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miércoles, 26 de abril de 2017

Mil picos y diez mil barrancos




Simon Leys

Dostoievski sufrió una crisis de epilepsia en el museo de Basilea, ante el Cristo muerto de Holbein. En la pintura occidental, de Grunewald a Goya, de El Greco a Van Gogh y a Munch, no faltan, me parece a mí, obras capaces de desencadenar semejantes accidentes en unos organismos hipersensibles. En cambio, sería inconcebible, por definición, que una pintura china produjera semejante efecto, aunque la violencia de un Xu Wei o la inquietante extrañeza de un Wu Bin o de un Chen  Hongshou realmente podrían invalidar esta afirmación. Sin embargo, solo hay una excepción: el angustiante Gong Xian de la colección Drenowatz (Mil picos y diez mil barrancos, Museo Ritberg, Zúrich); es una pintura tan densa, que ni gota de aire circula por ella: el único paisaje sofocante que yo conozca.


La felicidad de los pecesillos. Cartas de las antípodas. Acantilado, 2011,  p. 82.


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