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viernes, 27 de abril de 2018

El Jardín


Virgilio Piñera 


Un jardín me ha construido el sueño
para que en él yo sueñe la realidad;
allí los muertos, los vivos, los ausentes
conversan entre sí animadamente:
a mi difunta madre yo le he oído
quejarse de las frutas del mal año,
y decirle a mi padre que yo soy
un niño desterrado de su amor.

De pronto ha aparecido Robespierre
sentado en su carreta del patíbulo
vendiendo una cabeza con gusanos
mientras grita: ¡Manzanas coloradas!
Mi padre pide una, y él le dice:
¿Cuál prefieres? ¿La de Dantón?
¿La de María Antonieta?
Pero mi madre, viendo una cabeza
en donde por las cuencas de los ojos
asomaban dos uvas temblorosas,
la eligió, y Robespierre le dijo:
Es para mi un honor que usted me coma.

Lo que leí en los inciertos libros
ahora lo veo señaladamente:
Nerval se va a ahorcar en la Vieille Lanterne,
Zenea se dispone a ser fusilado,
Casal en su hemoptisis se consume,
y en Dos Ríos Martí la patria funda.

De Henry James los niños misteriosos
se acercan a su aya desencarnada
para confiarle que ellos están viendo
un hombre vivo en lo alto de la torre.
Sonriendo ella asiente y pone un dedo
sonbre sus labios como diciéndoles:
Todo es posible en el reino de la muerte.

Aún no salido de mi asombro escucho
de Carlos Marx la voz tronitonante:
Aunque quieras los ángeles no existen.
Vas caminando por una estrella calle,
o por el ancho mar o el aire surcas
y no hay ángeles que choquen con tu vista;
sólo hay seres humanos y animales
que mueven como pueden su existencia.
Tu pensamiento debes concentrar en ellos,
en una esquina abandonar la fantasía,
dejarla ciega, que se estrelle sola,
y tú decir con convicción profunda:
Somos materialistas convencidos.

Ya no tienen cabida en este mundo
las locas invenciones de la mente,
las gorgonas se han ido para siempre,
en los océanos no hay buques fantasmas,
y aquel que caminó sobre las aguas
se ha perdido en el lago de los Quantas.

En el teatro de los idealistas,
Hegel (si lo pudieras ver), menos que ambiguo
está, olímpico, detrás de la cortina,
sentado entre la tesis y antítesis.
Ni hay público para escuchar su verbo:
toda la fenomenología del espíritu
es un sólido bloque de materia
contra el que las mónadas se estrellan.

Tú estás aquí, en este jardín,
estás bien muerto y, sin embargo,
oigo tu voz hablando de materia.
Y Marx contesta: No soy yo el que te habla,
eres tú el que sueña.
Estás vivo y estás soñando
que yo te hablo de la materia,
de la que tu sueño es una parte.

Dime, le imploro, ¿el que está muerto
en su hoyo es mecido por el sueño?
Yo he muerto, dice Marx, y tú aún eres
materia viviente. Hablo por tu mente,
y en nada soy mecido, al menos que tú digas
que yo me estoy meciendo.

Desde un púlpito con blancos espectrales
la voz de un sacerdote cae helada:
Los designios de Dios son insondables,
y aunque las naves viajen a la Luna
en tierra nos quedamos con el tiempo.
Sólo el espíritu puede redimirnos
de tal arena aciaga, y esta envoltura corporal
convertida en gusanos, y que surja
la eternidad empapándose en la Muerte.

Muy lindas tus palabras -dice Marx-,
pero las naves viajan a la Luna,
y en tú cabeza tus ángeles vuelan
como las moscas sobre el cadáver.
Enseña a tu rebaño que el poema,
en las casas mentales, siempre ocupa
un lugar irrisorio, y diles
que vivimos en un mundo
donde soñar es como estar ya muertos.

                                                                  
                                                              1965


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