domingo, 25 de diciembre de 2016

El jardín de los monstruos magnetofónicos





Alberto Laiseca



Dionisios Kaltenbrunner fue el primero, en realidad, que inició estudios serios sobre plantas magnetofónicas. En una sección del campo de concentración que rigió durante breve lapso (nueve meses: el tiempo de la gestación), hizo instalar un pequeño jardín botánico y dio orden de que los interrogatorios, así como las vivisecciones de prisioneras o los experimentos científicos más exuberantes, tuviesen lugar en dicho jardín para que las plantas los oyesen. Además las sesiones fueron grabadas y, posteriormente, día y noche se las volvían a hacer escuchar a dichas plantas; así, en esa forma, les ocurriría lo mismo que a las gallinas, las cuales ponen más huevitos si oyen música clásica.

Los representantes del reino vegetal, terminaron por volverse magnetofónicos también ellos, y ya tenían las cintas magnéticas grabadas dentro suyo, por la ley de la equivalencia energética de los diferentes y comunicados sistemas mágicos.

Paralelamente a todo ello dieron a las plantas alimentos especiales para que sus savias corriesen más rápido; tal era idéntico a grabar a mayor velocidad: si aumenta el número de vueltas de la cinta por unidad de tiempo, más precisa obtenemos la voz; esto es: al incrementar en la savia el número de señales que se correspondiesen con sonidos -al agregar nuevas medidas- agigantaríase la precisión de lo escuchado por ley de errores de Gauss..

Así pues las plantitas, ya vueltas francamente magnetofónicas, proferían en medio de sus deleitados chillidos todo lo que les habían enseñado. Innecesario es decir, cada día estaban más altas y gordas, y los frutos jugosos, enormes y magníficos; hasta en las que tradicionalmente no los ofrecían, por su particular especie. Como los olmos, por ejemplo, que antes no daban.

Tuve una sola oportunidad para observar el meritísimo jardín del Teknocraciamonitor de las I doble E Dionisios Kaltenbrunner, aquel bienhechor. Yo le había rogado mucho; hasta el cansancio de ambos, lo reconozco: "Pero mi Teknocraciamonitor..." "Yo sería tan feliz si usted..." Por fin accedió, aunque no de la manera que yo imaginaba.

Furioso ante mi insistencia, extrajo de su uniforme una tenaza de enormes dimensiones. Me puse lívido. Comprendí al momento que se disponía a privarme de mis pudendos testiculines. No pude impedir que mi mano derecha descendiera en supuesta defensa, sobre la zona en litigio. El subconsciente, a veces es tonto y nos descubre.

Me equivocaba sin embargo y por suerte, ya que su intención no era la imaginada. No obstante esbozó una leve sonrisa al ver mi gesto automático y por un momento dudó. Para mi dicha su decisión consistió en no dejarse influenciar, ateniéndose a su primera idea: apretar con ferocidad y tenaza, una de mis orejas.

Así, en tan incómoda posición, fue llevándome -sin reparar en mis gritos y tropezones-, a dar con gran velocidad una vuelta por el lugar. Cada tanto me obligaba a detenerme ante una de sus preferidas, sin por ello soltarme, al tiempo que farfullaba "¿La ve? ¿la ve?", o si no: "¿Le gusta? ¿le gusta?" y, siempre con su tenaza enganchada en mi oreja, nos trasladábamos hasta la próxima acompañando el paseo con bofetadas, testarazos y cachetes, que aplicaba con su mano libre; o bien, cada tanto, recibía el homenaje de un disciplinario hecho con alambre de púa trenzado con ortigas, que solía llevar colgado de su cinturón. Cada golpe lo acompañaba vociferando alguna cosa -lo absurdo de las palabras utilizadas, me conmovían más que los latigazos-: "¡Gitanerías!, ¡cosquillas!, ¡embelecos!, ¡arrumacos!, ¡cucamonas y carantoñas!".

Ignoro cómo salí vivo. Pensé que iba a transformarme en magnetofónico a mí también.

Pese a la falta de bienestar promovida por la situación, algo vi y recuerdo. Una parte de las plantas eran altísimas, verdaderos árboles. Había otras diminutas. Todas ellas tenían algo en común: no es que comieran, exactamente -al menos no me consta-; más bien daban la impresión general de poder hacerlo. En los capullos de algunas, observé dientecillos.

Ciertas flores se expresaban mediante enormes volúmenes rojos. Otras propagaban amarillos resplandecientes, entre verdes cristalinos y hojas como agujas. No faltaban las completamente grises, de tonos monocordes, sostenidos y continuos, ausentes de ellas toda presencia terrenal; como si fueran plantas marcianas o de las selvas venusinas.

Vi una especie de maíz, con mazorcas marrones, trilobuladas, surgiendo entre espectrales hojas de terciopelo azul.

Los aromas de todas ellas eran densos, como si pertenecieran a esencias concentradas. Jamás olí nada igual pero, cosa extraña, daban la sensación de algo familiar.

Mucho me habría gustado tomar unas instantáneas, pero esto fue imposible. "Saque fotos; saque, saque", me animaba el Teknocraciamonitor mientras proseguía llevándome de la oreja, transformada a esa altura en salchichón, si tenemos en cuenta su color, olor, sabor y volumen. "Saque fotos". No lo hice pues temí que con tanto traqueteo la imagen saliera movida. En fin. Mala suerte.

Muy condescendiente y ya fuera del vergel, me pregunto el comandante: "¿Desea algo mas?" "Sí: irme". Por suerte ese día estaba de un humor excelente y cedió con indulgencia ante mi requerimiento. Incluso me devolvió la oreja.

Ahora la tengo sobre mi mesa, como un pisapapeles; como hizo Stalin con el cráneo de Hitler. Temo que algún día manijeado la confunda con un orejón y me la coma.

Lamentable, la indigestión. Muy lamentable.

 

viernes, 23 de diciembre de 2016

La noche de los búlgaros



Henri Michaux

Estábamos de vuelta. Nos equivocamos de tren. Entonces, como nos encontrábamos con una porción de búlgaros que cuchicheaban algo entre dientes, que no hacían más que menearse todo el tiempo, preferimos terminar con ellos de una vez. Sacamos las pistolas y disparamos. Disparamos precipitadamente porque no nos fiábamos de ellos. Ante todo era preferible ponerlos fuera de combate. Ellos, en conjunto, parecieron asombrados, pero con los búlgaros hay que andarse con cuidado.
En la próxima estación, dice el conductor del tren, sube una gran cantidad de viajeros. Arréglense con los de al lado (y señala a los muertos) con objeto de no ocupar sino un solo compartimento. Ahora no hay motivo alguno para que ustedes y ellos ocupen compartimentos distintos.
Y les lanza una mirada severa.
¡Ya nos arreglaremos! ¡Pues no faltaba más! ¡Claro está! ¡Enseguida!
Y con gran prontitud se colocan junto a los muertos, sosteniéndolos.
No es tan fácil como parece. Siete muertos y tres vivos. Nos acuñamos entre unos cuerpos fríos, y las cabezas de estos « durmientes» cuelgan todo el tiempo. Caen sobre el cuello de tres muchachos. Como urnas que uno llevara sobre la espalda, estas cabezas frías. Como urnas llenas de granos, contra las mejillas, estas barbas recias que comienzan a crecer, de pronto, a toda velocidad. 
Una noche que pasar. Al amanecer trataremos de ahuecar el ala. Quizás se le haya olvidado al conductor. Lo que hay que hacer es estarse quieto. Procurar no llamar la atención. Permanecer estrujados, como dijo él. Dar muestras de buena voluntad. Por la mañana nos iremos sin decir nada. Como de costumbre, antes de llegar a la frontera, el tren disminuye su marcha. La huida será más fácil; pasaremos un poco más lejos, por el bosque, con un guía.
Y de este modo se exhortan a la paciencia.
Los muertos, en el tren, se mueven más que los vivos. La velocidad los desasosiega. No pueden estarse quietos un solo instante, se inclinan cada vez más, llegan a hablarnos al estómago, no pueden más.
Hay que tratarlos sin consideración y no soltarlos un momento: hay que aplanarlos contra los asientos, uno a izquierda, otro a derecha, sentarse encima, pero entonces es su cabeza la que golpea.
Lo más importante es agarrarlos fuertemente.
—¿No podría uno de ustedes, señores, hacer un poco de sitio a esta señora anciana?
Imposible negarse. Pluma coloca un muerto sobre sus rodillas (aún le queda otro a derecha) y la señora se sienta a su izquierda. La anciana se ha dormido y su cabeza se inclina. Y su cabeza y la del muerto se encuentran. Pero solo la cabeza de la señora se despierta y dice que la otra está muy fría y tiene miedo.
Pero, como arrebatados, ellos dicen que hace un frío glacial. 
No tiene más que tocar... Y unas manos tienden hacia ella, unas manos heladas. Quizás sería mejor que se fuese a un compartimento más caliente. Se levanta. Vuelve enseguida con el inspector. El inspector quiere cerciorarse de que la calefacción funciona normalmente. La señora le dice: « Toque usted esas manos ». Pero todos gritan: « No, no; es la inmovilidad, son dedos adormecidos por la inmovilidad, no es nada. Aquí todos tenemos suficiente calor. Estamos sudando, palpe usted esa frente. En una parte del cuerpo hay sudor, en la otra reina el frío; eso es cosa de la inmovilidad, no es más que la inmovilidad».
—Los que tengan frío, dice Pluma, que se cubran la cabeza con un periódico. Eso conserva el calor. Los demás comprenden. Pronto todos los muertos quedan encapuchados con periódicos, encapuchados en blanco, ruidosos encapuchados. Es más cómodo, se les reconoce enseguida a pesar de la oscuridad. Por otra parte, la señora no volverá a correr el riesgo de tocar una cabeza fría.
Entretanto sube una joven. Han puesto sus equipajes en el pasillo. No trata de sentarse; es una joven sumamente reservada, la modestia y el cansancio asoman en sus párpados. Nada pide. Pero habrá que hacerle sitio. Y como todos están empeñados en ello, piensan en liquidar sus muertos, en liquidarlos poco a poco. Después de todo sería mejor tratar de sacarlos inmediatamente, uno tras otro, porque quizás podamos ocultarle lo sucedido a la señora anciana, pues si hubiera dos o tres personas extrañas ya sería más difícil.
Bajan la ventanilla con precaución y la operación comienza. Los sacan hasta la cintura, y una vez fuera los columpian. Pero tienen que doblarles las rodillas para que no se enganchen —ya que mientras quedan suspendidos su cabeza golpea sordamente contra la puerta, como si quisiera entrar.
¡Ea! ¡Animo! Pronto respiraremos de nuevo libremente. Un muerto más y habremos terminado. Pero el frío del aire que entra despierta a la señora anciana.
Y al oír el revuelo el inspector viene una vez más —por tranquilidad de su conciencia y afectación de galantería— a comprobar, aunque sepa positivamente lo contrario, si no hay por casualidad un sitio dentro para la joven que está en el pasillo.
—¡Pues ya lo creo! ¡Ciertamente!, exclaman todos.
—Es extraordinario, dice el inspector... yo hubiera jurado...
—Es extraordinario, dice igualmente la mirada de la señora anciana, pero el sueño deja las preguntas para luego.
¡Con tal de que la joven duerma ahora! Verdad es que resulta más fácil explicar un muerto que cinco. Pero más valdrá evitar todas las preguntas, porque cuando le preguntan a uno es muy fácil armarse un lío. La contradicción y las culpas aparecen por doquiera. Siempre es preferible el no viajar con un muerto. Sobre todo cuando ha sido víctima de una bala de revolver porque tiene muy mala facha con la sangre que le ha salido.
Pero ya que la joven, con su extremada prudencia, no quiere dormirse antes que ellos, y que, por otro lado, la noche es aún larga y no hay ninguna estación antes de las 4 1/2, todo les tiene sin cuidado, y, cediendo al cansancio, se quedan dormidos.
Y, de repente, Pluma se da cuenta de que son las cuatro y cuarto, despierta a B..., y de común acuerdo se quedan muy asustados. Y sin más preocupación que la de la próxima parada y la del día implacable que va a revelarlo todo, echan prontamente el muerto por la portezuela. Mas, no bien se han secado el sudor de la frente que el muerto aparece a sus pies.
Luego el que tiraron no era él, ¿Cómo es posible? Y sin embargo tenía la cabeza en un periódico. ¡En fín! ¡para luego las preguntas! Agarran al muerto y lo tiran en la noche. ¡Uf!
¡Qué buena es la vida para los vivos! ¡Qué alegre es este compartimento! Despiertan a su compañero. ¡Hombre! ¿Es D...? Despiertan a las dos mujeres.
—Despierten. Ya llegamos. Pronto estaremos ahí. ¿Qué tal les ha ido? ¿Un tren excelente, verdad? ¿Al menos han dormido bien?
Y ayudan a bajar a la señora y a la joven. La joven los mira, callada. Ellos se quedan. No saben qué hacer. Es como si hubiesen terminado todo.
El conductor del tren aparece y dice:
—¡Ea! ¡De prisa! Bajen ustedes con sus testigos.
—Pero, ¡si no tenemos testigos! —dicen ellos.
—Bueno, dice el conductor del tren, puesto que quieren un testigo cuenten conmigo.
Esperen un momento del otro lado de la estación, frente a las taquillas. Vuelvo enseguida.
Aquí tienen un permiso de libre tránsito. Vuelvo dentro de un momento. Espérenme.
Llegan, y cuando están ahí, huyen, huyen.
¡Oh! vivir ahora, ¡oh! ¡ vivir por fin!
  
(Traducción por M. C. A.)


Iman, Revista Trimestral, No 1, abril de 1931, pp. 75-78.