miércoles, 4 de marzo de 2015

El Olocanto




Juan Perucho  



El “olocanto” es un árbol que anda, de instintos terribles y destructores, muy peligroso, pues ataca especialmente al hombre mediante un aguijón retráctil y veloz de unos tres metros de longitud. Fue descubierto por san Jerónimo, cuando hacía penitencia en el desierto, un día de mucho calor y en el que resultaba una bendición del cielo hallar un poco de sombra, fresca y rumoreante. De la desconocida existencia e imagen del “olocanto” se ha aprovechado, recientemente, el escritor inglés John Wyndham montando, en su novela “The day of the triffids”, la peregrina y fantástica figura del “trífido”, planta que vejatoriamente reputa industrial, pero que, no obstante, llega a dominar al mundo. Salimos al paso de esta vulgar invención para restablecer el verdadero origen de esta gran planta o arbusto, cuyo nombre histórico, como hemos dicho, es el de “olocanto”.
Crónicas bizantinas muy antiguas pretenden que Simón el Mago tenía ya un “olocanto” para su uso particular, al que llevaba atado al extremo de una pértiga, notablemente más larga que el aguijón del fiero vegetal, y dichas crónicas pretenden que, con él, Simón el Mago tenía amedrentado al emperador Nerón, el cual, el día que, por vez primera, lo vio, tuvo un susto tan grande que se atragantó con el hueso de una ciruela que se estaba comiendo, y ello con tan mala fortuna que casi se ahoga miserablemente a no ser por el médico griego Philotetes, que desobturó rápida y hábilmente la regia garganta. Nerón, que como ustedes saben, además de refinado, era un reprimido sexual —sea esto dicho con la venia del padre Jordi Llimona-, juró vengarse cuando se terciara, con un lujo delicado y elegante.
Sin embargo, como ya he adelantado al principio, fue san Jerónimo quien, por primera vez, se encontró cara a cara con un “olocanto” que vagaba distraídamente por el desierto de Chalcis, en donde el santo ejercía de anacoreta. La sorpresa fue mutua. El horrible vegetal, que se sustentaba sobre tres raíces-patas y andaba con un movimiento de vaivén —hacia atrás y hacia delante— verdaderamente abominable, se detuvo, y algo debió prevenirle de la excepcional condición del santo, pues se arrastró humildísimo a sus pies. Jerónimo le alargó un cuenco de leche de camella, que fue ingurgitado con precipitada delectación, tras lo cual el “olocanto” desapareció velozmente más allá de una colina, después de hacer tres corteses reverencias. A san Jerónimo le dio mucho que pensar esta extraña aparición, y quedó marcado por ella toda su vida, como es posible observar en la “Altercatio Luciferiani et Orthodoxi” y, sobre todo, en su polémica con Rufino a propósito de Orígenes, traducida en su “De Principiis” y en la célebre y vehemente carta que dirigió a Rufino tratándole de mentiroso, doblado, perjuro y aun hereje.
Por las noticias que tenemos, el “olocanto” se dirigió después a Antioquía, lugar donde realizó una espeluznante matanza con su mortífero aguijón. Los eruditos estiman que es a esta catástrofe a la que se refiere el poeta Meropius Pontius Paulinus, más conocido como Paulino de Nola, cuando escribe:
“Ecce repente mis estrepitum pro postibus audit
et pulsas resonare fores, quo territus amens
exclamat, rursum sibi fures adfore credens...
ser nullo fine manebat
liminibus sonitus...”
Parece ser que muchos magos malvados han utilizado el “olocanto” para fines execrables, como lo son los asesinatos a mansalva, provocar la locura frenética, etc. Lo cierto es que el “olocanto” aparece muy de tarde en tarde, o lo máximo en grupos de tres, y en sitios muy distantes unos de otros. Apenas se sabe nada de su naturaleza, salvo que le gusta la música y, modernamente, el fútbol, pues en 1932 se vio surgir, por encima de las graderías del estadio San Siro de Milán la cresta de un “olocanto”, mientras se celebraba el encuentro entre el Arsenal de Londres y el Inter. La policía lo buscó y lo rebuscó sin resultado alguno, y la prensa internacional criticó duramente a las autoridades fascistas, cuya falta de previsión y diligencia había estado a punto de provocar una hecatombe. Sin duda, el “olocanto” se disimuló en un jardín o un parque público, mientras pasaban las patrullas de policía, bomberos, camisas negras y “balillas” entonando épicamente la “giovinezza”, en espera de que llegara la noche para salir al campo. 
Aparte de las salidas históricas del “olocanto” (hundimiento del imperio de Occidente, el “saco de Roma” por Carlos V, derrota de Napoleón en Waterloo, etc.), hace unos días se ha señalado su presencia en París, a raíz de las huelgas revolucionarias. Su espantable imagen se localizó en los barrios de Menilmontant y en Saint Germain des Prés, sin duda dispuestos a todo. Las desgracias pudieron evitarse merced a la reacción conjunta de los estudiantes y las fuerzas del orden — único momento de colaboración—, lo cual puso en fuga a los árboles asesinos. Por cierto que uno de ellos, al parecer de carácter melancólico y sensible, fue hallado en el vestíbulo del cine “Boul-Mich” cuando contemplaba los procaces fotogramas de una película muy “sexy” japonesa. Se produjo entonces una gran confusión, debido a la cual el “olocanto” pudo huir disfrazado de policía. Hay quien asegura que incluso se apoderó de un coche celular, lanzándose vertiginosamente a través de las barricadas. Si ello es cierto, tendremos una prueba de que el “olocanto”, además de peligroso, es un ser dotado de una alarmante y superior inteligencia. 



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