viernes, 12 de junio de 2015

Severo Sarduy: una necesaria relectura



Juan Goytisolo


A los quince años de la muerte de su autor, la obra de Severo Sarduy parece haber caído si no en el olvido, en una especie de prolongada hibernación. Varias razones, atribuibles unas al propio Severo, y otras al descuido e inepcia de la crítica, tanto en Francia y España como en Hispanoamérica, explican, ya que no justifican, esta deplorable negligencia. La personalidad de Sarduy y su brillo estelar en la agitada y voluble intelectualidad parisiense del período que abarca desde mediados de los sesenta al comienzo de los ochenta del pasado siglo desdibujó en efecto la frontera entre la figura pública y su escrupulosa creación novelística. El autor ocurrente y mundano, asiduo de los cafés y cenáculos de la Rive Gauche, se puso de moda, exponiéndose con ello a su fatídica consecuencia: pasar de ella, con esa reiteración de las olas que orillan y mueren en la arena de un sistema tan bien descrito por su amigo Roland Barthes. Lo efímero de la actualidad —¡la nouvelle vague!— ocultó de este modo lo perdurable de su modernidad. Desaparecidos algunos de sus mentores, los que sobreviven han mostrado con su oportunismo, y a veces chaqueteo, una lamentable ingratitud con quien alzaron y llevaron en hombros en vida.
Severo Sarduy, becado en París por el gobierno cubano al principio de la Revolución y alejado no sólo físicamente de ésta en razón de su credo artístico y de su no disimulada homosexualidad, entró en contacto con la vanguardia literaria francesa de la mano de François Wahl tras la publicación de su primera novela, Gestos, editada en España por Seix Barral. Con la sonada ruptura entre Pekín y Moscú a causa del denostado «revisionismo» Jruschoviano, el núcleo de escritores aglutinados en torno a la revista Tel Quel se entregó con inconmovible fervor a la defensa del maoísmo. Las inolvidables jornadas del Mayo francés, en las que Severo participó festivamente en el happening de la ocupación de Odeón, abrieron las compuertas a una especie de culto de latría a la persona y obra del Gran Timonel y a las perspectivas del Mañana Luminoso que supuestamente abrían (espejismo al que yo mismo cedí durante un lapso por fortuna brevísimo). A alguien que, como Severo, sabía a qué atenerse por el ejemplo cubano, le tocó vivir una experiencia insólita: la de hallarse atrapado, en una sociedad libre, en un círculo de inexorable rigor doctrinal. En una excelente entrevista publicada en la revista Espiral, el pintor Ramón Alejandro, amigo de Sarduy y de sus compadres de medineo por los lugares poco santos de Tánger, evoca sus precauciones y autocensura de aquellos años. Su testimonio no tiene desperdicio.
La antinomia existente entre el libérrimo autor de De donde son los cantantes y el intelectual asociado exteriormente con el núcleo de Sollers, Foucault y François Wahl, no perjudicó no obstante su aventura creativa. Fuera de la excesiva sobrecarga teórica de Cobra —toda propuesta literaria nueva implica una dimensión experimental pero aquella, para cuajar, no debe mostrar la hilaza—, su novelística posterior revela un admirable proceso de madurez y decantación: la sabia conjugación de su triple herencia hispano-chino-africana representativa del singular mestizaje de la isla. Maitreya, Colibrí, Cocuyo entremezclan la gozosa tradición del choteo con la elaboración refinada de quien se toma su obra muy a pecho: su relectura hoy no decepciona; conserva, al revés, todo su acicate para el amante de la dimensión artística de la literatura.
Bajo su apariencia de frivolidad y mariposeo cultural, Severo fue un gran artista, dotado, como García Lorca, de notables facultades de poeta, dramaturgo y pintor. Una muestra de esta última faceta de su talento en una conocida galería del bulevar Saint-Germain —la última vez que lo vi en persona— evidenciaba la capacidad del autor de asumir y sincretizar las diversas raíces de su cultura. Me sospechaba ya de que era víctima del «monstruo de las dos sílabas» y, por espacio de unos meses, nuestra relación amistosa se redujo a una mera comunicación telefónica. Si la noticia de su muerte me afectó, la impresión fue todavía mayor cuando leí el texto póstumo titulado «El estampido de la vacuidad», en el que el poeta gongorino y lezamiano alcanza la difícil y nítida desnudez de un San Juan de la Cruz; la lucidez y el desarrimo de un místico.
He escrito varios ensayos sobre la labor creativa de mi amigo desde que le dediqué un cursillo —junto a su compatriota Lezama Lima y Cabrera Infante— en la New York University a comienzos de los setenta del siglo que quedó atrás —amén del homenaje que le rindo en un capítulo de mi Carajicomedia—, pero no quiero desaprovechar la oportunidad de añadir estas líneas a la publicación de este libro después de tantos años de injusto silencio.





Tomado de Centro Virtual Cervantes



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