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domingo, 9 de noviembre de 2014

Historia de Oriana y Eloísa







Miguel Collazo


(Del espíritu y la carne)


De acuerdo con nuestra humana condición, y puesto que por algo fuimos reunidos en cuerpo y alma, Oriana y Eloísa deberían haber venido al mundo en un solo parto, constituyendo una sola entidad. Pero en lo primero que nos vemos obligados a pensar al comenzar esta historia es en lo inextricables que suelen ser a veces los «designios de la Providencia».

Oriana nació, pues, un veintinueve de octubre, de noche, y dos años más tarde, en una soleada mañana de abril, nació la linda Eloísa. Desde que dio los primeros pasos, Eloísa fue la seducción, el arrebato de todos. No quiere esto decir que Oriana no fuera bella y tuviera sus encantos. No se trata de eso. Creemos simplemente que cada una de ellas tenía su reino, pues se nos mostraban como dos naturalezas diferentes, maravillosas a su modo, sólo que opuestas e inconciliables entre sí.

Las dos hermanas vivían con sus padres en los altos de una casa de empeños de la calle Compostela. La casa de empeños era oscura y antigua, con paredes entabladas de cedro y caoba, de bellas molduras, llenas de anaqueles y vitrinas. Afuera, los dos pequeños escaparates mal alumbrados tenían algo de museo, de muestrario de reliquias. Desde muy pequeñas, las hermanas conocieron los rostros terribles de quienes iban allí a empeñar todavía más su pobreza, y con ello su alma, ya que este negocio era el de sus padres y de él vivían. Pero en realidad, para las niñas, estas criaturas eran ajenas, puras fantasías, gente que no tenía una existencia auténtica. En cambio, tanto la madre como el padre eran afectados a su manera por sus propios clientes. Pertenecían a esa clase de gente que aun haciendo de cada cosa un sagrado ceremonial, no lograba sentirse a gusto con los ritos y los azares de la vida; y no es que se sintieran excluidos o faltos de fe: eran sencillamente, y por así resumirlo, insustanciales. Por otra parte, nunca pudieron tomar, al modo que les correspondía, la desgracia ajena, no por piedad hacia los demás, sino por miedo al espejo que eran esos demás. En otras palabras, no podían vivir del prójimo, ni de sí mismos.

En consecuencia, el negocio y el hogar iban mal. La madre, en ocasiones, lloraba tras el biombo por las desgracias de sus clientes, y también los odiaba. El padre, con las manos abiertas sobre el mostrador, se quedaba tenso, como cuerda a punto de romperse; luego sus ojos, invariablemente, recorrían aquella suerte de cárcel que los alimentaba con un pan tan amargo. A veces, durante las noches de insomnio del padre, las niñas lo oían renegar y maldecir de aquella herencia, y escuchaban después los sosiegos tristes de la madre, su suave y tierna voz que hablaba de una posible venta, de cerrar y comenzar una nueva vida, de proyectos irreales, y sobre todo de resignación. Siempre esta palabra era el final, que se repetía como un eco distorsionado en la voz del padre hasta hacerle perder todo sentido. Entonces, en la oscuridad del cuarto, Oriana y Eloísa se buscaban las manos. En el fondo, como a todos los niños, las ideas de mudanzas, los futuros proyectos, todo aquello que, por incierto que fuera, tendiera en fin a la ruptura del orden conocido, las unía momentáneamente con la excitación de una sana alegría. En verdad, no se querían ni tampoco se odiaban como dos hermanas de su edad; era como si la sangre no contara, y los juicios y sentimientos dependieran más bien de algo que las regía y estaba por encima de ellas, algo inalcanzable e inimaginable. Pero en esas espaciadas ocasiones, reunidas en las tinieblas del dormitorio, Oriana sentía vergüenza por las ideas de íntima deslealtad que se había forjado alrededor de la conducta de su hermana. Eloísa, en cambio, sólo veía en ello el predominio que ejercía sobre Oriana, pues de alguna manera no muy clara, se atribuía a sí misma la virtud de ser el motor de todas las cosas.

Esos años eran los de crianza, los suaves años donde ni siquiera las tormentas familiares son auténticas tormentas, donde hasta la tristeza de los padres puede ser nuestra alegría, donde ni aun la muerte es la muerte que luego nos toca desnudar.

Los ojos de Oriana eran grandes, muy negros. Los de Eloísa eran verdes y brillantes, exactamente como espejos. Mientras los de la mayor mostraban esa oscuridad poblada de misterios propia de los abismos, los dos espejos verdes sólo nos devolvían el reflejo de las cosas tangibles. El pelo de Oriana caía por su peso, y el de Eloísa se encrespaba rebelde. Ciertamente la boca de la mayor tenía labios carnosos, dientes regulares, blancos y bellos; pero la boca de su hermana era grande, de labios encendidos y dientes irregulares, anchos y poderosos. Ambas poseían un cuerpo esbelto, bien proporcionado; solamente las caderas de la menor parecían tener tendencia a ensanchar. En general, las diferencias físicas eran sutiles; la cuestión estaba más bien en lo que esos cuerpos expresaban.

Las niñas pasaron sus trece, sus catorce y sus quince años moviéndose internamente en direcciones cada vez más acentuadamente opuestas. Hasta que un día, sentados todos al comedor, sostuvieron ambas una extraña conversación que dio bastante que pensar a sus padres. Por mucho que indagaron éstos, les fue completamente imposible penetrar en el significado de aquellas palabras. Podrían haber sido pequeños misterios de alcoba, tonterías y claves de niños... Pero lo cierto fue que a partir de ese momento notaron que las relaciones entre las hijas se habían enfriado hasta un punto que resultaba embarazoso para todos.

Los padres cruzaban entre ellas como fantasmas asombrados, con tiento, tal si caminaran sobre un terreno cuya naturaleza real se desconoce; y ellas a su vez transitaban, perfectamente tranquilas, cándidas... Eran hermosas y daba gusto mirarlas, uno sentía el deseo de abrazarlas y mimarlas. Las sentían buenas, y aun cuando las sabían malas no podían decir con exactitud qué era lo verdaderamente malévolo en su conducta. Había distancia, silencio, encuentros, tropiezos, repentinas llamaradas que parecían salir de la nada para terminar en la nada. Y los padres, naturalmente no muy conscientes de aquello, estaban entre las fuerzas de su instinto y una muralla irracional. El negocio cruel los reclamaba día tras día. A pesar de ser los dueños o quizá precisamente por eso, veíanse más empeñados que sus clientes. Hablaban a menudo entre sí sin entenderse, pues el mismo tema era incomprensible para ellos. Estaban de acuerdo en que las niñas distanciadas necesitaban más atención. Alguien debía velar continuamente por ellas. Pensaron en una criada que reuniera ciertas condiciones especiales. En la noche, sentados a la mesa mientras las niñas dormían, y tal si tuvieran entre las manos un libro abierto, pasaron y repasaron las hojas de la vida de todos sus conocidos. En verdad, esa persona ideal no aparecía, justo por eso mismo. Pero en carne y hueso surgió una cuarentona recia y bondadosa llamada Mabilia, antigua conocida de la casa, y se decidieron por ella. Ciertamente, la mujer les resultó muy útil para todos los menesteres domésticos, pero desde luego, fracasó desde el primer momento como conciliadora. Haber esperado otra cosa era exigirle demasiado a esta pobre mujer. Sin embargo, Mabilia se hizo pronto una idea bastante clara respecto a la conducta de las jóvenes. Esto le resultaba difícil de explicar a ella misma; y lo poco que pudo decirle a los padres, lo muy poco que ellos lograron entender, fue lo suficiente como para que la despidieran con los pretextos al uso. Pero las niñas, por su parte —y por separado— se habían encariñado con la señora. De manera que, contra la voluntad de los padres, la mujer regresó, y había en la expresión de su rostro algo de ese irremediable desaliento que produce la estupidez humana.

Oriana y Eloísa continuaron sin hablarse más allá de lo estrictamente necesario de acuerdo con el orden de la casa.

Lo desconcertante para los padres era que nada parecía haber ocurrido entre ellas. El absurdo hería a estos pobres espíritus más hondamente que la tragedia, pues en ningún momento pudieron notar la menor señal de rencores ni envidias, ni ningún otro sentimiento producto del desamor. Y por otro lado, tampoco podría decirse que había indiferencia. Nada de lo que a los seres humanos normales y corrientes pueda ocurrirles, parecía ser la causa de la conducta de sus hijas. A veces, al regresar de un corto paseo con ellas, el padre y la madre se miraban largamente, como tratando de comunicarse una sensación angustiosa que no podía ser expresada con palabras; era como si las niñas, una a cada lado de ellos, fueran en realidad una sola criatura dividida a la mitad por la espada del arcángel caído. Por supuesto, esto jamás llegó a configurarse en sus mentes porque no había espacio para ello.

El buen padre sucumbió finalmente a su débil naturaleza y trató de escapar al conflicto y al absurdo, atribuyéndoselo todo al cambio de edad de las jóvenes. Pero la madre persistió y esto fue lo que marcó toda su existencia. A punto de la quiebra total, el negocio fue malvendido. Tal vez con ello pensaban que se librarían de algo ominoso, probablemente de la causa de aquella desgracia a la que no alcanzaban siquiera a darle forma concreta en sus pensamientos.

Sobre el Arco de Belén, Oriana tenía bellos sueños podados de prodigiosos seres que confluían como las aguas diversas de los ríos, y se aunaban, ascendiendo hasta las regiones habitadas por los ángeles. Le gustaba levantarse temprano y cuidar de sus plantas, y ver las aves sedientas saciándose con el rocío de los capullos; entonces desmigajaba un trozo de pan y sentía que con ello ingresaba mágicamente en el mundo terrenal. A veces, estando allí un poco desatenta y como a punto de desfallecer, el aire de la mañana acariciaba sus cabellos como una mano buena y confortadora. Adentro el mundo no era bello ni feo, triste ni alegre...; adentro dormía Eloísa, y todo cuanto Oriana palpaba era pura ilusión. Abajo, la calle era un inmenso misterio fieramente cerrado en lo próspero y lo adverso, y ella no tenía brazos ni manos para alcanzarlo. A esas horas, la buena Mabilia se movía por la casa y colaba café. Qué placer este café traído al balcón, en ese instante en que todavía el mundo no ha despertado por completo y los seres y las cosas están como a la espera de un milagro. Porque el amanecer es siempre la promesa del milagro, el momento en que la vida parece tener toda su prístina pujanza. Pero, ¿qué podría ocurrir en un mundo dividido, guardado de una parte por el Maligno y de la otra por la impenetrable misericordia del Señor?

Papá y mamá, qué distantes; nada parecía unirla a ellos. En realidad, ella estaba en vilo como un pájaro que no puede posarse jamás. Y sin embargo, ni siquiera había angustia; había contemplación, tal vez solamente eso, ya que el sosiego, el verdadero sosiego, era algo imposible de definir para quien nunca sintió la desesperación.

Mabilia contaba historias de la vida. Era viuda; llevaba veinte años sirviendo en una casa y otra, siempre alrededor de este pequeño huerto donde nació. Las dos muchachas, sentadas en los extremos de la mesa, escuchaban, expresando en sus rostros cosas tan disímiles, que la señora Mabilia, en ocasiones, retenía sus palabras y estaba como a la espera de un conflicto. Pero las jóvenes violentaban su naturaleza y la miraban a los ojos. Estas miradas eran crueles. La pobre mujer, hecha a las cosas concretas y asibles, temblaba por dentro y sentía que de ella tiraban dos fuerzas opuestas. Era irresistible esta sensación casi física, como si dos poderosos caballos fueran los que tiraran de sus miembros y sus miembros crujieran dolorosamente. Por vía de esta señora entraron en la casa las hierbas exóticas y los extraños rituales; pero ni ella misma sabía lo que hacía; sólo experimentaba con ello esa bienhechora dulzura del que cumple con un deber. Amaba a estas dos muchachas embrujadas. En ocasiones, su inmensa ternura, y también la violencia de su carácter, la impulsaban a tomarles las manos y unírselas, abrazarlas y estrecharlas contra sí, desafiando con saña esas extrañas leyes que las desunían y contra las cuales nada parecía eficaz. Todo era inútil. Su desánimo la llevaba a alterar la mansedumbre de sus hábitos. Con el transcurso de los días tornóse exasperable; las cosas se le caían de las manos, mientras con más fuerzas las asía.

Eloísa comenzaba a salir. El mundo, este mundo terrenal, era bueno para ella, pero no lo entendía. Disfrutaba a la manera de los perros y los gatos. Era bella y gustaba; el placer venía fácilmente a ella, y sin embargo era un placer sin sentido, que no dejaba huellas. Se amaba a sí misma, cuidaba de su cuerpo; y el baño era algo maravilloso cuando, desnuda y perpleja, sentía el agua besarla por todas partes. Mas, ¿qué hacer con todo aquello? Nada da esto trascendía, nada rebasaba sus límites y perduraba en sueños. Las caricias de mamá, los fuertes y temblorosos abrazos de papá eran agradables y le llegaban, pero, nada más. Por alguna región remota que ella ni siquiera podía imaginar, se movía Oriana. No podía pensar; no podía, al menos, sentarse y preguntarse: ¿Qué es esto, Dios mío? Dios era un nombre, y el Diablo era otro nombre... Sólo las cosas tangibles carecían de nombre para ella. Todo lo material ingresaba a ella por los sentidos y no hallaba luego ninguna resonancia.

Los padres creían haber cumplido cada cual consigo mismo. Por una parte estaba la fe de la madre y el retorno a las disciplinas religiosas de la Iglesia; esta regresión, de alguna manera, la salvó. En definitiva, su condenación hubiera sido útil. En esencia, nadie puede ayudar a nadie; los hombres se hunden o se salvan solos... «Bendito sea el nombre del Señor», resumía la madre. El padre, por su parte, se aferró a la economía, a sus cuentas, a los diarios y al renacimiento de un antiguo pleito, perdido hacía años, sobre los bienes de su abuelo. Y todo ello para el futuro de las niñas, que pronto serían mujeres y asentarían casa. Pero en todo esto afloraba a ratos su natural endeblez, y había tensión, soterrada melancolía y los negros presagios, no siempre muy bien entendidos, de las parábolas de los sueños.

Oriana amaba su Arco de Belén; la curva de sus piedras encerraba para ella algo simbólico; la curva de esas piedras bajo las cuales corría una calle y transitaban los seres desconocidos, los seres tal vez imposibles de conocer... El Arco se tragaba a las personas y las devolvía diferentes. También esto era un juego para un alma encerrada. Veía asimismo, junto a los pilares del Arco, a quienes la vida había marginado por un misterio indescifrable, y que se movían por los alrededores con las manos en los bolsillos, o estaban reunidos allí, de pie, de la noche a la mañana. Salir a la calle no era fácil para ella, al menos no lo era en la medida en que lo era para su hermana. Oriana se limitaba a verla partir y cruzar bajo el Arco hacia su vía, sabiendo que en las aventuras terrenales de Eloísa le iba posiblemente a ella la realización de su espíritu.

Los padres, viejos y retirados, fueron generosos con ellas, pero esta generosidad a veces excesiva, por esquivez de Oriana, recaía justamente en quien más la necesitaba. De esta manera, Eloísa podía cumplir con casi todas las exigencias de su naturaleza. Oriana, en levitación, seguía desde arriba y sin azoro, el curso agitado y jubiloso que constituía la existencia de su hermana.

Ya no eran niñas, o sólo lo seguían siendo para sus padres. La vida está llena de amenazas y peligros y asedios para los que abandonan el nido de la infancia, y más para quienes no lo hacen voluntariamente. A la muerte de la madre, Oriana fue arrojada del paraíso por un pecado que no había cometido. Sin embargo, ¿qué era Oriana en sí misma? ¿Qué era Eloísa? Entre el bien y el mal está el hombre, como está entre el espíritu y la carne; pero ellas, ¿dónde estaban?

Por su parte, el padre, tenso, insomne, y ahora ajeno, obsesionado por el recuerdo y los fantasmas, terminó por no reconocer a ninguna de sus hijas. Es difícil decir que todo esto fue como un descanso; no el cese del conflicto, sino, más bien, la aceptación de él. Pero la agonía del padre fue larga en lo referente a su cuerpo, aunque para las jóvenes había muerto por anticipado. Mabilia estuvo allí, a la cabecera de su cama, en medio de un desorden que no le pertenecía y que sin embargo hacía suyo por desafío. Su lucha fue hasta el final, y fue conmovedora. A pesar de todo, cuando el padre dejó de existir, supo que había roto el último vínculo natural y que estaba de más en esa casa... y probablemente en este mundo también. Entonces, solas, a merced de sí mismas, Oriana y Eloísa se miraron a los ojos, y luego, arrebatadas por un impulso irracional, se abrazaron y se besaron con violencia. Pero había en todo aquello algo de ceremonial, de cosa que cumplir, de liquidación.




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