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domingo, 17 de enero de 2016

El mundo es una alcachofa




Italo Calvino


La realidad del mundo se presenta a nuestros ojos múltiple, espinosa, en estratos apretadamente superpuestos. Como una  alcachofa. Lo que cuenta para nosotros en la obra literaria es la posibilidad de seguir deshojándola como una alcachofa infinita, descubriendo  dimensiones de lectura siempre nuevas. Por eso sostenemos que, entre todos los autores importantes y brillantes de quienes se ha hablado en estos días, tal vez sólo Gadda merece el nombre de gran escritor.

El aprendizaje del dolor (La cognizione del dolore)  es aparentemente el libro más subjetivo que pueda imaginarse: casi el esfuerzo de una desesperación sin objeto; pero en realidad es un  libro atestado de significados objetivos y universales. El zafarrancho (Quer pasticciaccio brutto de via Merulana),  en cambio, es un libro absolutamente objetivo,  un cuadro de la pululación de la vida, pero al mismo tiempo es un libro profundamente lírico, un autorretrato escondido entre las líneas de un complicado dibujo, como en ciertos juegos para niños donde hay que reconocer en la maraña de un bosque la imagen de la liebre o del cazador.

De El aprendizaje del dolor, Juan Petit ha dicho una cosa muy justa: que el sentimiento clave del libro, la ambivalencia odio-amor por la madre, puede entenderse como odio-amor por el propio país y por el propio ambiente social. La analogía puede ir más allá. Gonzalo, el protagonista, que vive aislado en la finca que domina el pueblo, es el burgués que ve trastornado el paisaje de lugares y valores que le era caro. El motivo obsesivo del miedo a los ladrones expresa el sentimiento de alarma del conservador frente a la incertidumbre de los tiempos. Para contrarrestar la amenaza de los ladrones se organiza un servicio de vigilancia nocturna que devolvería seguridad a los amos de la finca. Pero este servicio es tan sospechoso, tan equívoco que termina por constituir para Gonzalo un problema más grave que el miedo a los ladrones. Las referencias al fascismo son constantes pero nunca tan precisas como para congelar la narración en una lectura puramente alegórica e impedir otras posibilidades de interpretación.

(El servicio estaría formado por veteranos de guerra, pero Gadda pone continuamente en duda los alabados méritos patrióticos de aquéllos. Recordemos uno de los núcleos fundamentales de su obra y no sólo de este libro: combatiente de la primera guerra mundial, Gadda ve en ella el momento en que los valores morales que habían madurado en el siglo XIX encuentran su expresión más alta, pero al mismo tiempo el principio del fin. Se puede decir que Gadda alimenta por la primera guerra mundial un amor celoso y al mismo tempo el miedo a un shock del que ni su interioridad ni el mundo exterior podrán recobrarse jamás.) La madre quiere abonarse al servicio de vigilancia, pero Gonzalo se opone obstinadamente. Sobre una disensión en apariencia formal como ésta, Gadda consigue fundar una tensión atroz, de tragedia griega. La grandeza de Gadda está en que lanza a través de la trivialidad de la anécdota relámpagos de un infierno que es al mismo tiempo psicológico, existencial, ético, histórico. Sólo entendiéndolo podemos ponernos en contacto con la complejidad de la obra.

El final de la novela, el hecho de que la madre se salga con la suya abonándose a la vigilancia nocturna, que la finca sea saqueada —al parecer— por los mismos guardias, y que en el asalto de los ladrones la madre pierda la vida, podría cerrar la narración en el círculo completo de un apólogo Pero es comprensible que a Gadda esa manera de cerrarla le interesase menos que crear una tremenda tensión a través de todos los detalles y divagaciones del relato.

He esbozado una interpretación en clave histórica quisiera intentar una interpretación en clave filosófica y científica. Hombre de formación cultural positivista, diplomado en ingeniería por el  Politécnico de Milán, apasionado por las problemáticas y la terminología de las ciencias exactas y de las ciencias naturales, Gadda vive el drama de nuestro tiempo también como el drama del pensamiento científico, desde la seguridad racionalista y progresista del siglo XIX hasta la conciencia de la complejidad de un universo nada tranquilizador y más allá de toda posibilidad de expresión. La escena central de El aprendizaje  es la visita del médico del pueblo a Gonzalo, un enfrentamiento entre una bonachona imagen decimonónica de la ciencia y la trágica autoconciencia de Gonzalo, de quien se traza un retrato fisiológico despiadado y grotesco.

En su vastísima obra editada e inédita, formada en gran parte por textos de diez o veinte páginas entre las cuales figuran algunas de sus páginas más bellas, recordaré una prosa escrita para la radio en la que el ingeniero Gadda habla de la edificación moderna. Empieza con la clásica compostura de la prosa de Bacon o de Galileo describiendo cómo se construyen las casas modernas de cemento armado; su exactitud técnica se vuelve cada vez más nerviosa y colorida cuando explica cómo las paredes de las casas modernas no consiguen aislar del ruido; después pasa al tratamiento fisiológico acerca de cómo los ruidos actúan en el encéfalo y en el sistema nervioso; y termina en una pirotecnia verbal que expresa la exasperación del neurótico víctima de los ruidos en un gran inmueble urbano.

Creo que esta prosa representa cumplidamente el abanico de las posibilidades estilísticas de Gadda; más aún, el abanico de sus implicaciones culturales, ese arco iris de posiciones filosóficas, desde el racionalismo técnico-científico más riguroso hasta el descenso a los abismos más oscuros y sulfurosos.

                                                                                             1967



Tomado de Por qué leer los clásicos, Tusquets, 1992; trad. Aurora Bernández. 


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