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domingo, 22 de marzo de 2015

Semmelweis: la vida de las plantas




Louis-Ferdinand Céline


El trabajo será breve; doce páginas apenas. Pero doce páginas de densa poesía, de agrestes imágenes. Con arreglo al clasicismo de entonces, está redactada en latín, y del más fácil. Se titula: La vida de las plantas. Es un pretexto para celebrar las virtudes del rododendro, de la vellorita, de la peonía y de algunos otros vegetales. De paso, el autor se complace en hacernos constatar fenómenos de gran importancia, pero totalmente obvios; entre otros que, si el calor del sol favorece la eclosión de las flores, el frío, por el contrario, les es enteramente perjudicial. No existe nada más simple, pero para una muestra de patetismo he aquí ésta: «¡No hay espectáculo —escribe— Semmelweis que regocije más el espíritu y el corazón de un hombre que el de las plantas! ¡El de estas espléndidas flores de variedades maravillosas, que exhalan olores tan suaves! ¡Que proporcionan al gusto los más deliciosos jugos! ¡Que alimentan nuestro cuerpo y le sanan de las enfermedades! El espíritu de las plantas inspira la cohorte de los poetas del divino Apolo, que se maravillaban ya de sus formas innumerables. La razón del hombre se niega a comprender estos fenómenos, que no puede aclarar, pero que la filosofía natural adopta y reverencia: en efecto, de todo lo existente emana la omnipotencia divina.» No le faltan a la tesis otros pasajes de la misma melodiosa inspiración y de igual valor. Su maestro Skoda, que presidía el tribunal de la Facultad, le preguntó, sin duda por no permanecer inactivo, si sería posible sustituir el mercurio por el jugo de ciertas flores en el tratamiento de las enfermedades, y le rogó que argumentase este delicado tema: «Medicina y Sentimiento». Todo ello en mal latín, que quede claro. Lo esencial para nosotros es saber que fue recibido doctor en medicina aquel día, que algunos autores sitúan en marzo, otros en mayo, en todo caso, en la primavera de 1844.



Traducción de Juan García Hortelano




viernes, 20 de marzo de 2015

Mensaje al Capitán Straube





Salvador Reyes



Capitán, otra vez va a llegar el invierno.
¿Y nuestro viaje? Lo discutimos hace ya tanto tiempo
Sin embargo, estamos aún amarrados al muelle
fumando nuestro tabaco de musgosas redes.

Yo he intentado sembrar un árbol como un hombre serio.
¿Y qué cree usted que floreció? La Rosa de los Vientos
Es inútil, inútil, mi querido Capitán:
es ya la hora de hacernos a la mar.

Sus gruesas botas de agua están paseando el muelle
Y la marea mece blandamente nuestro queche.
Como las líneas de una mujer, saboreamos las líneas del barco.
¡Capitán, ya es la hora de tomar el largo!

Todo está a bordo: víveres, cartas, instrumentos.
Nos estrechan la mano nuestros amigos aduaneros.
Allí arden las luces sollozantes de los adioses
y resbalan en la garganta de la noche húmeda y salobre.

Pienso en el viento que se desborda por la relinga de los foques,
en el bauprés clavando el corazón del Norte.
Estalla un puñado de estrellas a popa, en la noche del Pacífico
y grito: ¡Adiós para siempre, Valparaíso!

Más allá del faro el viento hinchará la cangreja;
rápidamente alcanzaremos la estera de las ballenas,
El mar libre y áspero, la soledad que cuadra bien al hombre
y la danza negra y desnuda del horizonte.

La maniobra obedece fácil a su voz marítima;
me oriento perfectamente por la estrella de su pipa.
Sólo el rostro de una mujer puede encerrar, Capitán,
el infinito, el vértigo del mar.

La tempestad, las maldiciones, la sal que escuece la boca;  
nuestras manos que sangran aferrando la escota
y no saber si mañana veremos el día…!
¡Votó al diablo! Son cosas que vale la pena vivirlas.

Podríamos peinar las cabelleras del infierno.
¿Se acuerda usted de cuando era Capitán de la “Tenglo”?
Desde un pasado soberbio de valor y violencia
se alza su puño de piedra frente a la tripulación insurrecta.

Ahora, libres entre el cielo y las olas,
cortamos trozos al destino con el cuchillo de la roda
y nos hartarnos de vida con esa gula de los marinos.
¡No hay más verdad que el goce de nuestros instintos!

El Pacífico, árbol generoso, con sus frutos de puertos…
Guayaquil, Panamá, San Francisco y los atoles polinésicos.
Nuestro queche plega las olas en las quietas bahías,
y en la playa, desnuda y perezosa, se tiende a descansar la vida.

¡Cierra caña a estribor!.... ¡Oh, Capitán Straube!
Como una mujer tiembla el barco de la quilla a los mástiles.
La gran posesión del mar y su beso desnudo
y nosotros corriendo a pleno trapo en la juventud del mundo.

Agua salobre, viento salobre, vida salobre.
Flecha clavada en la fama del horizonte.
Tiburones y albatros enlazan el cielo y el mar.
¡Es la hora de levar anclas, Capitán!



                                                                                            1922





miércoles, 18 de marzo de 2015

Goya




Andrêi Vozniessiênski



Soy Goya
los ojos –pozos de petróleo-
me arrancó el enemigo

Soy guerra
ciudades-escombros
bajo la nieve
de 1941

Soy garra
garganta de ahorcada
repiqueteando
en plaza vacía

¡Soy Goya!
¡Venganza!
Hacia occidente lanzo
                                  ingratas cenizas

Y en la memoria del cielo ¡oh!
clavo
estrellas-fijas

Soy Goya
Soy…




Versión: M. Varón de Mena





lunes, 16 de marzo de 2015

En la frontera




Joseph Roth



El doctor Valentín Langensack, mi profesor de geografía, solía decir que había dos clases de fronteras: naturales y políticas. Infaliblemente, a continuación venía la pregunta: «¿Cuáles son las naturales, cuáles las políticas?».
Montañas, ríos, mares y cadenas montañosas son las naturales. Las políticas son barreras de madera de dos o tres colores, casetas con escudos, policías fiscales in natura. Marcadas por el mapa con puntos, rayas, líneas, etc.
Cuando el doctor Valentín Langensack -¡Dios lo tenga en su gloria!- aún vivía, sólo había dos clases de fronteras.
Ahora que está muerto, sin duda sigue habiendo fronteras políticas, pero hace mucho que ya no hay fronteras naturales, sino antinaturales.
Las fronteras políticas tampoco son ya puntos, rayas, líneas, etc., sino vejaciones, vías dolorosas, pasiones, Gólgotas, crucifixiones, en una palabra: registros
Se puede llegar a la Hungría occidental de habla alemana de distintas maneras: por Ebenfurt o a través del bosque, por senderos de contrabandistas o por Wiener-Neustadt.
Yo elegí Wiener-Neustadt.
En la plaza del Ring está la dirección de policía, y allí empieza la frontera antinatural. Porque, curiosamente, un pasaporte austriaco en regla, dotado de todos los visados y emborronado con todas las firmas ilegibles de todos los comisarios y direcciones de policía del mundo, no basta para pasar la frontera. Hay que conseguir además una autorización de cruce de la frontera en Wiener-Neustadt. Y ése es el comienzo de la frontera.
La frontera misma está media hora más allá de Wiener-Neustadt. Es de noche, y como por desgracia no soy ningún especulador, tengo la intención de cruzar la frontera por la mañana.
Pero, para poder pernoctar en Wiener-Neustadt, hay que haber nacido en Mattersdorf. Precisamente en Mattersdorf. Me enteré de eso en el Hotel Central, donde pregunté humildemente si podía conseguir una habitación. No recibí respuesta alguna. No por eso dejé de esperar. En la frontera, vale el refrán: «Ninguna respuesta es una próxima respuesta».
Delante de mí había un caballero rellenando una hoja de registro. Luego el caballero desapareció, y ocupé su lugar. La hoja de registro estaba ante mí.
Vino una camarera, leyó la hoja y me miró. Luego dijo, con espontánea cordialidad y emoción en la voz:
-Le daré la número cincuenta y dos. Pero sólo porque es usted de Mattersdorf.
A lo que yo guardé silencio y seguí a la camarera hasta la número cincuenta y dos.
Cuando hube dejado mis cosas y me hube guardado la llave, saqué mi revólver y dije, muy amablemente:
-Señorita, yo no soy de Mattersdorf. Esa hoja de registro es de  otro caballero.
-Vaya –dijo ella-, de haberlo sabido no le habría dado la habitación.
-No se arrepentirá –respondí, me guardé el revólver y le di un billete de diez coronas.
Así que volví a mi cuarto en Wiener-Neustadt sin ser nacido en Mattersdorf. ¡Hay que tener suerte!...
Por la mañana, caminé media hora antes de llegar a la frontera propiamente dicha. Sin duda hay una vía que lleva directamente de Wiener-Neustadt a Sauerbrunn, pero el tren no circula. En primer lugar, porque es una frontera antinatural, en segundo lugar, para que los viajeros puedan llevar sus maletas. En la frontera hay seis gendarmes y uno de la Policía secreta. Uno de los gendarmes mira el pasaporte, otro me mira y pregunta:
-¿Nada que declarar?
¡Qué ingenuo! Me pregunto si algún contrabandista habrá confesado alguna vez que llevaba cosas que declarar.
No por eso dejo de decir, como marcan las normas: «No!», y paso.
Veinte pasos más allá, un guardia rojo analfabeto trata de deletrear un pasaporte. Le lleva mucho tiempo. Precisamente con mi pasaporte el buen hombre quiere aprender alemán. Tengo que darle dos cigarrillos para que abandone todo intento de estudiar y me devuelva el pasaporte.
Al otro lado empieza Neudörfl.
Neudörfl es la introducción al país de Heanzen. No entiendo muy bien ese disminutivo, Dörfl. Debería llamarse Neudörf. El pueblo consiste en una sola calle, increíblemente larga, formada a ambos lados por casitas blancas. Es sábado, y día de gran limpieza. Niños rubios juegan entre la porquería de la calle. En una lejana granja gruñe apaciblemente un cerdo. Un gallo se pasea por en medio de la calle. Dos patos chapotean en un charco.
Como Neudörfl no tiene la menor intención de acabarse, decido interrumpirlo por mi cuenta y entro en una taberna. El posadero es húngaro, la mujer austriaca. Un mozo es austriaco, una camarera húngara. El posadero es muy amable con la camarera, la dueña con el mozo. Afinidades electivas y tribales, en el límite de las novelas de amor y los escándalos amorosos.
Al cabo de un cuartillo de vino tinto vuelve a empezar Neudörfl. Un campesino sale de la iglesia. Pregunto por el señor cura.
-Yer le dio un ataque –dice.
-¿Vive aún?
-Sí, pero no le quea mucho. Estaba furioso con Bela Kun, ¡y ahora le ha dao un ataque! –se lamenta el campesino.
-¿Se alegra usted de que Kun se haya ido?
-Pero claro. Eso no había quien lo aguantara.
-¿Sabe que ahora pertenecen ustedes a Austria?
-¡Aún no! ¡Pero se andará! ¿Vié usté de Viena?
-Sí.
 -Ah, ah, de Viena –dice sonriendo, y le brillan los ojillos.
Detrás de la iglesia, Neudörfl se acaba al fin. A la izquierda está Waldheim am Lichtenwerd. Una fonda. Dentro hay un gendarme austriaco con todo el correaje. ¿Qué hace aquí? ¿No será la fuerza de ocupación? ¡Por el amor de Dios, no!; Waldheim am Lichtenwerd ha vuelto a ser Austria! Algo me dice que eso no sería una frontera antinatural. Un pico austriaco entre Hungría y Hungría. ¡Y en el pico una fonda, y en la fonda un gendarme! ¡Qué extraña frontera!
Justo detrás de la fonda empieza el bosque. En la oscuridad hay un hombre con revólver, y grita: «¡Manos arriba!». Al oír ese grito se detienen cuatro guardias rojos húngaros que iban a Waldeheim. El agente de policía los cachea, ordena: «¡Adelante! ¡Marchen!», y los lleva al interior del bosque. Es un sitio un poco inquietante, en el que aún no termina un país y aún no empieza otro.
Quien busque la ocasión de irritarse puede cubrir el resto del camino junto a la vía del ferrocarril hasta Sauerbrunn. ¡Qué hermosa vía! ¡Qué fácilmente podría recorrerla un tren! ¡Y no habría que gritar «¡Manos arriba!» ni haría falta ver gendarme alguno, y sería en general mucho más cómodo!
¡Pero no! Las fronteras son incómodas. ¡Sí! ¡Cuando mi profesor de geografía vivía, y las dividía en políticas y naturales, la cosa era distinta, por supuesto! Pero ahora que está muerto solamente quedan las antinaturales…
  



                                                                         Der Neue Tag, 7-8-1919





sábado, 14 de marzo de 2015

A un viandante de mil novecientos sesenta y cinco




Calvert Casey



 ¿A qué teléfono llamaste y nadie respondió?
¿A qué puerta tocaste que conducía a la nada?
¿Qué ojos buscaste con la mirada vidriosa que tan bien conozco?
¿Qué cuerpo no reconociste con la pupila de obseso?
Sales de las tinieblas para perderte en las tinieblas.
Pasas junto a las murallas resecas sin proyectar sombra.
Te empuja el viento de enero;
agosto no logrará aminorar tu marcha.
Donde quiera que estés llegan tus pasos hasta mí.
Cada noche nace la esperanza y cada noche la entierras.
El arco se romperá contigo.
Busca, busca el amor sobre los arrecifes,
junto a los muros ásperos.
Desde lo oscuro verás cerrarse la puerta.
Tu último paso será tu último gesto.
Si encuentras a quien buscas y te detienes,
rodarás muerto a sus pies.


                                                              
                                                                      Septiembre 18, 2778





lunes, 9 de marzo de 2015

niños yo vi





Haroldo de Campos



vi a Oswald de Andrade
el padre antropófago en el 49
reclinado en un sillón
leyendo trópico de cáncer de henry miller
(maría antonieta la rosa de los alkmin lo mimaba
mientras él iba aplastando contumaces cabezas
de diamante con el martillo de nietzsche)

vi a ezra pound en el 59
en via mameli rapallo
(tuesday four pm ore sedici)
levantando en las manos el gato de gaudier-brzeska
forma felina que ocupaba todo el espacio
de una exigua pieza de mármol ceniza
(a esas alturas el viejo ez ya empezaba a callarse
y sus ojos rubios centellaban en la inútil
búsqueda de punti luminosi)

vi a roman jakonbson en la jolla
california año 56
(a su lado krystyna pomorska rubia cabeza altiva)
pasé rápido el test de las palabras cambiadas:
v zviózdi vriézivaias / “entremezclado a las estrellas”
agujero negro en la primera estrofa
del poema de maiakovski a serguei esenin
venga a oir krystyna un poema brasileño
que resolvió el problema de la rima al revés
en la traducción de los versos de vladimir)

me convidó entonces a comer comida árabe
y fueron muchas las veces y lugares en que nos vimos
encuentros marcados por luminosas dosis de vodka
(albo lapide notari –decían los romanos)
y hasta me envió una carta
abierta
tras leer las coplas de martin codax
sobre el mar de vigo

vi a francis ponge en bar-sur-loup
año 69 diez años después de parís rue lhomond
cuando me extendiera delante de los ojos
el sena
un poema desplegable fluente como un río
y suspendiera a la pared del estudio su araña
tutelar
-l’ araignée mise au mur –magnífica
rectora de saliva
de abolenga progenie mallarmeana
pero ahora en provenza en bar-sur-loup
en los límites de su vaso de agua
él estaba entero
franciscus pontius nemausensis
sobrio lapidario de gres y piedra pómez
separando palabras como quien escoge
minerales de texturas y colores diferentes y los perfila
a contra luz
uno por uno

vi a max bense
celebrando con estudiantes en drei mohren
stuttgart / estugarda año 64
la solución del enigma rembrandt
programada en la fórmula de birkhoff:
el cociente de belleza emergía purísimo
de una retícula violeta
como venus afrodita surgiendo desnuda
de la espuma del mar color vino

vi a julio cortázar años más tarde
en parís rue de l´ éperon
me llamó cronopio como hacía
con los amigos
(él cronopísimo el mayor de todos)
nos gustaba comer en un restaurante griego
cerca del hotel du levant
en la arpegiante calle de la harpe
y un día me hizo entrar en uno de sus cuentos
donde me puso a transcribir de atrás palante en lengua muerta
un soneto suyo corredizo como un zipper
(después me describió como un cachalote de barbas de neptuno
en el centro exacto del círculo
de sus amigos brasileños)

vi todo eso y vi otras muchas cosas
como por ejemplo en la via del consolato
murilo mendes entre cuadros de volpi
preguntando por la edad del serrucho
y en esa misma roma de fachadas amarillo-huevo
en la trattoria del buco
ungaretti el leonardo ungaretti
(que acostumbraba conversar con leopardi
en el locutorio de las estrellas)
me preguntó una vez en tono de confidencia:
ci sono ancora quelle mulattine a san paolo?
(no había ninguna mulatica –era sólo
me explicó después paulo emilio- 
la fogosa fantasía del poeta)

vi en fin todo eso
todo eso y mucho más
y ahora tengo derecho a cierta ciencia
y a una cierta impaciencia
por eso no me manden manuscritos dactiloscritos telescritos
porque sé que la filosofía no es para los jóvenes
y la poesía (para mí) se va pareciendo cada vez más
a la filosofía
y ya que todo al final es niebla-nada
y mi tiempo (consideremos) puede ser poco
y hasta ahora sólo he traducido unos doscientos setenta versos
del primer canto de la Ilíada
y no domino todavía las ganas
de aprender árabe y yoruba
y la necesidad de reunir todas las fuerzas disponibles
para resistir a mefisto y no vender el alma
y seguir firme
en posición de loto
mientras todos esos recados ambiguos (digo: vida)
entran en el contestador automático




Traducción: Pedro Marqués de Armas




domingo, 8 de marzo de 2015

Una cierva en el crepúsculo




D. H. Lawrence



En los pantanos
una cierva surgió del campo
y se perdió en la colina
abandonando a su cría. 

Desde la ladera
se dio vuelta a mirar: 
delgada mancha negra 
contra el cielo. 

La contemplé, sintiendo
que su mirada 
me volvía extraño. 
Pero tenía derecho
a estar allí con ella todavía. 

Su sombra ágil trotaba
a contraluz, echando atrás
la equilibrada y fina
cabeza. Y la reconocí. 

¿No pesa, masculina, cargada de astas, mi cabeza?
¿No son mis patas ligeras?
¿No corrimos juntos en el mismo viento?
¿Mi miedo, acaso, no cubrió su pavor?



Traducción de Juan José Saer



sábado, 7 de marzo de 2015

Las fotografías del exilio




Giovanni Macchia



La tarde de aquel terrible 18 de julio de 1898, cuando la Audiencia de lo Criminal de Versalles confirmó su condena a un año de prisión, Zola no tuvo siquiera el tiempo de regresar a su casa para besar por última vez a su adorado perro Pimpin. Incitado por sus amigos Clemenceau y Labori, de incógnito, con una pequeña maleta que contenía unos pocos objetos y su máquina fotográfica, Zola tomó el tren en la Gare du Nord y partió para Gran Bretaña.
  
"Exilio" es una palabra ligeramente áulica que puede leerse en los textos escolares. Es como la muerte. Son siempre los otros los que mueren, decía Duchamp. Pero el exilio de Zola estuvo desprovisto de memorables gestos y de toda grandeza. Era uno de los tantos exiliados modernos que escapan para no terminar en la cárcel. Solo, en un país al que no amaba, sin conocer una palabra de inglés, viajaba con nombres falsos, haciéndose llamar Pascal, o Beauchamp o Richard. Inmerso en un silencio inhumano, tras el bullicio parisino, el proceso y las vulgares caricaturas, siempre temió ser reconocido, arrestado. Comenzó a cambiar de residencia en zonas cada vez más lejanas o deshabitadas. Los pocos amigos, con sus excesivos miramientos hacia su persona, sin duda no lo tranquilizaban. Si en los momentos de calma se reaseguraba diciéndose que los agentes franceses no tenían el derecho de actual en  territorio extranjero, allí estaban, no obstante, los afectuosos amigos para aconsejarle que usara toda posible precaución para huir de las investigaciones, para recordarle que el peligro existía y podía provenir de las cartas o de las personas que llegaban a él desde Francia.

Las fotografías que también en Inglaterra, cediendo a su insuperable manía, logró sacar, son ante todo un singular documento vital. Respiran la atmósfera de aquel exilio: el silencio, el miedo, la sospecha y ninguna gracia hacia el país que lo acogía. Se condensa más desesperación en estas imágenes que en las declaraciones abiertas de sus cartas o de sus notas.

La fotografía se conviene casi en una confesión indirecta. Inscribió Cecchi que nadie expresó mejor la tristeza de un despertar londinense como Mallarmé cuando recuerda el crujido de la antracita que la criada madrugadora vertía en el cubo de hierro. Un sus tímidas y modestas vistas, nadie expresó mejor que Zola la melancolía de ciertas calles anónimas de Londres, distintas e iguales, tan cercanas y tan lejanas a la vez, alegradas por pequeños hoteles tristes y por la sombra sin belleza de los campanarios de las iglesias.

Quizás fueron tomadas los domingos. De Nittis había pintado los desiertos domingos londinenses. También en éstas, el caminar de unos pocos viandantes, el chillido de un carretón, el trote lento de un caballo, despiertan ecos prolongados y profundos de hora estival. A menudo incluso los caballos están quietos, en reposo. El cochecito de un niño o de una anciana paralítica transcurre con dificultad por la acera desvencijada. Hay en todo ello una gran circunspección, casi como si el fotógrafo quisiera ver sin ser visto. Lejanos están el gran Londres y los maravillosos paisajes industriales.

"Je vis au désert. Je ne vois absolument personne, je passe trois ou quatre jours sans méme ouvrir les lévres, servi par des muets". La fotografía, hija de ese silencio, sirve para ponerse en comunicación con la pequeña humanidad muda y sin sonrisas que transcurre por esas calles. En raras ocasiones la compacidad de las imágenes se disuelve como para revelar un secreto. Entonces se trata de la súbita resurrección del mundo que ha dejado atrás, el tranquilo mundo familiar de afectos, de trabajo, de dulces hábitos. Detrás de los cristales, entre las cortinillas abiertas, en un interior a la manera de Vuillard, se percibe a una dama que lee. Cuatro "vírgenes británicas", cuatro compungidas damiselas inglesas en bicicleta le traen el recuerdo de Jeanne. Permanente y fiel está en Zola el amor abrasador por la intimidad familiar. Lloró como un niño cuando le escribieron que su Pimpin había muerto. Y no es un azar que en medio de aquella "détresse morale absolue", en aquella "grande angoisse" de Londres, haya comenzado a escribir la novela de la familia, de la grandeza y eternidad de la familia: Fécondité.

Para nosotros que las vemos ninguna fotografía es contemporánea. Incluso si ha sido tomada dos minutos antes, nos habla ya de un tiempo révolu. Pero las fotografías tomadas en Francia por  Zola eran como el "borrador" de sus creaciones. Eran el documento de una realidad que ofrecía, en la diversidad de perspectivas, lo que podía escapar a un ojo inseguro. Casi imponían las directrices para la descripción, devastada hasta la alucinación por el amor del detalle, por la precisión, por la voluntad de comprender el secreto de lo que existe. En el espacio que operaba Zola como fotógrafo se desplegaba entre lo que era la pintura de su época (los amados impresionistas) y lo que vendrá a ser el cine (imágenes de una realidad en movimiento). Las fotografías londinenses, en cambio, nacieron como apuntes de la memoria, sin ningún propósito de ser utilizadas. Incluso cuando Zola tendría todas las razones para ambientar su Angeline en el paisaje inglés, porque en Inglaterra, viviendo en casa de "Penn", se sintió atraído, durante sus frecuentes paseos en bicicleta, por una pequeña mansión abandonada, según se decía por los espíritus, incluso en ese caso piensa en Francia. El relato Angeline fue ambientado "du cote d’Orgeval, au-dessus de Poissy".

No obstante, existía un Londres al que debería haber amado. Muchos años antes, entusiasmado por las telas de Jongking y de Monet, había formulado sus declaraciones de amor hacia las grandes ciudades de inmensos horizontes, cuyas vistas conmovían más que los Alpes o el azul mar de Nápoles. ¿Qué ciudad más que Londres había dado vida a nuevas formas arquitectónicas en las que el conocimiento de los principios y de la práctica de la mecánica se había difundido tanto, aunando en sus amplias estructuras el cristal y el hierro? En París, donde no obstante permanecía fiel en la decoración de su casa a una mescolanza de estilo Luis XIII y de bizantino o neogótico, se había hecho  fotografiar con complacencia al pie de la Torre Eiffel y se había detenido largo rato a contemplar el palacio de la electricidad. ¿Por qué no quiso fotografiar las estaciones de Paddington o de King's Cross y no entró en la Goal Exchange o en uno de los grandes templos ingleses de la industria? Nosotros sólo sabemos que no quiso regresar a Francia sin conservar en sus archivos para futuras empresas la imagen de la más famosa de esas construcciones: el Palacio de Cristal, creado casi medio siglo atrás por el gran jardinero paisajista que fue James Paxton. Cuatro fotografías circunscriben los tiempos y los grados de la visión.



En una primera fotografía, las líneas del palacio, con la gran cúpula central, se dibujan sobre el horizonte: difuminado en la niebla, inmenso, agazapado como un dinosaurio que avanza, con su calma amenazadora, en medio de la naturaleza circundante: la pobre naturaleza enferma de la periferia, destinada a morir. Zola observa aquella gran sombra desde una pequeña calle  fangosa, en la que las alquerías desastradas están cercadas a duras penas por estacas medio arrumbadas.

En la segunda fotografía, el objetivo se aproxima. Ya no es la calle fangosa sino dos rieles que se pierden en la naturaleza, como una profunda herida entre los árboles negruzcos; el Palacio de Cristal, menos distante, canta en medio del desorden circundante la infinita y exacta letanía de sus vértebras de hierro. Los  traslúcidos espacios de cristal sólo se ven interrumpidos por penachos de verde, y gracias a esas interrupciones el palacio se distiende en la imaginación. Podría no acabar jamás. En la tercera fotografía Zola se encuentra ya a dos pasos del enorme edificio. El dinosaurio sueña su sueño dominical, entre pequeños hoteles, entre caballos de tiro somnolientos y hombres de levita o de chaqueta blanca, entre algunos árboles desmedrados. Sólo la última fotografía, a pocos metros de distancia, en un amplio espacio y en medio de gran soledad, se asiste a la revelación, con cierto espanto, como ante la fachada de una gran catedral; una catedral de cristal y hierro, con su transepto, sus prolongadas naves, sus viguerías metálicas dispuestas a regular distancia unas de otras y el entramado de los montantes: imponente expresión de una estética del hierro, que clamaba a la eternidad y que en cambio, como es sabido, se derrumbó y desapareció algunas décadas después como un espectro en una hoguera dantesca.



Las ruinas de París, Versal travesías S.A, Barcelona, 1990.






viernes, 6 de marzo de 2015

De pie sobre la estatua






Guillermo Cabrera Infante



La foto es de un curioso simbolismo. Señala el fin de una tiranía militar al tiempo que entroniza a un soldado. Todos los puntos de la foto convergen hacia el soldado, que está de pie sobre la estatua de un león al inicio de un paseo capitalino. Está el soldado erguido, el rifle en alto sostenido por su mano derecha, mientras su mano izquierda se extiende hacia un lado, tal vez tratando de conservar el equilibrio. Tiene la cabeza alta y erguida, celebrando el momento del triunfo, que es, aparentemente, colectivo.

En el extremo izquierdo de la foto uno de los manifestantes se ha quitado su sombrero de pajilla y saluda hacia lo alto, hacia el soldado. A la derecha y al centro otro manifestante más modesto (está en mangas de camisa) se quita la gorra mientras vitorea al soldado. Todos están cercados por una pequeña turba exaltada por el triunfo de su causa, según parece.

Detrás del soldado se ven unos balcones bordados en hierro y unas ventanas de persianas francesas abiertas de par en par. Más lejos, en la esquina, hay un anuncio de una línea de aviación, en inglés. La foto ha sido reproducida en todas partes como testimonio de su época -o más bien de su momento.




miércoles, 4 de marzo de 2015

El Olocanto




Juan Perucho  



El “olocanto” es un árbol que anda, de instintos terribles y destructores, muy peligroso, pues ataca especialmente al hombre mediante un aguijón retráctil y veloz de unos tres metros de longitud. Fue descubierto por san Jerónimo, cuando hacía penitencia en el desierto, un día de mucho calor y en el que resultaba una bendición del cielo hallar un poco de sombra, fresca y rumoreante. De la desconocida existencia e imagen del “olocanto” se ha aprovechado, recientemente, el escritor inglés John Wyndham montando, en su novela “The day of the triffids”, la peregrina y fantástica figura del “trífido”, planta que vejatoriamente reputa industrial, pero que, no obstante, llega a dominar al mundo. Salimos al paso de esta vulgar invención para restablecer el verdadero origen de esta gran planta o arbusto, cuyo nombre histórico, como hemos dicho, es el de “olocanto”.
Crónicas bizantinas muy antiguas pretenden que Simón el Mago tenía ya un “olocanto” para su uso particular, al que llevaba atado al extremo de una pértiga, notablemente más larga que el aguijón del fiero vegetal, y dichas crónicas pretenden que, con él, Simón el Mago tenía amedrentado al emperador Nerón, el cual, el día que, por vez primera, lo vio, tuvo un susto tan grande que se atragantó con el hueso de una ciruela que se estaba comiendo, y ello con tan mala fortuna que casi se ahoga miserablemente a no ser por el médico griego Philotetes, que desobturó rápida y hábilmente la regia garganta. Nerón, que como ustedes saben, además de refinado, era un reprimido sexual —sea esto dicho con la venia del padre Jordi Llimona-, juró vengarse cuando se terciara, con un lujo delicado y elegante.
Sin embargo, como ya he adelantado al principio, fue san Jerónimo quien, por primera vez, se encontró cara a cara con un “olocanto” que vagaba distraídamente por el desierto de Chalcis, en donde el santo ejercía de anacoreta. La sorpresa fue mutua. El horrible vegetal, que se sustentaba sobre tres raíces-patas y andaba con un movimiento de vaivén —hacia atrás y hacia delante— verdaderamente abominable, se detuvo, y algo debió prevenirle de la excepcional condición del santo, pues se arrastró humildísimo a sus pies. Jerónimo le alargó un cuenco de leche de camella, que fue ingurgitado con precipitada delectación, tras lo cual el “olocanto” desapareció velozmente más allá de una colina, después de hacer tres corteses reverencias. A san Jerónimo le dio mucho que pensar esta extraña aparición, y quedó marcado por ella toda su vida, como es posible observar en la “Altercatio Luciferiani et Orthodoxi” y, sobre todo, en su polémica con Rufino a propósito de Orígenes, traducida en su “De Principiis” y en la célebre y vehemente carta que dirigió a Rufino tratándole de mentiroso, doblado, perjuro y aun hereje.
Por las noticias que tenemos, el “olocanto” se dirigió después a Antioquía, lugar donde realizó una espeluznante matanza con su mortífero aguijón. Los eruditos estiman que es a esta catástrofe a la que se refiere el poeta Meropius Pontius Paulinus, más conocido como Paulino de Nola, cuando escribe:
“Ecce repente mis estrepitum pro postibus audit
et pulsas resonare fores, quo territus amens
exclamat, rursum sibi fures adfore credens...
ser nullo fine manebat
liminibus sonitus...”
Parece ser que muchos magos malvados han utilizado el “olocanto” para fines execrables, como lo son los asesinatos a mansalva, provocar la locura frenética, etc. Lo cierto es que el “olocanto” aparece muy de tarde en tarde, o lo máximo en grupos de tres, y en sitios muy distantes unos de otros. Apenas se sabe nada de su naturaleza, salvo que le gusta la música y, modernamente, el fútbol, pues en 1932 se vio surgir, por encima de las graderías del estadio San Siro de Milán la cresta de un “olocanto”, mientras se celebraba el encuentro entre el Arsenal de Londres y el Inter. La policía lo buscó y lo rebuscó sin resultado alguno, y la prensa internacional criticó duramente a las autoridades fascistas, cuya falta de previsión y diligencia había estado a punto de provocar una hecatombe. Sin duda, el “olocanto” se disimuló en un jardín o un parque público, mientras pasaban las patrullas de policía, bomberos, camisas negras y “balillas” entonando épicamente la “giovinezza”, en espera de que llegara la noche para salir al campo. 
Aparte de las salidas históricas del “olocanto” (hundimiento del imperio de Occidente, el “saco de Roma” por Carlos V, derrota de Napoleón en Waterloo, etc.), hace unos días se ha señalado su presencia en París, a raíz de las huelgas revolucionarias. Su espantable imagen se localizó en los barrios de Menilmontant y en Saint Germain des Prés, sin duda dispuestos a todo. Las desgracias pudieron evitarse merced a la reacción conjunta de los estudiantes y las fuerzas del orden — único momento de colaboración—, lo cual puso en fuga a los árboles asesinos. Por cierto que uno de ellos, al parecer de carácter melancólico y sensible, fue hallado en el vestíbulo del cine “Boul-Mich” cuando contemplaba los procaces fotogramas de una película muy “sexy” japonesa. Se produjo entonces una gran confusión, debido a la cual el “olocanto” pudo huir disfrazado de policía. Hay quien asegura que incluso se apoderó de un coche celular, lanzándose vertiginosamente a través de las barricadas. Si ello es cierto, tendremos una prueba de que el “olocanto”, además de peligroso, es un ser dotado de una alarmante y superior inteligencia. 



lunes, 2 de marzo de 2015

¡Pobre Casey!





Muy lejos estaba de sospechar la cruel coincidencia, el despiadado tiro, de que aquella mañana, justamente (vete a saber si a la hora misma, acaso uno de aquellos acompañamientos), en ese humilladero del verano daban tierra a un escritor con quien esperaba encontrarme. Casi un compatriota, pese al nombre y apellido ostrogodos, que en Roma lucraba el pan —pasados los entusiasmos revolucionarios— como traductor de la FAO.

Calvert Casey, el nombre de pila, por el apellido de uno de los fundadores de Baltimore, su cuna; el apellido, por la sangre irlandesa de su padre, un pingüe guarnicero de aquel paraíso de la hípica que fue el Maryland, luego metido en el ramo de la maquinaria agrícola y con negocios en Cuba, donde casó con una española. Y así Calvert Casey, un cuarentón moreno, flaco y alto, reunía los modales nórdicos, aliviados con el humor irlandés, y una campechanía de cordial marca hispana. Porque la temprana muerte del padre le ancló, desde niño, a Cuba y su ulterior carrera neoyorquina no conseguiría borrar (y él estaba lejos de proponérselo) esta componente de su carácter. Y en Cuba —mientras el aceptado exilio le traía a Europa— seguía la adorada madre española. Diré más: la noticia del fallecimiento de ésta, recibida durante un breve viaje ginebrino, fue la gota que colmó el cáliz del tan voluntario como insufrible destierro. Perdido el último gusto de la vida, nada más regresar de Ginebra se la quitó en su casa de Roma, uno de aquellos días de agobiante e improvisto calor del pasado mes.

Con aquel nombre que parecía desmentirlo, ya que no por su aspecto y talante, Calvet Casey era un escritor, un cumplido narrador y ensayista, en nuestro idioma. Un estupendo escritor de una Cuba que es realidad y mito a un tiempo, blandamente nostálgica del fino europeísmo de sus últimos días españoles, prosaizada por el alud comercial y turístico yanquis, hundida en el concusionario desgobierno y exultante, un momento, a la aurora de la libertad y al prometerse un papel misionero.

Ese complejo y bullente mundo es el de los libros de Casey. Ustedes recordarán la docena de espléndidos y tristes relatos que forman El regreso, como las recientes Notas de un simulador, volúmenes publicados, ambos, por Seix Barral. Cuba, y la nostalgia de Cuba, por poético y humanísimo trasunto de un Paraíso definitivamente perdido: no por próximo, menos inalcanzable. Crecido en el clima de guerras y carrera nuclear, reclamado por dos mundos antagónicos a fuer de hombre partido, abrazando ora una, ora la opuesta ideología, que se le agostaban de inmediato: en denodada e inalcanzable procura de sí mismo, Cuba (la idiosincrasia cubana) aprontaba el escenario ideal para el mundo de sus historias. Esa turbamulta en que la ostentada y próspera modernidad se conjuga con vivencias de arcaicas civilizaciones; donde las esperanzas siempre fallidas, o sólo realizadas con pro para terceros; donde la obsesión de la destrucción total, cruz de unos pocos, se diluye en la indiferencia de los más. Acabada imagen de un mundo en disolución que —al acendrado mirar del melancólico escritor— no invoca otro remedio que revoluciones, matanzas, confinamientos, ley del hambre. Y, de postre, la atómica. Metamórfica virtud del escritor, que de tan negros ingredientes compone un canto a los entrañables valores del linaje humano. Preciosa prenda, ¡pobre Casey!, de esperanza. — M.




 La Vanguardia, 12 de junio de 1969