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miércoles, 15 de octubre de 2014

Dormid, eso deseo...



Léon-Paul Fargue


Hay momentos en que envidio la fortuna del Hombre de la Oreja Cortada. Durmamos pues, si podemos. Escucharemos menos tonterías. Y si el subconsciente nos las trae, harán menos ruido.

Digno de Molière, y su admirador, un médico de mis amigos quiso esforzarse en explicarme, el otro día, que el “sueño de conjunto” que me rehuye “consiste en la inmovilidad establecida a nivel de las zonas donde las neuronas sensitivas periféricas se articulan con las neuronas sensitivas centrales”. Me permití replicarle, del mismo modo, que yo no veía, por mi parte, más que puro y simple metabolismo. ¡Zas!

Pero el sueño, en verdad, es algo mucho más misterioso todavía. “Nadie, dijo Pascal, tiene la certeza, fuera de la fe, sobre si está en vigilia o si duerme, ya que durante el sueño creemos firmemente estar despiertos… de manera que la mitad de la vida transcurriendo en el sueño, ¿quién sabe si la otra mitad de la vida en que creemos estar despiertos no es otro sueño un poco diferente del primero, del cual despertamos cuando pensamos dormir?” Es deslumbrante de claridad y admirable de escritura. Sin embargo, hay que reconocer que las buenas gentes expresan más o menos lo mismo cuando, ante ciertos hechos reales algo sorprendentes, se exclaman que creen estar soñando.

Recuerdo también una lección que el doctor Henri Wallon dio en el Collège de France: “La vida sale tan bien del sueño, profesaba, en resumen, que en su inicio se confunde con él; el nacimiento es el primer despertar; bajo la ofensa del frío, del día y quizás del rumor que llena el mundo, la criatura tiene su primer espasmo respiratorio, crispa el rostro y chilla; arrancada al blando equilibrio líquido al tiempo que a la tibieza del seno, toda su vida el individuo guardará la nostalgia secreta, como de un paraíso perdido.” Me encanta, lo confieso, esta interpretación poética de parte de un hombre de ciencia. Y admiro también que nos autorice a sostener, contra todo contestatario eventual, que la posición acurrucada es para dormir la más natural que haya: la cabeza inclinada hacia delante, las piernas dobladas sobre los muslos y éstas sobre la pelvis, de manera a parecerse, evidentemente en mayor tamaño, a la pequeña haba en el pastel, al feto desmirriado que todos hemos sido, sea cual fuere hoy nuestra soberbia…

Pascal tiene razón. El sueño es la vida misma; una santa reserva, el asilo donde la paciente energía se recompone. Desde el movimiento arduamente aprendido que pasa a vuestro automatismo, una buena mañana, hasta la impresión que se convierte en sentimiento, desde la lección que sabíais mal al acostaros y que recitáis de memoria al despertar, hasta el problema intrincado cuya solución incendia de repente vuestro sueño, todo demuestra que dormir no es “morir un poco”, sino más bien dejarse llevar y fecundar por las potencias desconocidas que han hecho y que continúan la Creación. Sí, el sueño es de esencia divina: “Hypnos, dice un himno órfico, rey de todos los inmortales y de todos los mortales, tú eres el único príncipe que envuelve los cuerpos de ligaduras salutíferas y suaves.” Una prueba más es que si el hombre normal muere de falta de aire en cinco minutos y de falta de agua en una semana, muere en diez días de falta de sueño.

Durmamos pues, si podemos. Pero no tanto como podamos. Ya que, como ya versificaba Scarron:

Demasiado dormir da dolor de cabeza
Y demasiado dormir te convierte en bestia…

Pero también aquí no es tan simple como se pueda pensar. Si está visto, según parece, que los pobres de espíritu se duermen más fácilmente y duermen más que los hombres inteligentes, sensibles, nerviosos e imaginativos (los poetas, por ejemplo), no está más demostrado que duerman mejor porque son pobres de espíritu que el que sean pobres de espíritu porque duermen mejor.

Una encuesta realizada hace un tiempo sobre este tema por Fernand Mazade, versificador parnasiano y psiquiatra, me ha dejado en la duda: Raymond Poincaré, René Doumic, Étienne Lamy, Jules Claretie se contentaban con siete horas de sueño cotidiano, mientras que ocho horas les eran necesarias a Maurice Barrès, Émile Boutroux y Alfred Mézières. De la misma manera que Alfred de Musset y José-Maria de Heredia, Melchior de Vogüé dormía fácilmente nueve horas, y Maeterlinck declaraba que, acostado regularmente a las diez, se ponía en marcha como un despertador a las siete. ¡Naturalezas felices! Porque yo, si duermo, es a trompicones… Me imagino, en días en que la megalomanía me visita, como el Napoleón agotado que dormía de pie durante la batalla de Waterloo. Así descubro, como consecuencia lógica, que el sueño del gran Condé, durante la noche que precedió la batalla de Rocroi, fue tiempo bien empleado.

Así pues, durmamos. Pero, como Epicteto sabía: “De las cosas, si unas dependen de nosotros, otras no lo hacen.” Nos resulta infinitamente más fácil, por ejemplo, apagar la sed y saciarnos cuando tenemos hambre, que dormir cuando tenemos ganas. Sucede incluso que cuanto más sueño tenemos menos dormimos. Tenemos calor, buscamos un rincón fresquito… (Ya está, eso es cuanto había que hacer…). Pero, en cinco minutos, el rinconcito se hace insoportable. Y nos pasamos horas escuchando el velado tamborín que toca en nuestros tímpanos la sangre de las arterias. Volvemos a encender la luz para leer a un autor aburrido que nos va fatigando y adormeciendo a pequeñas sacudidas. ¡Pero lo es tanto que Cambronne protesta y nos vuelve a despertar!

¿Por qué? La preocupación por nuestros asuntos, la inquietud por el porvenir, la sobrecarga, las penas del corazón o el remordimiento (“Gladis ha negado el sueño”, dice Macbeth), o nada, o todo: el sentimiento del dolor universal, mientras estamos bien calientes y protegidos, en una buena cama… Acaso también el café, el té, el vino, el tabaco en cigarrillos o igualmente en pipa, la hoja de fresno o de topinambur.

¿Pero qué hacer? Durante la guerra, era para mantenerse despiertos que mis compañeros se enganchaban, de cuatro en cuatro, a interminables partidas de malilla. Por el contrario, Mme de Sévigné, el 11 de junio de 1676, escribía: “Si tuviera ganas de echar un dulce sueño, no tendría más que jugar a cartas, nada es más seguro para hacerme dormir.” Hay ciclistas que se duermen de repente, al borde de la carretera, a unos pocos quilómetros de la meta. Hay automovilistas que sueltan el volante a plena velocidad porque soñaban que habían llegado a la meta. Algunos no duermen bien más que en medio de un ruido ensordecedor, como los hombres que, según Cicerón, habitaban en proximidad de las cataratas del Nilo, mientras que otros no pueden soportar el ruido de matraca que hace su reloj en la cabecera. Y se ha visto a miserables que se dormían mientras se les infligían los tormentos de la pregunta.

El sueño es un gran misterio. “Acuéstate solo”, dijo San Pablo. Pero la mayoría de la gente, sobre todo por la noche, no soporta la soledad…

… Soledad, donde encuentro una secreta dulzura…

Resumiendo, en esto como en muchas cosas, la solución del problema sería estrictamente individual. Personalmente, considero que el mejor sistema consiste en dividir la noche en dos, es decir dormir después de cenar hasta la medianoche o la una de la madrugada, y después ponerse a trabajar hasta que se hace de día. Así que, a mi manera, soy una persona que se acuesta temprano…




Traducción: Manel Márquez Rowe 


Tomado de Potemkin ediciones, No 7,  mayo-junio 2014. 

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