martes, 17 de noviembre de 2020

Estatutos de la Corte Suprema


Magdalena Duany

 

Ningún pueblo tiene ideas tan anómalas acerca de lo intangible como el pueblo chote-kire. Para los chote-kires, las condenas reservadas en el Efú (así nombran la montaña donde habitan los hombres-paja o jiniyiyos) a carpinteros, científicos, estudiantes y un largo etcétera, difieren poco de las que se aplican a los ladrones en Chote-Kire. El Juicio Divino es semejante al de la Corte Suprema del citado Imperio.

Una vez incinerado el cadáver, es decir, cuando su alma es conducida al Menjuvezavo, especie de limbo para los chote-kires, se llega a un pequeño pantano donde el recién llegado se hunde hasta el cuello entre heces de vaca y baba de caracol. En la otra orilla hay un jiniyiyo palafrenero, especie de Perséfone, que le extiende la mano y acto seguido lo empala con un bambú desde el ano hasta el etmoides, sin traspasar la fosa craneal, ya que ahí se encuentra el Nondoó, o Sahasrara según los tántricos. El jiniyiyo palafrenero, que dicho sea de paso conduce una carreta tirada por gatos alados, lo lleva hasta un montículo donde lo espera el comité de los jiniyiyos vocingleros. Allí, después de desempalarlo, leer su Carta Astral y, como en las películas policiacas, investigar a lo que se dedicaba en Chote-Kire, se decide si sigue camino hacia un Universo Paralelo o es condenado dos mil quinientos cincuenta y nueve años a vagar alrededor del Efú, donde los trabajos que le encargan son tan inverosímiles y prolongados como machacar caparazones de tortugas, para con el polvillo, hacer aún más alta la montaña.

Al cumplir las condenas en el Menjuvezavo lo lanzan a las profundidades del Efú a través de un boquete que tiene la cima. La profundidad de dicha montaña es de 60.903 kilómetros bajo la superficie terrestre. De tal forma se llega, para empezar, al último o primer infierno, depende del ojo con que se mire. Cada infierno está cercado con banderitas del Imperio Chote-Kire, y las torturas que dentro se llevan a cabo son tan execrables, o más, que las narradas en la Divina Comedia.            

Como bien dije antes, los castigos de los condenados varían dependiendo de la gravedad de su falta. Algunos son enviados a un trapiche que jamás deja de moler caña, otros a cortar marabú, otros arrojados en calderos con metales fundidos de los que salen en serie bustos con la imagen de Averaye Apanirum, Emperador de Chote-Kire.

De acuerdo con este pueblo, su infierno está compuesto por cien niveles, y en cada uno de ellos el castigo es diferente. Por ejemplo, en el nivel sesenta y ocho, se castiga a los pescadores que se echaron a la mar sin licencia, privando a la población de manjares tan escasos como langostas y camarones. En el nivel ochenta el castigo se centra en los agricultores que no donaron la mitad de su cosecha a Averaye Apanirum, quien, de forma equitativa, reparte en primavera viandas y hortalizas entre los más desposeídos del Imperio, es decir, el noventa por ciento de la población de Chote-Kire. En estos dos niveles la pena a cumplir es deshilachar las banderitas y volverlas a componer ad infinitum.  

Un nivel curioso es el noventa y cuatro, donde van a parar los carpinteros que compran madera de forma ilegal para fabricar chalupas, vehículo prohibido. Dichas chalupas tienen como objetivo transportar a los que huyen a la isla vecina, Ominirá, principal enemiga de Chote-Kire. En el citado nivel también caen médicos, biólogos, periodistas, cineastas, ingenieros, meteorólogos, artistas, zapateros, escritores, talabarteros, mecánicos, veterinarios, y gente común que no se alinee con los Estatutos de la Corte Suprema, (documento semejante a las Tablas de la Ley) dictados por el mismísimo Averaye Apanirum. Todos estos pecadores son arrojados a un molino de pulpa; con ellos fabrican papel, papel donde se imprimen ininterrumpidamente los citados Estatutos. Sin embargo, los chote-kires creen que los condenados pueden obtener algunas indulgencias de los jiniyiyos leyendo en voz alta los 365 días del año o 366 si es bisiesto, los Estatutos de la Corte Suprema. Así, mediante la perfección de la repetición perpetua, algunos logran convencer a otros coetáneos para que propaguen entre los díscolos del Efú la palabra del Emperador, que, al contrario de Moisés, jamás ha roto los Estatutos.

El nivel noventa y seis está destinado casi por entero a las mujeres. Todas aquellas que en vida se ocuparon más del colorete, joyas y trapos que de la salvación de su alma, son sumergidas en una especie de taller donde las obligan a fabricar lavadoras con motores de refrigerador, realizar injertos entre anamú y caguairán para crear jabón, practicar la alquimia para convertir el agua en aceite. Tareas inútiles que los jiniyiyos, o bien hombres-paja, imponen con solo alzar las temidas banderitas, excelente medio de contención, incluso más potente que la alambrada de púas que protege la isla de Ominirá. Idéntico castigo se impone a quienes hablen en general de la comida, pecado horrendo en el concepto de los chote-kires, que creen que esas opiniones inducidas por la gula son un verdadero lastre para los recién llegados al Menjuvezavo, puesto que no se reconocerán ni en Chote-Kire, ni en un Universo Paralelo.

Una particularidad muy notable, es que los niveles no se cuentan de abajo hacia arriba ni de arriba hacia abajo. Según la Carta Astral, y dependiendo si en el viaje al Efú el jiniyiyo palafrenero no se le ha ido la mano con el bambú, algunos chote-kires son recompensados por acciones terrenales como haber participado en trabajos voluntarios tales como recoger café, o escuchar en diferido los discursos de Averaye Apanirum. Algo insólito, concuerdan teólogos y monjes de Ominirá, adoradores de Brahatmanariyú, hijo de Yahvé, sobrino de Buda, primo de Alá, nieto de Zeus y vecino de Pachacámac, es que los ladrones no pasen por el Menjuvezavo, porque, en un inciso de los Estatutos queda patente que fueron juzgados por la Corte Suprema, y por lo mismo, tienen banderín abierto para oficiar de jiniyiyos vocingleros, esto sí, a excepción de que le hayan traspasado el Nondoó, o Sahasrara según los tántricos.



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