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domingo, 27 de septiembre de 2015

Suficiente





Dolores Labarcena


Coqueteando con las musas, entre el Steinway y el cielo raso de su cuartucho en Manhattan, así vivió y murió… ¡Qué contar! No es época de misticismos. El tedio suprimió la parábola del bosque, la caseta del bosque, y al guardabosque... Ceniceros repletos de colillas. Tónicas a medio tomar. Odesa repasando un libreto. Iván de pésimo humor por no traer paraguas. Gracias a Dios el entierro fue sin retrasos. Pongo mi cabeza en el picadero que la pelirroja de negro era una pianista húngara. Laszlo salvó las partituras de Paul. ¡Un milagro! Paradójico, ¿no? Al enterarme no hice más que recordar la definición poco realista de un realista sobre la Appassionata: Maravillosa y sobrehumana. ¡Qué contar! ¿Cómo? ¿Cuándo? Solo supimos el “dónde”.  







viernes, 25 de septiembre de 2015

Un algodón de 'Las meninas' para Michel Foucault




Severo Sarduy

Con Michel Foucault desaparece no sólo un pensamiento, sino más bien el arte de descomponer el pensamiento, la demostración de que en él nada, absolutamente nada, es natural ni eterno. Ni siquiera la idea de verdad. ¿Quién piensa, de dónde surge lo pensado, y qué es? Para responder a esa pregunta Foucault comienza al revés: ¿sobre qué se debe pensar? Su respuesta: ante todo sobre lo más evidente, sobre eso que se nos impone como una verdad absoluta.
Su obra demuestra que precisamente lo más neto -digamos la noción de locura, la de castigo, la de deseo y hasta la de Hombre- no es eterno ni ha estado presente en todos los tiempos, sino que es un fenómeno de cultura, incluso de otra cultura: un efecto de civilización.
La continuidad histórica, por ende, es una ilusión. Lo que cuenta no es trazar un hilo desde el pasado, sino marcar rupturas, diferencias.
Hay que buscar, pues, escarbar en nuestra cultura para saber de dónde surgen nuestras certitudes, qué otro saber las produjo, o qué grupo humano las inventó.
En resumen: Foucault fue un arqueólogo, alguien que escrutaba, que leía -como en una vista aérea- bajo el suelo aparentemente liso y sin texturas de nuestra lógica, la red inaparente, las vetas de nuestro saber.
El concepto de Razón, por ejemplo, nos aparece hoy como lo más indiscutible, y en función de él determinamos la capacidad. de un individuo para formar parte o no, del intrincado tejido social; sin embargo esa Razón hubo que forjarla, fabricarla, excluyendo, a la locura, encerrándola, expulsándola fuera de la ciudad donde hasta entonces -lo que se excluía era la lepra- sobrevivía y coexistía con la lógica al uso.
Lo mismo sucede con la "buena conducta" en el sentido legal del término. A la constatación de que la prisión fracasa al tratar de reducir los crímenes, había que sustituir una hipótesis de Foucault: la prisión ha logrado producir la delincuencia y los delincuentes, que forman un medio aparentemente marginal pero controlado por ese centro supervisor que se manifiesta hasta en la construcción de las prisiones. Es el ojo que lo ve todo, ése que desde la torre central vigila y controla lo que ocurre en el interior de cada celda, hasta el sueño: el amo panóptico. El medio de la delincuencia queda determinado precisamente por el hecho de estar totalmente bajo vigilancia. Con estos análisis Foucault, no sólo elucidó un medio sino que esbozó reformas que hoy se efectúan, los jóvenes disidentes de nuestra sociedad lo siguieron, vieron en él una verdadera salida: la invención de otra moral.
Se borra así en esta arqueología de Foucault, cuyas ruinas están en lo más profundo de lo evidente, de la verdad de una época, hasta la noción de Hombre, que Foucault, por cierto, consideraba como una invención muy reciente. Y lo que es más, de esta noción Foucault anunciaba también el próximo fin.
¿Cómo era Michel Foucault? Sobre todo alegre, con una carcajada inimitable, casi siempre irónica.
Y tan ágil que, a gatas, en su apartamento, traía, como un felino orgulloso de la caza, precisamente el libro buscado, en las inestables pirámides que de modo mágico aún dejaban por dónde pasar.
Llegó a escribir no sobre un bureau imperio, como éste en que garabateo estas líneas póstumas, sino sobre dos planchas de madera que soportaba un urgente andamiaje.
Algo lo horrorizaba en estos últimos tiempos, y era que lo elogiaran, aun si era merecidamente, y al mismo tiempo, o con ese pretexto, atacaran a otro.
Nunca fue efusivo, ni nostálgico. Yo creo que quería liberamos -y sobre todo liberarse- de la angustia del deseo. Llegamos, pues, por el camino menos previsto, que es siempre el bueno, al budismo.
Espacio puro
Sospecho que siempre quiso instalarse, mudarse, en California o aquí en París, a un espacio puro, de tranquilidad y de placer. Pero, cosa importante: este espacio, este lugar sin nombre, no se encontraba bajando sin freno la vertiente del hedonismo, sino al contrario, subiendo -aunque parezca paradójico- la de la moral: liberarse del yo, para llegar al dominio, como querían los griegos que él evoca en su último libro, El uso de los placeres, a la plena maestría de sí.
Señalo algo último, que es una vuelta de significante. En Madrid, en una comida, hace unos días, el pintor Gironella me contaba cómo habían limpiado Las meninas, cómo eran ahora un cuadro luminoso y nítido. Quise conservar -y aún quiero- por puro fetichismo, un algodón de esa limpieza, como el cartílago que, se venera del esqueleto disperso de un santo.
Había pensado, ya que le debemos la lectura más penetrante de ese cuadro, enseñarle ese algodón a Michel Foucault.


 27 de junio de 1984


lunes, 21 de septiembre de 2015

La edad de la luna




Leonardo Sinisgalli



Quien ama demasiado la naturaleza corre el riesgo de perder el resto del mundo. El poeta debe rechazar las monerías de la creación. La naturaleza parece fabricada para los inocentes, los enfermos, quizá para los idiotas. El niño desde sus primeras creaciones, no hace más que escarnecerla. El niño, como el poeta, es enemigo de la evidencia.   

                                                      

Nos hemos dejado seducir por el rechazo del método, por una cierta improvisación genial. La poesía hecha a la carrera. La poesía que surge de noche o asoma sólo en trance. La pitonisa que pierde el control y dice necedades sublimes o pueriles enigmas. Creemos encontrar siempre alguna tuberosa en medio del rastrojo, la perla en la basura. Nos hemos vestido con ropas usuales, nos hemos contentado con los apuntes escritos en los puños o en los recortes de periódico. Hemos hinchado la felicidad de un instante hasta ilusionamos de llenar una vida. Nada de liturgia, de ritos, de bohéme. Nuestra poesía surge de días, banales, nace sin fundamento sobre un cúmulo de detritus, sobre un terreno agotado.

                                                        

No es posible hacer del poeta un speaker ni tampoco un sacerdote. Es muy difícil lograr una conquista con un ejército de mendigos. Resulta imposible sostener a una tribu sólo con parábolas y proverbios, sin recurrir a las Ieyes. ¿Qué es lo que le envidiamos a los Verlaine, a los Nietzsche, a los Campana? No tanto su poesía cuanto sus vidas. Un equipo de poetas puede convertirse en un equipo de burócratas. Quizá es el único remedio para salvar la poesía. Para salvar la poesía es preciso formular una disciplina, una regla, transformarla en instituto, arrancarla a la voluptuosidad de los hobbies. Transformar a la pléyade en rigurosísima staff, talvez en confraternidad. Existen muchas disciplinas, la ateniense, la espartana, la claustral, la kafkiana. Rechazar decididamente las soluciones cortesanas, renacentistas o chinas. Ya no es posible hacer un Poeta de un vagabundo, de un haragán, de un degenerado. Es más probable que surjan de los seminarios y las escuelas politécnicas. Fermi. Galois y Caccioppoli ¿acaso perdieron su genio al frecuentar las escuelas y los laboratorios? Es necesario garantizar a los poetas la libertad, que es lo contrario del libertinaje. Es preciso combatir el equívoco del malditismo, de los ladrones del fuego, de los hijos del Sol. Acabar al fin con los milagros execrables.

                                                                              

Los críticos le piden a la poesía conceptos y sistemas. Leo agudos análisis, me informo acerca de todas las operaciones quirúrgicas, algunas muy delicadas, que ellos conducen con la mordaza puesta para llegar a la médula espinal del pobre poeta deshuesado. Le atribuyen capacidades nerviosas, intelectuales, dialécticas. Buscan la lógica en los poetas. ¡Y pensar que la filosofía de los poetas es una cosa tan pobre comparada con su poesía! Su inocencia ayuda a la poesía mucho más que la ciencia. Mi esfuerzo por escribir versos se ha debido precisamente al desprecio de mi sabiduría. He ido creciendo sin obtener ninguna certidumbre que pudiera servir de estructura para mi poesía. Creo que aún no sé cuál sea precisamente el oficio del poeta. No conozco una sola norma válida en tal sentido. No es posible prever los buenos o malos resultados. Nunca le he pedido a la poesía que me ayude a resolver mis problemas. No he tenido la posibilidad ni la paciencia de conformar mi desorden según los caprichos de la poesía y la inspiración. He esperado en horas determinadas. El poeta no predispone: cosecha. Sus predilecciones pueden parecer desconcertantes: crea las jerarquías en el momento. No anda en pos de la liebre: busca la unidad. Los versos tienen una concatenación que no se revela en la superficie. Convergen hacia un punto donde las estratificaciones pueden ocultar un corazón inhallable, pese a cualquier sondeo. El crítico, a menudo, es ese pequeño animal que se arrastra sobre la esfera y nunca llegará al centro, porque no conoce la fórmula, la forma.



Comienza a disgustamos demasiado tarde la voluptuosidad expresiva, como cuando logramos distinguir una golosina de una porquería que deja de apetecernos. Creíamos que la belleza debía vestir los cambiantes atuendos de la naturaleza; que la belleza era la imagen dela vida, triunfo de la sangre, de la energía. La belleza no es el destino del arte. El arte es pérdida, no ganancia.



El tedio desinfla a lo verdadero, desarma a la realidad. Destruye los nexos, borra los confines.



Después de tantas lecturas obscenas, casi hasta gastarme toda la plata y el cuerpo: después de tanto fanatismo y peregrinaciones, regresa el puro, grácil y delicado perfil de un poeta de la doctrina y de la soledad, compañero del dolor y de la muerte. Sin ninguna obscenidad, sólo cierto vicio, algún pecado pueril, y su sabiduría sin improvisaciones, sin escándalo.



Quien busca los mitos no los encuentra. La poesía los ha rechazado.



La identidad y la simetría vista por un ciego. Las facciones son la música de los sordos. Las ecuaciones: las manos acaparan una conquista del intelecto. No puede resolver ecuaciones quien pierde los sentidos, quien sueña, quien se envenena, quien duerme.



El poeta es llevado necesariamente a contradecirse, anegarse, a destruirse. En los poemas recoge sus huesos, sus fragmentos, su ropa, sus excrementos.



No hay que pedirle fe a la Poesía. No es agua, no es vino. No apaga la sed ni adormece. Ni siquiera nutre.

                                                                                  

Grande o pequeño, el poeta sobrevive en su obra. Tengamos piedad de él. Muy pocos, a los elegidos, tienen la suerte de morir en el momento justo. Condenado a crecer tras la gloria que iluminó su frente de muchacho, esconde el cetro y termina sus días en un lugar clandestino. Se aparta en una tienda o en un bazar, en un almacén o en una oficina. Vivo aún, se sepulta en la memoria de los compañeros.



Traducción Guillermo Fernández


Tomado de La Colmena, 2002. 


sábado, 19 de septiembre de 2015

Luciano Erba




La Gran Jeanne

La Gran Jeanne no hacía distinciones
entre ingleses y franceses
siempre que hicieran con las manos
lo que ella decía,
habitaba en el puerto, su hermano
trabajaba conmigo
en el 43.
Cuando me vio en Lausana
donde yo pasaba en traje estival
dijo que podía salvarla
y que su mundo estaba allí, en mis manos
y en mis dientes que comieron liebres
en la alta montaña.

En el fondo
hubiera querido la Gran Jeanne
convertirse en una dama:
llevaba ya un sombrero
azul, largo, con tres vueltas de tul.

  
El gato intelectual

Explora todas las cajas
patrulla todos los cajones
curiosea para descifrar,
es el gato hermenéutico.
Su pensamiento fuerte es maullar
de noche entre los pararrayos del techo
su pensamiento débil pero magistral
roncar frente a la chimenea.


Ecuación de primer grado

Tu camiseta nueva, Mercedes
de algodón mercerizado
tiene ese olor de los grandes almacenes
donde nos equipaban de blancos
larguísimos sombreros para el mar
¡querida provisión de sombra! para esperar
en estaciones florecidas de petunias
padres blanquitrajeados! para amar
sobre las vías del tren flores comprimidas
por mercancías dulcemente desempacadas!

Y mañana, Mercedes,
deshojar las páginas del tiempo perdido
entre merengues y sorbetes en la Biffi Scala.


La Grande Jeanne

La Grande Jeanne non faceva distinzioni
tra inglesi e francesi
purchè avessero le mani fatte
come diceva lei
abitava il porto, suo fratello
lavorava con me
nel 1943.
Quando mi vide a Losanna
dove passavo in abito estivo
disse che io potevo salvarla
e che il suo mondo era lÏ, nelle mie mani
e nei miei denti che avevano mangiato lepre in alta montagna.

In fondo
avrebbe voluto la Grande Jeanne
diventare una signora per bene
aveva già un cappello
blu, largo, e con tre giri di tulle.


Un gatto intellettuale

Esplora tutte le scatole
perlustra tutti i cassetti
curiosare per decifrare
questo è il gatto ermeneutico.
Il suo pensiero forte è miagolare
di notte tra i parafulmini sul tetto
il suo pensiero debole ma sapienziale
ronfare davanti al caminetto.


Un’equazione di primo grado

La tua camicetta nuova, Mercedes
di cotone mercerizzato
ha il respiro dei grandi magazzini
dove ci equipaggiavano di bianchi
larghissimi cappelli per il mare
cara provvista di ombra! per attendervi
in stazioni fiorite di petunie
padri biancovestiti! per amarvi
sulle strade ferrate fiori affranti
dolcemente dai merci decollati!

E domani, Mercedes
sfogliare pagine del tempo perduto
tra meringhe e sorbetti al Biffi Scala.



Versiones Pedro Marqués de Armas




viernes, 11 de septiembre de 2015

Dos o tres elegancias





Virgilio Piñera


Con dos o tres elegancias,
de la moda encantadoras elegancias,
-un drapeado por aquí, un pliegue por allá-
se harán las piruetas necesarias
para escapar a las trampas mortales.
El aire que circula es divino,
la tarde cae blandamente como el plumón de un cisne,
un helado, huérfano de la boca ávida,
se derrite con su caramelo en la copa.
¡Cuídate! Esquiva con el drapeado y el pliegue
esa mesa en que el helado se derrite,
también sobre ella está el final de tu vida,
mas con dos o tres elegancias puedes escapar:
¡Escapa! Desoye esos violines quejumbrosos,
ellos te arrastrarían a los antros,
haz de modo que las elegancias los aniquilen,
los disequen abandonándolos a la entrada de un museo.
Con dos o tres elegancias,
óyelo bien, con dos o tres...
esquivarás a los que visten túnicas de plomo,
a los que todo lo ven, menos las elegancias,
a los que se confunden con la noche,
a los que desoyen los dictados de la moda,
de la moda, por supuesto, peligrosa,
ésa que se compone de dos o tres elegancias
para escapar a las trampas mortales.



                                                
                                                                    14/agosto/72


lunes, 7 de septiembre de 2015

En La Habana





   Raymond Roussel 


  En La Habana vivía en… una pareja de huérfanos, A… L…, de catorce años, y su hermana melliza M… 
 Descendientes de una familia de colonos españoles, los dos hermanos crecieron bajo la afectuosa tutela de una vieja señora, su tía abuela S…, persona simple y eficiente, suerte de marimacho entrenada para resolver por sí misma todos los asuntos. 
 Los dos mellizos, como suele suceder, habían crecido de manera desigual en el seno materno: M… había acaparado la mayor parte de los jugos vitales, en detrimento de A… quien, de una fragilidad sin remedio, había llegado a la adolescencia de milagro. 
  Entre A… y M… reinaba el fanático cariño propio a los dúos mellizos. Además A…, muy dotado, sabía ejercer sobre su entorno un saludable ascendente, que alcanzaba sin duda a su hermana. En el colegio reinaba en su clase y, ostentando un suplemento de prestigio por su título de veterano, fruto de una grave enfermedad que lo había obligado a repetir, aconsejaba a unos, defendía a otros o, con una palabra, dirimía una diferencia. 
  Dos ejemplos dan la medida de su autoridad. 
  Entre sus compañeros estaba el hijo de N… O… –un arribista famoso en todo el país– y el de R… V…, cuyo nombre recordaba un misterioso escándalo. 
  Simple doméstico de un terrateniente, N… O…, gracias a un buen billete de lotería, había podido, todavía jovencito, sentar los fundamentos de una fortuna que, avaro y dotado, se había, en un cuarto de siglo, vuelto considerable. 
  Pero sus orígenes le valían, por parte de los cubanos acomodados, una evidente frialdad – que quiso vencer a través de la compra de un título. 
  Viajó a Roma – y volvió Conde del papa. 
  Sin embargo, los snobs cubanos, para nada deslumbrados, consideraron los hechos como una provocación y se ofendieron. No solamente rechazaron al nuevo noble, sino que se organizaron para hacerle llegar anónimamente una carta, revestida de un rico encuadernamiento con una visible corona condal. Significaba acabar finalmente con las pretensiones aristocratizantes de un antiguo valet campesino. 
  El conde de O… comprendió – y se mantuvo tranquilo. 
  Sobre todo que prontamente lo iban a acaparar otras ocupaciones. 
  La Habana festejaba en ese tiempo a una troupe lírica italiana, que tenía como gran estrella a la bella y galante A…, llamada la “reina de la vocalización”. 
   El repertorio de canto no ofrecía nada suficientemente firme como para hacer plenamente valer su virtuosismo único, A… había hecho arreglar para su voz, sobre versos inspirados por el título, la pianística Fileuse de D… Allí se sucedían sin tregua, alcanzando sutiles efectos imitativos, episodios de naturaleza cromática, vedados para los talentos medios. Y, verdadera proeza digital, la ejecución de la obra, gracias a la garganta, se convirtió en una milagrosa hazaña. 
 Esa hazaña A… la llevaba a cabo sin aparente esfuerzo, alcanzando, en un perpetuo pianissimo, una velocidad extrema, que no hacía padecer jamás la singular puesta en valor de las notas agrupadas sobre la que se apoyaba cada sílaba. 
  Después de cada último acto, imperiosas aclamaciones forzaban a A… a cantar su Fileuse, que la llevaban siempre al triunfo. 
   La primera vez que O… vio a A… aparecer en escena, sintió frente al estallido de belleza un gozoso escalofrío, presto a sumarse al sonido de su voz. Su deseo, creciente de acto en acto, llegó al clímax cuando al final de la habitual Fileuse, dando el máximo de su prestigio, la hizo superarse como artista para iluminar una apoteosis. 
  Cuando después de una fácil conquista, O… escucha, en plena luna de miel, hablar de la partida de la troupe, su angustia muestra la fuerza de su pasión, y realiza, para que abandonara la escena que aún le quedaba, impresionantes ofertas a A…, quien, percibiendo su poder y teniendo que explotar a fondo la situación, las rechaza; excepto el casamiento – y se mantuvo así hasta que él cedió. 
 La intromisión en su existencia de una esposa con un pasado vergonzoso no hizo más que agravar el ostracismo que padecía O… –y contra el que decidió luchar una vez más. 
  Fue en las carreras, en honor de Cuba, donde pergeñó su plan. Participar le valdría una aceptación de elegancia –y relaciones en el mundo brillante del turf
   Funda una escudería y elige los colores, en honor de A…, verde, blanco y rojo de la bandera italiana, aprovechando cualquier oportunidad para honrarla gracias a visibles homenajes, pese a la desaprobación de las personas pudorosas. 
  Pero si la pareja tuvo en el hipódromo algunos éxitos deportivos, la indiferencia fue la única respuesta y O…, contrariado, no tarda en vender todos sus caballos. 
  A sus sinsabores le sigue una alegría: el nacimiento de un hijo. 
  Ahora bien, era precisamente ese hijo, S… d’O…, entonces de catorce años, que A… L… tenía como camarada. 
   Un compañero lo trató durante el estudio, en una pelea en voz baja, de hijo de valet y de ramera, S… entonces respondió desafiándolo. 
   Llegado el recreo, A…, a los primeros golpes de puños, se interpuso, y se informó de lo sucedido. Visto el carácter odioso del insulto quiso que S… recibiera públicas excusas –y fue como siempre deferentemente obedecido. 
  En cuando a V… hijo, sufría injustamente los efectos de ciertas sospechas que planeaban sobre su padre. 
 Este, huérfano desde temprano, había, a su mayoría de edad, malgastado rápido un modesto patrimonio y, de aspecto seductor, había entonces buscado… y encontrado una heredera. 
 Varios años de gran vida acabaron con la dote, y los suegros irritados pensionaron muy poco a la pareja – desde entonces alcanzada por dificultades que se acrecentaron con el nacimiento de un niño. Ahora bien, apenas hablaban de la bendición, que a la misma hora morían misteriosamente el padre y la madre del recién nacido. 
  La autopsia dio la prueba de un doble envenenamiento. 
  Una investigación fracasa buscando indicios en la alimentación. Obligatorio fue buscar en otra parte y se terminó sospechando de la goma de un stock de estampillas de origen conmovedor. 
 Dos años antes el Americano T… había intentado, en su navío El B…, un audaz reconocimiento polar. 
  Cuando fue largamente superado el tiempo de su retorno, una suscripción pública se abrió para que se puedan comenzar las investigaciones. 
  Una estampilla fue especialmente creada, la que, mostrando al B… perdido en los hielos, acompaña rápidamente las cartas que se envían. 
 A más de uno se le obligaba hábilmente, enviándole autoritariamente una hoja con cien estampillas –e inmediatamente pasaba a domicilio un cobrador pidiendo el pago. 
  Ahora bien, a los suegros de V… una hoja de este tipo les había llegado, usándola sin tardar, reservando una buena acogida al cobrador. 
   Murieron dos semanas después. 
   Quedaban seis estampillas –con goma envenenada, informó el análisis. 
  Como no se pudo encontrar el sobre, la investigación giró en vacío y abortó. Pero las sospechas cayeron brutalmente sobre el afortunado V… –sin alcanzar a su mujer, que gozaba de una universal estima. 
   Las cosas, sin embargo, no habían salido desde entonces del dominio del chismerío. 
  Sin embargo, curtido por el sentimiento de la semejanza en la vulnerabilidad, V… hijo había castigado con sus manos durante las excusas públicas dirigidas a S… d’O… 
  Fuera de sí, el agresor busca una venganza que no pudo, anónima, mas que valerle una nueva lección. 
  A una hora determinada, entra en el dormitorio vacío y, bien calificado en dibujo, hace en carbonilla en la pared, detrás de la cama del joven V…, un croquis insultante titulado “El doble golpe del Papa”, en donde dos coches fúnebres marchaban en fila, al lado de un ángulo encuadrado por una gran estampilla de la catástrofe polar. 
  Comenzó a odiar su obra cuando vio que su descubrimiento provocó un malestar general –y el llanto del interesado. 
 Pero de hecho, A… agrupa a todo el mundo –y reprueba doblemente una injuria que, cobardemente anónima, golpeaba al hijo en la persona de su padre. 
  Después se hizo crear tan bien la imagen de una rehabilitación por sus confesiones que llorando, a su turno, de culpabilidad, se arrodilla frente a su víctima, culpándose y pidiendo perdón. 
  Es fácil imaginar cuáles debían ser en una hermana –y melliza– los efectos de una potencia dominadora tan grande ya sobre simples camaradas. 
  Cada palabra de A… era para M… razón de fe, y gustosa hubiera dejado todo por el triunfo de una causa pedida por él. 
  Y justamente, lleno de inclinaciones por la bondad activa, el precoz adolescente no dejaba de abrazar, a veces, grandes sueños humanitarios –que proyectaba audazmente realizar algún día. 
 Especialmente, muy arraigado a su isla natal, hubiera querido que a partir de una imitación intensiva de Europa naciera un refinamiento civilizatorio. 
 En efecto, admiraba ardientemente a Europa –a la que lo ligaba por otra parte su sangre española– tierra de grandes recuerdos, de sólidas tradiciones, de obras maestras de arte, de mentes sublimes, despreciando en cambio el industrialismo de la nueva América. Y muy seguido en sus confidencias a M…, se apasionaba, por un futuro lejano, con sus planes inspirados por ese patriotismo especial. 
  ¡Pero ay, ese futuro! No iba a alcanzarlo. La muerte, que había, desde la cuna, sobrevolado, lo llamó a los veinte años, carcomido por un mal del pecho –bajo la mirada azorada de M…, para siempre desconsolada. 
   Sin embargo, el sentimiento de una misión sagrada a cumplir la sostenía en su desdicha. 
  A…, en su lecho de muerte, le había solemnemente invocado realizar en su reemplazo su sueño patriótico –y, con el brazo tendido, ella le había jurado obediencia. 
  Un año más tarde, pasada en años moría su tía abuela, dejándole una fortuna que iba a permitirle comenzar su campaña. 
  Sintiendo primero cuan poco podía sin colaboración, publica y reparte gratuitamente un folleto conteniendo un explícito llamado de ayuda. Allí se exponía el desiderátum de A… –y el proyecto de fundar, con los partidarios de sus ideas, un club mixto cuyos miembros se reunirían en la casa de M… 
 Afirmativamente comprensivos, numerosos intelectuales adhirieron con patriótico entusiasmo. 
   Todo club debe ser gobernado; una votación tuvo lugar y, en el primer escrutinio, M… fue unánimemente elegida presidente. 
  Decidieron entonces inventar alguna insignia para ella, que al portarla, en las sesiones, afirmara su autoridad. 
  Así reflexiona aguda y seriamente y, durante un tiempo, insatisfecha, termina, a fuerza de replanteos, por adoptar una idea audaz, rechazada de entrada por superar el objetivo planteado. 
 Se trataba, en efecto, no de un simple suplemento ornamental, sino de una prenda completa. 
  Entre las porcelanas exhibidas siempre en las vitrinas de su living, había un Secuestro de Europa. Una graciosa compostura, calcada de la de la historia, que completada con una polera rosa, se convirtió en el traje presidencial. 
  La sesión del estreno adquirió un tono de solemnidad inaugural. Por primera vez reinaba la actividad en la búsqueda de las decisiones a tomar. Y finalmente fue encargado a cada uno la misión de aportar características propias para demostrar la superioridad europea. 
  Pasaron algunas semanas, en las que M… recibió, como alegato por su causa, los treinta documentos siguientes… 


  Traducción Damián Tabarovsky


 En La Habana es un texto inconcluso que Raymond Roussel escribió entre 1928 y 1932 y sólo se publicó a principios de los 60 en la revista L’Arc con edición de John Ashbery. Damián Tabarovsky lo comentó y tradujo al castellano (Diario de poesía).