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lunes, 18 de septiembre de 2017

Brisa Marina




Stéphane Mallarmé

La carne es triste, ¡ay!, y todo lo he leído.
¡Huir! ¡Huir! Presiento que en lo desconocido
de espuma y cielo, ebrios los pájaros se alejan.
Nada, ni los jardines que los ojos reflejan
sujetará este pecho, náufrago en mar abierta
¡oh, noches!, ni en mi lámpara la claridad desierta
sobre la virgen página que esconde su blancura,
y ni la fresca esposa con el hijo en el seno.
¡He de partir al fin! Zarpe el barco, y sereno
meza en busca de exóticos climas su arboladura.
Un hastío reseco ya de crueles anhelos
aún sueña en el último adiós de los pañuelos.
¡Quién sabe si los mástiles, tempestades buscando,
se doblarán al viento sobre el naufragio, cuando
perdidos floten sin islotes ni derroteros!...
¡Mas oye, oh corazón, cantar los marineros!


Brise marine

La chair est triste, hélas! et j’ai lu tous les livres.
Fuir! là-bas fuir! Je sens que des oiseaux sont ivres
D’être parmi l’écume inconnue et les cieux!
Rien, ni les vieux jardins reflétés par les yeux
Ne retiendra ce cœur qui dans la mer se trempe
Ô nuits! ni la clarté déserte de ma lampe
Sur le vide papier que la blancheur défend,
Et ni la jeune femme allaitant son enfant.
Je partirai! Steamer balançant ta mâture
Lève l’ancre pour une exotique nature!
Un Ennui, désolé par les cruels espoirs,
Croit encore à l’adieu suprême des mouchoirs!
Et, peut-être, les mâts, invitant les orages
Sont-ils de ceux qu’un vent penche sur les naufrages
Perdus, sans mâts, sans mâts, ni fertiles îlots…
Mais, ô mon cœur, entends le chant des matelots!


Traducción de Alfonso Reyes


Clavileño, núm. 3, octubre de 1942. 

sábado, 9 de septiembre de 2017

Retrato de pintores, Antoine van Dyck



Marcel Proust


La pasión una dulce fiereza, gracia noble de las cosas
que brillan en los ojos, terciopelos y bosques.
Bello lenguaje aprendido de modales y gestos,
hereditario orgullo de damas y de reyes.
Tú triunfas, Van Dyck, príncipe de los gestos calmosos,
en todos los seres bellos que pronto van a morir,
en toda bella mano que todavía sabe entreabrirse.
Sin dudarlo, ¿qué importa? ella te tiende las manos.
Descanso de caballeros, bajo los pinos, cerca de las olas,
calmosas como ellos, como ellos muy cerca del sollozo.
Infantes reales ya magníficos y graves,
trajes abandonados, sombreros de guerreras plumas,
y joyas en que llora, onda a través del fuego,
la amargura del llanto que hace plenas las almas
más lejanas para que nos lleguen así hasta los ojos.
Y tú por encima de todos, paseante precioso,
en camisa azul pálido, en la cintura apoyada la mano,
en la otra un fruto repleto arrancado de las ramas.
Yo sueño sin comprender tus gestos y tus ojos:
De pie, pero reposado, en este oscuro asilo,
Duque de Richmond, ¿joven sabio o tonto encantado?
Así te contemplo siempre: un zafiro en tu cuello
tiene el mismo fuego dulce que tu mirada calmosa.


Traducción: José Lezama Lima


«Retrato de pintores: Alberto Guyp (sic), Antoine Watteau y Antoine van Dyck», Nadie parecía, Nº 7, marzo-abril 1943, p.12.


domingo, 3 de septiembre de 2017

Retrato de pintores, Antoine Watteau


Marcel Proust 


Antoine Watteau

Gesticulante crepúsculo los árboles y los rostros,
Con su manto azul bajo su máscara incierta.
Polvo de besos rodando bocas cansadas…
Lo vago trocado en ternura, y de pronto, lejanía.

La mascarada, otra lejana melancolía,
hace el gesto de amar más falso, triste y encantador.
Capricho de poeta, o prudencia de amante,
el amor que necesita de sabios ornamentos,
coloca barcas, paladeos, silencios y música.


Antoine Watteau

Crépuscule grimant les arbres et les faces,
Avec son manteau bleu, sous son masque incertain;
Poussière de baisers autour des bouches lasses...
Le vague devient tendre, et le tout près, lointain.

La mascarade, autre lointain mélancolique,
Fait le geste d'aimer plus faux, triste et charmant.
Caprice de poète -ou prudence d'amant,
L'amour ayant besoin d'être orné savamment-
Voici barques, goûters, silences et musique.


Traducción: José Lezama Lima


«Retrato de pintores: Alberto Guyp (sic), Antoine Watteau y Antoine van Dyck», Nadie parecía, Nº 7, marzo-abril 1943, p.12.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Retratos de pintores, Albert Cuyp



Marcel Proust


Sol declinante disuelto en el aire límpido
que un velo de ramas grises enturbia como el agua,
humedad de oro, nimbo en la frente del buey o del álamo,
incienso azul de los bellos días humeantes en las colinas
o salina de claridad estancada en el cielo vacío.
Los caballeros se detienen, pluma rosa al sombrero,
la mano al costado, al aire azul que sonrosa sus pieles
infla ligeramente sus finos crespos rubios,
y atraídos por los ardientes bosques, las frescas ondas,
-sin enturbiar con su trote los rebaños de bueyes
somnolientos en una niebla de pausas y oro pálido-,
caminan respirando esos minutos profundos.


Traducción: José Lezama Lima


 «Retrato de pintores: Alberto Guyp (sic), Antoine Watteau y Antoine van Dyck», Nadie parecía, Nº 7, marzo-abril 1943, p.12.


domingo, 27 de agosto de 2017

Matadero



Luis Miguel Nava

Bailé en un matadero, como si la sangre de todos los animales que colgaban degollados alrededor fuera mía. Bailé hasta que hubiera espacio en mí para un poema del que después todas las imágenes fueran desertando.

La luz que de esa sangre irradiaba, como si en ella el sol se hubiera sumergido y en ella los rayos se hubieran diluido, me atravesaba los poros y me hacía cantar el corazón. Era una luz que nada tenía que ver con la piedad o la esperanza, pero cuya música, sin pasar por los oídos, iba directa al corazón, que en los animales acabados de abatir encontraba por momentos un espejo todavía caliente, tan diferente de la algidez que habitualmente impera en ellos.

Sólo en un espejo así acabado de salir de las entrañas de un ser vivo, se dibuja nuestra verdadera imagen, en vez de la frigorífica mentira donde es común vernos proyectados. Sólo ese espejo capta la espesa luz en que parecen consumirse los propios astros, esa luz que se confunde con los objetos que ilumina en una única sustancia capaz de arrancarnos de la oscuridad y dar color a la santidad.

La luz del neón, frente a aquella como la que se vacía del corazón de un puerco, es una metáfora de impacto reducido. La luz que de las vísceras emana es la de dios, aquella que, por una excesiva dosis de tinieblas entremezcladas, se aproxima más que cualquier otra a la de dios, que resplandece en las carcasas de costillas donde es fácil presentir las incipientes alas de algún ángel.

El chillido del animal que cualquier cuchillo anónimo despacha a la condición de aquellos cuya sangre escurre a nuestro lado es el único sonido al que merece la pena bailar. El día le declinó en las entrañas, cuantas mañanas las recorrieron absorbidas por las aberturas de sus ojos, pero no son ahora sino un rastro de lumbre sobre la lámina y en los baldes donde gotea, reducidas a un furtivo resplandor de dignidad del que de repente todos nos sentimos huérfanos.


Matadouro

Dancei num matadouro, como se o sangue de todos os animais que à minha volta pendiam degolados fosse o meu. Dancei até que em mim houvesse espaço para um poema de que todas as imagens depois fossem desertando.

A luz que desse sangue irradiava, como se nele o sol tivesse mergulhado e os raios nele se houvessem diluído, atravessava-me os poros e fazia-me cantar o coração. Tratava-se de uma luz que nada tinha a ver com piedade ou a esperança, mas cuja música, sem me passar pelos ouvidos, ia direita ao coração, que nos animais acabados de abater por momentos encontrava um espelho ainda quente, tão diverso da algidez que habitualmente neles impera.

Só num espelho assim saído há pouco das entranhas dum ser vivo se desenha a nossa verdadeira imagem, ao invés da frigorífica mentira onde é comum a vermos esboçar-se. Só esse espelho capta a espessa luz em que parecem ter-se consumido os próprios astros, essa luz que com os objectos que ilumina se confunde numa única substância capaz de arrancar-nos à treva e de dar cor à santidade.

A luz do néon, ante aquela de que se esvazia o coração dum porco, é uma metáfora de impacto reduzido. A luz que das vísceras emana é a de deus, aquela que, por excessiva dose de trevas misturada, mais que qualquer outra se aproxima da de deus, que resplandece nas carcaças em costelas onde é fácil pressentir as incipientes asas de algum anjo.

O berro do animal que qualquer faca anónima remete à condição daqueles cujo sangue se escoe ao nosso lado é o único som a que dançar merece a pena. O dia declinou-lhe nas entranhas, quantas manhãs as percorreram absorvidas pelas aberturas dos seus olhos mais não são agora do que um rastro de lume sobre a lâmina e nos baldes onde pinga, reduzidas a um furtivo clarão de dignidade de que todos de repente nos sentimos órfãos.

Resultado de imagen de Nava Poesia Completa Publicações Dom Quixote 2002

Poesía Completa 1979-1994, Publicações Dom Quixote, Lisboa, 2002, pp. 181-82.

Traducción: Pedro Marqués de Armas  
  

jueves, 24 de agosto de 2017

Ofelia



Arthur Rimbaud

I

Sobre la onda calma y negra que duermen las estrellas
como un gran lis flota la blanca Ofelia,
flota muy lentamente, mecida en sus largos velos ...
—En los bosques lejanos se escuchan halalís.

Hace más de mil años la triste Ofelia
pasa, fantasma blanco, sobre el largo río negro.
Hace más de mil años que su dulce locura
murmura su romance en la brisa nocturna.
El viento besa sus senos y despliega en corola
sus grandes velas por las aguas blandamente acunadas;
los sauces temblorosos lloran sobre su hombro,
en su vasta frente pensativa los juncos se inclinan.
Los nenúfares ajados suspiran en torno a ella:
ella a veces despierta, en un aliso dormido,
algún nido del que se escapa un minúsculo estremecimiento de ala;
—un canto misterioso se desprende de los astros de oro.

II

¡Oh pálida Ofelia! ¡Bella como la nieve! ¡Sí, tú moriste, niña, por un río llevada!
—Es que los vientos que bajaban de los grandes montes de Noruega
te habían hablado al oído de la áspera libertad.
Es que un hálito, torciendo su inmensa cabellera,
a tu espíritu soñador llevaba extraños ruidos;
es que tu corazón escuchaba el canto de la Naturaleza
en las quejas del árbol y en los nocturnos suspiros.
Es que la voz de los mares dementes, estertor inmenso,
quebraba tu seno de niña, tan humano y tan dulce,
¡es que una mañana de abril, un bello caballero pálido,
un triste loco, callado se sentó en tus rodillas!
¡Cielo! ¡Amor! ¡Libertad! ¡Qué sueño, oh pobre Loca!
Te fundías en él como la nieve al fuego:
tus grandes visiones asfixiaban tu palabra
—y el terrible Infinito llenó de pavor tu ojo azul.

III

—Y dice el Poeta que en los rayos de las estrellas
vienes a buscar de noche las flores que cortas,
y que él ha visto sobre el agua, mecida en sus largos velos, 
a la blanca Ofelia flotando como un gran lis.


Traducción de Virgilio Piñera

sábado, 19 de agosto de 2017

Ni garduñas ni mofetas

                       

Dolores Labarcena 


Molestar, no molesta. De hecho, por esquivo y autosuficiente en diversas culturas lo veneran. Para los antiguos egipcios, (quienes asimismo consideraban sagrados serpientes, vacas, cocodrilos, halcones, babuinos, escarabajos, hipopótamos, etc.) el gato era el súmmum; y  lo glorificaron con la diosa Bastet: símbolo de fertilidad y belleza, mujer con cabeza de gato. El fervor de los adoradores se expresaba en las exequias, pues lo colmaban de honores y le guardaban luto. Cuanto más poderosa la familia, más suntuoso el sarcófago. Para franquear el velo que separa este mundo del otro escoltaban al difunto (gato) ratas embalsamadas. Fue tal el respeto que sentían hacia este felino que en el año 525 A. C., cuando los persas asediaron las puertas de Pelusio, el rey Cambises II tuvo la curiosa idea de atar gatos en los escudos de 600 soldados, y por si fuera poco hizo volar a otros tantos por medio de las catapultas. Desde luego, los egipcios no contraatacaron por temor a lesionarlos y se rindieron.

En Grecia la recepción del gato ocurrió con moderación: cazador y punto. Hasta entonces la tarea la ejercían mofetas y garduñas, pero éstas, al contrario, carecen de refinamiento y no son domesticables. Además, los helenos no podían permitirse asumir una garduña o una mofeta de mascota. Así que para desratizar sus cosechas se hicieron servir del felino.

A partir de ahí proliferó en Oriente. En China, los comerciantes europeos lo intercambiaban por sedas y especias. Su serenidad la interpretaron como símbolo de paz y sus ojos radiantes, sables contra los demonios. Según una socorrida fuente: “Los budistas aprecian la capacidad de meditación del gato, sin embargo, no forma parte de los cánones del budismo. Esta exclusión resulta de un incidente sucedido a un gato que se quedó dormido durante los funerales de Buda”. Un asunto penoso pero que no lo excluyó por completo de hogares ni de cuanto templo existiese. ¿Su empresa? Espantar las energías maléficas y sobre todo a las ratas.

En el medioevo lo afiliaron con la hechicería. Su andar circunspecto y sus silenciosas apariciones hizo mella en el perfil de animal doméstico. Ya no era el consentido de los orientales, ni el raticida, y mucho menos aquel admirado por los egipcios. Toda bruja que se preciase debía lucir uno por fuerza y mostrarlo casi a modo de gargantilla. Por consiguiente, a la hora apremiante de la hoguera (ya se sabe que a la Santa Inquisición no le tembló “neanche un attimo”  el pulso) iban los dos hermanados rumbo al fuego divino y purificante, la bruja y el gato.

No obstante su falta de lealtad (virtud ineludible del perro) el gato ha tenido sus cantatas. H. P. Lovecraft, autor de Las ratas de las paredes, quien sentía una fuerte animadversión por estas y otras cosas más, escribió El pequeño Sam Perkins, poema a la memoria de su extinto gato. Borges tuvo el suyo, pero me interesa más el de Neruda, que se quejó de su inescrutabilidad: “Yo no. Yo no suscribo. Yo no conozco al gato. Todo lo sé, la vida y su archipiélago… la botánica… la bondad ignorada del bombero, el atavismo azul del sacerdote, pero no puedo descifrar un gato”. 

Y me pongo en su pellejo, no por su carácter enigmático sino porque mientras avanzo por un sitio cualquiera, fuera del ciberespacio, donde por “no herir sensibilidades” exaltados internautas maquillan el horror y borran con un clip el reguero de muertos que dejan en Occidente los fieles islamistas -¡qué tiernos los gatos! con solo menear hocicos y patitas-, en fin, mientras avanzo, es la Fiesta Mayor. Una de tantas del bien montado varieté edulcorado con rancia empatía, algo que dista del pretérito aquelarre, pero entretiene.  ¡Y cuánto! Veo mallas, mallas de un balcón a otro, mallas repletas de gatos, no imitaciones del ashera ni del gato de angora, ni siquiera del gato común europeo, gatos de papel maché... ¿Cuál es la peculiaridad?, ¿cuál el mensaje? Indiferenciables, deliberadamente iguales, infinidades de gatos. Ah, diosa Bastet, como Neruda, tampoco puedo descifrar.



sábado, 22 de julio de 2017

En la muerte de un metafísico



George Santayana


Soñador infeliz que trasvolaste
la apacible región de lo que amo,
trascendiendo la luz y el trigo de oro
y la radiosa lumbre del hogar:
¿no estaba en paz con Dios tu vanidoso
corazón?, dí: ¿por eso tú inquirías,
sin dar gracias de sus ocultas frondas,
el horror y el abismo de la noche?

¡Ah, el helado aire de la luna!
Te ví caer, caer, loco de muerte
que en el éxtasis de tu alma aterida
gritabas ser un dios, o ir a serlo;
y oí la débil queja de tu aliento
murmurar con jactancia todavía
desde el fondo del grave mar de Icaro.


Versión de Cintio Vitier


Clavileño, Núm. 1, agosto de 1942

sábado, 8 de julio de 2017

Las islas



Hilda Doolittle

I

Qué son las islas para mí,
qué es Grecia,
qué es Rodas, Samos, Quios,
qué es Paros enfrentándose al oeste,
qué es Creta?

Qué es Samotracia,
alzándose como un navío,
qué es Imbros, desgarrando las olas tormentosas
con su pecho?

Qué es Najos, Paros, Milos,
qué el círculo en torno a Lycia,
qué el blanco collar
de las Cyclades?

II

Qué es Grecia…,
Esparta, alzándose como una roca,
Tebas, Atenas,
qué es Corinto?

Qué son las islas para mí,
qué es Grecia?

III

Qué puede darme el amor de la tierra
que tú no tengas,
qué puede despertar en mí el amor de la lucha
que tú no tengas?

Aunque Esparta entre en Atenas,
Tebas arruina a Esparta,
y todo cambia como el agua,
todo salta, descargando su terror
y cayendo de nuevo.

IV

“Qué te ha dado el amor de la tierra
que yo no tenga”
He preguntado a los tirios
mientras descansaban
en sus barcos negros,
cargados de riquezas;
he preguntado a los griegos
de los barcos blancos
“qué te ha dado el amor de la tierra?”
Y ellos contestaron… “paz”


V

Pero la belleza permanece separada,
la belleza es lanzada por el mar
como una roca estéril,
la belleza es edificada
con restos de navíos
sobre nuestra costa, donde la muerte guarda
la apariencia apacible de la orilla,
donde la muerte, avanza hacia nosotros
desde el fondo.

La belleza permanece separada:
los vientos que acuchillan su playa,
arremolinan la tosca arena
lanzándola hacia las rocas.

La belleza permanece separada
de la islas
y de Grecia.

VI

En mi jardín
los vientos han abatido los lirios;
en mi jardín, la sal ha marchitado
los pétalos primeros del narciso.
y el jacinto postrero;
la sal ha reptado en mi jardín
bajo las hojas del blanco jacinto.

En mi jardín
hasta la flor -del viento- rueda mustia,
rota finalmente por el viento.

VII

Qué son las islas para mí
si te has perdido,
qué es Paros para mí
si retrocedes,
qué es Milos
si te espantas ante la belleza,
terrible, tortuosa, aislada,
como una roca estéril?

Qué es Rodas, Cretas,
qué es Paros, enfrentándose al oeste,
qué, la blanca Imbros?

Qué son las islas para mí
si tú vacilas,
qué es Grecia para mí,
si retrocedes
ante el terror
y el frío esplendor del canto
y su desnudo sacrificio?


Versión de Gastón Baquero


Tomado de Clavileño, febrero de 1943. 


jueves, 6 de julio de 2017

Juguetes



Coventry Patmore


Mi hijo pequeño, el de ojos pensativos
y andadura y lenguaje de persona mayor,
habiendo transgredido siete veces mi ley,
le pegué, y despedí
con ásperas palabras, sin besarlo
–su madre, tan paciente, muerta ya.
Y luego, temeroso de haberlo desvelado,
hasta su cama fui,
mas lo encontré dormido en un sueño profundo,
los párpados sombríos, y las pestañas húmedas
del sollozo final.
Y yo, con un gemido,
sus lágrimas besé, dejando en vez las mías,
pues vi que en una mesa, muy cerca de su almohada,
había puesto a su alcance
unas fichas, su piedrita veteada de rojo,
un pedazo de vidrio pulido por la playa,
cinco o seis caracoles,
un frasco con caléndulas azules,
dos o tres centavitos franceses, todo en orden
para aliviar su triste corazón.
De modo que al rezar aquella noche
a Dios, llorando dije:
“Ah, cuando al fin, frenado ya el aliento
para no molestarte con mi muerte,
y tú recuerdes los juguetes



El aroma del original

A Diego García Elío

En Conversación con los difuntos, una selección de las traducciones que he podido, no querido, hacer a través de los años, y que fue publicada en México por Ediciones del Equilibrista en 1992, argumentaba yo que uno escribe los poemas que se le imponen, no los que quisiera escribir. Como prueba aducía precisamente “Los juguetes”, de Coventry Patmore, pues jamás he distinguido entre los procesos de escribir y traducir poesía. De pronto, como para contradecirme, aparecieron “Los juguetes” en la página.

Cierto es que la dificultad mayor se ocultaba en un solo verso del original inglés. En el poema, Patmore se refiere a un incidente con su pequeño hijo, huérfano de madre. El verso en cuestión dice, con desgarradora e intraducible sencillez “His mother, who was patient, being dead”.

Estas palabras tienen una fuerza escueta, inapelable. La clave está en el gerundio: being. “Being dead” supone una duración, una continuidad de la estancia en la muerte. La solución más fácil, “estando muerta”, no me parece buen español.

El incidente familiar de que hablé me presionaba desde adentro a buscar una solución rápida y satisfactoria. Sucede que mi hijo mayor había regañado con inusitada violencia a mi nieto, y yo deseaba llamarle discretamente la atención.

La fórmula apareció como un relámpago. No podía ser más breve. El adverbio ya sugiere algo que ha sucedido antes del momento en que se habla:

su madre, tan paciente, muerta ya.

A mi parecer, el adverbio sugería una continuidad, una duración en la muerte. Además, tiene toda la fuerza de un monosílabo.

Lo que se aviene con mi modestísima tesis –tomada, como se advierte en el prólogo de aquella selección, del poeta inglés Walter de la Mare– de que a lo más que puede aspirar un traductor es al eco, o mejor, “el aroma”, del original.

Roto así el hechizo que me paralizaba, fueron apareciendo los otros versos que sin duda esperaban pacientes su turno, y ahí están.

Nota y versión de Eliseo Diego



Tomado de Letras Libres, 31 de marzo de 2007. 


viernes, 30 de junio de 2017

Olimpia




Charles Tomlinson


en menosprecio de las ruinas

Esa astuta lagartija 
sabe más de este sitio que yo. Para ella
ésta es una ciudad aún completa,
donde cada fisura lleva
a una avenida soleada o recodo oscuro.
Apruebo su ignorancia en arqueología: 
tampoco yo puedo leer una ruina con facilidad.
Para ella, claro está, la pregunta no se plantea.  
Lo que a Grecia le falta son edificios en buen estado.
No esas ciudades apagadas o restos astillados,
lo que yo admiro es la arquitectura.
Un verdadero edificio te edifica mientras lo miras.
El placer de las ruinas no es infinito.


Versión de María Martell


viernes, 23 de junio de 2017

Estrellas en el agua



Thomas Walsh


Estrellas el agua — tus ojos en mi alma.
Así: ni sol, ni luna de opalescente velo
pido, mientras mi espíritu pueda gozar la calma
de tu estrella, que alumbra, interpretando el cielo.

Sí; aun en pleno día tenaz reminiscencia
de su lumbre me llega, como errante reflejo
que abriera en negra noche brecha de transparencia
para hallar en las aguas turbulentas, espejo.

Estrellas en el agua —y tarda luz fugaz
deja sobre mis valles su adormidor conjuro.
¡Mi corazón, amada, rebosa en plena luz!

Es la hora: en silencio, ante tus ojos, juro:
guardar en el espejo de mi alma, tenaz,
sin eclipse en mi vida un reflejo tan puro.—



Versión de Mariano Brull


Prisma. Revista internacional de poesía, Barcelona, vol. 2, núm. 3, julio de 1922, p. 153. 


miércoles, 21 de junio de 2017

El pacificador




Joyce Kilmer


Pierde su libertad defendiendo la ajena,
Ata su voluntad con brillante cadena. 
Va a borrar con su sangre, sereno y consciente, 
Las manchas de Kultura de Guillermo y su gente. 
Para evitar dolores, siempre heroico y callado. 
Dolores cruentos sufre, valeroso el soldado. 
Tiene que ser guerrero para acabar la guerra
Y concluir la lucha que ensangrenta la tierra. 
Cuando la noche eterna llega, artera y falaz,
Muere con la esperanza de que venga la paz. 
¿Qué le importa la muerte? La libertad es viva
Y no puede haber paz si la deja cautiva!
La Libertad defiente, desafiando al infierno. 
Y con su valentía detiene el fuego eterno. 
Desde la Santa Cruz, de espinas coronado, 
Sonríe al Capitán, Adelante, Soldado!
Que concluirá la guerra, verá la paz el mundo
Y callarán los Hunos con silencio profundo. 


Traducción de Maria Luisa Milanés



Diario de la Marina, 10 de junio de 1927. 


viernes, 16 de junio de 2017

Las ventanas de las fábricas




Vachel Lindsay


Las ventanas de las fábricas siempre están rotas. 
Todos los días hay quien les arroje piedras,
quien les eche puñados de cal y de ceniza,
quien haga zanganadas para vengarse de ellas. 

A nadie se le ocurre arrojar la amargura
de una pedrada aleve y burlona a la iglesia. 
Las ventanas de las fábricas siempre están rotas. 
Algo sucede acaso que tal vez no convenga. 

Las ventanas de las fábricas siempre están rotas. 
Los otros edificios tienen ventanas buenas.
Algo hiede a podrido... creo que en Dinamarca. 
Y aquí termina el canto para quien lo comprenda. 


Traducción Hipólito Mattonell 



miércoles, 14 de junio de 2017

La verja



Carl Sandburg


Ya se acabó la casa de piedra junto al lago y los trabajadores ya están empezando la verja.

La verja es de barras de hierro con puntas de acero, capaces de arrancar la vida al que se enganche en ellas.

Como verja es una obra maestra contra la gentuza de los vagabundos y muertos de hambre, contra los chicuelos errantes que buscan sitio en qué jugar. 

Porque entre las barras y sobre las puntas de acero nada puede pasar como no sea la Muerte, la Lluvia y el Mañana.


Traducción E.D.C

[Enrique Díaz Canedo]

Diario de la Marina, 10 de julio de 1927. 


domingo, 11 de junio de 2017

Estudio de Estética



 Ezra Pound


  Unos cuantos chiquillos desastrados,
con raro entendimiento repentino,
dejaron de jugar, cuando pasabas,
y desde el barquichuelo, a voz en grito:
     "Guarda! Ahí, guarda! ch´e be´a!"
Tres años después de esto, pude oir
a un Dante mozo cuyo apellido nunca supe,
porque hay en Sirmio veintiocho Dantes
       mozos y treinta y cuatro Catulos;
                         y había brava pesca de sardinas, 
                         y las mayores
las metían en grandes cajones de madera
para llevarlas a vender a Brescia,
y él saltaba, cogía los pescados
relucientes, y en vano le mandaban
los otros reprendiéndole: "Sta fermo!"
Como no le dejaban arreglar
el pescado en las cajas 
daba golpes encima de las que estaban llenas
murmurando entre sí, de puro gozo, 
con una frase idéntica:
         "Che be´a."
Y eso me avergonzaba dulcemente.


Traducción E.D.C 

[Enrique Díaz Canedo]


Diario de la Marina, 10 de julio de 1927.