miércoles, 19 de mayo de 2021

Prudencia

 



Dolores Labarcena


Te presento a Prudencia. Mírala, dijo Prudencio y le enseñó una fotografía a Píriz donde se veía sonriendo con algo semejante a un radio encima de una mesa. Como todos los que han desfilado por aquí al saber la novedad, Prudencio también estuvo en la Sierra. Al bajar, el destino es así, ambiguo, enmarañado, Alfredo Guevara lo metió de sonidista en el ICAIC. Como bien indica el nombre con que la bauticé, continuó Prudencio, su principal característica es la discreción. ¿La ves? Consta de tres partes. La de arriba se llama Eco, la del medio, que es la que realmente ejecuta gran parte del trabajo, se llama Enfoque, y la de abajo, ligera e invisible, Emisión. Observa, Chivo, fácil de transportar.  

Píriz le echó un vistazo a la fotografía:

–¿Qué es, un radio o una cámara de vídeo? Estás acabando, Prudencio. Este año la ANIR te premia seguro.

Prudencio, poniendo el portafolio en la cama, respondió:

–¿La ANIR?... ja, ja, ja. ¡Qué va!… Chivo, ¿desde cuándo no nos vemos? Hace cuatro años que salí del ICAIC. Ahora estoy en el ICAP: Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos. Somos eso, una máquina de hacer amigos. Mi tarea es orientar, tutelar y seguir a todos los becarios extranjeros. ¿Has visto a tu oncólogo? Lleva siete años aquí. Apréndete el apellido, Chivo. Ni Lifonisabo ni Lefunisabo. Mkuki Lifunisabo. Natural de Kinsasa. Somos eso, Chivo, una máquina de hacer amigos. Nada es gratis. Nuestra premisa no es regalar, sino compartir, enseñar, adiestrar. Tendemos, a través de nuestro Organismo, lazos de amistad con los países del Tercer Mundo. Solidarios, Chivo... Li-fu-ni-sa-bo. Apréndetelo. Es simple. Si oyeras los apellidos que aprendí gracias a la mnemotecnia: Egwuekwe, Ghoochannejhad, Alamieyeseigha, Onwuatuegwu, Chukwumereije…

Interrumpiendo su excéntrica capacidad, Píriz le pidió a Prudencio ver de nuevo la fotografía.

–No, Chivo, te enseño mejor a Prudencia. La tengo aquí. Te expliqué que es ligera, fácil de transportar. Para que veas, vaya, la pruebo contigo.

Prudencio sacó del portafolio unos audífonos y se los puso a Píriz en los oídos.

–¿Qué es esto, Prudencio? No oigo nada.

–Ten paciencia, Chivo. Déjame trancar la puerta–dijo con cierto sigilo–. Eso que tienes puesto y no oyes, es Eco, la parte de arriba. Cuando lo conecte, escucharás Radio Enciclopedia y de forma simultánea, yo escucharé lo que se hable, no solo en el baño sino en todas y cada una de las habitaciones de esta planta. Ahora viene Enfoque.

Abrió de nuevo el portafolio y esta vez sacó un bulto de postales fotográficas, del cual escogió una especialmente para Píriz y lo invitó a observar:

–¡Cojollo! El presidente Urrutia y el Héroe de Yaguajay. ¡Camilo, Prudencio, Camilo!

–Positivo, positivo. Pero para la carreta, Chivo, tranquilo. Falta Emisión. Échale un vistazo a la postal –dijo y sacó dos imanes minúsculos, imperceptibles, y los pegó a las suelas de las chancletas de Píriz–. Ahora ve al baño. Eso emite ondas magnéticas, es el localizador. Dile a tu sobrina que te ayude. Menos Enfoque, que es quien desencadena los verdaderos sentimientos del objetivo y, por ende, las reacciones, las otras partes, Eco y Emisión, se activan gracias a un mando a distancia que llevo en el doble fondo del portafolio junto al receptor y un walkie-talkie por si se precisa intervención. El radio de acción, si no hay interferencias ambientales o de terceros, es de quinientos metros cuadrados. Hagámoslo, Chivo. Verás lo eficaz que es Prudencia.

Mientras tanto, Prudencio y su portafolio salieron de la habitación para saludar a Lifunisabo. Y como la curiosidad es igual o peor que el cáncer, no le quedó más remedio a Píriz que pedirle a Magdalena que lo llevara al baño. Además del palo de suero y toda la guindaleja que le cuelga, Prudencio le encasquetó a Prudencia. Y ahora qué, preguntó Magdalena mientras lo sentaba en la taza del baño. ¡¿Que qué haces?! Dale, muévete, Magdalena. Apúrate. Coge la postal y quítame las chancletas… ¡Coño! Quítamelas. Llama a cualquiera. ¡Corre! Di que tengo un dolor que no aguanto, chilló Píriz como un descerebrado y lanzó los audífonos. En un santiamén el baño se convirtió en el camarote de los hermanos Marx. Vinieron cuatro enfermeras, Lifunisabo y Prudencio. Venga, compañero Germán. Lo ayudaremos a acostarse, dijo una. Y lo llevaron casi en volandas hasta la cama. ¿Qué le ocurre, compañero Germán? ¿Dónde le duele?, preguntó Lifunisabo. ¡En todo esto! ¡En todo esto!, clamaba Píriz formando círculos y círculos en el abdomen sin indicar un lugar concreto… Relájese. Tranquilícese, le indicaré un avafortan, expresó Lifunisabo.  Chivo, perdóname, dijo Prudencio al salir Lifunisabo y las enfermeras. Y comenzó a dar un sinfín de justificaciones, por ejemplo: “No sabía que estuvieras tan jodido”. “Chivo, coraje”. “Los hombres como tú mueren de pie”. “Pide, tus deseos son órdenes”…, y etcétera. Pena me da contigo, Prudencio. Ni sé de qué va. Pero seguro que es efectivo, útil. Eres un gran innovador y racionalizador, dijo Píriz con los ojos entrecerrados.

Magdalena que vio a Prudencio como una gallina clueca sacando a Emisión de las chancletas, se levantó del sillón para darle a Enfoque, que la dejaba olvidada en la mesita.  

–Mire, compañero, se le queda esto…

–No se me olvida, muchacha. Tu tío perteneció a la Columna de Camilo. Cómo se me ocurre… Un hombre sencillo, leal. Un héroe.

–¿Quién, mi tío?

–Camilo, Camilo… Mmm… Y tu tío también, también. Un héroe anónimo. Toma. Se la regalo.

Al deshacerse de la postal Prudencio soltó un “hasta la vista, camarada”. Unjú, unjú. Saluda de mi parte a Alfredo, respondió Píriz.

 



Fragmento de la novela No quiero llanto, Betania 2020. 



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