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lunes, 21 de septiembre de 2015

La edad de la luna




Leonardo Sinisgalli



Quien ama demasiado la naturaleza corre el riesgo de perder el resto del mundo. El poeta debe rechazar las monerías de la creación. La naturaleza parece fabricada para los inocentes, los enfermos, quizá para los idiotas. El niño desde sus primeras creaciones, no hace más que escarnecerla. El niño, como el poeta, es enemigo de la evidencia.   

                                                      

Nos hemos dejado seducir por el rechazo del método, por una cierta improvisación genial. La poesía hecha a la carrera. La poesía que surge de noche o asoma sólo en trance. La pitonisa que pierde el control y dice necedades sublimes o pueriles enigmas. Creemos encontrar siempre alguna tuberosa en medio del rastrojo, la perla en la basura. Nos hemos vestido con ropas usuales, nos hemos contentado con los apuntes escritos en los puños o en los recortes de periódico. Hemos hinchado la felicidad de un instante hasta ilusionamos de llenar una vida. Nada de liturgia, de ritos, de bohéme. Nuestra poesía surge de días, banales, nace sin fundamento sobre un cúmulo de detritus, sobre un terreno agotado.

                                                        

No es posible hacer del poeta un speaker ni tampoco un sacerdote. Es muy difícil lograr una conquista con un ejército de mendigos. Resulta imposible sostener a una tribu sólo con parábolas y proverbios, sin recurrir a las Ieyes. ¿Qué es lo que le envidiamos a los Verlaine, a los Nietzsche, a los Campana? No tanto su poesía cuanto sus vidas. Un equipo de poetas puede convertirse en un equipo de burócratas. Quizá es el único remedio para salvar la poesía. Para salvar la poesía es preciso formular una disciplina, una regla, transformarla en instituto, arrancarla a la voluptuosidad de los hobbies. Transformar a la pléyade en rigurosísima staff, talvez en confraternidad. Existen muchas disciplinas, la ateniense, la espartana, la claustral, la kafkiana. Rechazar decididamente las soluciones cortesanas, renacentistas o chinas. Ya no es posible hacer un Poeta de un vagabundo, de un haragán, de un degenerado. Es más probable que surjan de los seminarios y las escuelas politécnicas. Fermi. Galois y Caccioppoli ¿acaso perdieron su genio al frecuentar las escuelas y los laboratorios? Es necesario garantizar a los poetas la libertad, que es lo contrario del libertinaje. Es preciso combatir el equívoco del malditismo, de los ladrones del fuego, de los hijos del Sol. Acabar al fin con los milagros execrables.

                                                                              

Los críticos le piden a la poesía conceptos y sistemas. Leo agudos análisis, me informo acerca de todas las operaciones quirúrgicas, algunas muy delicadas, que ellos conducen con la mordaza puesta para llegar a la médula espinal del pobre poeta deshuesado. Le atribuyen capacidades nerviosas, intelectuales, dialécticas. Buscan la lógica en los poetas. ¡Y pensar que la filosofía de los poetas es una cosa tan pobre comparada con su poesía! Su inocencia ayuda a la poesía mucho más que la ciencia. Mi esfuerzo por escribir versos se ha debido precisamente al desprecio de mi sabiduría. He ido creciendo sin obtener ninguna certidumbre que pudiera servir de estructura para mi poesía. Creo que aún no sé cuál sea precisamente el oficio del poeta. No conozco una sola norma válida en tal sentido. No es posible prever los buenos o malos resultados. Nunca le he pedido a la poesía que me ayude a resolver mis problemas. No he tenido la posibilidad ni la paciencia de conformar mi desorden según los caprichos de la poesía y la inspiración. He esperado en horas determinadas. El poeta no predispone: cosecha. Sus predilecciones pueden parecer desconcertantes: crea las jerarquías en el momento. No anda en pos de la liebre: busca la unidad. Los versos tienen una concatenación que no se revela en la superficie. Convergen hacia un punto donde las estratificaciones pueden ocultar un corazón inhallable, pese a cualquier sondeo. El crítico, a menudo, es ese pequeño animal que se arrastra sobre la esfera y nunca llegará al centro, porque no conoce la fórmula, la forma.



Comienza a disgustamos demasiado tarde la voluptuosidad expresiva, como cuando logramos distinguir una golosina de una porquería que deja de apetecernos. Creíamos que la belleza debía vestir los cambiantes atuendos de la naturaleza; que la belleza era la imagen dela vida, triunfo de la sangre, de la energía. La belleza no es el destino del arte. El arte es pérdida, no ganancia.



El tedio desinfla a lo verdadero, desarma a la realidad. Destruye los nexos, borra los confines.



Después de tantas lecturas obscenas, casi hasta gastarme toda la plata y el cuerpo: después de tanto fanatismo y peregrinaciones, regresa el puro, grácil y delicado perfil de un poeta de la doctrina y de la soledad, compañero del dolor y de la muerte. Sin ninguna obscenidad, sólo cierto vicio, algún pecado pueril, y su sabiduría sin improvisaciones, sin escándalo.



Quien busca los mitos no los encuentra. La poesía los ha rechazado.



La identidad y la simetría vista por un ciego. Las facciones son la música de los sordos. Las ecuaciones: las manos acaparan una conquista del intelecto. No puede resolver ecuaciones quien pierde los sentidos, quien sueña, quien se envenena, quien duerme.



El poeta es llevado necesariamente a contradecirse, anegarse, a destruirse. En los poemas recoge sus huesos, sus fragmentos, su ropa, sus excrementos.



No hay que pedirle fe a la Poesía. No es agua, no es vino. No apaga la sed ni adormece. Ni siquiera nutre.

                                                                                  

Grande o pequeño, el poeta sobrevive en su obra. Tengamos piedad de él. Muy pocos, a los elegidos, tienen la suerte de morir en el momento justo. Condenado a crecer tras la gloria que iluminó su frente de muchacho, esconde el cetro y termina sus días en un lugar clandestino. Se aparta en una tienda o en un bazar, en un almacén o en una oficina. Vivo aún, se sepulta en la memoria de los compañeros.



Traducción Guillermo Fernández


Tomado de La Colmena, 2002. 


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