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viernes, 4 de diciembre de 2015

Solsticio de invierno, sin más






Joan Brossa



Tenía un amigo que se metió cura. Supongo que aún lo es. Lo visitaba a menudo en el seminario. A los dos nos gustaba Wagner. Nuestra relación era tolerante, dado que yo no soy creyente. Fue curioso, sin embargo, constatar que, a medida que avanzaba en los estudios, se iba volviendo cada vez más intransigente y quería catequizarme con nieve en las manos. La relación fue cambiando de signo y al final vino el copo que hizo rebosar el vaso. Un año, por "Navidad", me mandó una felicitación con unas recomendaciones de vieja fábula. Yo le contesté con un poema en el que le preguntaba al nacimiento de qué dios se refería, puesto que da la casualidad de que, por esas fechas, nace más de uno; depende, claro está, de las creencias que cada cual adopte. Mitra, Cristna, Agni, Apolo y otros muchos nacen en diciembre y resucitan en el equinoccio de primavera. Y es que originariamente el dios creador era el Sol y, en las religiones con redentor, el hijo enviado a la tierra para salvar a los hombres era el fuego, circunstancia que se repite en el caso de Cristo. Éste es el principio, que en el correr de los siglos ha pasado del hecho propio al figurado. Mi amigo no me ha dicho nunca nada más. Yo creo que fue debido a nuestras conversaciones, a las que se añadía a menudo un estudiante de teología; su confesor debió aconsejarle que evitara mi contacto. Con todo, guardo un buen recuerdo de mi amigo, y del paisaje de aquellos días, que no confundo con las campanas y las redes clericaloides. Concibo la religión como un modo de entender el mundo, de no fiarse de lo aparente; una experiencia de madurez interior, de aumento de la propia conciencia. Pero esto no tiene nada que ver con ningún dogma ni con las operaciones de la multinacional eclesiástica, que, por decirlo con un lenguaje afín, se ha pasado al César con todo su bagaje de intereses. ¿Qué sentido tiene, pues, celebrar la "Navidad" en nuestro tiempo? Ya se sabe que las solemnidades sin comilona no subsisten. Y eso los cabecillas vaticanistas lo entienden muy bien; su floración a través de los años la han acompañado con diversiones de toda especie, maestros como son en el arte de predicar lo uno y practicar lo otro. Negociantes de la. fe, fachendosos o lobos con piel de oveja, según las circunstancias, son hábiles en filtrar el mensaje evangélico a través de una formulación adecuada a la clase social que la recibe. Sin escrúpulos se han asegurado de muchos efectos. Tampoco es justo suscitar la confianza en los educadores o los padres a través de un mecanismo de culpabilidad. A propósito de esto, alguien ha dicho que continuar domesticados como estamos y creer en un demiurgo exige la criminalización de uno mismo. Me parece bastante exacto.
La Iglesia es un teatro en el que hacen intervenir la divinidad. Prelados y jerarcas se adjudican el poder terrenal en provecho del grupo social dominante. Su oportunismo los desautoriza, así como la manipulación que hacen de la gente que les presta oídos.
Por otra parte, ya he dado a entenderlo, me cuento entre los que no creen que Cristo sea un personaje histórico, sino un mito solar. Aparte de los. Evangelios, la Historia lo ignora por completo. Por eso, si algo hay que celebrar, debe ser el solsticio de invierno o, dicho de otro modo, el nacimiento del Sol. También los druidas festejaban el nacimiento de Agni, dios del fuego, en diciembre; sus magos conocían la fiesta por la aparición de una estrella muy resplandeciente. La Iglesia sabía que si hacía tabla rasa de las fiestas paganas no habría sido popular y las transformó. Éstos son los hechos, de tú a tú. Y, entre uno y otro, la vida me ha enseñado a no fiarme de ninguna Iglesia. Puede haber un momento en que sus intereses y los de la humanidad coincidan. Pero cuando las circunstancias cambian, ellos no dudan en mudar de capa, caiga quien caiga, a fin de mantener sus privilegios. Sobre esto hay mucho escrito en la historia de los pueblos. En este aspecto, el catolicismo me parece una de las religiones más corrompidas. Es peligroso no en su sentido espiritual, sino por el poder económico que ostenta y por los pocos escrúpulos que demuestra en arrimar el ascua a su sardina. Predica por el mundo la caridad a los pobres, pero oculta la verdad que los liberaría. Es la religión de los poderosos. En las escuelas religiosas se fomenta el individualismo, la competencia y el éxito. Así tiene, porque las paga, una infinidad de máscaras, con el marketing correspondiente. Practica un cristianismo de consenso. En resumen: entiende mejor que los de la competencia la operación de revestir un ídolo de poder para ser su depositario. Y mientras tanto aumentan los parados, la delincuencia y la violencia en los países dominados por la educación clerical. Tenemos en la Iglesia española un ejemplo muy reciente de poder teocrático. En cambio, una religiosidad más abierta, y en franca oposición al despotismo de las jerarquías, ha sido decisiva en la evolución hacia la democracia. Pero estos casos son excepción. La visita a Cataluña del "vicecristo" en persona fue un ejemplo de incomprensión, de vergüenza para los creyentes honestos y una prueba de que los dirigentes siguen confiando en el triunfalismo paternalista como era norma en el pasado. Sabido es que el fanatismo y la intolerancia de los teólogos ha frenado el progreso de la humanidad. ¿No duró dos siglos la prohibición de enseñar el sistema de Copérnico en las escuelas? (Un alegato de mano maestra contra el fariseísmo y la intransigencia: los filmes de Dreyer.) Han sido los avances científicos lo que ha hecho modificar la ortodoxia. Hoy, por ejemplo, a causa del debilitamiento de esta ortodoxia, la Iglesia se desentiende de los milagros, pero, con todo, no invalida los del pasado, cuando no existe ninguna razón para suponer que los milagros de antaño se produjeran por causas distintas. Antes que la cultura, cuenta el propio beneficio. Y los santuarios con milagro son una fuente de ingresos.
Como todo el mundo sabe, la Iglesia combate a los innovadores y después acaba acomodándose a los logros -y, en muchos casos, aun atribuyéndoselos! Todo esto nos mueve a decir que, en vez de dos mil años de Cristo, ha habido dos mil años de Judas (para usar dos nombres de su mitología).
Etcétera. No acabaríamos nunca de rememorar más desventuras que venturas. Y vuelvo a la pregunta del principio. ¿Qué sentido tiene hoy celebrar la "Navidad"? De acuerdo. La gente se divierte. Corre el dinero. Unos días de cana al aire. La lotería. Las familias se atracan (recordad aquel poema de Salvat-Papasseit). Se olvidan los problemas. Y también abundan los suicidios de gente desamparada. Uno revive el mundo de la infancia. (Por eso la Iglesia no es correcta ni desinteresada al defender el monopolio de la educación. Las vivencias que nos asaetean de pequeños reaparecen en la vejez por una simple operación de psicología.) Yo diría que hoy las fiestas navideñas son un pacto entre los tenderos del cuerpo y los del alma. Un triunfo de todo lo secundario y excesivo y que no hace falta para dar respaldo a ninguna verdad esencial. Y si de amor y fraternidad se trata, el lema mitológico "Paz a los hombres de buena voluntad" queda superado por este otro atribuido a Buda: "Paz a todos los seres". Hay que convenir que en las cosas del espíritu los occidentales somos unos aprendices. No olvidemos que tantas iglesias y tantas catedrales triunfalistas han significado, vaciar los bolsillos de ricos y pobres, lo que me parece muy alejado del espíritu originario. Resumiendo: no estoy nada de acuerdo con las formas oficiales que reviste la religión, y adherirse a sus festejos es hacer propaganda de un clan de reaccionarios con implicaciones políticas muy concretas que conducen a interpretaciones estrechas de la realidad y que de ningún modo representan una salida a la situación caótica actual. No creo en los valores inamovibles. Soy escéptico de las ortodoxias. Soy de los que creen que una montaña de recuerdos no iguala una brizna de esperanza. Y que la Historia la hacen quienes van contra sus hábitos. Lo demás son cartas que no tengo tiempo de escribir. Pero, en tanto que la lluvia va puliendo las tejas, tenemos que saber mantener el equilibrio ante el fuego. Hemos de salvar la identidad del Hombre, rodeados como estamos de anticuarios y traperos. Tengo la convicción de que, si todas las Iglesias desapareciesen, comprenderíamos mejor la valía de la religiosidad.





Tomado de El País, 18 de diciembre de 1983


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