Translate

sábado, 19 de diciembre de 2015

¿Por qué escribo?





Giorgio Manganelli



¿Por qué escribo? Confieso no saberlo, no tener la mínima idea, y que la pregunta es a la vez cómica e inquietante. Como pregunta cómica, tendrá ciertamente respuestas cómicas: por ejemplo, que escribo porque no sé hacer otra cosa; o porque soy demasiado deshonesto para ponerme a trabajar. Cito a G. B. Shaw: "Muy cansado para trabajar, escribía libros". Escribir es ciertamente un modo astuto para evitar hacer algo; en torno a mí la gente se preocupa por vivir, tiene familia, percibe salarios, se enferma y muere. Oh, también yo percibo salarios, ¿pero se puede llamar salario a cuanto se obtiene a cambio de "escribir"? No digamos boberías. Probablemente escribir es el modo de medrar que tiene quien ha nacido ladronzuelo o estafador, pero le falta coraje para delinquir a gran escala. Si fuera honesto, fabricaría monedas falsas -debe ser un trabajo de gran artista- o chantajearía a ricas parejas con hijos desenfrenados, o esperaría simplemente de noche el regreso de gentilhombres aficionados a la vida: "O la bolsa o la vida", vieja y noble sentencia, llena de oscuras alusiones filosóficas, o tal vez concebida y dictada por una inteligencia no ignorante de la divinidad. Pero soy cobarde y claustrofóbico: no puedo tolerar la perspectiva de la galera, lugar tradicionalmente cerrado; sobre todo, tendría miedo de mis víctimas. Robar -¿a quién? Debería encontrar una víctima más indefensa y cobarde que yo: estoy seguro que sería un escritor; pero no se puede encontrar siempre y solo escritores. Hay también banqueros, ingenieros, albañiles y sastres; estaba por escribir "alquimistas": pero no estoy seguro de que no sean una variante del escritor, también ellos fraudulentos y fatuos.
Si un paciente investigador del alma me hiciese la pregunta por qué escribo, e insistiese en saber desde cuándo y por qué me dedico a cosa tan exigua y poco noble, respondería: no creo haber decidido nunca escribir, sin embargo es posible rastrear algún recuerdo, algún indicio que insinúe una respuesta. Y entonces excavo en mi adolescencia este recuerdo: no sabía abrocharme los cordones de los zapatos. Oh, sí, hacía los lazos correctamente, a mi manera; sólo que, tras diez minutos, estaban ya todos sueltos y yo comenzaba a pisarlos y a tropezar. Era una cosa humillante: parientes y amigos se reían afectuosamente de aquel jovenzuelo -risible palabra, como era yo- que no sabía abrocharse los zapatos. En realidad, yo nunca he aprendido a abrocharme los cordones de los zapatos de modo adecuado: tanto que tuve que adaptarme a calzar mocasines, que no tienen cordones, incluso en edad adulta y ya caduca. Pero mi incapacidad para hacer cosas simples era obvia y considerada bastante divertida: salía de casa con los pantalones desabotonados, no sabía hacerme el nudo de la corbata, me cortaba mientras me afeitaba y a medida que crecía encontraba más y más cosas que no sabía hacer. Pero el recuerdo más dramático es aquel que he mencionado primero: no sabía abrocharme los zapatos. Ahora, no sólo no es imposible sino del todo razonable suponer que entonces haya nacido lo que, por puro divertimiento, podría llamar la vocación del escritor. Las cosas que no sabía hacer, que no sé hacer, son innumerables: en suma, la vida misma; por tanto, debía hacer algo que me compensase de mi patente ineptitud. ¿No sé abrocharme los zapatos? Bien, escribiré libros.
Desde este punto de vista -la compensación de un jovenzuelo frustrado por la incapacidad de abrocharse los zapatos- creo que escribir sea la solución astuta y sutil, un "marchingegno" podríamos decir en italiano, una "drittata", esto es una argucia inventada por un señor de pocos escrúpulos.
Bien, habrá dicho mi alma, o aquella cualquiera máquina de aire que tengo dentro de la piel, ¿no sé hacer nada; se me desabrochan los zapatos? Magnífico, haré algo que no requiera ninguna habilidad manual (me olvidaba, nunca he sido capaz de abrir una lata, ni siquiera con el abridor; aunque sí descorchar botellas). Sé escribir, en el sentido literal que conozco el alfabeto y puedo mover la pluma hasta trazar las palabras; también sé -hoy, al menos- escribir a máquina, si bien mis naturales limitaciones me obligan a escribir con dos dedos, uno por cada mano (mi dotación de manos es la reglamentaria). Me bastan hojas de papel en número suficiente, una pluma o una máquina de escribir, y he ahí que ya no soy el muchacho y el hombre que no sabe abrocharse los zapatos: soy uno que escribe; en este punto, es sólo cuestión de insistir y, con el tiempo, "uno que escribe" se convierte en un "escritor": una palabra en vez de tres. No es que no vea las ventajas, pero debo reconocer que pasar de la condición de "uno que escribe" a aquella de "escritor" no es cosa fácil: porque el escritor es un señor que hace cosas de dudosa moralidad, y las hace de modo sistemático, por profesión. Encuentra gente que publica esas hojas que ha escrito, y también gente que le da dinero, no mucho, pero teniendo en cuenta que no ha aprendido a abrocharse los zapatos, no puede lamentarse. Sobre todo, hace un trabajo que no requiere ninguna capacidad manual, salvo aquella elemental de trazar letras o de golpear las teclas. Es por demás un trabajo que requiere ser desempeñado en soledad, y un señor frustrado naturalmente evita las muchedumbres, entre las cuales sus manquedades se harían patentes e intolerables. Por tanto, puedo ofrecer esta respuesta: porque no nunca aprendí a abrocharme los zapatos. Me doy cuenta que saber o no abrocharse los zapatos es un dilema: quien aprende a abrochárselos puede aspirar a una vida que los psicólogos llaman “realizada”. Hará familia, emprenderá una carrera tal vez brillante: generales, ministros, sociólogos e ingenieros civiles son reclutados entre aquellos que han resuelto el problema del modo justo. ¿Y los demás? Los demás hacen de escritores, astrólogos, alquimistas y otros menesteres astutos y deshonestos que se sustraen a cualquier valoración. Porque esta es una cualidad importante: habituado a ser juzgado con severidad, y consciente de merecer cualquier tipo de crítica, el escritor –al igual que el astrólogo o el alquimista– ha elegido para sí -digamos por pura broma– una profesión sobre la que nadie puede dar una valoración. ¿Existe el “buen” astrólogo, el alquimista “competente” y “bien informado”? Del mismo modo, un escritor no tiene idea, y nadie puede tenerla, de sus propias fortuitas cualidades: ¿existe el buen escritor? Gente que quiere escribir a la vez que trabajar ha inventado las historias de la literatura, donde se afirma que tal escritor es bueno y tal otro no lo es tanto o lo es menos. Tales afirmaciones acampan en el aire, pues el escritor es como el alquimista o el astrólogo, uno que engaña fabricando máquinas mentales que nadie puede juzgar.
“Uno que engaña” he dicho: pero ¿a quién engaña? Aquí la astucia del estafador se vuelve contra él: porque, como el alquimista y el astrólogo, el escritor se engaña sobre todo a sí mismo. Con frecuencia se ha dicho que genio y locura son parientes próximos: ciertamente la palabra “genio” es una superchería, la invención de uno que quería intimidar al prójimo, siendo del todo consciente de no tener ni el modo ni el derecho para intimidar a nadie. No tengo dudas: quien inventó la palabra es uno que no sabía abrocharse los zapatos: en breve, un escritor. Pero alguien –uno que había aprendido a abrochárselos– observó tranquilamente que aquél tal vez podía ser un genio, pero que tenía algunos rasgos típicos del loco. El loco viene antes del escritor, del astrólogo, del alquimista; es el arquetipo, el ejemplo que los demás imitan. Desde luego, a un loco no se le valora: no se dice “éste es un ‘buen’ loco”, no existen locos mejores que otros, un loco es una obra de arte inútil, y no hay nada más que decir al respecto. La imposibilidad de juzgar al loco engatusa a todo aquel que no sea capaz de abrocharse los zapatos; pero el loco ni siquiera puede juzgarse a sí mismo, y este es otro problema. El escritor no puede dejar de tener la oscura sensación de ser nada más que, ¿qué cosa? No lo sabría decir. Quizás, la transcripción de una voz, una cháchara sobre el papel. En todos los escritores, los alquimistas, los astrólogos se esconde la envidia, la ambición de ser como el loco. Alguno lo logra; alguno no lo logra y se muere de dolor; otros se resignan y siguen escribiendo. Es un trabajo, he dicho, no del todo noble, pero se puede hacer a solas, con poco papel y una pluma o una máquina de escribir. Un trabajo que es imposible juzgar. Un trabajo en nada diferente al que hacen alquimistas y astrólogos; una argucia, una asignatura. He dicho que era una pregunta –¿por qué escribe?– cómica e inquietante; pero la respuesta cómica no es distinta de la inquietante. Es decir: he escrito estas líneas. Por tanto, soy “uno que escribe”. Más exactamente, uno que no ha aprendido a abrocharse los cordones de los zapatos. ¿He aprendido a no abrochármelos? Temo que no.


Traducción: Pedro Marqués de Armas



Il rumore sottile della prosa, Milano, Adelphi, 1994. 


martes, 15 de diciembre de 2015

Barón Corvo: blasfemo y aspirante a Papa



Pietro Citati


Frederick Rolfe, el encantador y monstruoso demonio que amaba presentarse bajo el nombre de Barón Corvo, ejercitaba una grandísima fascinación sobre aquellos que lo conocían. Frecuentaba una familia: por ejemplo, los Pirie-Gordon. Toda la familia se enamoró de él, y por un verano entero estuvo invitado a su casa de campo. Rolfe vestía un esmoquin de terciopelo color topo, que le permitía aparecer como un personaje misterioso y elegante en los almuerzos y en las cenas de los Pirie-Gordon y en las de sus vecinos. Los invitados quedaban impresionadísimos con su personalidad: no tanto por su cultura, que podía ser caprichosa y superficial, como por su intensidad personal que despertaba un vasto enamoramiento interior. “Había en él algo muy atractivo y a la vez algo repelente, pero la atracción predominaba, cuando él quería”, agrega un canónico que lo conoció en aquella ocasión.

Casi siempre la astucia del Barón Corvo era doble: por un lado, fingía la ternura, la multiplicidad, la afectuosidad y el amor por la mentira de un joven de dieciocho años: por otro, ostentaba conocimiento y artes misteriosas como si fuese un demonio oculto en un cuerpo humano, parecido a Fausto o a Don Giovanni. Narraba con gracia aquello que había leído ávidamente en el British Museum o en la biblioteca más recóndita. Todo aquello que tocaba se volvía arcano o sacro: con particular competencia, trazaba horóscopos, vaticinando incluso cuando sería oportuno realizar un viaje o una especulación. Los nuevos amigos pendían de sus labios. Frederick Rolfe no solo tenía un nombre y un apellido, también un sobrenombre misterioso, inventado por su megalomanía narcisista: “Barón Corvo”, heredado según él, de una noble familia italiana.

Rolfe no se complacía con ser amado y admirado: quería ser mantenido suntuosamente, como un cortesano italiano del Renacimiento o un gentilhombre francés del siglo XVII; solo así sus amigos podían pagarle por el genio que él poseía y ellos no. En este punto, se producía un derrocamiento absoluto. Apenas se sentía amado y homenajeado, Rolfe sostenía, en contra de toda evidencia, haber sido “provocado, difamado, calumniado, malignamente abusado, tergiversado y falsificado”: echando a rodar un gigantesco complejo de persecución, mitad voluntario, mitad inconsciente.

Así nacía, en él, la vocación de ofender: arte en el que se convirtió en supremo maestro. Lleno de un desprecio satánico, se consideraba en guerra contra innumerables enemigos envidiosos de su talento. El complejo de persecución se transformaba en complejo de superioridad: la lengua se afilaba, se volvía cáustica, perversamente concisa, pronta a apresar y deformar las múltiples caras de sus enemigos. Prisionero de la obsesiva psicología que él mismo había construido, podrido miserablemente en sus propias cadenas: la vida se limitaba a lanzar una mirada desde la luneta de su cárcel y pasaba de largo: una coraza de gélida indiferencia o de activo disgusto lo circundaba: ninguno se esforzaba en penetrarlo; y él mismo impedía que nadie lo penetrase.

Según Rolfe, su vida descansaba sobre una triple escena arquetípica: la conversión al catolicismo, ocurrida cuando tenía veintisiete años (en 1886); la admisión en el colegio católico de Oscott, en 1887, como seminarista, del que fue expulsado dos meses después; y la nueva admisión como seminarista en el colegio escocés de Roma, marcada cinco meses más tarde por una nueva expulsión. Cuál fue el motivo preciso de esta expulsión no lo sabemos. En Desiderio e la ricerca del tutto, Nicholas Crabbe (la sombra de Rolfe) dice que “fue expulsado de improviso, con toda la carga de maltratos y de indignidad; lo arrojaron fuera, en el corazón de la noche, expuesto a la penuria y al hambre”. Por esto, reitera Rolfe: “Siento un desesperado terror por los católicos: nunca he conocido uno (con una sola excepción) que no fuese un calumniador o un opresor de los pobres o un mentiroso”; “Odio a todos los católicos y no me fío de ellos”.

Rolfe sostenía que la llave fundamental de su vida era la sacra Vocación al sacerdocio. Obedeciendo a esta vocación, proyectaba órdenes monásticas, constituidas, organizadas y consagradas, en las costumbres medievales, al servicio de Dios y en busca de la sapiencia. Pero mentía, aun cuando, probablemente no sabía mentir, pues la mentira habitaba profundamente y se escondía dentro de él.

No poseía ninguna vocación religiosa: en todos sus libros, aun cuando habla el papa, no existe una sola palabra que ofrezca un verdadero acento religioso. No poseía siquiera una vocación diabólica: o, al menos, su profundo instinto demoníaco no logró jamás presentarse al revés, como espíritu religioso de cualquier otra tradición. Rolfe amaba solo una cosa: la recitación religiosa; las gemas del rito católico; los ritos de la Semana Santa, que Nicholas Crabbe saboreaba como los baños en la laguna.

Rolfe tenía un sueño supremo: ponerse las sotanas blancas del papa; y representó su propio deseo en el más famoso (no el más bello) de sus libros: Adriano VII (1904: Superbeat, Neri Pozza, traducción de Aldo Camerino), donde George Arthur Rose, el portavoz de Rolfe, se convierte en papa luego de un accidente inverosímil ocurrido durante el Conclave. Entre Rolfe y Rose existía una fisura, a través de la cual Rolfe miraba a su doble con amor, exaltación y desprecio: como si fuese a la vez un santo y una máscara, un actor trágico genial y un canalla. No olvidaremos nunca la voz del papa: la voz proterva y balbuceante, desvergonzada, irreverente, caprichosa, deslumbrante, que da un movimiento teatral al libro. Escondido detrás de la figura de Adriano VII, Rolfe no logra contener su propio goce: mientras escribe el libro, siente ser el papa: vive su libro; y se divierte locamente en hablar y en oficiar como un papa, aparecer en el balcón del Vaticano a bendecir a la multitud, encender cigarrillos en el apartamento pontificio, recorrer Roma a pie, promulgar edictos y encíclicas, escribir cartas públicas a los pueblos y a los reyes, con un candor y una megalomanía casi conmovedoras.



En dos lugares, Rolfe se revela: “En verdad, me gustaría amar sin ser amado, pero hasta ahora he estado solo, solitario, y creo que habré de continuar así hasta el fin”. Cuando un sacerdote le pregunta: “Hijo mío, ¿amas a Dios?”, del silencio emana la respuesta: “No lo sé. En verdad no lo sé.” No habla nunca de amor, como le impondría su condición de papa. Habla casi exclusivamente, volublemente, de política exterior, en primer lugar de la pasión revolucionaria que está por abrumar a Rusia, Francia y el mundo civil. Ante la amenaza del socialismo y de la revolución, Adriano VII corre a los refugios. De un lado renuncia al poder temporal de la Iglesia: pero, del otro, se convierte en un Pontífice autocrático, un nuevo y más inflexible Bonifacio VIII, venido a traer orden y jerarquía, y a diseñar una nueva carta geográfica de la tierra. Así, proclama un nuevo imperio romano: con dos emperadores, uno del Norte y uno del Sur, Guglielmo de Prusia e Vittorio Emanuele III de Italia; y considera a este último, no se sabe bien porqué, uno de los “cuatro hombres más inteligentes de la tierra”. Especialmente esta parte suscita en el lector italiano una incontenible hilaridad: pero no debemos olvidar que Rolfe toma el propio libro terriblemente en serio, como testamento político-religioso de la Europa moderna.

En agosto de 1909, Rolfe partió para Venecia junto a R.M. Dawkins, director de la Escuela británica de arqueología de Atenas. Puso todas sus pertenencias y manuscritos en un cesto de lavandería, cerrado con una barra de hierro y un candado; llevaba en el cuello un crucifijo de plata grande y pesado. No tenía dinero: esperaba vivir a costa del amigo arqueólogo. Pero este abandonó Venecia, dejándole algunas libras esterlinas. Rolfe alquiló unas sandalias y aprendió a remar maravillosamente a la veneciana, como si siempre hubiese sido un gondolero.

“Me bañaba tres veces al día –escribió Rolfe– comenzando al alba hasta que el crepúsculo envolvía toda la laguna con llamas de amatista y de topacio. Me levantaba muchas veces en plena noche y me deslizaba silenciosamente en el agua para zambullirme por una hora en la reverberación de una gran luna dorada, o al trémulo palpitar de las estrellas. Imagínate un mundo crepuscular de cielo sin nubes y de mar sereno, un mundo todo hecho de heliotropo, de violeta y de lavanda… Había algo de sacro, algo solemnemente sacro en aquel silencio nocturno que hubiera querido no fuese turbado ni aun por el leve ruido de un remo… Tan indeciblemente bella era la paz de la laguna, que nació en mí el deseo de no hacer nada más que estar sentado absorbiendo mis impresiones, inmóvil”.

Muy pronto todo se precipitó: Rolfe quedó completamente sin dinero: los amigos ingleses le habrían enviado dinero si hubiese regresado a casa; pero se negó a regresar y cubrió de injurias a sus amigos. No quería dejar su paraíso terrenal, aquel paraíso de agua y luz, ahora que finalmente lo había encontrado. Se le veía por doquier con una inmensa pluma estilográfica y con sus extraños manuscritos: empeñaba sus cosas, una tras otra, al Monte di Pietà. En el otoño-invierno de 1909-1910, vivió en el rellano de una escalera de servicio. Más tarde anidó en una isla deshabitada de la laguna, en una barca que hacía aguas, toda cubierta de hierbas y mejillones acumulados en el verano: tan pesada que no lograba casi moverla con los remos. Si se quedaba en medio de la laguna, la barca podía hundirse; y él corría el riesgo de ser devorado vivo por los cangrejos que con la baja marea bullían entre el fango del fondo. Si echaba el ancla hacia la isla, debía permanecer despierto toda la noche, porque en el instante en que cesaba de moverse, lo asaltaba una banda de ratas nadadoras, que en invierno eran tan voraces que atacaban hasta a los hombres, y les mordían los dedos de los pies.

Se pasaba sin comer hasta seis días seguidos, o con dos panes (de tres céntimos) al día. De vez en cuando lograba que lo aceptasen como gondolero privado. Se hundió en la vileza y en el vicio: corrompía jóvenes, seducía inocentes, los vendía a sus cómplices. Cuando murió, el 25 de octubre de 1913, en su habitación de casa Marcelo, se encontró una gran colección de cartas y fotografías obscenas.

Escrito en los últimos años de vida, Il Desiderio e la ricerca del tutto (Longanesi, traducción de Bruno Oddera) es la única obra maestra de Frederick Rolfe: de una maravillosa libertad, riqueza, vastedad de ecos y profundidad simbólica. Como en el Adriano VII, hay muchas páginas inspiradas en el rencor y la manía de persecución: es necesario recortarlas con la mente, abolirlas, olvidarlas, dejando transpirar el luminoso “deseo del todo” y la tiernísima “búsqueda”. Lo singular es que en el periodo más abierto de la vida de Rolfe haya generado este libro profundamente puro, nacido de un aliento platónico. Recordemos una frase de Kafka: “Ninguno canta más puramente que aquellos que habitan en el más profundo de los infiernos: aquello que tomamos por el canto de los ángeles es su canto”.



Nacido bajo la constelación de cáncer, Nicholas Crabbe, la nueva contrafigura de Rolfe, era un cangrejo: durísimo por fuera, con su fría y desconcertante coraza y las tenazas listas a cerrarse, y a aferrar y herir a los otros; y, dentro, mórbido, tierno, dulce, una red de ramificaciones nerviosas más finas y sutiles que la de una telaraña, y más dolorosas al contacto de la carne viva. Como en el mito platónico del Simposio, el buscaba la propia mitad: la mitad perdida, la arrancada de él en una vida anterior. Esperaba al otro: el divino amigo, el David de su Goliat, el Patroclo de su Aquiles, la Eva de su Adán y, en torno, la patria, la familia, la amistad, la casa, el mundo finalmente recuperado. “Del todo abierto -escribe Rolfe- era su corazón, y extendidos los brazos, y desnudo el pecho, mientras con cada fibra del cuerpo y del alma bramaba, inflamado del ávido deseo de unirse al compañero que junto a él habría formado el Uno, al fundirse y disolverse en él”. El amor, mudo en Adriano VII, renació; y se cumplía y alcanzaba la propia cumbre.

Entre los restos de un pueblo calabrese destruido por un terremoto, Nicholas Crabbe salvó a una muchacha adolescente, Zilda, casi asexuada, blanco como leche y miel, con espesos y cortos cabellos castaño claro, ojos verde azulados, un rostro inexpresivo, sin pasiones, cándido e inocente. Zilda era el andrógino del mito y de la literatura. Reunía el misterio, la tranquilidad y la robustez del gato, el esplendor de la estatua griega de oro y marfil, lo suavidad de la virgen rafaelesca con los rubores y palideces de su ligera piel de miel. Crabbe adotó a Zilda como hijo, gondolero y esclavo: su naturaleza homosexual lo impulsaba a amar en el otro al muchacho, ocultando sus rasgos femeninos; Zilda debía convertirse en la más dócil de las ceras, enteramente modelada y plasmada por sus manos.

La parte final del Desiderio repite la suerte de Frederick Rolfe. Sin un lecho, sin una lira, con un pan viejo de tres céntimos en el bolsillo. Nicholas Crabbe caminaba por las calles y los puentes de Venecia: caminaba sin rumbo toda la noche, bajo la lluvia y la nevisca, mientras en el cielo castaño resonaban las horas. Si se tendía sobre la playa abierta del Lido, una hora bastaba para impregnar sus huesos de escarcha. Durante el día vagabundeaba de una iglesia en otra: o delirando lleva flores a las tumbas del Camposanto. Después de ocho días sin comer y cinco sin dormir, solo el agua lograba saciarlo. Si bien su cuerpo desmejora y la mente languidece, presentaba todavía al mundo un rostro desdeñoso y ofensivo.

En estos capítulos conclusivos, donde alienta la imitatio Christi, la abyección de Rolfe se transforma en una extraordinaria nobleza poética y moral. Así el libro conoce un encanto negado hasta el final a su autor. Nicholas Crabbe logra alcanzar la estancia cálida y fragante, el nido de amor de Zilda, y encuentra en él a la mujer que había rechazado conocer. Las dos mitades separadas se abrazan. “Oh mía, querida mía, mi querido, te he buscado toda la vida”. Los labios se funden y los ojos miran a los largamente. Los pechos se aprietan y un corazón bate sobre el otro. Las mitades, que se han encontrado, se disuelven una en la otra.

La otra gran criatura amada e idolatrada, la criatura en la cual fundirse y disolverse nos parece una unión natural e imposible, es Venecia: esta Venecia de canales cerrados y mar abierto, de techos y de terrazas, esta Venecia de barcas ligeras y veloces, de la cual todos conocemos las horas, los colores, los perfumes, las lluvias, las nieves, las noches, los veranos sofocantes y los clamorosos días primaverales. Alguna vez reencontramos los crepúsculos, las lavandas y las lunas muertas de Turner y de Ruskin. Pero es solo una nota. La Venecia de Rolfe es todavía la Venecia antigua, paralizada en el tiempo, radiante, vital, triunfal, azul y violeta. La ciudad de Tiziano y de Veronese, que aparece por última vez a un hombre que está por hundirse en la muerte.



Traducción: Dolores Labarcena y Pedro Marqués de Armas




“Barón Corvo: Ensayista blasfemo y aspirante a Papa” apareció en el Corriere della Sera, el 14 de mayo de 2014.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Cementerio canino




Predrag Matvejevic


Cementerio canino


En el jardín del palacio que hoy ocupa el Museo de Arte Moderno se encuentra un diminuto cementerio canino. La dueña enterraba allí a sus perros. Los quería y los lloraba. En una lápida de granito están grabados sus nombres y apodos, con la fecha de su nacimiento y de su muerte. Una persona anónima deposita rosas y las recoge cuando empiezan a marchitarse. El museo es público, el cementerio privado. Muchas personas pasan por delante sin verlo. No he logrado descubrir dónde entierran a sus perros los venecianos, ni si tan siquiera los entierran. En el lazareto viejo, en el lugar donde antes se alzaba la pequeña iglesia de Santa María de Nazaret, hay un refugio para perros vagabundos, perdidos o abandonados, pero no hay ni tumbas ni lápidas. La propietaria del palacio Guggenheim afirmaba que para los habitantes de esta ciudad, los entierros sin lágrimas no son verdaderos entierros. Venía de lejos. La enterraron cerca del palacio en el que vivió con sus perros, que tan fieles y leales le eran.




San Servolo


En la pequeña isla de San Servolo había antaño un hospital psiquiátrico. Lo han trasladado a otro lugar. En la isla ya no hay enfermos, pero sus huellas perduran. Por este sendero caminaba el furioso Anzolo, llamado Ciabatta (Chancleta), por aquel, el orgulloso Zorzi, sin apodo alguno. En el cruce, al lado del pozo ceñido por una vera, se reunían y charlaban un buen rato mirando hacia Santa Elena y Giudecca. La brisa era el único testigo de sus encuentros. Nunca consiguieron atraer a nadie aunque lo desearon ardientemente. Los habitantes de esa casa, según las crónicas, se reprochaban mutuamente no estar en su sano juicio y se burlaban unos de otros. Cada enfermo buscaba a otro más enfermo que él, cada loco a otro más loco. La historia de Venecia recoge estos episodios también fuera de la isla. Las viejas gaviotas, que con grandes esfuerzos consiguen volar hasta su cementerio, al oeste de la Laguna, cerca de los pantanos, llamados de Los Siete Muertos (Fondi dei Sette Morti), se comportan de manera diferente. Cada una permite que la otra sufra y muera en paz.



Traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pištelek



Tomado de La otra Venecia, editorial Pre-textos, 2004. 



miércoles, 9 de diciembre de 2015

Maupassant






Arkady Averchenko



Serían las doce de la mañana.
–Señor: la criada del señor Zveriuguin pregunta por usted – me dijo la criada.
Vasilisk Nicolayevich Zveriuguin y yo éramos muy amigos; pero en este estúpido Petrogrado no es nada raro el caso de que los mejores amigos se pasen sin verse años enteros. Hacía mucho tiempo que yo no veía a Zveriuguin, y la visita de su criada me sorprendió.
Salí al recibidor, donde la sirviente me esperaba, y le pregunté:
– ¿Qué hay, muchacha? ¿Cómo está el señorito?
–Bien, gracias – contesto.
Era una linda joven de magníficos ojos negros.
–Me alegro; la salud es los principal.
–Sin salud la vida es un martirio – apotegmizó mi criada.
– ¿Qué duda cabe? – repuso la de Zveriuguin.
–Entre un hombre sano y un hombre enfermo hay una diferencia grandísima.
– ¡Enorme!
Cuando hubimos dejado bien sentadas las innumerables ventajas de la salud sobre la enfermedad, me permití preguntarle a la criada de mi amigo:
¿Y qué se le ofrece al señorito?
–Me ha dado esta carta para usted y me ha dicho que espere contestación.

Rompí el sobre y leí, no sin asombro, las líneas siguientes:

«Querido Arkady: Perdona mi largo silencio. Recuerdo que la última vez que nos vimos – hace cerca de un año y, si no estoy trascordado, en el teatro – me pediste prestados cien rublos, pues era sábado y no podías retirar dinero del Banco hasta el lunes. Desgraciadamente, no me fue posible complacerte; pero ahora, si sigues necesitando los cien rublos, tendré mucho gusto en serte útil. Mi bolsa está a tu disposición. Contéstame y no tengas inconveniente en hacerlo con extensión: la criada esperará.
Recibe un cordial apretón de manos de tu buen amigo  Ton Vasilisk.»

–Esta carta – pensé – o ha sido escrita en un estado de embriaguez digno de un cochero, o es un síntoma de parálisis general progresiva.
Sin embargo, le escribí a Ton unas líneas muy cariñosas, dándole las gracias por aquella inesperada muestra de afecto.
Al entregarle la contestación a la criada, inquirí:
– ¿Viven ustedes aún en la calle de X?
– ¡Ca, no, señor! Nos mudamos, hace tres meses, a la isla Vasiliev.
– ¡Qué atrocidad! ¡Menudo viaje de ida y vuelta supone para usted este recadito!
– Pues aun he de ir a casa de otros dos señores con otras dos cartas.


II

Dos días después, a cosa de la una de la tarde, mi criada me anunció de nuevo a la de Zveriuguin.
– ¿Otra vez? ¿Qué quiere?
–Trae otra carta.
–Que pase.
La gentil sirvienta entró en mi despacho.
– ¡Hola, bonita! ¿Cómo está su amo?
–Bien, gracias, señorito.
–Me trae usted una carta, ¿eh?
–Sí, señor. Tómela.

He aquí lo que me escribía mi amigo:

«Querido Arkady: Celebro tanto que no tengas apuros económicos. La última vez que estuviste en casa te dejaste olvidados sobre mi escritorio unos periódicos y el prospecto de un almacén de muebles. Te los guardo. Si los necesitas, dímelo y te los mandaré. ¿Cómo te va? Escríbeme largo y tendido; tu estilo admirable me encanta. Un abrazo. Muy tuyo– Vasilisk.»

Yo cogí la pluma y le contesté:

«Querido Vasilisk: Hará unos tres años me preguntaste una noche, en el restaurante Aux gourmets, que hora era. Desgraciadamente, mi reloj estaba a la sazón descompuesto, y no me fue posible responder a tu pregunta. Pero ahora mi reloj marcha perfectamente y puedo decirte que es la una y cuarto de la tarde. En cuanto a los periódicos que me dejé olvidados en tu casa, he de confesarte que el verme privado de ellos me sume en la más negra desesperación; pero te los regalo, en prenda de amistad, lo mismo que el prospecto del almacén de muebles. Recréate en su lectura: el estilo del mueblista anunciante no tiene nada que envidiarle al mío. Un cordial abrazo– Arkady.»

Al entregarle a la gentil sirvienta esta carta le pregunté:
– ¿Tampoco es hoy éste el único recado?
– ¡Ojalá, señorito! Aun he de ir a casa de un señor que vive al final de la avenida Nevsky, a casa de otro que vive junto a la Facultad de Medicina, a casa de otro que vive en la calle de Peterhov...
– ¿En la calle de Peterhov? ¿El señor Broydes quizá?
– ¡El señor Broydes, sí, señor!
–Entonces no vaya usted; dentro de un rato vendrá a verme ese caballero. Si quiere usted, le entregaré yo la carta.
– ¡Lo que se lo agradezco, señorito! Me ahorra usted un viaje de hora y media.


III

No tardó en llegar Broydes.
– Toma una carta de Zveriuguin – le dije.
Se encogió de hombros y arqueó las cejas.
– Yo creo que se ha vuelto loco.
– ¿Por qué?
–De repente se ha transformado en un hombre meticuloso, delicado, atento. No hace más que escribirme cartas. Si yo fuera su criada, ya me habría declarado en huelga.
– ¡Ah! ¿A ti también te escribe?
– ¡Cómo! ¿Tú también recibes cartas suyas?
– En cuatro días me ha escrito dos.
Broydes volvió a encogerse de hombros.
–¡Chico, esto es alarmante! Anteayer me escribió preguntándome dónde está la Administración general de Contribuciones. ¡Ya ves! Podía haberlo preguntado a un guardia. Ayer me envío un rublo ochenta copecks, acompañados de una carta en que me recordaba que el verano pasado dimos una tarde un paseo en coche por el campo y pagué yo. Como el gasto ascendía a tres rublos sesenta copecks, me enviaba su parte. Yo empiezo a dudar seriamente del estado normal de sus facultades mentales.

La nueva carta a Broydes decía así:

«Querido Danila: Me prestarás un gran servicio enviándome las señas de Arkady Averchenko. Se me han olvidado y me urge en extremo visitarle... ¿Cómo te va? Escríbeme largo y tendido. La criada esperará. Tu estilo admirable me encanta.»

Nos miramos atónitos.

– Esto es muy extraño; esto es inquietante, amigo Danila. Me escribe hace dos días; le contesto; vuelve hoy a escribirme, y «por el mismo correo» te escribe a ti preguntándote mis señas. O está gravemente trastornado o nos encontramos ante un tenebroso y siniestro misterio.

Broydes repuso, levantándose:

–Tienes razón. Vamos en seguida a su casa. Pide, por teléfono, un automóvil, pues vive a cien leguas de aquí.


IV

– ¡Avisaremos a la policía!– grité yo cuando llevábamos ya un cuarto de hora llamando a la puerta, sin que nadie diera en el piso señales de vida.
Esta amenaza fue eficaz. La puerta se entreabrió y Zveriuguin, con los cabellos en desorden, dejó ver a medias su rostro. Sus ojos se clavaron, medrosos, en nosotros; pero al punto su expresión desasosegada desapareció.
– ¡Ah, sois vosotros, vosotros solos!
– ¡Claro! ¿Con quién querías que viniésemos?
–Creía que mi criada, viendo que no abría, había llamado al portero.
– ¿Y le tienes miedo al portero?
–Al portero, no; a la criada. Entrad, entrad... No, no paséis a mi cuarto; pasad al comedor. La entrada en mi cuarto está prohibida.
– ¿Por qué?
–Hay una señora...
Broydes y yo cambiamos una mirada significativa.
–Ya está aclarado el tenebroso, el siniestro misterio – me dijo Broydes por lo bajo. – ¡Ah, infame! obliga a su pobre criada a recorrer toda la ciudad mientras él recibe a una amante, rival de la infeliz muchacha.
– ¡No tienes corazón! – profirió Broydes, dirigiéndose a Zveriuguin. – No contento con engañar a tu criada, la haces despearse llevando cartas. Con encerrarla en la cocina cuando viene la otra estaba todo arreglado.
– ¿Estás loco? Es tan celosa, que a la menor sospecha convertiría la cocina y toda la casa en un montón de ruinas.
–Oye, Vasilisk – pregunté yo, – ¿y no tienes otros amigos a quienes escribirles cartas?
–Sí, muchos; pero unos viven demasiado cerca y otros ya no me sirven.
– ¿Cómo que no te sirven?
– ¡Los he gastado, chico! No me queda ya nada que decirles, nada que preguntarles, nada que enviarles. No podéis formados idea de lo escrupuloso que me he vuelto: en dos o tres semanas les he enviado a mis amigos todos los libros que me habían prestado; he contestado a cuantas cartas he recibido en tres años; he pagado, hasta el último copeck, todas mis deudas. Agotados ya todos los pretextos, mando a la criada a casa de personas que no han estado nunca enfermas a preguntar cómo siguen. No se me ocurre ya ningún recado nuevo. Es preciso que me deis un consejo. Se trata de que mi criada se pase diariamente tres horas seguidas fuera de casa, ¿comprendéis?

Cogí un libro que había sobre la chimenea.

– ¿Qué libro es éste? ¿El tercer tomo de las obras de Maupassant? Bueno. Envíamelo mañana a casa. Lo necesito. Una hora después se lo devolveré a la portadora. Pasado mañana vuelves a enviármelo, y lo tendré otra hora en mi poder. Y así todos los días.
– ¡Magnífico! Katia apenas sabe leer y está completamente in albis en asuntos de literatura. Le diré que la hora consabida la inviertes en corregir pruebas.


V

Todos los días la pobre Katia me llevaba el tercer volumen de las obras de Maupassant.
– ¿Hace buen día? – le preguntaba yo.
–Magnífico, señorito. Un sol espléndido, ni pizca de aire.
–Me alegro. No me gustan los días ventosos. ¡Oh, son terribles!
–Sí, son terribles –aseveraba mi sociable criada. – Los días de calma son los mejores.
Yo cogía el tercer volumen de las obras de Maupassant y me encerraba con él en mi despacho, donde me entregaba a la lectura de la prensa o a la de mi correspondencia.
Una hora después tornaba a la cocina y le devolvía el libro a la criada de Zveriuguin.
–Ya he concluido. Déle usted las gracias, de mi parte, al señorito, y dígale que no deje de mandarme mañana el tomo.
–Bueno, señorito; descuide usted.


Durante tres semanas recibí diariamente la visita de Maupassant. Los primeros cuatro días de la cuarta semana la criada de mi amigo no apareció por casa. La quinta semana sólo me llevó el libro dos veces. Luego transcurrió mes y medio sin que ni Maupassant ni Katia honrasen mi hogar con su presencia. Yo me había habituado hasta tal punto a sus visitas que los echaba de menos.

Por fin, un día, cuando yo empezaba a olvidarla, Katia se presentó muy contenta, me dejó el libro y me dijo que otro día volvería por él. Aun estoy esperándola.




Traducción de N. Tasin 





Del Doctor K.






Luciano Erba



(con tres glosas y una variante)


Suéltese extiéndase relájese
y asocie las imágenes del sueño
el alzacuello de los sacerdotes
la panza de los atunes
las ciruelas
las ciruelas blancas de Bohemia 1
¡asocie! es difícil
ce blanc ci tendre de plâtre
sous un ciel de vent d'ouest
sali par les cheminèes d'hiver 2
¡asocie! tras el viaducto comenzamos a subir
entre dos setos de zarzas 3
¡asocie! subí escaleras recién pintadas
de casas reformadas
arranqué trozos de plomo de las barandillas
¡asocie, asocie! ¡pero regrese al atún!
asocie suéltese relájese
subí escaleras sobre el mar
K. sentado como Napoleón
Decide
Subir escaleras es como (Adler) amar. 4





1 habíamos partido de Mariahilfer
hasta las flores del frijol
entre las amapolas de la alta montaña

2 Variante
ce blanc des cuisses des filles
quand elles quittent leurs bas noirs dans un meublè

3 fue un verano de flores arrancadas
de trenes climatizados, de persianas semijuntas

4 fue cuando sobre una silla de mimbre
marqué a la tonta Rimini???






Traducción de Pedro Marqués de Armas y Dolores Labarcena



viernes, 4 de diciembre de 2015

Solsticio de invierno, sin más






Joan Brossa



Tenía un amigo que se metió cura. Supongo que aún lo es. Lo visitaba a menudo en el seminario. A los dos nos gustaba Wagner. Nuestra relación era tolerante, dado que yo no soy creyente. Fue curioso, sin embargo, constatar que, a medida que avanzaba en los estudios, se iba volviendo cada vez más intransigente y quería catequizarme con nieve en las manos. La relación fue cambiando de signo y al final vino el copo que hizo rebosar el vaso. Un año, por "Navidad", me mandó una felicitación con unas recomendaciones de vieja fábula. Yo le contesté con un poema en el que le preguntaba al nacimiento de qué dios se refería, puesto que da la casualidad de que, por esas fechas, nace más de uno; depende, claro está, de las creencias que cada cual adopte. Mitra, Cristna, Agni, Apolo y otros muchos nacen en diciembre y resucitan en el equinoccio de primavera. Y es que originariamente el dios creador era el Sol y, en las religiones con redentor, el hijo enviado a la tierra para salvar a los hombres era el fuego, circunstancia que se repite en el caso de Cristo. Éste es el principio, que en el correr de los siglos ha pasado del hecho propio al figurado. Mi amigo no me ha dicho nunca nada más. Yo creo que fue debido a nuestras conversaciones, a las que se añadía a menudo un estudiante de teología; su confesor debió aconsejarle que evitara mi contacto. Con todo, guardo un buen recuerdo de mi amigo, y del paisaje de aquellos días, que no confundo con las campanas y las redes clericaloides. Concibo la religión como un modo de entender el mundo, de no fiarse de lo aparente; una experiencia de madurez interior, de aumento de la propia conciencia. Pero esto no tiene nada que ver con ningún dogma ni con las operaciones de la multinacional eclesiástica, que, por decirlo con un lenguaje afín, se ha pasado al César con todo su bagaje de intereses. ¿Qué sentido tiene, pues, celebrar la "Navidad" en nuestro tiempo? Ya se sabe que las solemnidades sin comilona no subsisten. Y eso los cabecillas vaticanistas lo entienden muy bien; su floración a través de los años la han acompañado con diversiones de toda especie, maestros como son en el arte de predicar lo uno y practicar lo otro. Negociantes de la. fe, fachendosos o lobos con piel de oveja, según las circunstancias, son hábiles en filtrar el mensaje evangélico a través de una formulación adecuada a la clase social que la recibe. Sin escrúpulos se han asegurado de muchos efectos. Tampoco es justo suscitar la confianza en los educadores o los padres a través de un mecanismo de culpabilidad. A propósito de esto, alguien ha dicho que continuar domesticados como estamos y creer en un demiurgo exige la criminalización de uno mismo. Me parece bastante exacto.
La Iglesia es un teatro en el que hacen intervenir la divinidad. Prelados y jerarcas se adjudican el poder terrenal en provecho del grupo social dominante. Su oportunismo los desautoriza, así como la manipulación que hacen de la gente que les presta oídos.
Por otra parte, ya he dado a entenderlo, me cuento entre los que no creen que Cristo sea un personaje histórico, sino un mito solar. Aparte de los. Evangelios, la Historia lo ignora por completo. Por eso, si algo hay que celebrar, debe ser el solsticio de invierno o, dicho de otro modo, el nacimiento del Sol. También los druidas festejaban el nacimiento de Agni, dios del fuego, en diciembre; sus magos conocían la fiesta por la aparición de una estrella muy resplandeciente. La Iglesia sabía que si hacía tabla rasa de las fiestas paganas no habría sido popular y las transformó. Éstos son los hechos, de tú a tú. Y, entre uno y otro, la vida me ha enseñado a no fiarme de ninguna Iglesia. Puede haber un momento en que sus intereses y los de la humanidad coincidan. Pero cuando las circunstancias cambian, ellos no dudan en mudar de capa, caiga quien caiga, a fin de mantener sus privilegios. Sobre esto hay mucho escrito en la historia de los pueblos. En este aspecto, el catolicismo me parece una de las religiones más corrompidas. Es peligroso no en su sentido espiritual, sino por el poder económico que ostenta y por los pocos escrúpulos que demuestra en arrimar el ascua a su sardina. Predica por el mundo la caridad a los pobres, pero oculta la verdad que los liberaría. Es la religión de los poderosos. En las escuelas religiosas se fomenta el individualismo, la competencia y el éxito. Así tiene, porque las paga, una infinidad de máscaras, con el marketing correspondiente. Practica un cristianismo de consenso. En resumen: entiende mejor que los de la competencia la operación de revestir un ídolo de poder para ser su depositario. Y mientras tanto aumentan los parados, la delincuencia y la violencia en los países dominados por la educación clerical. Tenemos en la Iglesia española un ejemplo muy reciente de poder teocrático. En cambio, una religiosidad más abierta, y en franca oposición al despotismo de las jerarquías, ha sido decisiva en la evolución hacia la democracia. Pero estos casos son excepción. La visita a Cataluña del "vicecristo" en persona fue un ejemplo de incomprensión, de vergüenza para los creyentes honestos y una prueba de que los dirigentes siguen confiando en el triunfalismo paternalista como era norma en el pasado. Sabido es que el fanatismo y la intolerancia de los teólogos ha frenado el progreso de la humanidad. ¿No duró dos siglos la prohibición de enseñar el sistema de Copérnico en las escuelas? (Un alegato de mano maestra contra el fariseísmo y la intransigencia: los filmes de Dreyer.) Han sido los avances científicos lo que ha hecho modificar la ortodoxia. Hoy, por ejemplo, a causa del debilitamiento de esta ortodoxia, la Iglesia se desentiende de los milagros, pero, con todo, no invalida los del pasado, cuando no existe ninguna razón para suponer que los milagros de antaño se produjeran por causas distintas. Antes que la cultura, cuenta el propio beneficio. Y los santuarios con milagro son una fuente de ingresos.
Como todo el mundo sabe, la Iglesia combate a los innovadores y después acaba acomodándose a los logros -y, en muchos casos, aun atribuyéndoselos! Todo esto nos mueve a decir que, en vez de dos mil años de Cristo, ha habido dos mil años de Judas (para usar dos nombres de su mitología).
Etcétera. No acabaríamos nunca de rememorar más desventuras que venturas. Y vuelvo a la pregunta del principio. ¿Qué sentido tiene hoy celebrar la "Navidad"? De acuerdo. La gente se divierte. Corre el dinero. Unos días de cana al aire. La lotería. Las familias se atracan (recordad aquel poema de Salvat-Papasseit). Se olvidan los problemas. Y también abundan los suicidios de gente desamparada. Uno revive el mundo de la infancia. (Por eso la Iglesia no es correcta ni desinteresada al defender el monopolio de la educación. Las vivencias que nos asaetean de pequeños reaparecen en la vejez por una simple operación de psicología.) Yo diría que hoy las fiestas navideñas son un pacto entre los tenderos del cuerpo y los del alma. Un triunfo de todo lo secundario y excesivo y que no hace falta para dar respaldo a ninguna verdad esencial. Y si de amor y fraternidad se trata, el lema mitológico "Paz a los hombres de buena voluntad" queda superado por este otro atribuido a Buda: "Paz a todos los seres". Hay que convenir que en las cosas del espíritu los occidentales somos unos aprendices. No olvidemos que tantas iglesias y tantas catedrales triunfalistas han significado, vaciar los bolsillos de ricos y pobres, lo que me parece muy alejado del espíritu originario. Resumiendo: no estoy nada de acuerdo con las formas oficiales que reviste la religión, y adherirse a sus festejos es hacer propaganda de un clan de reaccionarios con implicaciones políticas muy concretas que conducen a interpretaciones estrechas de la realidad y que de ningún modo representan una salida a la situación caótica actual. No creo en los valores inamovibles. Soy escéptico de las ortodoxias. Soy de los que creen que una montaña de recuerdos no iguala una brizna de esperanza. Y que la Historia la hacen quienes van contra sus hábitos. Lo demás son cartas que no tengo tiempo de escribir. Pero, en tanto que la lluvia va puliendo las tejas, tenemos que saber mantener el equilibrio ante el fuego. Hemos de salvar la identidad del Hombre, rodeados como estamos de anticuarios y traperos. Tengo la convicción de que, si todas las Iglesias desapareciesen, comprenderíamos mejor la valía de la religiosidad.





Tomado de El País, 18 de diciembre de 1983


Las figuras de cera





Juan Perucho



Vindican un amor eterno e inmarchitable.
Detenidas en el tiempo, descienden a los parajes
que horrorizan a los humanos. Mas están ahí siempre
con sus estáticas sonrisas, seguras y anhelantes,
no como esta vida impura, que envejece y transforma.
«O mort, veiux capitaine, il est temps, levons l'ancre».

Pero estos labios femeninos que suspiran inmóviles
no comunican lo siniestro de Carlota Corday
ni de la Belle Heaulmiére que amó al poeta.
Un grito, el parpadeo, el gesto suave de esta mano,
todo queda ahora inmutable en su apariencia más profunda.
El crimen es esto sangrante; el amor, esta amarillenta cera.




domingo, 29 de noviembre de 2015

Las Tentaciones De San Antonio




Jorge Luis Borges


Gustave Flaubert (1821-1880) puso toda su fe en el ejercicio de la literatura. Incurrió en lo que Whitehead llamaría la falacia del diccionario perfecto; creyó que para cada cosa de este intrincado mundo preexiste una palabra justa, le mot juste, y que el deber del escritor es acertar con ella.

Creyó haber comprobado que esa palabra es invariablemente la más eufónica. Se negó a apresurar su pluma; no hay una línea de su obra que no haya sido vigilada y limada. Buscó y logró la probidad y no pocas veces la inspiración. "La prosa ha nacido ayer", escribió. "El verso es por excelencia la forma de las literaturas antiguas. Las combinaciones de la métrica se han agotado; no así las de la prosa." Y en otro lugar: "La novela espera a su Homero".

De los muchos libros de Flaubert, el más raro es Las tentaciones de San Antonio. Una antigua pieza de títeres, un cuadro de Peter Breughel, el Caín de Byron y el Fausto de Goethe fueron su inspiración. En 1849, al cabo de un año y medio de trabajo tenaz, Flaubert convocó a Bouilhet y Du Camp, sus amigos íntimos, y les leyó con entusiasmo el vasto manuscrito, que constaba de más de quinientas páginas. Cuatro días duró la lectura en voz alta. El dictamen fue inapelable: arrojar el libro a las llamas y tratar de olvidarlo. Le aconsejaron que buscara un tema pedestre, que excluyera el lirismo. Flaubert, resignado, escribió Madame Bovary, que apareció en 1857. En cuanto al manuscrito, la sentencia de muerte no fue acatada. Flaubert lo corrigió y lo abrevió. En 1874, lo dio a la imprenta.

Este libro está escrito con indicaciones escénicas, como si fuera un drama. Felizmente para nosotros prescinde de los excesivos escrúpulos que limitan y perjudican toda la obra ulterior. La fantasmagoría comprende el tercer siglo de la era cristiana y, al fin, el siglo XIX. San Antonio es también Gustave Flaubert. En las arrebatadas y espléndidas páginas terminales el monje quiere ser el universo, como Brahma o Walt Whitman.

Albert Thibaudet ha escrito que Las tentaciones es una colosal "flor del mal". ¿Qué no hubiera dicho Flaubert de esa temeraria y torpe metáfora?



Biblioteca personal. Prólogos, 1988.