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domingo, 22 de enero de 2017

Procesión



 Ernesto Giménez Caballero



 Toda la ciudad lanza su maquinismo contra la procesión. Pero a la procesión la defienden los niños vendiendo aleluyas. Aleluyas finas. Aleluyas. 


 Los automóviles llegan, aúllan, ladran. Mas los automóviles terminan por acercarse mansamente a la fila, como perros. Como son perros —los automóviles, como son animales viles, sumisos, de carne esclava, nacidos para servir al poderoso y morder los zancajos del humilde, los automóviles se tienden al borde del arroyo, sujetos ahora por la tenaz cadena de la muchedumbre, única soberana de la tarde.


 Pasa un avión por el cielo.


 Pero el avión pasa espiritusantamente, como alguacilillo de paz, barriendo con su vértigo los papeles del firmamento. (Nubes, humos, chimeneas, ¡al cesto de recortes!) El avión sahúma la tarde con el incienso de su bencina.


 Se oye la nerviosidad —por un momento— de la motocicleta. No se la abre camino. Al fin, la motocicleta (militarista y organillera) saca su instinto plebeyo y se persigna. Trema por Dios. Y ofrece el saicar para ataúd de Cristo. 

 Los tranvías bogan por el horizonte. Fragatas de un solo palo. Amarillas de ocaso y lontananza. Rielando, en alta mar, olas de asfalto. Sin poder acercarse.


 Toda la ciudad tiende al ataque de la procesión. Pero a la procesión la defienden los guardias con su casco de gala.

  
 Vibra la sirena de una fábrica. Las cinco. La sirena abre la espita del vermut de las cinco. Legal descanso de las 8 horas. Allá irrumpen los trajes azules hacia el bar y hacia el écran, atravesando la ciudad. Cercando la procesión. (Ansia de oscuridad, de pianola y de aceitunas con palillo.) Mas esta tarde se queda la sirena extática en el aire. Como un surtidor muerto. Y toda su exigencia badajea inocua en la campana azul de abril.


 Si se pone el oído en tierra se oye un rumor siniestro. El Metro socava, como un anarquista, la arena pascual de la procesión, para acechar el cruce. Y atentar la calma del desfile con el turbión de sus viajeros, lanzados —de pronto— a flor de tierra.


 Se ve a la ciudad conspirar por todas las esquinas contra la procesión. Pero a la procesión la defienden los aguadores con su cántaro de barro. Agua fresca, agüita como la nieve. 

 ¡Aleluyas finas, cascos de guardia nuevo, agua como la nieve!


 La ciudad espumajea los dientes —como un caballo, tascado con freno de oro.


 La ciudad gira el conmutador de su dínamo, chispeando azules eléctricos de rabia.


 Pero ya avanzan los coraceros. Sus petos son de plata bruñida-y-al contacto del sol se liquidan en cristales y en luz pura. 

  La calle, colgaduras y reflejos.


 Las corazas —de los coraceros asaetean los vidrios del balconaje. Y acuchillan de ángulos transparentes los globos de las sombrillas.


 Repican —castañuelas— sobre los guijos, las pezuñas lucientes de los caballos, como castañuelas sobre la arena. La arena lanza a danzar sus granos como vestales entre las patas —sudorosas y aterciopeladas— de los caballos. Un vaho de belfo en fiesta segregan los coraceros con su escuadrón. 

 (La máquina de la ciudad relincha con todas sus tuercas.) 

 Pero a la ciudad la defienden los niños de los balcones. Que han expulsado ya sus primeros manifiestos sobre la multitud. ¡Primeras aleluyas de la tarde! 


 Van pasando (pasando, pasando, pasando) los cirios de los cofrades.  
 
  Ánimas en ascua, trocitos de sol, bengalas de cera virgen, sin carburador ni cuenta kilómetros. Nietzsche se muerde los bigotes —y— así, toma el aspecto de un municipal con barboquejo. 

  Cristo se acerca bamboleante, atado a una encina. Los rieles del tranvía lavan con su linfa perdurable la sangre de los azotes.


 Cristo, se acerca cenando con los suyos, banquete de purpurina. ¡Grupo color de plomo iluminado, de soldaditos santos de plomo! 


 Cristo se acerca de terciopelo morado, franjeado de agremanes y tisú. Un alígero le da una copa, so el olivo.


 Cristo retuerce sus tirabuzones en el retorcimiento de la oración, como rosarios.


 Un poste de hierros telefónicos amenaza a Cristo. Va a arrojarle las arandelas de su nerviosidad.


  Pero los niños disuaden al poste con nuevos manifiestos. Le distraen con sus pañuelos, pañizuelos de colores. Su confeti polipinto. ¡Aleluyas! Nuevas. Aleluyas. ¡Allí van!


 Mientras, llega el chin-chin de la banda del santo entierro.


 ¡Chin-chin! ¡Pom!... 


 Vestidas de nazareno pisan los adoquines mujeres. Mujeres de pies desnudos. Cada adoquín la plantilla de un pie. Los pies de aquellas mujeres dejan su dactilografía en la arena.


 (¿Una saeta, aquel chillido? ¿Dónde se clavará?)


 ¡Chin-chin! ¡Pom!... 


 Un corderito y un San Juan. La madre limpia el moco cuando hace falta, muestra sin hacer falta, un vientre de seis meses, y lleva sin falta, la vela, por lo que pueda venir. 

 La ciudad se duerme cansada de esperar. Toda la tarde es ya de la procesión. 


 El cielo el adoquín, el guardia, la colgadura, la sombrilla y el reloj de las seis. 


 Nietzsche se muerde un ojo. ¡Pero con el otro ve roncando al automóvil. Roncando ya a pierna suelta. Como (la que era) bestia inmunda. 

 Sobre la bestia inmunda se posan los Pajarillos. Pajarillos —de la tarde, revolando, sin miedo, las alas rumorosas. ¡Aleluyas! Aleluyas finas —sin miedo, rumorosas— aleluyas.


 Aleluyas: los pajarillos de la tarde antigua, de la vieja alegría, de la resurrección pueril y cristiana del mundo. ¡Aleluyas! ¡Aleluyas! ¡Aleluyas! ¡De todos los colores aleluyas! ¡Aleluyas! 

 Sobre la aleta de charol de un Cadillac, el manifiesto azul de Don Crispín:


                               Contentísimo Crispín
                               montóse en el calesín.


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