ingredientes compone un canto a los entrañables valores del linaje humano. Preciosa prenda, ¡pobre Casey!, de esperanza. — M.




 La Vanguardia, 12 de junio de 1969


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