sábado, 24 de abril de 2021

El juguete de Kalenga

 


 Magdalena Duany


Al diseccionar los órganos reproductivos de una abeja, Swammerdam se dio cuenta de que el rey era en realidad una reina. El descubrimiento, como todo descubrimiento que se precie, dio sentido a lo que hasta entonces fue para la humanidad un sinsentido. Tres siglos después de que los sabuesos de Hécate extrajeran sin contemplación los rancios fluidos del célebre zoólogo y anatomista holandés, hablaré, con el pragmatismo que lo caracterizaba al tomar el bisturí (y lo haré si Dios quiere en dos cuartillas) de otro simple mortal.

Tayali Ashton, más conocido como Kalenga, nació en el seno de una familia de oradores de la etnia Ewe. Su destino (nunca se aprendió un cuento tradicional por ser sordo prelingüístico) fue trazado por los sacerdotes de la tribu que lo desterraron por estar poseído por un vodun o espíritu maligno. Como dato curioso, el embrujado tenía siete años. Eryka Ashton, etnóloga norteamericana que lo vio en un mercadillo de Ghana con un muñequito de tela al que le enterraba agujas, lo acogió, porque, según cuenta ella misma en África y sus tótems (Hidra, San Francisco, 1967): “Una infancia sin ilusión es un mañana sin oportunidades”. A partir de ahí los fetiches que Kalenga hacía (máscaras, falos, relicarios, figuras antropomórficas, etcétera) Eryka los exponía en museos de medio mundo bajo el título “Reliquias de una etnia atomizada producto de la independencia sajona”. Tres años más tarde, la filántropa Ashton, que contaba treinta y ocho años y carecía de descendencia, adoptó legalmente a Kalenga y se lo llevó a Estados Unidos. Todo muy fortuito y azaroso. ¿Verdad?

El 19 de septiembre de 1976, mientras un Boeing de la Turkish Airlines se precipitaba contra los montes Tauro matando a ciento cincuenta y cinco pasajeros, Kalenga contraía nupcias con Irina en Las Vegas. A Irina, hija de Mijáilovich Ivanov, un disidente ruso que trabajaba como mecánico en la Tesla Motors, la conoció en la Escuela para Sordos de California. Esta particularidad, es decir, la sordera de ambos, que para muchos puede ser un hándicap, los hizo consagrarse en la industria cinematográfica entrenando animales exóticos. De esta unión nació Sassy, una niña oyente que dominó desde pequeña tanto el lenguaje de señas como el inglés. El ambiente en que se crio Sassy no tuvo muchos decibelios, pero sí Choco Ckrispies, matrioskas, y una mascota especial, Bunggi, un pastor alemán que trabajó para directores como Hal Warren y Steve Binder. En el sexto cumpleaños de Sassy, el cual celebraron en Santa Mónica mientras rodaban Smokescreen, por un error, nadie supo de quién, el hecho fue que dejaron funcionando la mezcladora de cemento, Bunggi se despidió del plano terrenal y de lo que sería “una película de ciencia ficción donde un perro, un mono y un predicador llegan en un cohete a Marte para colonizar a los marcianos, gente de poca fe”, como reza la sinopsis. Precisamente la mezcladora de cemento era el cohete.

Luego del juicio y la indemnización por parte de la productora Golden Banana Films, Kalenga, que jamás cerró la puerta a su beta artística, ideó un peluche en honor de la desaparecida estrella mediática: un perro verde, con ojos rojos, orejas grandes y una túnica de saco. El éxito vino como paletita de helado en el desierto de Atacama. Y esto gracias a los tentáculos de la madre adoptiva de Kalenga que vendió la historia a Globe como maltrato animal, racismo y discriminación de personas sordas. ¡Claro que sí! Además de My Little Pony, Barbie y las Cabbage Patch Kids, el Bunggi Peloso fue uno de los juguetes analógicos más aclamados por los millennials en los años ochenta.        

Rebuscando en periódicos de la época, (¡no hay quién frene la hemeroteca digital de este esferoide oblato!) leí en The Daily Telegraph un artículo que asegura que Kalenga se había inspirado en el osito de Margarete Steiff. Igualmente el Washington Hispanic se apunta un tanto insinuando que el Bunggi Peloso fue una imitación de Doraemon, el manga japonés. Sin embargo, esto no va de plagio. Me senté a escribir porque anoche murió en el Country Villa Serena de Los Ángeles Tayali Ashton, víctima de una “insuficiencia respiratoria aguda”. Su hija Sassy, la famosa instagrammer FurryCat78Real lo anunció conmocionada desde el Condado de Kauai, lugar donde reside. De la noticia se hizo eco Google mostrando en su logo un Bunggi Peloso con un lacito negro en la túnica. Es un peluche andrógino, racializado, y sin trazas de origen animal, asegura Mirror82. Mirror82 acaba de desembolsarle a eBay 1137,99 dólares por el Bunggi Peloso edición limitada de 1987, año de su última fabricación.

Aquí en Cairns, justo en El Parque Cultural Aborigen Tjapukai, hace un día espléndido. Un guerrero toca el didyeridú para un grupo de foráneos, en el que me incluyo. Pensándolo bien, también Swammerdam le mostró a la humanidad cómo sacarle el corazón a una rana y que siga nadando. No tengo sangre para repetir sus experimentos. Pero si quiere un subidón de adrenalina ensaye sacándole el cerebro. Ya me dirá.



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