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domingo, 5 de junio de 2016

Una encrucijada del mundo



Robert Desnos
«Yo no tumbo Caña» *

¡Puros de La Habana, café de las Islas, azúcar de las colonias!.... La comida se termina. Un hombrazo rojizo... se parece al Tío Sam..., digiere sin discreción, mientras que su respiración hace estremecerse la pesada cadena de oro que cuelga de los bolsillos de su chaleco. Está ahíto. Una sangre demasiado espesa corre por las venas, que se divisan en sus sienes. Es lo que suele llamarse un hombre feliz, ya que no envidiable, y las horas pasan, entre el humo oloroso del tabaco y el perfume del café. Una gota de vino enrojece el fondo de un vaso, y, puesto como pisapapel sobre unas cotizaciones de bolsa, un trozo de azúcar semeja una piedra preciosa.

Más lejos, entre las olas tibias de los mares del Trópico, Cuba brinda al cielo sus plantíos de caña, de tabaco y de café. El colono se sume en sus meditaciones, mientras que, a lo lejos, el ingenio norte-americano hace mugir todas sus calderas, en un calor de infierno. Acurrucado al pie de una palmera, un negro tararea el son popular:

«Yo no tumbo caña,
¡Que la tumbe el viento!... »

Dos paisajes, dos cuadros: todo el drama del azúcar en Cuba.



Los tesoros de Cuba

El azúcar es, en efecto, la principal riqueza de Cuba, antes que el tabaco y el café. Cuba no posee diamantes; sus pozos de petróleo, son de escasa importancia; el oro no corre por sus ríos. Pero el azúcar era un tesoro que parecía seguro. Nada, en su cultivo, estaba confiado al acaso, y, a cada cosecha, las altas cañas brindaban pródigamente el zumo preciado. Sin duda, como ahora, el negro de los sembrados no podía trabajar más que cuatro o cinco meses al año, de enero a abril, y, como ahora, también tenía qué ofrendar doce horas de trabajo al día durante ese periodo, fuera bajo el ardiente sol o en la atmósfera densa del ingenio. Pero, si vivía sin riqueza, al menos desconocía la miseria.

Llegó la Guerra. La producción mundial del azúcar disminuyó. Las fábricas de azúcar de remolacha del Norte dejaron de funcionar, y esa industria, nacida bajo el signo de las guerras de Napoleón y del bloqueo continental, desapareció de Francia durante los cinco años que duró la nueva hecatombe. Cuba conoció entonces momentos de una prosperidad sin paralelo.

El azúcar era un nuevo diamante, y todos, desde el colono y el dueño de ingenio, hasta el humilde cortador de caña, conocieron la ilusión de la riqueza. Me contaron que ciertos estibadores de la Habana descargaban, por aquellos tiempos, fardos de camisas seda y sacos de joyas. Fue la «danza de los millones», ilustrada por una anécdota caricaturesca, publicada entonces en un periódico festivo.

«Volviendo a su casa, el colono encuentra a sus dos hijas tocando un trozo a cuatro manos en el piano.»

«... ¿Qué es eso?, pregunta.... ¡No quiero economías en casa! ¡Mañana compro otro piano!»

Esa era de prosperidad duró desde el 1916 hasta el final de 1921, en que el crack de varios bancos anunció el ocaso de los años dorados. Pero, por velocidad acumulada, la locura de la fortuna duró hasta el año 1923, aproximadamente.

Hoy Cuba contempla las riquezas despreciadas de sus sembrados, como una mujer bonita, que conservará estuches de joyas, vaciados por alguna catástrofe repentina.

El azúcar de caña, en 1928, vale doce veces menos que en 1920.

La razón actual del daño está en el exceso de producción, y esto combate de modo ejemplar, el famoso prejuicio de «la oferta y la demanda», y del libre juego de las competencias, considerado como la llave de la felicidad de los pueblos.

Cuba no ha encontrado aún nuevos mercados para su azúcar, y los Estados Unidos siguen siendo sus principales clientes.

La cuestión del azúcar en 1928

Los Estados Unidos poseen refinerías de azúcar de remolacha, y sus leyes arancelarias protegen esa industria. El único azúcar que percibe los beneficios de tarifas especiales, es el azúcar sin refinar destinado a las refinerías norteamericanas. ¡Más oro para los insaciables industriales yankees!

El único remedio práctico está en una política restrictiva de la producción, en espera de que los técnicos cubanos hayan logrado abrir nuevos mercados para el azúcar de caña.

Ya algunos colonos optaron por reemplazar la caña por el café, y nuevas perspectivas se abren ante sus ojos. Después de haber sido el país del azúcar, Cuba será tal vez el país del café. En espera de esto, no se muele toda la cosecha, y los negros de los cortes chupan melancólicamente cañas inutilizadas.



La explotación del azúcar en Cuba

El azúcar de Cuba es explotado, en gran parte, por los Norteamericanos. No es por puro desinterés que han prestado su concurso a los revolucionarios del 98, y ahora es casi siempre a un ingenio yankee instalado en la isla al que el colono vende su cosecha.

Una vez más, es el Norte-americano quien aprovecha el trabajo de los campos, como lo hace con el obrero, sometido diariamente a doce horas de trabajo, en la temperatura terrible de las calderas.

El Gobierno cubano no ha titubeado en intervenir muchas veces, para reprimir abusos.

Los ingenios se alzan lejos de las poblaciones. A sus alrededores se ha construido el caserío ocupado por los trabajadores. Y en ese caserío, la bodega, el restaurant y lo principal del comercio, pertenecen a la administración del ingenio que recupera, de este modo, el salario de sus obreros.

Ha sido necesario, a veces, prohibir a algunos industriales que pagaban su mano de obra con vales canjeables por mercancía en los almacenes del ingenio.

La mano de obra

El Gobierno cubano no tiene que enfrentarse solamente con la política general del azúcar. Un problema interior se le plantea, al cual, menester es reconocerlo, trata valientemente de hallar una solución.

Por el hecho de que el trabajo de los cortes no dura más que cuatro meses al año, la mano de obra cubana es insuficiente. Los colonos importan, pues, a la isla, en esa época, numerosos negros de Haití y Jamaica. Pero esos negros llevan una vida muy primitiva. Se alimentan por algunos centavos y no tienen grandes necesidades. Aceptan, por lo tanto, el trabajar a mitad de precio que el jornalero cubano, haciéndole así una terrible competencia.

Es por todas estas circunstancias, por lo que este cultivo, tan rico y seguro, acabará tal vez por desaparecer de Cuba. Sobre esa tierra tan fértil, vive una población más trabajadora que nunca. En ella misma reside su salvación.

Y dentro de algunas décadas, el azúcar se habrá reunido, posiblemente, en el país de las lunas idas, con las Habaneras de antaño, y en los nuevos cafetales, otros sones remplazarán al melancólico:

«Yo no tumbo caña.»


(De Le Soir.)

* En castellano en el original.


Invitado al VII Congreso de la Prensa Latina, Robert Desnos visitó La Habana en marzo de 1928. Conoció a Alejo Carpentier, quien lo introdujo en el entorno musical y afrocubano, y al que ayudaría a escapar del país, semanas más tarde, en el paquebote en que regresa a Francia. En abril de ese año Desnos publica en Le Soir cinco artículos sobre su breve experiencia cubana. “Una encrucijada del mundo” es uno de ellos y fue traducido –probablemente por el propio Carpentier- para Cuba en 1928, un volumen que recoge abundante información sobre el mencionado Congreso, y sobre la isla, en general.  

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