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viernes, 8 de mayo de 2015

El hombre con los pies al revés





Charles Cros


Muy bien. Esperaré. –Ah, estos chicos de la oficina– Vine a rectificar mi nombre porque recibí una condecoración. ¡Vaya! –¡No traje mi condecoración! ¡La olvidé ¡Bueno, no importa, compraré una en la tienda de enfrente. –Sí, me condecoraron con un nombre que no es el mío; el diario oficial publicó: “El capitán Pleado, servicios excepcionales”, etc. –Oh, es toda una historia.
Yo tenía un pequeño cuarto en la rue Beaubourg, séptimo piso –un lindo cuarto, algo pequeño, quizás. –Estaba empleado en una compañía de seguro contra las pompas fúnebres. Honorarios: 1,100 francos al año. –Acostumbro colocar mis botas con el talón bajo la cama y la punta hacia la ventana- porque soy una persona ordenada, muy ordenada. –Me levanto a las cinco. La compañía requiere empleados serios; hay que presentarse a las siete en punto y me toma una buena hora y cuarto ir de mi casa a la oficina. La compañía está en lo alto de la Chapelle. –No sé qué me pasó aquella noche (ocurrió hace un año).Me sentía alegre; había encontrado a una mujercita al volver la oficina. ¡No la había seguido; ustedes saben: 1, 100 francos de honorarios! Pero al volver, me golpee con la escalera. La cabeza me daba vueltas; no sé cómo me quité las botas y sin pensarlo, ¡coloqué la punta bajo la cama y el talón hacia la ventana! De modo que al día siguiente (¡hacía frío!), a las cinco en punto, salté (no, no salté, el techo era demasiado bajo), dejé la cama, abrí mi tabaquera (¡mi ventana! No tomé ni una pizca, estornudé, pero fue por la corriente de aire). La abrí para ponerme de pie (¡hacía frío!). Tomé mis botas (todo estaba oscuro). Y me las puse. ¡No fue fácil! Me dije: son los callos, hace tanto frío. Jalé: ¡cómo dolía! Mañana me corto los callos) ¡un dolor horrible! Pero la oficina no espera. Forcé un poco más y por fin, mis botas entraron (¡cómo duele!). ¡Las seis de la mañana! Se me hizo un poco tarde. Cogí mi sombrero, no me lo puse porque hubiera roto los vidrios. Abrí la puerta ¡zas!. Ruedo por la escalera; ¡por lo menos diez escalones!
¡Era imposible! Los callos me dolían demasiado. Intenté volver a mi cuarto y en lugar de subir, bajé! Extraño. De pronto me vi en la calle. ¡Vaya! Quizás me torcí el cuello con el golpe de anoche, me dolía mucho la espalda, apenas lograba sostener los brazos. Era muy molesto. Por fin, después de algunos esfuerzos, volví poco a poco la cabeza. Se me hacía tarde; seguí caminando. ¿Dónde estoy? ¡En el camino opuesto a mi oficina! ¡Qué extraño!
Una estación de trenes. El ferrocarril periférico; traía doce centavos. Sacrifiquémoslo, alcanzan para llegar a la Chapelle. Compré el boleto; había dos trenes; corrí hacia el tren de la Chapelle y caí en el otro. ¡El que iba en la dirección contraria!
Me quise bajar en Saint Lazare. Los garroteros gritaban: “!Pasajeros del expreso, a bordo!”. Yo no tomo el expreso; voy a la Chapelle. Corrí hacia el tren de la Chapelle y caí en el expresó. Silbó y se arrancó.
No viajaba solo en el compartimento. Había una dama. ¡Lástima! Si no hubiera estado ella, me habría quitado las botas, ¡me dolían tanto! Pero bueno, podía aguantar: ¿Qué no haría por una dama?
Tortícolis y callos, resultaba muy molesto y no lo van a creer, dolía hasta sentarse. No me podía doblar sobre la banca. Por fin, me acomodé poco a poco y miré a la dama. Era muy amable. Ocultó su rostro tras el pañuelo y escuché y escuché ¡ji! ¡ji! ¡ji! Pensé que lloraba. Soy discreto y quise alejarme pero, no sé cómo, me vi más cerca de ella. Entonces hizo más fuerte: ¡ji! ¡ji! ¡ji! Pero no lloraba, se reía: ¡se moría de la risa! Lo tomé a bien: me gusta divertir a las damas y ella resultaba muy simpática cuando se reía así... Le dije: ¡Está usted muy contenta, señora, será el clima! No respondió, pero seguía ¡ji! ¡ji! ¡ji! Yo también estaba contento, pero se me hacía tarde para llegar a la oficina y me dolían... Iba a decir los callos, pero no es muy galante hablar de callos.
Mientas tanto, el tren corría ¡y a una velocidad! Por fin se calmó, hablé con ella (sé hablar con las damas), pero la tortícolis me molestaba. No importa. Enloquecí de amor; le tomé las manos, quise besarlas. ¡Imposible!!La tortícolis!
Quise caer sobre sus rodillas y me senté sobre ellas.
Ella solo decía: “¡Qué pies!” ¡Que pies! ¡jí! ¡jí! ¡jí!” Llegamos al Havre; me despedí fríamente de ella, no me gusta que se burlen de mí. Además, estaba contrariado, venía de París, me encontraba en el Havre y solo había comprado un boleto para la Chapelle, cerca de Pantin. Me bajé del tren y fui a explicarle mis apuros al jefe de la estación; allí estaba su oficina, corrí, pero salí por un túnel y vi el mar. ¡Detesto el mar! Le tengo horror al agua y el mar está lleno de agua. Huí hacia la ciudad; el mar se acercaba más y más. ¡Qué horror! ¡Era una inundación! Sin embargo, la ciudad, allá, estaba a salvo. Corrí más rápido hacia la ciudad y ¡plum! Caí en el mar...
Por suerte aprendí a nadar en el canal Saint Martin, por eso detesto el agua... Nadé con fuerza hacia la orilla; ¡las botas y los callos me dolían con el agua helada! Pero la orilla se alejaba cada vez más; nadé con más fuerza y llegué a alta mar; no me podía quitar las botas en el agua (hay gente que sabe cómo hacerlo). Estaba perdido. De pronto, sentí un salvavidas, saben, una gran corona en la cabeza, ¡cómo tragué agua! Sentí que me levantan, me vi en el India-Pale-Ale, barco de gran calado de la compañía Jonson de Liverpohol (no pronuncio bien el inglés), se dirigía hacia las islas Fidji con un cargamento de bolas de goma (al parecer hay mucho catarro por allá).
En ese barco se hacían maniobras todo el tiempo; intenté  hacerme a un lado, para no estorbar y ¡zum! Caí en los pies del segundo a bordo, el capitán parecía furioso. Estaba a la derecha, o la izquierda, ya no sé; huí al lado opuesto y caí en sus brazos. Le di un cabezazo en la nariz. ¡Sangre! ¡Sangre! ¡Motín! ¡Rebelión! Dos meses de grilletes; la duración de la travesía.
Me pusieron los hierros sobre las botas, de modo que resultaba imposible quitármelas (las botas), ¡y los callos me dolían mucho! Por fin, escuché gritos: "¡Au! ¡Au! ¡Au!" Era tierra; no aprendí inglés; estaba al fondo de una bodega; me desembarcaron en Honolulú y el India-Palé-Ale zarpó hacia las islas Fidji. Las autoridades me interrogaron. Les dije que era un empleado, que se me hacía tarde para llegar a la oficina. Las autoridades se reían, me llamaban "el señor Empleado". ¡Pif! ¡Paf! Tiros de rifle. ¿Qué es eso? Una rebelión de indios. Me puse pálido; salí corriendo hacia el muelle; el puerto estaba aquí, los salvajes allá. Caí en medio de los salvajes; la infantería de marina me seguía, los salvajes mostraban mis pies y gritaban "¡Picado! ¡Pleado!"
Así pronuncian empleado. Arrojaron sus arcos, sus flechas, sus cuchillos para arrancar cueros cabelludos y huyeron. Yo también huí en la dirección contraria; de pronto estaba entre los salvajes (¡y los callos, ay, me dolían tanto!). La infantería de marina me seguía; ¡pif! ¡Paf! Mataron a todos los salvajes, la infantería me proclamó capitán, me llevó en triunfo a Honolulú y el gobernador tuvo a bien condecorarme con el nombre de capitán Pleado; intenté reclamar, pero me faltó fuerza y me desmayé. Ya saben, los callos...
Cuando volví en mí estaba en París, en la estación de trenes de Orleáns; me preguntaron dónde vivía y respondí débilmente: "Rué Beaubourg 29, séptimo piso..." Habían rentado el cuarto. Me llevaron al Gran Hotel; el botones me preguntó: "¿Qué se le ofrece al señor?" Le mostré los pies. El mozo se golpeó la frente, se fue y volvió con mi salvador. El podólogo. Era un hombre ingenioso y fue el primero al que se ocurrió la idea, simple pero sublime, de ¡quitarme las botas! Se dio cuenta de que las botas estaban al revés, con la punta hacia atrás y los talones adelante, lo cual explicaba que mis pies, invertidos, me llevaran precisamente a donde no quería ir. —Corrí a mi oficina; llevaba un retraso de un año y un día; alguien había ocupado mi puesto. Por suerte, encontré un empleo en los almacenes del Conejo Blanco.
A la gente le gusta que la guíen entre los estantes señores condecorados. —Vine a rectificar mi nombre, porque no me llamó Pleado, me llamo... ¡Vaya! ¡Lo olvidé! Saben, pasar tanto tiempo al revés, trastorna... Entonces, conservaré el Pleado... pero no, eso recuerda empleado. ¡Ah, le añadiré un de, de Pleado, suena bien. (Canturrea) ¡Por fin llegó mi turno! ¡Allá voy!



Traducción del francés Conrado Tostado


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