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domingo, 11 de enero de 2015

Plan rataplán




Kurt Vonnegut



Rataplán, plan, plan; Rataplán, plan, plan.
¡Plan, rataplán! ¡Plan, rataplán!
Rataplán, rataplán, plan, rataplán.
TAMBORES DE MARTE


Los hombres se habían encaminado a la pista de desfile al son de un tambor. El tambor les decía:

Rataplán, plan, plan;
Rataplán, plan, plan,
¡Plan, rataplán!
¡Plan, rataplán!
Rataplán, rataplán, plan, rataplán.

Era una división de infantería de diez mil hombres formados en un cuadrado hueco sobre una pista natural para desfiles, de hierro, y de un kilómetro y medio de espesor. Los soldados, en posición de firmes, estaban en una superficie de herrumbre anaranjado. Se estremecían rígidamente, porque eran todo lo férreos que podían, tanto oficiales como soldados. Los uniformes eran de una textura áspera, de un verde escarchado, del color de los líquenes.
Los soldados se habían puesto en posición de firmes en profundo silencio. No se había dado ninguna señal audible o visible. Lo habían hecho como un solo hombre, como por una pasmosa coincidencia.
El tercer hombre del segundo pelotón de la primera sección de la segunda compañía del tercer batallón del segundo regimiento de la Primera División Marciana de Infantería de Asalto era un soldado raso que había sido degradado tres años antes, siendo teniente coronel. Hacía ocho años que estaba en Marte. Cuando un hombre en un ejército moderno es degradado a soldado raso, es probable que como soldado sea viejo y que sus camaradas de armas, una vez habituados a que no sea un oficial, por respeto a sus perdidas insignias lo llamen algo así como Pops, o Gramps, o Unk*.
El tercer hombre del segundo pelotón de la primera sección de la segunda compañía del tercer batallón del segundo regimiento de la Primera División Marciana de Infantería de Asalto respondía al apodo de Unk. Unk tenía cuarenta años. Era un hombre bien plantado, peso mediano pesado, de piel morena, labios de poeta, suaves ojos castaños en las profundas órbitas sombreadas por un entrecejo de hombre de Cromagnón. Una calvicie incipiente dejaba aislado un dramático mechón.
Una anécdota ilustrativa sobre Unk: Una vez que la sección de Unk estaba tomando una ducha, Henry Brackman, sargento de la sección de Unk, le pidió a un sargento de otro regimiento que eligiera el mejor soldado de la sección. El sargento de visita, sin ninguna vacilación, eligió a Unk, porque era un hombre compacto, bien musculoso e inteligente.
Brackman abrió grandes ojos.

—Cristo... ¿te parece? —dijo—. Es el boludo de la sección.
—¿Me estás tomando el pelo? —dijo el sargento.
—Carajo, no te estoy tomando el pelo —dijo Brackman—. Míralo, hace diez minutos que está ahí, y todavía no ha tocado el jabón. ¡Unk! ¡Despierta, Unk!
Unk se estremeció, dejó de soñar bajo las salpicaduras de la ducha. Miró interrogante a Brackman, vacío, bien intencionado.
—¡Usa el jabón, Unk! —dijo Brackman—. ¡Usa el jabón, carajo!
Ahora, en la pista de hierro, Unk estaba en posición de firme en el cuadrado vacío, como todos los demás.
En el centro del cuadrado vacío había un pilar de piedra con aros de hierro. Habían pasado chirriantes cadenas a través de los anillos, las habían ajustado alrededor de un soldado pelirrojo parado contra un poste. Era un soldado limpio, pero no impecable, puesto que le habían arrancado del uniforme todas las insignias y condecoraciones, y no tenía cinturón, ni corbata, ni inmaculadas polainas.
Todos los demás, incluso Unk, resplandecían. Todos los demás lucían primorosos.
Algo desagradable iba a ocurrirle al hombre del poste, algo de lo cual el hombre hubiera deseado con toda el alma escapar, algo de lo cual no escaparía a causa de las cadenas.
Y todos los soldados mirarían.
Se había dado gran importancia al acontecimiento.
Hasta el hombre del poste estaba en posición de firme; dadas las circunstancias no podía hacer realmente otra cosa.
De nuevo, sin orden audible o visible, los diez mil soldados ejecutaron el movimiento de descanso como un solo hombre.
Lo mismo hizo el hombre del poste.
Los soldados se mantuvieron en fila, aunque les hubieran dado orden de descanso. Su obligación era descansar pero sin moverse del lugar y guardando silencio. Ahora los soldados eran libres de pensar un poco, y de mirar alrededor y enviar mensajes con los ojos, si tenían mensajes y alguien podía recibirlos.
El hombre del poste tironeó de las cadenas, estiró el pescuezo para juzgar la altura del poste al que estaba encadenado. Era como si creyese que podía escapar aplicando un método científico, con sólo que pudiera averiguar la altura del poste y de qué estaba hecho.
El poste tenía casi seis metros de alto, sin contar los tres metros y medio encastrados en el hierro. El diámetro medio era de unos sesenta centímetros pero con variaciones que llegaban a más de veinte. Estaba hecho de cuarzo, álcali, feldespato, mica, y huellas de turmalina y hornablenda. Para información del hombre sujeto al poste: estaba a doscientos veintisiete millones setecientos cincuenta y seis mil ciento sesenta y ocho kilómetros del Sol, y no tenía ayuda posible. El hombre pelirrojo sujeto al poste no emitió ningún sonido, porque a los soldados en posición de descanso no les estaba permitido hacerlo. Pero envió un mensaje con los ojos, para que se supiera que hubiera querido llorar. Envió el mensaje a alguien cuyos ojos se encontraran con los suyos. Confiaba en que el mensaje llegara a una persona en particular, a su mejor amigo, a Unk. Estaba buscando a Unk. No pudo encontrar la cara de Unk. De haber encontrado la cara de Unk, no habría habido ni un atisbo de reconocimiento y piedad en ella. Unk acababa de salir del hospital de la base, donde había sido tratado por enfermedad mental, y su mente estaba casi en blanco. Unk no reconocía a su mejor amigo en la picota. Unk no reconocía a nadie. No habría sabido siquiera que su nombre era Unk, no habría sabido siquiera que era un soldado, si no se lo hubiesen dicho al salir del hospital.
Había pasado directamente del hospital a la formación que integraba en ese momento. En el  hospital le habían dicho una y otra vez que era el mejor soldado de la mejor sección del mejor pelotón de la mejor compañía del mejor batallón del mejor regimiento de la mejor división del mejor ejército.
Unk conjeturó que uno podía enorgullecerse de eso. En el hospital le dijeron que había estado muy enfermo, pero que ahora se había repuesto del todo. Parecía una buena noticia.
En el hospital le dijeron el nombre de su sargento, qué era un sargento y cuáles eran los símbolos de las jerarquías, los grados y las especialidades.
Tanto habían blanqueado la memoria de Unk, que habían tenido que enseñarle inclusive a mover los pies y a manejar nuevamente las armas.
En el hospital habían tenido que explicarle qué eran las Raciones Respiratorias de Combate o R.R.C.; tuvieron que decirle que tomara una cada seis horas para no asfixiarse. Eran píldoras de oxígeno necesarias porque faltaba ese elemento en la atmósfera marciana.
En el hospital tuvieron que explicarle incluso que tenía una antena radial instalada en la coronilla y que le dolería cada vez que hiciera algo que un buen soldado no debe hacer jamás. La antena le daría además órdenes y le proporcionaría música de tambores para marchar. Le dijeron que no sólo él, Unk, sino también todos los demás tenían una antena así, incluidos los médicos, las enfermeras y los generales de cuatro estrellas. Era un ejército muy democrático, dijeron.
Unk sospechó que era bueno que un ejército fuese así.
En el hospital le dieron un pequeño ejemplo del dolor que le produciría la antena si alguna vez hacía algo malo.
El dolor era horrible.
Unk se vio obligado a admitir que un soldado tenía que estar loco para no cumplir siempre con su deber.
En el hospital habían dicho que la regla más importante de todas era ésta: obedece siempre una orden directa, sin un momento de vacilación.
Allí, en formación, en la pista de hierro, Unk comprendió que tenía mucho que reaprender. En el hospital no le habían enseñado todo lo que se podía saber sobre la vida.
En la cabeza de Unk la antena dio de nuevo una señal de atención y la mente le quedó en blanco. Luego la antena volvió a ordenarle descanso, luego de nuevo firme, luego presentar armas, luego descanso de nuevo.
Empezó a pensar otra vez. Tuvo otro atisbo del mundo que lo rodeaba.
La vida era así, se dijo Unk cautelosamente: blancos y atisbos, y de vez en cuando quizá ese terrible relámpago de dolor por haber hecho algo malo.
Una pequeña luna baja se movió rápidamente en el cielo violeta. Unk no sabía por qué, pero pensó que la luna se movía demasiado rápido. No parecía correcto. Y el cielo, pensó, debería ser azul y no violeta.
Unk sintió frío, también, y deseó que hiciera más calor. El frío interminable parecía tan equivocado, tan injusto en cierto modo como la rápida luna y el cielo violeta.
El comandante de división de Unk hablaba ahora con el comandante del regimiento. El comandante del regimiento de Unk se dirigió al comandante del batallón. El comandante del batallón de Unk se dirigió al comandante de la compañía. El comandante de la compañía de Unk se dirigió al jefe del pelotón, que era el sargento Brackman.
Brackman se acercó a Unk y le ordenó que marchara militarmente hasta el hombre sujeto a la picota y lo estrangulara hasta matarlo.
Brackman le dijo a Unk que era una orden directa. Entonces Unk la cumplió.
Caminó hasta el hombre sujeto al poste. Caminó al ritmo de la musiquita seca de un tambor. El sonido del tambor estaba realmente dentro de su cabeza, saliendo de la antena:

Rataplán, plan, plan;
Rataplán, plan, plan.
¡Plan rataplán!
¡Plan rataplán!
Rataplán, rataplán, plan, plan.

Cuando Unk llegó hasta el hombre en la picota, vaciló justo un segundo, porque el hombre pelirrojo en la picota parecía muy desdichado. Entonces hubo una leve advertencia dolorosa en la cabeza de Unk, como el primer arañazo de un torno de dentista.
Unk apoyó los pulgares en la tráquea del hombre pelirrojo, y el dolor se detuvo en seco. Unk no apretaba porque el hombre estaba tratando de decirle algo. Unk estaba desconcertado por el silencio del hombre, y entonces comprendió que la antena del hombre debía ordenarle silencio, así como las antenas ordenaban silencio a todos los soldados.
Heroicamente, el hombre en la picota venciendo la voluntad de su antena, habló rápidamente, retorciéndose.
—Unk... Unk... Unk... —dijo, y los espasmos de la lucha entre su propia voluntad y la voluntad de la antena le hacían repetir estúpidamente el nombre—. Piedra azul, Unk — dijo—. Barraca doce... carta.
Unk sintió de nuevo machacar en su cabeza la advertencia dolorosa. Unk estranguló al hombre en la picota, apretó hasta que la cara del hombre se puso violeta y se le salió afuera la lengua.
Unk retrocedió, se puso en posición de firme, dio una elegante media vuelta y volvió a su lugar en las filas, acompañado de nuevo por el tambor en su cabeza:

Rataplán, plan, plan;
Rataplán, plan, plan.
¡Plan rataplán!
¡Plan rataplán!
Rataplán, rataplán, plan, plan.

El sargento Brackman le hizo un gesto con la cabeza a Unk, y un guiño afectuoso.
De nuevo los diez mil se pusieron en posición de firmes.
Horriblemente, el hombre muerto en el poste luchó por llamar la atención, demasiado, arrastrando las cadenas. Fracasó —no logró ser un perfecto soldado— no porque no quisiera serlo, sino porque estaba muerto.
Ahora la gran formación se dividió en sectores rectangulares. Caminaron, sin pensarlo, cada uno con el sonido del tambor en la cabeza. Un observador no hubiera oído nada salvo las pisadas de las botas.
Un observador se hubiera quedado perplejo sin saber quién era el responsable, porque hasta los generales se movían como marionetas, siguiendo el ritmo estúpido del:

Rataplán, plan, plan;
Rataplán, plan, plan.
¡Plan rataplán!
¡Plan rataplán!
Rataplán, rataplán, plan, plan.






* Papi, abuelo, tío.


Fragmento de Las sirenas de Titán 



Traducción de Aurora Bernárdez


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