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martes, 14 de octubre de 2014

El guajiro que llegó a ser rey




Nestor Almendros



Conocí a Reynaldo -también le llamaban Rey-, como quien dice, "acabado de llegar del Mariel". Yo ya sabía de él, naturalmente. Lo había incluso leído en traducciones francesas antes de que se exiliara. Su leyenda de escritor disidente, de rebelde perseguido dentro de Cuba, había atravesado las fronteras.

Al verle me sorprendió que la fama no hubiese hecho mella en él. En su físico y en su comportamiento seguía siendo un campesino cubano, un guajiro de tierra adentro. Así siguió siendo durante los 10 años en que vivió en la mayor metrópoli del mundo: Nueva York. Nunca adquirió, y siempre me llamó la atención, los modales mundanos que se supone son necesarios para vivir en la gran ciudad. Este era -sea dicho de paso- uno de sus encantos, la autenticidad, su arma secreta de conquista.

Arenas es sin duda el más grande entre todos los intelectuales surgidos en Cuba con el nuevo régimen de Castro. El único, diría, que se puede codear con los grandes escritores surgidos en la Cuba republicana (burguesa, dirían los comunistas). Me refiero a escritores como Lezama, Cabrera Infante, Novás Calvo...

Porque Arenas sólo puede explicarse como una anomalía, como un fenómeno que escapa a las reglas. Para empezar, ¿cómo se puede entender que un campesino nacido en un villorrio de mala muerte, hijo de una mujer ignorante y humilde y de padre desconocido, llegase a ser reconocido mundialmente, traducido y publicado en las lenguas más importantes? Anomalía también que, después de haber obtenido un premio literario oficial dentro de Cuba, no se hubiese aprovechado Arenas, como tantos otros, de las ventajas y privilegios que el régimen ofrece a los artistas que se doblegan y se someten. En su lugar, Arenas se atrevió a lo insólito: desafiar a las autoridades culturales de la isla enviando, sin consulta, nuevos manuscritos al extranjero. Esta insolencia acabaría costándole la cárcel.

Desde dentro

¿Qué otro intelectual cubano de talla conocemos que se atreviese a tanto? Una gran parte de los creadores artísticos de la isla se adaptó vergonzosamente, convirtiéndose inclusive en censores colaboracionistas. Otros aprovecharon viajes al extranjero para exiliarse y atacar al régimen desde fuera y sin peligro. Casi solo, Rey desafió desde dentro.

Y es que Reynaldo Arenas fue uno de los hombres más valientes que he conocido, como el propio suicidio lo atestigua, ya al final del camino.

Al llegar al exilio podía, como muchos otros, haberse dedicado exclusivamente a su obra literaria y alejarse de la cuestión cubana. Es sabido que hasta hace pocos años, paradójicamente, el régimen de Fidel Castro gozaba de las simpatías del mundillo intelectual y universitario de Occidente. Los concursos literarios no veían con buenos Ojos a los exiliados cubanos; las editoriales, tampoco.

En los países occidentales, una neutralidad discreta era lo que convenía a un exiliado cubano si quería ser aceptado por la intelligentsia del mundo libre. Precisamente porque captó de inmediato esa monstruosa subversión de valores, Reynaldo Arenas arremetió sin cuartel, muchas veces, contra aquellos que debieron haberle acogido y apreciado.

Izquierda de salón

Pagó un precio muy alto. Su arriesgada actitud lo colocó en la mirilla de esa caterva de seudointelectuales bien pensantes de una confortable izquierda de salón.

Mientras escribía una ingente obra literaria, no sólo por la calidad de lo escrito, sino por el número de sus volúmenes -caso poco frecuente en las letras cubanas-, no sé dónde encontraba tiempo para desplegar una intensa actividad política contra la tiranía en Cuba.

Arenas fundó y animó revistas disidentes, escribió cientos de artículos, organizó manifestaciones callejeras, participó en congresos incansablemente en varios países y sobre todo fue autor de la idea genial de exigir un plebiscito en la isla, para el que se recogieron más de 200 firmas de figuras de estatura internacional. Con la campaña del plebiscito, el castrismo quedó herido de muerte, finalmente descalificado ante la misma intelligentsia que antes lo ensalzó.

En estos días, en Japón hay gente que se apresta a recordar a Reynaldo Arenas. Se me ha pedido un texto sobre Reynaldo para acompañar el homenaje nipón, posiblemente tan relacionado al valor intelectual de Arenas como a la admiración que desde esa cultura se siente por quien no sólo hace su vida, sino que tiene también el callado valor de terminarla.

Me complace que esté surgiendo esta especie de culto. Sé que por México está ocurriendo igual. Allí, como en el corrido de José Alfredo Jiménez, hay gente capaz de reconocer que Arenas "no tuvo trono ni reina," pero sigue siendo el rey". 

Un rey excesivo en su pasión de libertad, desmesurado en su genio, en su furia y en su amor por su tierra. Siempre he pensado, por ejemplo, que, de haber contado los cubanos de la disidencia no con uno, sino con tres hombres del temple de Reynaldo Arenas, ya Fidel Castro no estaría en el poder.






Tomado de El País, 11 de junio, 1991.



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