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sábado, 16 de mayo de 2015

El largo brazo del regreso





J. J. Armas Marcelo


El largo brazo del regreso ya está aquí, cuando declina lentamente la brillantez que la luz agostina extiende sobre nosotros. Todos hablan ya de una vuelta que, para algunos, resulta precipitada, lentos y perezosos como se han vuelto después del calor del estío y la galbana que no cesa. Casi todos (ácratas, libertinos, acerados críticos, liberales ascetas, profesores socialdemócratas —que es más una conducta, un talante, que una ideología—, novelistas, compositores, surrealistas, feministas, periodistas y reporteros) se han dado una vuelta por La Magdalena, han soltado sus cuartillas (su epistemología escrita) en alta voz, se han observado y sentido satisfechos porque reconocen y los reconocen. La clase intelectual veranea casi siempre sin sacar los pies del tiesto, el estilo de quienes no saben hacer otra cosa que la misma (sea cual sea la estación en la que se mueven).
Disolutos hay, por supuestos (civiles), que se han quitado del ojo la tormenta, que evitan que se hable de ellos aunque sea mal y que prefieren el silencio vaporoso del verano para anclarse en las ficciones, en las novelas, en los poemas que no escribieron durante el otoño y el invierno pasados porque la movida no les dejó libre un momento de sosiego y soledad, que es lo que fundamental y prioritariamente se necesita para escribir. Otros han decidido seguir navegando a vela, ciñendo, oreando o tumbando cada vez que haga falta, como si no estuviéramos exactamente en verano, sino en una estación distinta en la que la libre respiración los hace creerse almirantes en lugar de simples marineros de agua dulce que es lo que han sido y seguirán siendo siempre.
El largo brazo del regreso, con todo su tráfago de rumores, episodios y actuaciones múltiples (insólitas y vulgares), está ya a la vuelta de la esquina. No ha esperado ni siquiera a que lleguen los dos primeros días de septiembre para estrenar la «polémica película» El crimen de Cuenca, con lo que Pilar Miró sé mantendrá por espacio de algunas semanas más como vedette necesaria del papel impreso. Sus opiniones, sus ojos de niña que no ha roto nunca un plato, sus ingenuas muecas, servirán de desayuno para quienes, en un acto digno de todo elogio, seguimos leyendo diariamente varios periódicos e, incluso, nos aventuramos con los informativos de Televisión.
He cenado este verano dos veces con Fernando Castedo, y me he visto algunas veces más, con Jesús Picatoste, el hombre-tanque del actual equipo rector de RTVE. Nerviosos (o crispados) pero firmes en sus resoluciones y con una conciencia por encima de la mediocridad que los atosiga como un banco de calamares que han copiado de su patrón la seriedad ficticia del calamar de fondo, sonríen corno si también estuvieran dando cursos en la Menéndez y Pelayo. Como si nada estuviera ocurriendo.
Una amiga me dice que, efectivamente, está (estuvo) leyendo «El río de la luna, de J. M. Guelbenzu y que le extraña mucho el silencio que la crítica española guarda siempre ante las obras mayores. Le recuerdo que lo mismo; o algo parecido, ocurrió con Teoría del conocimiento, de Luis Goytisolo. Una excepción (con nombre y apellido el crítico también) la constituye el insólito hecho de que alguien se haya acordado de Reinaldo Arenas, que ha publicado en España en muy escaso tiempo tres de sus más importantes obras (El mundo alucinante, Termina el desfile y El Central). Los críticos, con las debidas excepciones, van al trapo, como cualquier lector que se precie. Les interesa fundamentalmente la propaganda que reportarle la propaganda de las obras que comentan. Les interesa seguir, en mayor o menor medida, configurando un mundo de confusionismo, porque a río revuelto ganancia de pescadores. Las obras mayores, comentan sin sonrojo, son sólo para los estudiantes y doctorandos. Así vamos pasando el verano, hasta alcanzar el lento brazo del regreso. Ese es nuestro sino un año más
Mientras tanto, en la lejanía, se avizoran congresos y reuniones internacionales de escritores en general. Venezuela (II Congreso Internacional de Escritores de Lengua Castellana) y Madrid  (Congreso Mundial de Poetas) están ya ahí delante, a la vuelta de la esquina. Perro de este asunto, del que de todos modos La Vanguardia ha dado cumplida noticia, hablaremos en las próximas semanas, cuando el sol baje más rápido y las novedades de septiembre devuelvan la normalidad a los biorritmos de la intelectualidad española. 



 La Vanguardia, 20 de agosto de 1981.



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