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miércoles, 9 de diciembre de 2015

Maupassant






Arkady Averchenko



Serían las doce de la mañana.
–Señor: la criada del señor Zveriuguin pregunta por usted – me dijo la criada.
Vasilisk Nicolayevich Zveriuguin y yo éramos muy amigos; pero en este estúpido Petrogrado no es nada raro el caso de que los mejores amigos se pasen sin verse años enteros. Hacía mucho tiempo que yo no veía a Zveriuguin, y la visita de su criada me sorprendió.
Salí al recibidor, donde la sirviente me esperaba, y le pregunté:
– ¿Qué hay, muchacha? ¿Cómo está el señorito?
–Bien, gracias – contesto.
Era una linda joven de magníficos ojos negros.
–Me alegro; la salud es los principal.
–Sin salud la vida es un martirio – apotegmizó mi criada.
– ¿Qué duda cabe? – repuso la de Zveriuguin.
–Entre un hombre sano y un hombre enfermo hay una diferencia grandísima.
– ¡Enorme!
Cuando hubimos dejado bien sentadas las innumerables ventajas de la salud sobre la enfermedad, me permití preguntarle a la criada de mi amigo:
¿Y qué se le ofrece al señorito?
–Me ha dado esta carta para usted y me ha dicho que espere contestación.

Rompí el sobre y leí, no sin asombro, las líneas siguientes:

«Querido Arkady: Perdona mi largo silencio. Recuerdo que la última vez que nos vimos – hace cerca de un año y, si no estoy trascordado, en el teatro – me pediste prestados cien rublos, pues era sábado y no podías retirar dinero del Banco hasta el lunes. Desgraciadamente, no me fue posible complacerte; pero ahora, si sigues necesitando los cien rublos, tendré mucho gusto en serte útil. Mi bolsa está a tu disposición. Contéstame y no tengas inconveniente en hacerlo con extensión: la criada esperará.
Recibe un cordial apretón de manos de tu buen amigo  Ton Vasilisk.»

–Esta carta – pensé – o ha sido escrita en un estado de embriaguez digno de un cochero, o es un síntoma de parálisis general progresiva.
Sin embargo, le escribí a Ton unas líneas muy cariñosas, dándole las gracias por aquella inesperada muestra de afecto.
Al entregarle la contestación a la criada, inquirí:
– ¿Viven ustedes aún en la calle de X?
– ¡Ca, no, señor! Nos mudamos, hace tres meses, a la isla Vasiliev.
– ¡Qué atrocidad! ¡Menudo viaje de ida y vuelta supone para usted este recadito!
– Pues aun he de ir a casa de otros dos señores con otras dos cartas.


II

Dos días después, a cosa de la una de la tarde, mi criada me anunció de nuevo a la de Zveriuguin.
– ¿Otra vez? ¿Qué quiere?
–Trae otra carta.
–Que pase.
La gentil sirvienta entró en mi despacho.
– ¡Hola, bonita! ¿Cómo está su amo?
–Bien, gracias, señorito.
–Me trae usted una carta, ¿eh?
–Sí, señor. Tómela.

He aquí lo que me escribía mi amigo:

«Querido Arkady: Celebro tanto que no tengas apuros económicos. La última vez que estuviste en casa te dejaste olvidados sobre mi escritorio unos periódicos y el prospecto de un almacén de muebles. Te los guardo. Si los necesitas, dímelo y te los mandaré. ¿Cómo te va? Escríbeme largo y tendido; tu estilo admirable me encanta. Un abrazo. Muy tuyo– Vasilisk.»

Yo cogí la pluma y le contesté:

«Querido Vasilisk: Hará unos tres años me preguntaste una noche, en el restaurante Aux gourmets, que hora era. Desgraciadamente, mi reloj estaba a la sazón descompuesto, y no me fue posible responder a tu pregunta. Pero ahora mi reloj marcha perfectamente y puedo decirte que es la una y cuarto de la tarde. En cuanto a los periódicos que me dejé olvidados en tu casa, he de confesarte que el verme privado de ellos me sume en la más negra desesperación; pero te los regalo, en prenda de amistad, lo mismo que el prospecto del almacén de muebles. Recréate en su lectura: el estilo del mueblista anunciante no tiene nada que envidiarle al mío. Un cordial abrazo– Arkady.»

Al entregarle a la gentil sirvienta esta carta le pregunté:
– ¿Tampoco es hoy éste el único recado?
– ¡Ojalá, señorito! Aun he de ir a casa de un señor que vive al final de la avenida Nevsky, a casa de otro que vive junto a la Facultad de Medicina, a casa de otro que vive en la calle de Peterhov...
– ¿En la calle de Peterhov? ¿El señor Broydes quizá?
– ¡El señor Broydes, sí, señor!
–Entonces no vaya usted; dentro de un rato vendrá a verme ese caballero. Si quiere usted, le entregaré yo la carta.
– ¡Lo que se lo agradezco, señorito! Me ahorra usted un viaje de hora y media.


III

No tardó en llegar Broydes.
– Toma una carta de Zveriuguin – le dije.
Se encogió de hombros y arqueó las cejas.
– Yo creo que se ha vuelto loco.
– ¿Por qué?
–De repente se ha transformado en un hombre meticuloso, delicado, atento. No hace más que escribirme cartas. Si yo fuera su criada, ya me habría declarado en huelga.
– ¡Ah! ¿A ti también te escribe?
– ¡Cómo! ¿Tú también recibes cartas suyas?
– En cuatro días me ha escrito dos.
Broydes volvió a encogerse de hombros.
–¡Chico, esto es alarmante! Anteayer me escribió preguntándome dónde está la Administración general de Contribuciones. ¡Ya ves! Podía haberlo preguntado a un guardia. Ayer me envío un rublo ochenta copecks, acompañados de una carta en que me recordaba que el verano pasado dimos una tarde un paseo en coche por el campo y pagué yo. Como el gasto ascendía a tres rublos sesenta copecks, me enviaba su parte. Yo empiezo a dudar seriamente del estado normal de sus facultades mentales.

La nueva carta a Broydes decía así:

«Querido Danila: Me prestarás un gran servicio enviándome las señas de Arkady Averchenko. Se me han olvidado y me urge en extremo visitarle... ¿Cómo te va? Escríbeme largo y tendido. La criada esperará. Tu estilo admirable me encanta.»

Nos miramos atónitos.

– Esto es muy extraño; esto es inquietante, amigo Danila. Me escribe hace dos días; le contesto; vuelve hoy a escribirme, y «por el mismo correo» te escribe a ti preguntándote mis señas. O está gravemente trastornado o nos encontramos ante un tenebroso y siniestro misterio.

Broydes repuso, levantándose:

–Tienes razón. Vamos en seguida a su casa. Pide, por teléfono, un automóvil, pues vive a cien leguas de aquí.


IV

– ¡Avisaremos a la policía!– grité yo cuando llevábamos ya un cuarto de hora llamando a la puerta, sin que nadie diera en el piso señales de vida.
Esta amenaza fue eficaz. La puerta se entreabrió y Zveriuguin, con los cabellos en desorden, dejó ver a medias su rostro. Sus ojos se clavaron, medrosos, en nosotros; pero al punto su expresión desasosegada desapareció.
– ¡Ah, sois vosotros, vosotros solos!
– ¡Claro! ¿Con quién querías que viniésemos?
–Creía que mi criada, viendo que no abría, había llamado al portero.
– ¿Y le tienes miedo al portero?
–Al portero, no; a la criada. Entrad, entrad... No, no paséis a mi cuarto; pasad al comedor. La entrada en mi cuarto está prohibida.
– ¿Por qué?
–Hay una señora...
Broydes y yo cambiamos una mirada significativa.
–Ya está aclarado el tenebroso, el siniestro misterio – me dijo Broydes por lo bajo. – ¡Ah, infame! obliga a su pobre criada a recorrer toda la ciudad mientras él recibe a una amante, rival de la infeliz muchacha.
– ¡No tienes corazón! – profirió Broydes, dirigiéndose a Zveriuguin. – No contento con engañar a tu criada, la haces despearse llevando cartas. Con encerrarla en la cocina cuando viene la otra estaba todo arreglado.
– ¿Estás loco? Es tan celosa, que a la menor sospecha convertiría la cocina y toda la casa en un montón de ruinas.
–Oye, Vasilisk – pregunté yo, – ¿y no tienes otros amigos a quienes escribirles cartas?
–Sí, muchos; pero unos viven demasiado cerca y otros ya no me sirven.
– ¿Cómo que no te sirven?
– ¡Los he gastado, chico! No me queda ya nada que decirles, nada que preguntarles, nada que enviarles. No podéis formados idea de lo escrupuloso que me he vuelto: en dos o tres semanas les he enviado a mis amigos todos los libros que me habían prestado; he contestado a cuantas cartas he recibido en tres años; he pagado, hasta el último copeck, todas mis deudas. Agotados ya todos los pretextos, mando a la criada a casa de personas que no han estado nunca enfermas a preguntar cómo siguen. No se me ocurre ya ningún recado nuevo. Es preciso que me deis un consejo. Se trata de que mi criada se pase diariamente tres horas seguidas fuera de casa, ¿comprendéis?

Cogí un libro que había sobre la chimenea.

– ¿Qué libro es éste? ¿El tercer tomo de las obras de Maupassant? Bueno. Envíamelo mañana a casa. Lo necesito. Una hora después se lo devolveré a la portadora. Pasado mañana vuelves a enviármelo, y lo tendré otra hora en mi poder. Y así todos los días.
– ¡Magnífico! Katia apenas sabe leer y está completamente in albis en asuntos de literatura. Le diré que la hora consabida la inviertes en corregir pruebas.


V

Todos los días la pobre Katia me llevaba el tercer volumen de las obras de Maupassant.
– ¿Hace buen día? – le preguntaba yo.
–Magnífico, señorito. Un sol espléndido, ni pizca de aire.
–Me alegro. No me gustan los días ventosos. ¡Oh, son terribles!
–Sí, son terribles –aseveraba mi sociable criada. – Los días de calma son los mejores.
Yo cogía el tercer volumen de las obras de Maupassant y me encerraba con él en mi despacho, donde me entregaba a la lectura de la prensa o a la de mi correspondencia.
Una hora después tornaba a la cocina y le devolvía el libro a la criada de Zveriuguin.
–Ya he concluido. Déle usted las gracias, de mi parte, al señorito, y dígale que no deje de mandarme mañana el tomo.
–Bueno, señorito; descuide usted.


Durante tres semanas recibí diariamente la visita de Maupassant. Los primeros cuatro días de la cuarta semana la criada de mi amigo no apareció por casa. La quinta semana sólo me llevó el libro dos veces. Luego transcurrió mes y medio sin que ni Maupassant ni Katia honrasen mi hogar con su presencia. Yo me había habituado hasta tal punto a sus visitas que los echaba de menos.

Por fin, un día, cuando yo empezaba a olvidarla, Katia se presentó muy contenta, me dejó el libro y me dijo que otro día volvería por él. Aun estoy esperándola.




Traducción de N. Tasin 





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