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miércoles, 14 de enero de 2015

Impertinentes




Dolores Labarcena



Los monóculos, usados mayormente por dandis, militares, detectives y algún que otro dadaísta, fueron un atuendo elegante y de buen gusto. Sin embargo, los impertinentes, miembros de la misma ralea, pero destinados al sexo opuesto, no tanto. Estos últimos, debían sostenerse con una mano. Pero no era la incomodidad práctica, sino óptica, como bien indica su nombre, la que los denigraba; con ellos se podía ver desde la platea, no solo la calva del barítono, sino hasta las patas de gallo de la soprano. Y por supuesto, en el teatro o cualquier otro sitio, quienes se sentían espiados por el citado adminículo (aun cuando fuese en su mente), quedaban simple y llanamente en cueros.

En una fotografía en blanco y negro, Wislawa Szymborska posa ante la cámara con unos impertinentes. No creo exista imagen que mejor la identifique: una sinécdoque de su escritura. En vida, fue lectora empedernida, una polilla que lo mismo engullía libros de horticultura, ensayos sobre la conservación de las momias, instrucciones para la debida alimentación de los gatos, avances de la ciencia y la técnica, que clásicos de la literatura universal. En fin, un ojo entrometido y crítico.  

Pero deteniéndonos un poco, qué no habrá experimentado o perdido en el camino. Polonia no era precisamente el Edén y las bombas, ya sabemos, llovían a racimos. En el poema El álbum, perteneciente a su libro ¡Qué Monada! (1967) nos dice: “Nadie en mi familia murió de amor” y más adelante específica, entre paréntesis: “(Morían a balazos, mas por otros motivos, en el frente, en un catre bien tosco)”. También está el problema de los contemporáneos, a los que a menudo hay que mirar a la cara, como en estos versos: “Los poetas de mi país… cantan la vida sencilla de los pastores de foca… Quien quiere morir ahogado, debe hacerse con un pico para agrietar el hielo”.

Su mirada nunca distorsiona, ni siquiera cuando amplifica. Si son peras no encontrarás coliflores; tal vez peras rusas, o demasiado maduras. No hay en ella presunción ni apología. Directa, aunque sin el escepticismo y el sarcasmo de Herbert, habla de la muerte “sin exagerar”. No da soluciones, pues solo tiene preguntas: “¿Y si todo esto sucede en un laboratorio?” Desde luego, la ironía es su guirnalda, así que está bien que se permita esas mantillas bajo tanto frío glacial. 

Su poética, como toda poética de lentes de aumento, o impertinentesno construye una representación arbitraria; pues se trata, en su caso, de lentes rigurosamente graduados. También Edoardo Sanguineti, poeta italiano, ejerce esa estrategia. La expresa burlonamente en uno de sus poemas, en el que cuenta una visita al oftalmólogo, donde de golpe, y gracias a la debida graduación de sus cristales, le ocurre algo así como un milagro: “…ho potuto sperare, per un attimo, di potermi rifare, a poco prezzo, una vita e una vista.” 

En ese retrato de Wislawa Szymborska hablan indefinidamente esos impertinentes. Sabe Dios de dónde los sacó, ya que por la época de dicha imagen, no estaban en boga. Quizás los heredara de una tía o adquiriera en un bazar de antigüedades. No dudo que los hiciera servir. La cuestión es que parece sonreírse, sutil, a lo Gioconda, y responder a nuestra curiosidad con otra pregunta: ¿Creen que necesite tales adminículos?  





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