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jueves, 9 de octubre de 2014

El cerdo de la feria de Neuilly




 
Luis Rodríguez Embil


Yo vi cierta vez un cerdo patético que me impresionó profundamente. Fue en París, en la feria anual de Neuilly. Un amigo, que posee la fortuna extraordinaria de ser dueño de un automóvil (una de las bienaventuranzas de nuestra época, tan justamente orgullosa de su avasallador progreso material), me invitó una noche a ir con él a la feria en su vehículo. No tenía yo nada que hacer aquella noche. Acepté, por supuesto.

Y puedo, en verdad, afirmar que es un estudio interesante un viaje en automóvil. Si bien hace ya algunos años que esos símbolos de nuestra civilización pasean su vientre de burgueses y sus antiestéticas caderas por las calles de todas las ciudades algo importantes del mundo, aún llaman la atención a ratos y despiertan la curiosidad.

No pocos de los transeúntes se vuelven todavía para mirarlos cuando pasan; y esas miradas múltiples y varias son como estrofas de un gran poema, páginas que, puestas juntas, acaso pudieran formar el libro de la vida contemporánea, de sus apetitos, de sus aborrecimientos, de su malestar, de su malhumor inquieto y triste y de su desnivel espantoso.

Y es que el automóvil constituye la representación ambulante y particularmente provocativa -hasta por su fealdad...- del Tirano temido y adorado que hace gemir bajo su yugo áureo el pecho de la mayoría de nosotros: el Dinero, el Duro Todopoderoso, the Almight Dollar... Es antipático e imponente por eso el automóvil; deseable y repulsivo. En su ancho vientre se desearía estar y se teme subir. Es casi humano, con su figura casi elocuente. Es un gran símbolo.

Pero iba a hablar, si no me equivoco, de la feria de Neuilly, y de algo que vi en ella. Mi vanidad y la pueril satisfacción de haber andado en automóvil me impidieron hacerlo sin tardanza ni digresiones inútiles, como se debe. Pero a ello me encamino, aunque con toda la calma propia de los dioses del Olimpo, y del buen rucio de Sancho Panza.

Llegamos, pues, a la feria. Ya sabe usted, lector, lo que es una feria. La de Neuilly es como todas: un poco más de arte y elegancia quizá, porque ese pueblo francés, el más material del mundo, según Taine, es también, y probablemente por lo mismo, el más artista. Todo en París parece más bello que en el resto del orbe: desde la brasserie de moda, donde arde la agitación de la vida nocturna, hasta la última piedra del bulevar; desde la Opera hasta el Jardín de Invierno; desde el andar de una parroquiana de Chez Maxim's hasta el ramo de flores de tres sueldos que coloca en su ventana estrecha la pobre midinette al volver a su casa por la tarde...

Pero, aparte de ese sello indefinible, aunque claramente perceptible, de belleza y gracia que pone el alma francesa hasta en las cosas más vulgares, la feria de Neuilly es como las demás: artificialmente bulliciosa, artificialmente alegre, pintarrajeada, divertida y triste a un tiempo.

Habíamos llegado, pasando al través de la doble y amplia fila de árboles de los Campos Elíseos y de la Avenida del Bosque, bajo el cielo estrellado de Junio. El automóvil comenzó a andar al paso, entre los innúmeros peatones y los carruajes que por la calle de la feria circulaban.

Y había en las barracas de ambos lados muchas cosas grotescas y dolorosas. Había pobres hombres, vestidos de legionarios de Roma, que mostraban sus músculos como reclamo, anunciando una lucha en el interior; bailarinas feas, y algunas cuasi venerables, que, al son de un bombo, anunciaba su empresario como maravillosas bayaderas. Una mujer de pie, con aspecto espantado, era públicamente hipnotizada por un doctor de feria, ante una multitud atenta. La música de los carrousels se unía en el aire tibio a los gritos de los anunciadores de espectáculos y a los disparos secos de las barracas de tiro. Un hombre y una mujer hacían de estatuas en una tienda: la gente se detenía ante su inmovilidad blanca. Entretanto, por medio de la vía, impasibles, hombres-anuncios sostenían el cartel llamativo y banal de los teatros de verano.

Había, lo repito, esas y otras muchas cosas dolorosas y grotescas. Pero ninguno de aquellos pobres seres que luchaban heroicamente por el pan entre el gozo ficticio de la feria y la curiosidad sin entrañas de la gente, me impresionó tanto como un cerdo...

Me detengo, con pena. «El lector querrá que se le respete», como dice el venerable abuelo Hugo al repetir, en Los Miserables, la sublime y poco limpia frase de Cambronne. Yo pido a usted perdón, lector, y trataré de ser lo más pulido posible.

Figúrese usted que entre todas aquellas barracas había una, ante la cual nadie se detenía. ¡Imagínese usted cómo estaría su dueño! De nada le valía agotarse anunciando poseer las siete maravillas del mundo: ¡nada! Ronco, sudoroso, se le ocurrió entonces un arbitrio para llamar la atención. Acordóse, de que tenía un cerdo él, o uno de sus vecinos. Fue en su busca, decidido a tratar de atraer a la gente por cualquier medio. Y le vimos aparecer, al pasar nosotros, todo quebrantado de fatiga, desesperado, sin hablar ya, sosteniendo entre sus brazos al puerco, trabajosamente.

Era éste un cochino pelado, rapado, casi rojo. Debatíase protestando con rabia grotesca, con gruñidos en que palpitaba la nostalgia del chiquero y una impotente furia. Y el público, divertido, comenzó, por fin, a aglomerarse.

Los gruñidos subían de punto, y el cerdo agitaba las patas en el aire presentando el ridículo vientre a la risa de los transeúntes. Sus orejas se agitaban furiosas; y de sus ojillos estúpidos parecía surgir una especie de imploración asombrada...

Seguramente el dueño de la barraca le mortificaba con disimulo, para atraer más gente con sus chillidos destemplados. Quizá también vengaba en el grotesco animal su rabia de no haber ganado nada aquella noche... Los gritos, en efecto, no cesaron hasta que no hubieron entrado en la barraca algunas personas, ganadas por la original treta.

El cerdo descansó entonces, todavía con gruñidos de enojo acongojado, respirando fatigosamente. Nadie le compadecía. Nadie le comprendía. Y él no comprendía nada tampoco, ni a nadie. Miraba a los hombres reír, sin que nadie pensara en apiadarse de él. En su rudimentario cerebro, mientras la multitud se dispersaba, consumábase tal vez una revolución muda. Y la expresión de asombro implorativo de sus ojuelos dijérase que se trocaba lentamente en otra más profunda y misteriosa.

Vi alejarse en tanto a los últimos curiosos, y perderse entre la muchedumbre, jugueteándoles en los labios un resto de risa. Y no sé por qué se me incrustó en la memoria el recuerdo de aquel cuerpo rapado y rojo que acababa de ver, de aquella risible congoja, de aquel espasmo de dolor supremamente bufo...



 “Cerdo”: Gil Luna, artista, 1908, Madrid, pp. 153-160.

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