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domingo, 15 de mayo de 2016

Experiencia de la poesía




Vittorio Sereni 


Nadie más que un poeta es capaz de decir cosas concretas sobre la poesía. Al contrario, nadie menos que él es capaz de exponer verdades que escapen de un orden en absoluto personal y dentro de ciertos límites útiles solo a él y a él solo necesarios. 

“No me he concedido nunca”, dijo Valéry que de cosas universales entendía, no más por la tensión constante contra aquéllas, “no me he concedido nunca el atrevimiento de prescribir, ni de prohibir, algo a alguien, en materia de literatura, de arte o de filosofía. Aquello que me he permitido y prohibido a mí mismo, fue siempre a título de conveniencia o de experiencia”. 

Es natural, por tanto, que un poeta inmerso en lo íntimo de su trabajo sea ajeno a considerar la poesía “sub specie aeternitatis”; aunque es igualmente natural que siga íntimamente su propia estrella polar, su propia idea de la poesía. Pero esto es otro discurso: como confrontar la crítica propiamente dicha y concretamente formulada, y la crítica, por naturaleza completamente íntima e inapresable que se desarrolla silenciosamente en el poeta frente al hecho creativo. Desconfía —dice el poeta— de todos aquellos que saben muy bien qué cosa es la poesía, que tienen siempre una definición a mano; déjese pasar unos meses, quizás apenas unos días, y se verá que aquella definición ya habrá cambiado, tal vez en su totalidad, y no será por eso menos perentoria que aquella que la precedió. 

En cuanto a los poetas, ellos viven perennemente tentados, perennemente perplejos entre definiciones y sugerencias opuestas: se diría que el suyo, visto minuto por minuto, metro por metro, es más un camino de dudas que de certezas. Las verdaderas certezas son finales y generales; y son evaluables en base a su fecundidad más que a su verdad e incontestabilidad objetiva y absoluta. En tal caso dejemos hablar, ante todo, a la poesía que nace de los textos poéticos y perdura a través de esos textos; entonces —desde lo alto de los Cantos o de las Fleurs du Mal— también las otras palabras, con la fe poética que portan, podrán pretender investirnos y dejarnos, al menos por un largo periodo, persuadidos y partícipes. La poesía precisa, para crecer, materia y espacio. 

Con esto no se dice nada peregrino: se alude a la paciencia que un poeta debe siempre requerir (“Pitié pour nos erreurs pitié pour nos péchés” decía Apolinaire) por aquel conjunto de errores —si se considera detalle a detalle—, a pesar de las ilusiones o de los ídolos que hacen su provisoria y fluida verdad, que constituyen su alimento; a las posibilidades de recuperación que necesita que le concedan para que él cambie de opinión o calle aquello que cambia según la propia ley íntima —con la cual no le resulta fácil identificarse. 

Se propone, con esto, el carácter dinámico de cada meditación sobre la poesía: su extrema mutabilidad, su continua puesta en causa por descomponerse o recomponerse, por aceptar o rechazar. La visión de un nuevo paisaje, la lectura de una página que el azar abre un día sobre la mesa, el sonido de una voz desde la calle bastan a veces para darle una dirección diferente, para obligarla a ver todo desde el principio.

Puede ocurrir, a quien esté empeñado en un trabajo, que ciertas apremiantes íntimas vengan de improviso a coincidir con apremiantes externas, sobre la naturaleza, sobre el sentido y sobre la dirección de aquel trabajo; que también aquí se sientan puestos en causa porque cualquier dato de la propia experiencia parece acoplarse a los datos de una experiencia general. Y el trabajador, habituado a comportarse como el erizo o al menos como la tortuga frente a ciertas intrusiones no solicitadas, sienta entonces como deber propio la necesidad de encontrar una consonancia entre las dos apremiantes, incluso conservando algo de su naturaleza de erizo o tortuga. 

La guerra, que lo fue para todos, y tal vez más la posguerra, no han determinado, sino favorecido algo similar dentro de la poesía y de los poetas. Y si ya antes parecía desacreditado el concepto de “poesía pura” no en cuanto categoría histórica, pero sí en cuanto categoría estética, y si nadie más hablaba en serio de poesía por la poesía o de arte por el arte como intento de denuncia en relación a esto o a aquel poeta —hoy el interés general parece congregarse en torno al significado que la poesía asume en el corazón de la vida individual y colectiva. Se habla entonces de una función de la poesía; y sobre el tono y alcance de tal función es, o fue hasta hace poco, establecido el debate más vivo. En ese debate también los poetas tomaron posición en modo más o menos decidido, según los casos: alguno de modo clamoroso; otros, simplemente, callando. Sin embargo frente a ciertas impaciencias nacidas de la ingenuidad o de la presunción de quien viviendo en 1947 piensa haber discriminado de una vez por siempre todo lo que la poesía debe o no debe dar, preferimos la posición de la duda, deseándonos que sea una duda fecunda. Nos gusta imaginar al poeta como un creyente que espera los signos de la gracia, convencido exclusivamente de la predestinación y sin confianza en el mérito que al obrar podrá adquirir; y que sin embargo no puede prescindir de obrar sabiendo que las obras no le darán la gracia pero que por las obras únicamente podrá espiar la llegada de los signos que espera. Así son, por lo general, los poetas en relación a la poesía; pero no solo de la poesía en cuanto resultado expresivo: incluso del particular modo de ser de uno y del mundo en la poesía. Expresa, esta forma bastante “sui generis” de voluntad, que luego no es sino ansiedad y tensión: cuanto más patente y comunicativo sea, tanto más habré sido poeta; cuanto más pertenezca a los otros y cuanto más los otros se miren en mí, más fe tendré en mi elección, en esta justificación que he dado a mí mismo de mi paso por el mundo. 

Todo esto puede explicar la dificultad, la imposibilidad casi, por parte del poeta, de plantearse en términos lógicos, o en todo caso diferentes, alianzas como aquella intercurrente entre poesía y sociedad, o fe y poesía y hasta poesía y cultura: como plantearse un contenido y pensar introducirlo en versos. ¿Cuál operación es más abstracta y destinada a fracasar? 

Estas cosas —se trate de la sociedad, o de la fe religiosa o de la cultura— cuentan con la condición de ser materia viva, sensible bajo las manos. No hay dialéctica, no hay presión externa que pueda imponer: imponerle o querer convencer de esta o de aquella exigencia es establecer un absurdo dualismo: pensar que existe una forma vacía para llenar de un modo cualquiera.



«Esperienza della poesia» (1947) ; Poesie et prose, Mondadori, 2013. 


Traducción de Dolores Labarcena para Potemkin ediciones, no 13, enero-julio de 2016. 


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