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miércoles, 31 de agosto de 2016

Calvert Casey, veinte años después



El regreso




Juan Luis Panero



Lo vi solamente tres veces en mi vida.
La primera vez me pareció tartamudo y educado,
la segunda vez, igualmente tartamudo y educado,
aunque más inteligente y, sobre todo, más entrañable,
la tercera vez, entre rumor de gentes, apenas sí pude saludarlo.
Pocos días después de estos encuentros,
menos de dos semanas, me telefoneó mi madre,
me dijo: “Calvert Casey se ha suicidado en Roma”.
Leí después el libro que él me dedicó,
y en especial un cuento: “El regreso”.
Allí estaba todo claro, no había error,
debimos darnos cuenta antes.
Pero hubiera sido igual, absolutamente igual.
Hablar de esa implacable inteligencia desasida,
De esa manera de estar frente a todos
y todavía más, frente a sí mismo,
hoy parecería retórica hueca, palabras enjauladas.
Ni absurda exégesis, ni homenaje cansado,
por un instante, sólo por un instante,
que mis palabras lo traigan
-tartamudo, educado, inteligente y muerto-,
después de tanto tiempo, a este papel en blanco.  






lunes, 22 de agosto de 2016

All massage





Dolores Labarcena



¿Dónde me lleva esta noche?,
me preguntó Beatriz.
La conocí en los Cárpatos.
A Saturno, dije.
Acomódese, lucecilla.
Explíqueme: 
¿californiano o tailandés?

Un dos
Un dos
Salto con pértiga.
¿Lo duda?
Poco faltó en coronarme
Campeón de Lid.
Así...

Y sepa
la conocí en los Cárpatos
o digamos
casi draculeanamente.
Venga.
¡Compute!
¡Compute!
La paciencia es mi salvoconducto.
¿Sabe usted de aritmética?
Cuántos tullidos habrá.

¡Ah, bálsamo del alpinista!
En primavera abren los cerezos
pero abren a una vida ramplona.
Un dos
Un dos  
También se lo dije a Beatriz.
¡Adelante!
Suprima este cielo prosaico.  
Explíqueme:
¿californiano o tailandés?






miércoles, 17 de agosto de 2016

El hombre que nos describió el infierno


Mario Vargas Llosa

Como en la última etapa de su vida se dedicó a lanzar fulminaciones bíblicas contra la decadencia de Occidente y a defender un nacionalismo ruso sustentado en la tradición y el cristianismo ortodoxo, se había vuelto una figura incómoda, hasta antipática, y ya casi no se hablaba de él. Ahora que, a sus 89 años, un ataque cardíaco acabó con su vida, se puede formular un juicio más sereno sobre este intelectual y profeta moderno, acaso el escritor que más tumultos y controversias haya provocado en todo el siglo veinte.

Digamos, ante todo, que su corazón resistiera 89 años las indescriptibles penalidades que debió afrontar -la guerra mundial contra el fascismo, las torturas y el confinamiento de tantos años en los campos de exterminio soviético, el cáncer, el exilio de otros tantos años en el páramo siberiano, la persecución y la censura, las campañas de calumnia y descrédito, la expulsión deshonrosa y la privación de la ciudadanía, el secuestro de sus manuscritos, etcétera- es un milagro de la voluntad imponiéndose a la carne miserable, una prueba inequívoca de que aquella potencia del espíritu para sobreponerse a la adversidad no es sólo patrimonio de los héroes epónimos que glorifican las religiones e inventan las sagas y los cantares de gesta, pues encarna a veces, de siglo en siglo, en alguna figura tan terrestre y perecedera como el común de los mortales.

No fue un gran creador, como lo fueron sus compatriotas Tolstoi y Dostoievski, pero su obra durará tanto o más que la de ellos y que la de cualquier otro escritor de su tiempo como el más desgarrado e intenso testimonio sobre los desvaríos ideológicos y los horrores totalitarios del siglo XX, las injusticias y crímenes colectivos de los que fueron víctimas entre 30 y 40 millones de personas, una cifra tan enorme que vuelve abstracto y casi desvanece en su gigantismo astral lo que fue el miedo cerval, el dolor inconmensurable, la humillación y los tormentos psicológicos y corporales que precedieron y acompañaron el exterminio de esa humanidad por la demencia despótica de Stalin y del sistema que le permitió convertirse en uno de los más crueles genocidas de toda la historia.

Archipiélago Gulag es mucho más que una obra maestra: es una demostración de que, aun en medio de la barbarie y el salvajismo más irracionales, lo que hay de noble y digno en el ser humano puede sobrevivir, defenderse, testimoniar y protestar. Que siempre es posible resistir al imperio del mal y que si esa llamita de decencia y limpieza moral no se apaga a la larga termina por prevalecer contra el fanatismo y la locura autoritaria.

No es un libro fácil de leer, porque es denso, prolijo y repetitivo, y porque desde sus primeras páginas una asfixia se apodera del lector, una terrible desmoralización por la suciedad moral y la estupidez que anima los crímenes políticos, las torturas, las delaciones, los extremos de ignominia en que verdugos y víctimas se confunden, el miedo convertido en el aire que se respira, con el que hombres y mujeres se acuestan y se levantan, y los recursos ilimitados de la imaginación dogmática para multiplicar y refinar la crueldad. Todo aquello viene hasta nosotros a través de la literatura, pero no es literatura, es vida vivida o mejor dicho padecida año tras año, día a día, en el desamparo y la ignorancia totales, sin la menor esperanza de que algo o alguien venga por fin a poner punto final a semejante agonía.

¿De dónde sacó fuerzas este hombre del común, oscuro matemático, para resistir todo aquello y, una vez salido del infierno, volver a él y dedicar el resto de su vida a reconstruirlo, documentarlo y contarlo con minuciosa prolijidad, sin olvidar una sola vileza, maldad, pequeñez o inmundicia, para que el resto del mundo se enterara de lo que es vivir en el horror?

Había en Solzhenitsin algo de esa estofa de la que estuvieron hechos esos profetas del Antiguo Testamento a los que hasta en su físico terminó por parecerse: una convicción granítica que lo defendía contra el sufrimiento, un amor a la verdad y a la libertad que lo hacían invulnerable a toda forma de abdicación o de chantaje. Fue uno de esos seres incorruptibles que nos asustan porque su sola existencia delata nuestras debilidades. Cuando las circunstancias lo obligaron a dejar su amado país -porque lo increíble es que amó siempre a Rusia con la inocencia y la terquedad de un niño, pese a todas las pruebas que su país le infligió- creyó que, en el mundo occidental al que llegaba, iba a ver confirmado todo aquello con lo que, en el aislamiento del gulag y la tundra siberiana, había soñado: una sociedad donde la libertad fuera tan grande como la responsabilidad de los ciudadanos, donde el espíritu prevalecía sobre la materia, la cultura domesticaba los instintos y la religión humanizaba al individuo y fomentaba la solidaridad y la conducta moral.

Como esa visión del Occidente era tan ingenua como su patriotismo, el espectáculo con el que se encontró le causó una decepción de la que nunca se curó: ¿para eso les servía la libertad y la democracia a las privilegiadas gentes del Occidente? ¿Para acumular riquezas y derrocharlas en la frivolidad, el lujo, el hedonismo y la sensualidad? ¿Para fomentar el cinismo, el egoísmo, el materialismo, para dar la espalda a la moral, al espíritu, para ignorar los peligros que amenazaban esos valores cívicos, políticos y morales que habían traído la prosperidad, la legalidad y el poderío al Occidente?

Desde entonces comenzó a tronar, con acento olímpico, contra la degeneración moral y política de las sociedades occidentales y a encasillarse en esa idea utópica de que Rusia era distinta, de que en ella, a pesar del comunismo, y tal vez debido a esos 80 años de expiación política y social, podía venir, con la caída del régimen soviético, ese ideal que combinara el nacionalismo y la democracia, la vida espiritual y el progreso material, la tradición y la modernidad, la cultura y la fe. Lo extraordinario es que, en los años finales de su vida, Solzhenitsin identificara semejante utopía con el autoritarismo de Vladimir Putin y legitimara con su enorme prestigio moral al nuevo autócrata de Rusia y callara sus desafueros, sus recortes a la libertad, sus atropellos políticos y sus matonerías internacionales.

Ahora bien, que se equivocara en esto no rebaja en modo alguno la extraordinaria hazaña política e intelectual que fue la suya: emerger del infierno concentracionario para contarlo y denunciarlo, en unos libros cuya fuerza documental y moral no tienen paralelo en la historia moderna, unos libros sobre los que habrá siempre que volver para recordar que la civilización es una delgada película que puede quebrarse con facilidad y precipitar de nuevo a un país en el infierno del oscurantismo y la crueldad, que la libertad, una conquista tan preciosa, es una llamita que, si dejamos que se apague, estalla una violencia que supera todas las peores pesadillas que han pintado los grandes visionarios de la maldad humana, los horrores dantescos, las atrocidades del Bosco o de Goya, las fantasías sadomasoquistas del divino marqués. Archipiélago Gulag mostró que, tratándose de crueldad, el fanatismo político puede producir peores monstruosidades que el delirio perverso de los artistas.

Yo nunca lo conocí en persona, pero estuve cerca de él, en Cavendish, el pueblecito del estado de Vermont, en Estados Unidos, donde vivió de 1976 a 1994, en el exilio. "Vale la pena que vayas allá sólo para que veas cómo lo cuidan los vecinos", me había dicho mi amigo Daniel Rondeau, uno de los pocos que consiguió cruzar la casita-fortaleza en que vivía encerrado, escribiendo. Fui, en efecto, y pregunté por él a la primera persona que encontré, una señora que abría a paladas un caminito entre la nieve. "No quiero molestar al señor Solzhenitsin", le dije, "sólo ver su casa de lejos. ¿Me puede indicar dónde está?". Sus indicaciones me llevaron al borde de un abismo. Pregunté a tres o cuatro personas más y todas me engañaron y desviaron de la misma manera.

Por fin, un bodeguero me confesó la verdad: "Nadie en la vecindad le mostrará la casa del señor Solzhenitsin. Él no quiere que lo molesten y nosotros en el pueblo nos encargamos de que sea así. Lo mejor que puede usted hacer ahora es irse". Estoy seguro que todas las banderas de las casas del bello pueblecito nevado de Cavendish flotan hoy día a media asta.


Tomado de El País10 de agosto de 2008


jueves, 11 de agosto de 2016

Con Miriam Gómez y su tarántula




Mercedes Cebrían


Miriam Gómez lleva en su adorado Londres más de cuarenta años. Compartió la mayoría de ellos con su marido, el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, hasta el fallecimiento de este en 2005. Miriam es, ante todo, generosa con lo que posee, ya se trate de la vasta cinemateca que difunde en el blog de Zóe Valdés o de bienes intangibles como su conocimiento de Londres. Su deseo de que el visitante se lleve el mejor recuerdo de la ciudad es evidente en todas sus recomendaciones. Aquí figuran algunas:

01 El Kensington de T. S. Eliot

"Para disfrutar Londres hay que conocer su historia", comenta Miriam cuando paseamos por South Kensington, su barrio de siempre. De ahí que en plena Gloucester Road, a dos pasos del metro del mismo nombre, señale que en el 133 de la calle vivió J. M. Barrie, el autor de Peter Pan, y repare también en la iglesia anglicana de St. Stephen: "Aquí fue sacristán durante veinticinco años T. S. Eliot, y en estas calles están inspirados sus poemas sobre gatos que dieron lugar al musical Cats". En efecto, una placa en la iglesia confirma el dato.
Cuando sale a comer por el barrio, Miriam frecuenta Mohsen, "una fondita persa donde tú mismo te puedes traer el vino de casa". Aunque South Kensington sea una especie de sucursal de Francia en Londres, a Miriam no se le ocurre entrar en un bistró: "Es una bobería: son lugares caros y en España los hay mejores".

02 Tiendas sin mañana

Así llama Miriam a TK Maxx, Fopp y Poundland, tres de sus edenes de la oferta favoritos. En todos ellos la mercancía varía prácticamente a diario, cosa que, para Miriam, es un aliciente. Entramos en la sucursal de TK Maxx en Hammersmith, una tienda sobreiluminada y multicolor cuya misión es, como cuenta Miriam, "cumplir esos pequeños deseos que una tiene". Esos pequeños deseos se pueden traducir en una chaqueta de Vivienne Westwood rebajadísima o en una falda de Valentino que en su día costaba 600 doradas libras y allí se adquiere por 129. El consejo de Miriam es contundente: "Si no compras al momento, te quedarás sin lo que quieres, pues apenas traen productos repetidos".
Enfrente, y bien escondido en el centro comercial Kings Mall, está Poundland, la versión esterlina del todo a cien de antaño: cualquier objeto vale aquí una libra. "He traído a millonarias y a sus nannies y todas quedan encantadas". Seguimos la ruta: los empleados de Fopp, donde conviven música, películas y series de TV, saludan a Miriam afables, como suelen hacer con las buenas clientas. Se le van los ojos al CD Spanish sketches, de Miles Davis. "Lo teníamos en vinilo, pero Guillermo se lo regaló al Loco de la Colina"; por suerte, la pequeña negligencia de su marido se suple pagando tres modestas libras.

03 El imperio de la baquelita

Entre los teatros y las librerías de Charing Cross se encuentra Cecil Court, una calle peatonal que nos retrotrae al Londres de principios del XX. Sus tiendas exponen carteles de circo con tipografías retro, primeras ediciones de novelas, mapas y también joyas de fantasía como las de Christopher St. James, diseñador que ha elaborado sus creaciones para Sexo en Nueva York, El fantasma de la ópera o Shakespeare in love. Miriam es asidua de este imperio de la baquelita y la pedrería insólita. "Tengo una tarántula negra como esa del escaparate. La llevo en la solapa del abrigo y la gente se queda impresionada", comenta Miriam. También posee una pulsera-cocodrilo comprada allí por una razón de peso: "Su forma me recuerda a la isla de Cuba".

04 Por Covent Garden

Durante décadas, Miriam fue actriz profesional, de ahí su interés por el templo de St. Paul, a dos pasos de la Ópera de Covent Garden: "Es la iglesia de los actores; aquí celebran sus funerales y homenajes". St. Paul -no confundirla con la catedral homónima- posee su propia compañía de teatro en activo, además de un jardín trasero donde, desde 1633, se puede descansar del bullicio de la zona. El paseo continúa: a unos metros está la perfumería Penhaligon's, con olores que la pituitaria de Winston Churchill ya disfrutaba, pues era usuario de uno de sus perfumes: el Blenheim Bouquet. Y para comer, un restaurante donde los amigos de Miriam quedan siempre contentos: Rules, inaugurado solamente nueve años después de la Revolución Francesa. Su decoración a base de taxidermia nos deja ver que la caza es su especialidad. En Rules, la comida inglesa se dignifica y se hace inmune a las chanzas y burlas clásicas que tradicionalmente circulan sobre ella. No estaría de más poder preguntarles a Dickens, Graham Greene o Evelyn Waugh su opinión al respecto, pues eran asiduos comensales.
Para terminar, Miriam suplica a los visitantes que no se suban al típico autobús turístico: "Si toman el número 11 en Trafalgar Square, les llevará por los mismos sitios". Seguiremos sus consejos a pies juntillas.





Tomado de El País, 11 de junio de 2011