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lunes, 18 de abril de 2016

Todo por las armas






Pedro Marqués de Armas 


Haneke tituló su tercera película "71 fragmentos de una cronología del azar" -título envidiable y algo endiablado. Fue el cierre de su trilogía experimental, donde ya está contenido, sin diluciones, el Haneke que vendría después: tal vez, el cineasta que mejor explora la post-modernidad.  

Su argumento por excelencia, la violencia, se desarrolla aquí desde las habituales premisas: el desafío a la lógica, la gratuidad de las concatenaciones, el mundo como pliegue de la imagen televisiva, como radical irrealidad.

Un estudiante de 19 años, frustrado de manera perenne, se lleva por delante en una sucursal bancaria a quienes concurren allí por azar un día antes de la Navidad de 1993: varios de esos amargados pero a fin de cuentas ordinarios personajes que la cinta nos depara en sus sucesivos, recurrentes, y aparentemente hilados fragmentos.

Triunfa la fuerza expresiva de la imagen sobre cualquier narrativa, incluso, el azar sobre el montaje. Un montaje para el azar, donde el único en salvarse (accidentalmente) es el último en entrar en la historia: un niño emigrante que debió salvarse a su vez (también de milagro) de la guerra de los Balcanes.   

El filme empieza con lo que parecen que son bombas cayendo, pero resultan luces reflejadas en una suerte de lagunato del que hay que escapar. 

Para seguir con las insinuaciones de costumbre (en Haneke siempre diabólicas): un dios invocado que no escucha, una huérfana maléfica en proceso de adopción, un anciano que parlotea al teléfono y se responde a sí mismo, el robo de unas armas en un almacén. Todo, por las armas, se diría.

Reportajes televisivos sobre las guerras en África y Sarajevo, y el affaire Michael Jackson, se intercalan con los relatos de catorce sujetos convocados por el fracaso, y como dije más arriba, la gratuidad.

El joven sale de la sucursal bancaria después de descargar el arma homicida sucesivas veces, y la sigue descargando -en un plano cenital inigualable- contra  varios coches que frenan abruptamente en sus piernas. Se dirige a su automóvil, receptáculo de frustraciones, y allí se escucha un último disparo.


La película, de 1994, se inspiró en un crimen corriente. Haneke lo adaptó a su gusto, es decir, lo descompuso a su modo perturbador. 


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