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sábado, 16 de julio de 2016

Sobre el coleccionista de nervios





Antonio Armenteros 


  “…la extrañeza, una forma de originalidad que o bien no puede ser
   asimilada o bien nos asimila de tal modo que dejamos de verla como extraña…”
                                      Harold Bloom, El canon occidental.


Estimados lectores, ¿se acuerdan del poeta Almelio Calderón Fornaris (La   Habana, 1966)?, pues acabo de recibir desde España una antología de su obra. Leyéndola, estudiándola, sobre todo el develador prólogo del crítico, poeta y médico Pedro L. Marqués de Armas(1967), mi máquina de recuerdos se puso en marcha y la Memoria —muchas veces traicionera— me recoloco en los días de mis veintitantos, treinta años en que de retorno en mi Habana, el bardo Ismael González Castañer (1961) me contaba, como un poseso, de las reuniones y veladas en casa de Almelio —San Miguel 522, luego yo viviría a unos pasos en la misma San miguel, sobre la Asociación de Torcedores— y las anécdotas familiares. Pero fue en el mínimo habitáculo del vate Rafael Alcides Pérez (1933), cuando no se veía abocado a esta especie de “muerte civil”, en sustanciosas conversaciones, quien más ahondó en la participación e importancia de Almelio en la vida literaria de los años ochenta, del pasado siglo XX. Ganando varios de los certámenes literarios de la época.

¿Qué pasó desde 1994 en la vida del juglar? Esta y otras interrogantes son respondidas en la antología que tengo frente a mis ojos. Publicada por Efory Atocha Ediciones 2013, Colección de Literatura Hispanoamericana, se intitula De la pupila del ahorcado que selecciona, recopilación de autor, texto de toda su existencia. Prefiero realizar un viaje carpenteriano a la semilla y comenzar comentando los cuadernos que Almelio ha ido publicando durante su larga estadía, travesía en la madre patria. Ellos son, por orden de aparición/plasmación: “Poner orden en mis tierras(1997-2003) y Los dados de la noche (2010-2012)”. El último resulta un ejercicio escritural contenido, reflexivo e incómodo en sus lógicas sutilezas: “Ruinas humanas./ Prisioneros del movimiento de la noche./ Buscamos ¿qué verdad?” Existe una evidente ruptura con su etapa creativa de —por ejemplo— su libro: Las provincias del alma (1985-1990), más en la cuerda gala del surrealismo y también un barroquismo intenso propio: “La poesía, bosque de palabras que custodia una flauta. Teje su propio umbral, sabe ir hacia los arqueros,…” Su aliento filosófico posicional es de larga data y ya en su inaugural volumen Fragmentos para un caballo de aire (1982-1995) nos alerta/ilumina: “Hoy pregunté/ en qué lugares están las puertas para tocar/ —en todos los sitios— gritaron ustedes/ e incluso donde nunca han existido.” Muchos muros y puertas hemos visto erigirse, derrumbarse y reconstruirse en los últimos tiempos, sé que es lo circular de la existencia, el fatum. De esa maquinaria demoníaca y diaria nos previene Calderón Fornaris. Su lírica, leída atentamente, desde los años ochenta —a sus finales— nos recuerda aquel consejo semioculto/semiculto, soterrado de Ernest Hemingway (1899-1961) en París era una fiesta: “Mientras la gente no entiende lo que uno escribe, uno está más adelantado que ella…”

Conviven en él varios temas, pero tres son básicos: el saber, la verdad y el poder. La manera no ortodoxa y caótica en que se relacionan desde siempre, desde el día primigenio de la creación del hombre: “Los que quieran saber la historia/ que sepan la historia./ Los que quieran aprender a saltar/ que aprendan de saltos./ Los que quieran decir que su corazón/ es de arena que lo digan./ Los que quieran decir como Anaximandro/ que el hombre nació de un pez/ cuidado con los pescadores”. La lirica de Almelio está atravesada por disimiles saberes y experiencias. Leyendo —a nivel mental— me recoloque en el Período Especial de apagones o alumbrones diarios, bicicletas chinas, inventos camuflageados en el término indefinido y abarcador de: lucha,  muchos luchadores, gladiadores que cual marea se han transformado/adaptado en mercenarios y no desaparecen —la col redescubierta con pasión y esparcida expansivamente en toda su variedad sobre las mesas familiares—, la ley del más fuerte, esa deshumanizada ley de la selva en la contemporaneidad, allí se instrumentó una estrategia con un sólido eslogan: Un dólar para Almelio. Así relacionan su vuelta poética, sus versos nos aseguran lo que entonces muy pocos intuíamos. Almelio puede ejercer cualquier oficio del mundo, pero su universo, su existencia resulta esencialmente poética/creativa, tal como lo expresa su prosa desenfadada en el texto Extinción: “Decido marcharme a casa, me preparo una taza de té, enciendo la tele, voy al baño, me lavo los dientes, meo, entro en el cuarto, el reloj marca 4 y 45, me quedo en calzoncillos, leo alternativamente una antología de E.E. Cummings Buffalo Bill ha muerto y Extinción de Thomas Bernhard…me pierdo dentro de mí…” Después de tantas lecturas, tantos gestos y detalles cotidianos, puede que se le haya olvidado, o con deliberación macabra, no quiere mencionar otro libro capital de Bernhard (1931-1989), leído entre nosotros atentamente para evitar la depresión, o el suicidio con mucho humor/ironía/cinismo: El imitador de voces. Fue el mismo autor que tempranonos alertó sin falsos alardes de gnosis: “El absurdo es el único camino posible”.

En estos últimos años, durante sus regresos temporales a La Habana —por cierto, ninguna institución o persona jurídica, particular o no, lo ha invitado/organizado una lectura entre nosotros. ¿Será un apestado, un marginado, un no poeta, o un disidente y no un simple emigrante? A veces, hasta de él mismo. Almelio —en nuestros paseos por La Habana, me niego a utilizar la palabra: visita—, obsesivo, ha comentado como en sus versos y solo un ejemplo, donde ya van siendo miles: “La noche extiende/ su interminable/ dominio/ sobre la ciudad.” Calderón Fornaris se queja dolorosa/angustiadamente de la evidente desaparición del esplendor de la noche habanera, cubana, devorada por un galopante provincianismo o lo que es peor: reduccionismo. Una nación literaria donde su rapsoda más excelso José Martí (1853-1895), reflejó: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”. Dibujada o tallada en las estrellas por Guillermo Cabrera Infante (1929-2005) en su único: Tres tristes tigres. Pero si algún puritano me ojea le advierto que Charles Baudelaire (1821-1867) en su paradigmática: Las flores del mal, develo para el universo las potencialidades del reino nocturno o crepuscular. Cuando pensé en la noche, a nivel psíquico, razoné en un poeta norteamericano hacedor de una gran tradición, me refiero a Walt Whitman (1819-1892), fusionador como Almelio de las imágenes de la noche, la madre, la muerte y el mar —me detengo aquí, porque podría escribir todo un tratado sobre el tema y ese no es mi propósito—, tal vez, sus anversos: “Vivo en la sortija del mar/ un madero arrastra una estación con un caracol/ la roca es mi último camino para un surco de luz/ estar en la noche como intermitente…” O sea que, por su preparación y su intensa labor a través de los años Fornaris se reubica fuera de toda frontera, todo límite genérico. De eso se trata. A nuestra generación —como debe ser—  se nos educó en versos y canciones memorables de que: “El poeta es un peregrino.” La poesía habita las fronteras y Almelio es un Odiseo  circular que alguna vez retornará de su travesía de aprendizaje a su Ítaca habanera, pues también comprendemos que existe el viajante infinito cuyo recorrido es eterno y al cual el pueblo sabio denominó como: “Se tomó la coca cola del olvido”, lo sé, no es el caso. Una filósofa española, feliz exiliada/emigrada entre nosotros, María Zambrano (1904-1991) nos dijo: “…la realidad rebasa siempre lo que sabemos de ella; porque ni las cosas ni nuestro saber acerca de ellas está acabado y concluso, y porque la verdad no es algo que esté ahí, sino al revés: nuestros sueños y nuestras esperanzas pueden crearla.”

Confieso que he estado más de una hora riéndome/gozando la dedicatoria almeliana a mi persona, típico en él, cultivador/emanador de un humorismo entre las fronteras chaplinesca/groucho marxista, a veces, las más: cantinflescas. Tal vez no recordemos aquella exquisita máxima que atesoraban celosamente nuestras abuelas: “Todo lo que separe a los hombres lo logra unir La Cultura —La Literatura.”  Por este motivo retórico hasta donde nos aconseja el Jacques Lacan (1901-1981) de sus conferencias parisinas en la Sorbonne de 1977, insisto en inquirirle al lector cubano, despojado de toda antropología irónica poética: ¿Recuerdan al poeta Almelio Calderón Fornaris?








sábado, 2 de julio de 2016

El resto inmortal



Paulo Leminski


Quería no morir del todo. No en lo mejor. Que lo mejor de mi quedase, ya que, por encima o más allá, soy todo dudas. Quería dejar aquí en este planeta no solo un testimonio de mi pasaje, pirámide, obelisco, entradas en una oscura enciclopedia, campos donde no crece más hierba.

Quería dejar mi proceso de pensamiento, mi máquina de pensar, la máquina que procesa mi pensamiento, mi pensar transformado en máquinas objetivas, fuera de mí, sobreviviéndome.

Durante mucho tiempo, cultivé ese sueño desesperado.

Un día, intuí. Esa máquina era posible.

Tenía que ser un libro.

Tenía que ser un texto. Un texto que no solo fuese, como los demás, un texto pensado. Yo precisaba de un texto pensante. Un texto que tuviese memoria, produjese imágenes, raciocinio.

Sobre todo, un texto que sintiese como yo.

Al partir, yo dejaría ese texto como un astronauta solitario deja un reloj en la superficie de un planeta desierto.

Claro, yo podría haber escogido un ser humano para ser esa máquina que pensase como yo pienso. Bastaba conseguir un alumno. Pero las personas no son previsibles. Un texto es.

La impresión de mi proceso de pensamiento no podría estar en la escucha de las palabras ni en el rol de los eventos narrados. Tendría que estar inscrito en el propio movimiento del texto, en los flujos de su dinámica, traduciendo el juego de sus mañas y mareas.

Un texto así no podría ser fabricado ni forjado. Solo podría ser deseado.

El mismo escogería, si quisiese, la hora de su advenimiento.

Todo lo que yo podría hacer en esa dirección era estar atento a todos los impulsos, incluso los más ciegos, sin saber si el texto estaba llegando o no.

Era obvio, un texto así tendría, como mínimo, que llevar una vida humana entera. En la mejor de las hipótesis.

Una cuestión se planteó desde el principio. La tensión de la espera de un texto de este tipo podría ser el mayor obstáculo para su surgimiento. En este sentido, no había solución. La cuestión tendría que ser vivida a nivel de enigma y conflicto, sigilo y disimulación.

Por supuesto que el texto que resultase de ese estado debería, por fuerza, reproducirlo en su esencial perplejidad. La máquina-texto que surgiese no sería un todo armónico, ya que la armonía solo conviene a las cosas muertas. Lo que yo pretendía era una cosa viva, una vida que me sobreviviese. Y la vida es contradictoria.

No sé nunca si ese texto llegará. O si ya llegó.

Todo lo que quiero es que, si llega, se acuerde de mí tanto como yo supe desearlo.



Traducción: Pedro Marqués de Armas


“El resto inmortal”, fue recogido en Gozo Fabuloso -39 crônicas e contos... (2004). Tomado de Potemkin ediciones, Núm. 11, junio-septiembre de 2015.