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domingo, 11 de enero de 2015

Nabokov o el destierro como estilo




 Fernando Savater



Los múltiples exilios de VIadimir Nabokov remiten metonímicamente a su verdadero destierro, a su desplazamiento esencial: el que le aleja de su lengua. Expulsado de Rusia, de Alemania, de Francia, acosado por los simétricos totalitarismos nazi y bolchevique, Nabokov resbala fundamentalmente sobre las lenguas europeas, desgarrándose de ese ruso del que Sholzenitsyn le proclama prosista incomparable hacia un imposible damero maldito de idiomas estructurado sobre el basamento del inglés. De algún modo, Nabokov ha renunciado a convertirse en un buen escritor anglosajón, como logró ser Conrad, pues esto supondría desistir de su condición de exiliado y asimilarse definitivamente a su lingüística, patria adoptiva; por eso conserva en sus novelas fragmentos en diversos idiomas, descoyunta los significados trasladándolos de una lengua a otra, traduce y retraduce cada párrafo como el malabarista que trastoca fulminantemente la posición de las cáscaras de nuez hasta que somos incapaces de decir dónde se oculta el esquivo guisante. Parece como si el inglés fuera en lo idiomático lo que Estados Unidos en lo nacional, una abstracta estructura en la que se hacen compatibles diversidades europeas de las que recibe su vitalidad: así al menos parece verlo el exiliado Nabokov. En cierta ocasión, Mircea Eliade preguntó a Saint John Perse por qué había elegido Washington DC para vivir, a lo que el poeta -repuso: «Porque es una ciudad que no existe, una simple ficción administrativa; es vivir en lo indeterminado». Algo así pareció encontrar Nabokov en el inglés-americano, cuando recibió de Estados Unidos dos irónicas identidades: un idioma base, que le permitiera, potenciar al máximo la diversidad de los que posee, y una nacionalidad que le ha permitido exiliarse de nuevo tranquilamente a la muy abstracta Suiza. Nabokov sólo quería un idioma fijo para exhibir mejor la irreductible diferencia de los otros y un pasaporte americano para conquistarse sin disputa el derecho a no estar en ningún sitio. Tal es la ética de ese destierro que Nabokov ha decidido transformar en estilo. Representante demasiado lúcido de los ciudadanos de naciones que ya no son patrias, de los hablantes de lenguas de impura vitalidad mezclada, de quienes renuncian a toda palabra con mayúscula para que les dejen seguir jugando a lo que les gusta, Nabokov es el más contemporáneo de los novelistas. Y quizá también el más grande. La novela titulada Barra siniestra, que acaba de aparecer en castellano, es la primera en que Nabokov asumió su exilio lingüístico y se decidió a escribir en inglés. Un inglés esmaltado de ruso, de alemán, hasta de latín, una especie de volapük de envidiable maestría barroca. El largo, conscientemente autoirónico prólogo nos instala desde la entrada en la pura reflexión sobre el estilo. Nabokov insiste en que se trata de escribir y nada más: no hay mensaje, no hay alegoría, no hay ideas... La delegación vienesa no está invitada. «No me interesa la sátira,- ni la política ni la economía; no me preocupan la bomba atómica ni el futuro de la humanidad». ¿Qué pensar de estas declaraciones tajantes, de esta apología sin rebozo del más descarnado art pour,l'art? Me atrevo a prestar un testimonio dubitativo a título personal: me fastidia soberanamente todo experimentalismo literario, toda novela que exige para ser gozada afición a la semiología o un número extraordinario deTel Quel, pero nada me divierte y me hace disfrutar tanto como los libros de Nabokov. Nada mejor urdido que sus tramas, nada tan permanentemente inteligente como sus ideas, lanzadas al acaso, como el helado y terrible humor con que analiza las situaciones creadas. Leyendo a Nabokov se paladea sin duda el triunfo de un estilo fulgurante, pero también -tanto monta...- un, concienzudo desarraigo de los tópicos morales, que rigen el mundo, una visión implacable de lo que los hombres han hecho con los otros hombres o el destino con todos ellos, un áspero anhelo sólo a medias admitido de libertad y sinceridad de ánimo. Barra siniestra es una novela antitotalitaria en ese sentido eficaz que los escritores directamente testimoniales o panfletarios no alcanzan jamás. Es también el poema de ternura atroz que narra el despedazamiento de dos seres que se aman por la repugnante razón de Estado.





Tomado de El País, mayo, 1976



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